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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Tres poemas

miércoles 26 de octubre de 2016
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silva
Ilustración: Julio Silva

¿Qué ateísmo o religión..?

¿Qué ateísmo o religión profesa el tallador
de cristales? Lejos, acercadas
por el instrumento, ventanas batidas por la tormenta.
Es la pregunta y no el cielo
lo que sostiene a las estrellas;
es la pregunta y no otra voluntad o fuerza
lo que trae calor al centro de la piedra,
lo que transforma en savia
la dura sustancia de tallos y ramas.
¿Y tu espalda, que entreví antes de acariciarla?
¿Y tu vientre, del que supe
antes del primer sol, la primera lluvia?
Al mismo fuego que avanza y juzga,
la arena que estuvo en una playa
que compartieron por igual amantes y fugitivos.

 

Pero —oigo una voz— hay una gran distancia…

Pero —oigo una voz— hay una gran distancia,
adelante, un vasto desierto,
por el que vagan sombras, entre ellas la mía.
¿Para llegar a dónde? ¿Hay un destino, un final?
Soy todavía una forma que no se llena,
hablo de nervios, carne, huesos y sangre;
no camino aún, con mis piernas y pies,
cuelgo, atado con una soga en el tobillo,
cuelgo cabeza abajo, de una viga del techo.
¿Y si el final fuera una guadaña,
adiós a las pocas hierbas que nutren?
¿Y si el destino fuera una plaga,
adiós a la promesa de los prados florecidos,
de los penetrantes perfumes,
de la irrupción de los blancos, rojos, azules?

 

Abisales, chatos, fosforescentes…

Abisales, chatos, fosforescentes: allí abajo,
la vida bulle. ¿Quién compuso
esa música de formas y ojos
que brillan en la oscuridad?
Bajo el mar o en un sueño,
que también es mar, ¿de qué arcano
la Idea, próxima al delirio?
Encarnada, exigida la materia
en cita con la magia, transcurre
para prolongarse o ser efímera,
según una razón que en poco y nada
se diferencia del capricho.
Aquí, sentado en una silla,
observo, como cuando era niño,
el ya muy descolorido dibujo;
¿qué veo que antes no vi,
mientras afuera de la casa se desataba,
como ahora, la tormenta?
Como entonces, tan sólo atino
a rozar la lámina con la yema de los dedos.

Carlos Barbarito
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