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Poemas de Carlos Barbarito

lunes 28 de mayo de 2018

En una hora precisa…

En una hora precisa, la raíz que persiste
en dirección al núcleo donde el mundo todo
se resuelve en silencio;
en un día preciso, la mano que se hunde
hasta casi alcanzar en lo oscuro un cartílago;
los ojos cerrados, imaginando
en el viaje súbitos milagrosos nutrientes;
deseada alegría que tal vez se cumpla por imposible:
allá, en lo profundo, recobrados, el vínculo, la idea.

 

Entremezclados, desde lo difuso…

Entremezclados, desde lo difuso a lo contenido;
a la mesa, mientras tanto, el placer
del sibarita, panes y vinos en lo oscuro;
por ahora la muerte, lejos
y la doble sagrada herejía
que pasa inadvertida ante los ojos de los aduaneros.
Es sin confesión ni plañido, el océano
que desde la mayor distancia golpea las casas;
la tormenta no abandona en el suelo despojos
y sí piezas de un antiguo alfabeto, desordenadas:
por la desnudez se agitan las cortinas,
por la desnudez una Luna llena
sobre un mapa de azules, verdes y bermejos
por el que navegan púlsares y bruñidos.
¿Y tu secreto, resurgido instrumento?
Presencias, encaramadas, invisibles;
desde las hierbas altas soplan los conjuros.

 

Hay, lo imagino, algo…

Hay, lo imagino, algo en alguna parte
capaz de retratarte con más o menos fidelidad
cuando, desde todas partes,
todas las voces subrayan tu ausencia;
pero ¿qué? ¿Una firme voluntad
que de mi voluntad inestable
se separa y actúa convertida
en mano invisible pero diestra?
¿O todo depende
de mi propia inhábil mano,
que poco y nada puede
ante el polvo en el aire,
la herrumbre en los picaportes?

 

Hubiera querido otra tierra…

Hubiera querido otra tierra y otro sol;
la vida, así lo siento, es un gesto
que no es mío, un rumor
que a duras penas logro oír
mientras el paisaje de fondo —luces mínimas
en perpetuas brumas— se lleva consigo
lo que, en cada amanecer, de mí,
silbido, invocación, ruego, apenas se asoma;
vacila el remolcador en la borrasca
—me sitúo ahora en la orilla,
me dejo golpear por la lluvia y el viento—
y las horas oscilan entre la claudicación y el desmayo,
algo me impide conocer por fin tu desnudez,
no hay diferencia entre partida y regreso;
qué es esa mano que se alza en lo remoto:
se quema, tal vez, lo que vincula
el efímero motor con el engranaje de lo duradero.

 

Nacer entre sangre…

Nacer entre sangre y relámpagos,
a mitad de camino entre luna vieja y luna nueva;
acaso concebido en resignación:
la tiranía de la bruma, dársena o desnudo golfo,
antes de abrir los ojos, un silencio persistente,
una divinidad en el frío y desabrigada;
—no será de nadie el reino y mucho menos tuyo—
pero aquí no reside la causa de la aflicción:
hay en lo profundo inalcanzable
una escena que se repite una y otra vez,
alguien que se arranca el rostro creyéndolo máscara.

 

Por tu ojo miro…

Por tu ojo miro y veo, no por el mío;
frágil es la materia de la que consisto
y demasiada la distancia al mar
para mis pies; si pregunto
hay un destello breve y luego una ventana
que se cierra. Supe
alguna vez el secreto del mago
y fue eso, y no aquella ave muerta,
lo que me arrancó la inocencia.
Qué cruza ahora el aire.
Quién fija en el suelo una estaca.
Por tu ojo y no por el mío, miro y veo.

 

¿De qué sirven?…

A Ogui Ranea, en memoria.
Incluso las rocas tiemblan.
Goethe

¿De qué sirven lo breve y lo vasto?
¿De qué sirve darle un nombre
a una rama quebrada por el viento,
a una costa brumosa,
a una última, desesperada posibilidad?
El genio abandona al niño;
el balde se detiene a mitad de camino
y no recoge el agua de lo profundo;
la casa cierra su única puerta
y traba su única ventana.
¿Qué pedir ahora, qué cuadrante,
qué sustancia, qué hilo de luz,
qué aspecto de la noche,
qué novedad o reiteración del día?

 

Voces de niños…

Voces de niños, apenas audibles.
A ras del suelo, la criatura desalada;
quién ahora comprende, se arranca
la ilusión como si de una camisa se tratase;
quién agrega al gran tapiz la figura que falta.
Signos en la materia de la lluvia,
en los mecanismos del día y la noche,
en los asilos donde cada cual se enfrenta
a sucesivos destellos sobre un fondo oscuro.
Habrá un advenimiento, pero ¿cuándo?
Sopla borrasca en la conversación de los amantes;
se alimentan de lo escaso, de lo inestable,
de un espejo que deforma.
Viento incesante contra deseo y fronda,
ningún nombre permanece apenas pronunciado,
sólo quedan voces de niños, apenas audibles,
sucesivos destellos sobre un fondo oscuro.

Carlos Barbarito
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