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Pensar el olvido
(Sobre Elena o el relato imposible, de Alberto Hernández)

sábado 30 de enero de 2021
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Leer Elena o el relato imposible, del escritor venezolano Alberto Hernández, es olvidar el presente inmediato para recorrer la huella mnémica que reclama un espacio en el ayer del escritor.

Pedazo de vida que el autor recuerda como un retornar, para convertir el tiempo en un presente estático donde se revivan afectos, sin plantearse interrogantes que no tendrían hoy respuestas. Es lo que sugiere la lectura de la novela.

“Elena o el relato imposible”, de Alberto Hernández
Elena o el relato imposible, de Alberto Hernández (Umbra y HH Editores, 2020). Disponible gratis en la web de la editorial

Elena o el relato imposible
Alberto Hernández
Novela
Umbra y HH Editores
Pereira (Colombia) y Maracay (Venezuela), 2020
134 páginas

Los recuerdos constituyen trampas para sentimientos que pueden alterar los afectos familiares, más allá de tantos años vividos. “Trampas para los pensamientos”, los llama el antropólogo Marc Auge. Sentires que surgen por la imprudencia de recuerdos que no pierden la oportunidad de aprovechar los resquicios narrativos.

Protagonistas vivos y muertos: el hermano Hernán, Elena, deseada y lejana. Madre, un padre escondido en la niebla que protege a los que aún están. Todos de la mano del escritor, en la familiar palestra que cobija a los integrantes.

Sin agresiones, sin herirlos con las suspicacias de la palabra, el escritor los observa, busca el rincón del lenguaje donde se refugian: Hernán arreglando su carro. Elena, en el trayecto de una vida anodina, camina guardando, aún, el sortilegio de su encanto juvenil.

El autor se libera para sucumbir al encanto de recordar, sin temor de la añoranza. Ya no se refugia en la melancolía inmovilista que le impedía poner en juego su fuerza poética.

Ese padre quien, desde la niebla, no ha dejado de recordarles que siempre está allí, con su sombra señera. Existe, los guía, desde el rastro de sus pasos sigilosos.

Y nosotros acomodamos nuestra lectura a ese pensar ajeno, que nos propone su diferente mirada semántica, la invención de su eterna realidad. Lugar donde el olvido es una mera metáfora, cubierta por la niebla que recubre a un padre allí escondido.

El narrador despliega su lenguaje. Sabe que la pátina del tiempo transformará su orfebrería en cada lectura. Hoy relee y moldea el contorno de los recuerdos. Suaviza lo áspero de las figuras. Disfruta al ver a Hernán, a Elena, a sus padres, que surgen entre el amasijo de palabras y cosas. Pinta el lenguaje. Acude a sensaciones, a lugares, a olores, ruidos y colores, los sentidos le ofrecen un tiempo garante del retorno, para que memoria y olvido no pongan en peligro la pluralidad de sus recuerdos.

El autor se libera para sucumbir al encanto de recordar, sin temor de la añoranza. Ya no se refugia en la melancolía inmovilista que le impedía poner en juego su fuerza poética. Porque aunque el ayer conjugue tiempos, allí estará siempre, desde el rincón de la niebla, su padre.

Julia Elena Rial
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