“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Selección de Para la sed de la muerte, de Ulises Varsovia
(inédito)

lunes 11 de abril de 2022

Para la sed de la muerte

Escribo para la sed de la muerte
que acerca hacia mí sus temblorosos labios.
Ella me busca en mi propio interior,
la siento echar sus redes en mis noches,
y sueño con náufragos que forcejean.

Un poco el hombre son sus palabras,
y las palabras que arranco a mi vida
yo sé que no existen, se han muerto.
Murieron inmoladas por mi vida.

Todos los días la muerte revisa mi cuarto,
remueve, olfatea rincones y estantes,
se inclina implacable en mi viejo cuaderno,
y una por una devora las letras cautivas.

Ay, si mañana perdiera el sentido
de la poesía,
si de pronto sus claves secretas
me fueran para siempre extrañas,
¿qué podría ofrecer a la sed de la muerte?
Escribo con sangre para sus labios.

Escribo con furia de fiera acosada:
detrás de las huellas de mis palabras
escucho acercarse su olfato felino.
Moriría si mañana equivocara los rumbos.
Escribo para la sed de la muerte.

 

Ruidos del mar

El mar otra vez estrellando sus olas
contra el origen del sueño,
espantando con ruidos de espumas disueltas
el suave sopor de la noche.

Hay en su larga insistencia mensajes,
una voz repitiendo apotegmas
que quiere mi mente arrancar de su cárcel.

Este mismo sonido ancestral
estremeció el corazón del ser primitivo.
Tal vez en la edad del rayo,
en la edad de los dioses originales,
un hombre escuchó la conducta nocturna del mar
y veló las altas mareas conjeturando.

Pudo ser el lamento de niños ahogados,
o la cólera adusta de un dios ofendido
que aullando exigía tributos rituales.

Pudo ser simplemente un arcano,
un tenaz testimonio que nadie comprende,
algo que nos llama desde no sé dónde.

Y allí se quedaron las olas gimiendo,
haciendo crujir su alfabeto sonoro,
por miles de años indescifradas.

Hoy me repite su larga canción y vigilo:
mi sueño no puede aplacar su exigencia,
y continúo las luchas del ser primitivo.

 

La realidad de las cosas

La realidad de las cosas me envuelve
y no puedo cogerla.
Hay algo en mí que rechaza,
algo detiene o perturba las claves
que emanan del mundo y en mí se extravían.

Con mi corazón palpo volúmenes,
toco el transcurso del agua o del tiempo,
y extraigo un rumor inaccesible,
un agitado temblor de alas o labios
que asume temblando mi tenso instrumento.

Sé que a la tierra ha venido el reinado,
la monarquía del ojo que capta
el sutil movimiento,
las relaciones moleculares de la materia.

Pero yo veo más allá de lo medible,
en las lindes finales de la muerte y lo viviente.
La edad acumulada de la tierra,
el prístino aliento del mundo recién inaugurado,
el trajín de los pasos desnudos del hombre
depositando en el tiempo su heroica instancia.

Y no puedo coger, sin embargo,
los números que salen del átomo ciego,
la exacta dimensión donde el espacio
será capturado por la arquitectura,
el origen de la lluvia y sus procesos.

Llevo en mi interior velocidades muertas.
La realidad de las cosas me envuelve
y no puedo cogerla.

 

Árbol de invierno

La lluvia su ruido atroz
anoche sobre los techos,
su lucha por alcanzarme,
su inmensa pasión antigua
por arrancarme del sueño,
su deseo de amor torrencial
haciendo vibrar mis vegetales cuerdas.

Obscuras reminiscencias
saltaron desde la lluvia a mi lecho.
En la aurora soy un árbol que camina
despojado en la rapiña del otoño.
Huyendo sin dirección mis raíces
se aproximan al imperio de la lluvia.
Una mano dice adiós a la distancia.

La titánica lucha del viento
acomete mi cuerpo desnudo,
sopla con furia en mis últimas hojas
desordenando mis resistencias.

En su amor desmesuradamente hostil,
en sus besos terribles que muerden,
detuvo mi vida sus pasos para siempre.

Ahora llegó de repente en la noche
su voz malherida a buscarme.
En la aurora hay una mano que me llama.
Soy un árbol detenido en el invierno.

 

Cazador de sonidos

Un relámpago venga a mi mente
y trastorne los hilos de la inteligencia,
rompa, desgarre sus fibras,
y arroje a un infierno de llamas
la pura medida de luz y equilibrio.

En el centro de un gran torbellino
de ideas convulsionadas,
al fondo de las desorientaciones,
perdido en las selvas espesas del alma
donde el número y la forma se extravían,

oh misteriosa palabra en tinieblas,
adoro tu sombría claridad irreductible,
tu ritmo arrancado al proceso invisible
de los crecimientos naturales.

Al corazón de tus letras dementes
que giran sin orden en el infinito,
a tus rutas de tránsito ciego
voy con mis manos desnudas tactando,
acechando tus felinos movimientos,
pleno de ardientes poderes que luchan
contra el orden implacable de la muerte.

Voy cazador de sonidos confusos
armando una trama de voces dispersas,
y mi dolor de tenaz sacerdote
oficia en la más abismal soledad
un rito de tenaces tentativas.

Y casi consigo seguir existiendo,
casi detengo en su vuelo impalpable
la insigne armonía, el conjuro.

Pero regresan mis manos vencidas
desde las profundidades,
no pudo mi mente encontrarse anulada,
desnuda de idiomas terrestres
en el tránsito abstruso de los apotegmas.

Muero, pues, de miseria verbal,
agonizo de hermosas canciones
que vagan sin rumbo en la amada tiniebla,
donde bajó trepidando mi vida
y no pudo coger las recónditas claves.

Ahora que venga la muerte a mi boca.
No soy digno de amar la Palabra.
Soy esclavo de la ley y el equilibrio.

 

Rito otoñal

Una mañana de otoño me encierra
en su aliento, su densa humedad
donde tiritan de frío las hojas.

Siento caer a la tierra láminas muertas,
delgados tributos que entrega el follaje
para seguir existiendo.

Al pie de los árboles pego mi oido,
y escucho, escucho el tic-tac de la muerte,
su paso de danza ritual
extendida en el gran escenario silvestre.

Cuántas veces rodé en la hojarasca,
cubrí de amarillas insignias mi cuerpo,
besé enloquecido los mustios despojos
en un deseo salvaje por destruirme.

En un deseo de paz vegetal, de raíces,
desnudo de besos debajo del cielo,
cuando a la tierra acudí en holocausto
y el otoño no quiso llevarme.

Esta mañana de nuevo regreso,
acudo otra vez a mi patria en ofrenda,
y las hojas me miran sin entenderme.

Es que tal vez soy la muerte que pasa,
es que tal vez voy danzando en el bosque
y a mi paso la tierra recobra sus hijas.
Es que tal vez soy el gran victimario.

Ay, yo no sé lo que soy en la niebla,
yo no sé dónde están mis raíces,
yo no sé qué camino tomar
para cumplir con mi ciclo y dormirme.

Por eso esta fría mañana de otoño
que encierra mi vida en su gris envoltura,
he querido escribir estas líneas,
he querido buscarme por dentro.

Ulises Varsovia
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