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Una oportunidad para Ángela

viernes 30 de junio de 2017
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Ángela lo vio bajar de su automóvil importado y lo eligió. Elegante, traje azul de alpaca, anteojos oscuros y ataché de cuero negro. Le sorprendió que no guardara su automóvil caro en un estacionamiento. Gente como él, por lo general, no deja su coche en la calle. Pensó que tal vez regresaría en breves minutos. No le preocupó, total, esos minutos a ella le alcanzaban.

Con habilidad de prestidigitador, deslizó la diestra mano en el bolsillo trasero del pantalón y succionó la billetera de su víctima.

El hombre caminó por la vereda mezclándose con los transeúntes. Ángela lo siguió sin perderlo de vista ni un segundo. Era pequeña y se deslizaba entre la gente como una anguila, sorteando a unos y otros. Lo midió, lo calculó. Al llegar a la esquina, el hombre se detuvo entre la muchedumbre esperando la luz verde del semáforo para cruzar. Ángela se mantenía cerca, muy cerca. Los ruidos de la calle la ensordecían; bocinazos, gritos, rugir de motores. Los colectivos escupían el humo negro sobre la gente. Y las frenadas. Esas frenadas cuyos chirridos metálicos taladraban sus oídos. Era una locura a esa hora, casi al mediodía, y en pleno microcentro. Pero justamente, esa locura conformaba el ambiente perfecto para trabajar. Era su hábitat diurno.

El semáforo indicó el cruce peatonal y la gente se derramó hacia la calzada. Ángela se apretujó entre ellos, embistiendo al hombre señalado. Con habilidad de prestidigitador, deslizó la diestra mano en el bolsillo trasero del pantalón y succionó la billetera de su víctima. Dio medio giro y emprendió la retirada en sentido contrario. Una exhalación. Corrió poco más de media cuadra cuando dos manos, dos garfios, la detuvieron en seco. No había advertido la presencia policial en las inmediaciones. Pero el policía, con su ojo aleccionado, la registró en plena maniobra. El sol caía, cenital, sobre sus cabezas. Ángela lagrimeó y los labios se barnizaron de sudor.

El dueño de la billetera fue avisado en medio del disturbio y los tres, rico, pobre y autoridad, fueron a parar a la comisaría más cercana de la zona.

—¿Tenés documentos? —gruñó el comisario de turno.

—No.                                                         

—Nombre completo.

—Ángela Guerrero —respondió la niña con gesto de desafío.

—Edad.

—Dieciocho —sosteniendo el desafío.

—Edad —repitió el comisario con la voz entabacada.

—Quince —dijo la niña aflojando la altanería.

Todos la miraron. No le daban más de once o doce. Entonces el dueño de la billetera se le acercó y le susurró al oído: “Hacela fácil. Te conviene decir la verdad”.

Ángela los miró. Eran como siete u ocho en la pequeña salita impregnada a cigarrillo y tufo de sándwiches de jamón y queso, y de “canas” aburridos y mal ventilados. Se demoró en la respuesta mientras observaba a uno y otro, de abajo para arriba. Había uno, el más joven, apenas más grande que ella, llevaba un uniforme que parecía ser de su hermano mayor. No había crecido lo suficiente para llenarlo. La miraba con recelo y cierta complicidad. “Aquí tengo un compinche”, pensó. El otro, junto a la ventana, era el típico gordo con barriga, papada, bigote y barba candado. Éste no le sacaba los ojos de encima, socarrón, mientras balanceaba su mole como un péndulo de granito. Los otros eran un puñado de lo mismo, que se entretenían burlándose de ella. Acaso suponían que su corta edad no le alcanzaba para comprender su mezquina diversión. Se preguntaba si ese montón de mediocres no era tan infeliz como ella. Sólo que disimulado detrás de un uniforme azul con botones dorados y gorra con visera. Y un arma de fuego. Esa sí marcaba la diferencia.

El dueño de la billetera era un lunar entre esa multitud de azul gastado. Ángela lo miró y le pareció el mismísimo príncipe azul. Aquel que su abuela le pintaba en sus cuentos de infancia tan lejanos. Allá por el rancho de Ramos Mejía. Por los charcos con ranas encantadas y cenicientas sin pretensiones. Por los bosques donde habitaban hadas nobles con sus varitas mágicas de cien matices.

El comisario repitió la pregunta, fastidiado, y la niña respondió sobre el interrogante:

—Doce —dijo muy resuelta. Levantó el mentón y recuperó la altanería que le daba una supuesta seguridad. Porque la vida la había tratado mal. Entonces ella se disfrazó de grande, de fuerte, de autosuficiente. Y salió a pelear a los días, las horas, los minutos. La eternidad. Tampoco era cuestión de achicarse. No iba a permitir que Leandro se muriera de hambre sin antes conocer por lo menos la primaria —aunque Ángela la odió durante su breve paso por la escuela, sabía que era buena para su hermano—. O que su madre se fuera a la tumba antes de tiempo por culpa del cáncer que se le había metido en los pulmones. No, ella estaba sana. Y eligió pelearle a la vida. Había un culpable de aquella desdicha. Mas no iba a perder el tiempo en buscarlo. Ignoraba dónde y cómo. De algo estaba segura: de que un pedazo de pan y un trago de mate cocido o, con suerte, de leche, eran suficientes para llegar hasta el otro día. Y de que la medicina de su madre no bajaba del cielo. La vendían en la farmacia. La vendían.

