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La radio en la literatura:
Epitalamio del prieto Trinidad, de Ramón J. Sender

miércoles 9 de septiembre de 2026
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Ramón J. Sender
Sender se exilió en 1939 a resultas de la célebre incivil; pasó por Francia, llegó a México y se instaló en Estados Unidos, donde literariamente floreció.

“Obrar como hombres libres, no como quienes hacen de la libertad un pretexto para la maldad”

(1 Pedro 2:16)

De nuevo una reseña que no esperaba realizar; se trata de una novela bastante vieja (apareció por primera vez en 1942) a la que le puse el ojo tras verla en una librería de viejo, por aquello de los buenos recuerdos que me dejó Nancy y sus correrías por aquella Andalucía imaginaria que tan magistralmente plasmó Ramón J. Sender. Puede conseguirse por el precio de un diario a través de algunas ofertas en la red, cuestión de buscar unas cuantas cositas y amortizar los gastos de envío: el diario se lee en la biblioteca —los libros también— y si quieres comodidad, comentar, señalar, puntear, etc., por cuatro chavos puedes tener material en casa.

En este caso se trata de la segunda reedición dentro de la célebre colección Áncora y Delfín de Ediciones Destino (Barcelona, 1966). El autor, que se exilió en 1939 a resultas de la célebre incivil que nos llevó a la pira en un momento en que la historia enloqueció (y parece que no hemos caminado mucho cuando se vuelven a ir reproduciendo escenas que parecen calcadas de aquellos hechos que debieran habernos inoculado, de una vez por todas, la realidad: la violencia, física o dialéctica, nunca soluciona los problemas, sino que los agrava si, además, vamos de “sobrados”; entonces las cosas no van por buen camino, así que crucemos los dedos para no volver a descarrilar) y Sender pasó por Francia, llegó a México y se instaló en Estados Unidos, donde literariamente floreció (su vida es también toda una novela y uno acaba preguntándose cómo llegó al anarquismo si tenía, teóricamente, de todo).

En 1942 aparecía la novela que hoy cayó en mis manos; estaba considerada como una de sus aportaciones más importantes a la literatura de habla hispana en particular, y de la universal en general. Su simbolismo tenebroso, su terror fantástico y su facilidad narrativa llevarán al lector (aunque a veces haya términos no muy habituales para los ibéricos, basta que hayas estado por México para saborear esos giros que tan magistralmente usó apenas llegar al país azteca) a un mundo que evidentemente en nada se parece al que estamos viviendo.

“Epitalamio del prieto Trinidad”, de Ramón J. Sender
Epitalamio del prieto Trinidad, de Ramón J. Sender (Destino, 1966). Disponible en Amazon

Epitalamio del prieto Trinidad
Ramón J. Sender
Novela
Ediciones Destino
Barcelona (España), 1966
301 páginas

Es un texto de trescientas páginas de letra bien apretada, no es una historia habitual, pero resulta gratificante para evadirte de la estólida sociedad que nos ha tocado vivir, donde nada es lo que parece y todos luchan para ver quién engaña más... En fin, que sirve para lo que sirve: entretener, hacerte reír y, sobre todo, viajar imaginariamente por mundos que en nada se asemejan a los que este primer cuarto de siglo XXI, alocado, nos está abocando. Aunque, a veces, en la tertulia colegimos que parece que esa estulticia es a nivel mundial, porque de otra manera no se entiende tanta inutilidad dirigiendo la aldea que se han empeñado en uniformizar como si lo que numerosas revoluciones intentaron no hubiera sido suficiente.

Así que vamos allá con las cuatro referencias radiales que Sender intercaló en esta novela que te transporta, te atrapa y te entretiene mucho más que la caja tonta que se quedó, una vez más, sin señal TDT, y ya ni me molesté en llamar al técnico para ver qué ha ocurrido en el cacharro que parece que ha decidido “enmudecer” para no violentar las conciencias de la casa en que está instalado.

Trinidad se imaginaba a aquella vieja, que era grande y caballuna, con uno de los camisones azul celeste puesto, hasta los pies, bailando en el centro del mercado al compás de un aparato de radio que daba una conga. Y aquella imagen le mareaba. Cada vez que la mulata daba vueltas, su camisón brillaba al sol y Trinidad se mareaba (página 19).


Alrededor jugaban los niños. Por las ventanas abiertas se oían los aparatos de radio. En la vivienda de la Niña Lucha, que tenía dos pequeños balcones, había siempre tiestos. Entre ellos uno con “pasionarias” que acababa de dar dos hermosas flores (página 20).


Aunque llegara otro comandante, otras tropas. Tenía bastante dinero para los primeros pasos; quizá pudiera obtener el material necesario para una estación de radio clandestina (página 172).


Era campesino. En su casa había fiesta de cumpleaños. Vivía en las afueras de la capital. Y tenía una sobrina. Con la música de la radio bailaban los invitados: un barbero, dos tintoreros y varios campesinos. Mozas de otras familias vecinas. El barbero quería lucirse en la danza bailando a la moderna con la sobrina del Bizcarra y, de pronto, éste se acercó, separó a la pareja y se llevó al barbero a la calle:

—Lo siento —le dijo—, pero tengo que matarte.

—¿Por qué? —le dijo el otro viéndole el cuchillo en la mano.

—Porque bailas en mi casa y con mi propia sobrina y te has atrevido a hacer movimientos indecentes (páginas 196-197).

Esta vez, por cierto, las referencias al mundo radial han sido escasas, pero ahí están para regocijo de los aficionados al mundo de las ondas.

Juan Franco Crespo
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