Ella era buena para hacer lo que hacía. A veces mendigaba, otras veces vendía jazmines, lapiceras, ballenitas y otras pequeñeces. Cuando se hacía la renga era cuando más plata juntaba. Hasta que la descubrieron. Y cuando no le alcanzaba la colecta, entonces sí, robaba. Una vez robó un pollo al spiedo de una rotisería, y fue una fiesta. Leandro chupó los huesos durante tres días, y hasta creyó ver que le salían colores en la cara a su mamacita. Robaba sin cargos de conciencia ni arrepentimientos. Se fortalecía desafiando la ley, porque en ese desafío estaba su destino. El único que tenía.

 

No era la primera vez que entraba a una comisaría. Estaba acostumbrada. Había una en Villa Urquiza donde la querían, porque siempre terminaban soltándola. No bien salía, ya estaba en la calle haciendo diabluras. Porque Ángela también sabía juntar simpatías. Algunas veces la trataban con consideración, otras con lástima. Otras, con abusos indignos. Ante cada suceso frustrado, ella se daba de cara con el desprecio. Cómo la golpeaba. Cuánto dolor. Casi se había acostumbrado a los cachetazos del destino. Eran las reglas del juego.

El comisario terminó de labrar el acta de denuncia por parte del damnificado y mandó encerrar en una celda a la menor.

El dueño de la billetera firmó la denuncia y se retiró. Anduvo unos metros en dirección a su auto. De pronto se detuvo, pensativo, y regresó a la comisaría. El oficial lo miró sorprendido.

—¿Olvidó algo?

—No, no… —titubeó—. Disculpe, ¿puedo ver a la niña?

Lo condujeron a la celda donde se hallaba Ángela. Sentada en el suelo, las piernas recogidas, los codos apoyados en las rodillas jugando con una hebilla del pelo, la niña lo miró. Lo miró sin expresión alguna. Aunque reafirmaba la similitud con el príncipe azul, disimuló la emoción. Se había acostumbrado a ocultarla. Era la ley de la calle. Las emociones debilitan. Desarman. Desnudan.

Ángela lo observaba con recelo. No quería demostrar el agrado que le causaba su presencia. Porque el hombre la miraba buenamente.

Su príncipe azul se detuvo frente a ella y la observó en silencio. Silencio relativo el de las celdas. Era casi como su hija. El cabello colorado, y los rizos cayéndole sobre el ojo. La mirada azul esquiva; mirada laberíntica. La piel cetrina, exenta de impurezas adolescentes. La nariz pequeñita, satinada de pecas. Boca mínima, cuenco misterioso. Mejillas arreboladas. Cara sucia.

“Ángela” —pensó el dueño de la billetera—. “Mi Ángela…”. La niña seguía jugando con la hebilla del pelo y lo espiaba a través de los bucles enmarañados. Él observó sus manos, las uñas manchadas de mugre. En ese instante, la niña se recogió aún más para anudarse los cordones de las zapatillas. Él las vio. Rotas, con agujeros en las suelas, tres números más grandes que el pie de Ángela. Igual que el suéter de lana apelmazado, dos o tres talles más. El reloj de vivos colores era un detalle muy curioso en medio de tanta miseria. Seguramente robado, calculó el hombre. Un cordón negro en el cuello le llamó la atención, porque sujetaba una medalla de algún santo que no pudo precisar. Le movió a risa el detalle un tanto incompatible con las actividades de su dueña. No pudo evitar una sonrisa al contemplar el conjunto peculiar que ofrecía Ángela ante sus ojos. Y aquella altivez. Tan pequeña y con un concepto tan estricto de lo que ella entendía por dignidad. Su carácter impregnado de tácitos resentimientos, como si en el instante de concebirla sus padres hubieran librado una batalla.

Ángela lo observaba con recelo. No quería demostrar el agrado que le causaba su presencia. Porque el hombre la miraba buenamente. Y ella sabía de aquello. También tenía olfato para delatar hipócritas, falsos y traidores. No se lo enseñaron en la escuela. Por supuesto que no. Este señor, su príncipe azul, estaba fuera de este contexto callejero y cruel. Hasta se arrepintió de haberle robado. Más aún, porque él no la regañaba, no se mostraba enojado con ella.

—Ángela… —invadió el silencio que los separaba. Y los unía—. ¿Querés venir conmigo? A mi casa, digo… tengo un perro, jardín, pájaros.

Ella lo miró como alucinada. Hasta usaba un vocabulario diferente a los demás, era distinguido. Y su voz, grave y dulce, le sedujo los oídos. A punto estaba de sucumbir a sus emociones cuando la asaltó la desconfianza. Siempre vivió a la defensiva. Y ahora que le tendían una mano noble, la confundió. La mordió.

—Usted es un degenerado —masculló, ofuscada.

—¡No, no! ¡Por favor, no te confundas! Entendiste mal. Tengo una hija, se llama Ángela, como vos. Tiene nueve años y está en silla de ruedas. ¿Querés cuidarla?

Una extraña emoción le acarició la garganta. Y enmudeció. Conocía mucha gente paralítica, pero le costaba asociar la discapacidad con la riqueza. Su príncipe azul parecía ser muy rico, pero también, ahora que lo descubría, lograba percibir desde otro ángulo el dolor. Tal vez por eso no la despreciaba. Más bien la comprendía. Le estaba ofreciendo una oportunidad. Sintió aleteos de palomas en el pecho, un retazo de alegría.

Cuando el “sí” asomaba a su garganta, pudo más su naturaleza:

—No quiero.

Gladys Liliana Abilar
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