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Recordando al médico-escritor español Santiago Lorén

lunes 12 de marzo de 2018
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Santiago Lorén
La primera lectura de los textos de Lorén resulta un encuentro con lo inesperado.
“Lo que mantiene abierto el camino de la libertad
es el diálogo entre la razón y el sujeto,
diálogo que no puede interrumpirse ni acabarse”.

Alain Touraine, Crítica de la modernidad.

Considerar que ciertas condiciones de justicia y comportamiento social, a veces dañinas al ser humano, deben ser revisadas, rechazadas o controladas, es la visión que del mundo expresa el médico-escritor español Santiago Lorén en casi toda su obra literaria. “Apariencias-apariencias y entes de razón. Eso es todo. Un mundo platónico. Y nosotros hormigueando por sus días y por sus caminos. La vida ente de razón, la ciudad sombras en el fondo de la cueva” (Lorén, 1956, p.7). Con estas palabras inicia Lorén El verdugo cuidadoso (1956). Narración de un médico-escritor cuya trayectoria de vida estuvo dedicada a la observación, investigación, experimentación y reflexión. Un escritor que no perdía tiempo en lo superfluo y supo disfrutar las alegrías que otorgan los ratos de amistad y afecto familiar.

Deseo dialogar con Santiago Lorén en un juego de memoria abierta y libre de presiones.

Vivió intensa, afectiva e intelectualmente 92 años de vida. En algún momento hubiera deseado conocer a este médico-escritor, cuyo interesante discurso atrae por su posición y compromiso con el ser humano, con la convivencia, con el respeto a las ideas, en una España polarizada ideológica y políticamente.

Al leer su obra nos vemos obligados a reflexionar sobre Lorén médico, Lorén escritor. Mientras el médico desmitifica creencias ancestrales y pone en evidencia la importancia del método experimental, para la investigación, tanto científica como policial de sus narraciones; el escritor lo protege de determinismos, de posiciones extremas, reconoce los errores de la República, aun cuando es partidario de ella. Desarrolla su posición humanista a costa de desmitificar rígidos estamentos legales establecidos. La conciencia de Lorén permaneció intacta a la no adhesión a ideologías extremas; al no dejarse arrastrar por extravagancias y oscurantismos evitó que filosofía alguna marcara el destino de su vida, para que el pensamiento dogmático no prevaleciera ante la aventura de la razón.

Hoy, después de más de siete años de muerto (2010), me quiero sentir dueña de su tiempo infinito, y he pasado días y días en una golosa lectura de su obra literaria, poco reconocida en Latinoamérica. Deseo dialogar con Santiago Lorén en un juego de memoria abierta y libre de presiones. Voy a indagar en ese pasado literario cuyo lenguaje, a partir de ahora, será el motivo de este ensayo.

La primera lectura de los textos de Lorén resulta un encuentro con lo inesperado, el desconcierto no impide penetrar el aura que embriaga y seduce, a pesar de las críticas que le vamos haciendo en el transcurso de la lectura. Una casa con goteras (1953),1 El verdugo cuidadoso (1956) o La vieja del molino de aceite (1984)2 no son narraciones cuyo discurso conlleva un anhelo de perfección, pero seducen, arropan al lector en el mismo conflicto que sufren los personajes.

De pronto uno se encuentra compartiendo el aire de tolerancia y comprensión que exige el escritor, a través de la diversidad de estructuras que crea: policial, médica, legal, social, histórica y psiquiátrica. Esto nos ubica frente al autor, dueño de una conciencia histórica, que siente la decepción de no poder relatar una cotidianidad humanitaria, promisora y esperanzada.

La obra de Lorén ficciona sus visiones sobre varias épocas y generaciones, con un lenguaje preciso, que se atiene al rigor de su formación científica, como la enfermedad, a veces con palabras bizarras, y con finales de impacto narrativo. Me atrajo la increíble memoria visual, pictórica en muchos casos, sobre todo para describir paisajes y espacios pueblerinos, memorias familiares, luchas políticas, símbolos de identidad, de su herencia cultural y de su relación humanista con el prójimo. A momentos nuevos espacios invaden el tiempo de lectura, en complicidad con el escritor, para novelar sobre una identidad ya transformada.

Hoy al volverlo a leer corro el riesgo de una reidentificación. El autor realiza un pasaje de legitimidad subjetiva entreverada con la ficcionalidad. Creo que Lorén vive sus personajes, lucha por ellos, no deja que sucumban ante la adversidad, manifiesta la necesidad de olvidar resentimientos, en afán de proteger su utopía humanística. Acude a personajes anónimos y los convierte en protagonistas de una historia local, y de la cotidianidad del contexto donde viven. Un escritor capaz de crear caos a partir de historias pueblerinas, porque en las novelas, dice el escritor, “lo que se trata no es de resolver el caos sino de expresarlo”.3

La palabra en Lorén esconde un sentido de futuro, y su obra prueba e intenta despertar la sensibilidad de los habitantes de un mundo donde privan el desamor, la indiferencia y el egoísmo. El escritor escribió en el siglo XX sobre falsas concepciones sociales envueltas en legalidades, sobre los errores y aciertos de una generación, aún vilipendiada y defendida. Pío Baroja consideraba que “no en balde la construcción de un idioma es un producto de mil tanteos para buscar la claridad y la comodidad de un sinfín de generaciones” (1961, p. 14). Lorén acrecienta en cada novela la crítica a la indiferencia porque, como le dijo Anton Chejov en carta a su editor Alexei Suvorin: “La indiferencia equivale a una parálisis del alma, a una muerte prematura”.4

La tragedia de un crimen se matiza con la ironía de un quehacer competitivo entre la medicina y la policía en La vieja del molino de aceite (1984), novela que refiere las investigaciones de un asesinato que el autor involucra con el “síndrome tóxico” (intoxicación acaecida en España en 1981, a causa de la adulteración del aceite comestible de colza, que ocasionó cientos de muertos y miles de enfermos).

Atraído por el sutil empeño de quien conoce lo perceptible de la ciencia médica, traza una línea divisoria entre el conocimiento del médico y la ambigüedad del policía.

La novela seudopolicial de Lorén pone en evidencia la opacidad del quehacer gubernamental, con una semántica en permanente acción, que acorta las distancias entre personajes y narrador. La actuación del médico forense ahonda los niveles de abstracción que conlleva el conflicto del asesinato, para ir prefigurando una tragedia en la cual todos nos vamos involucrando: autor, personajes, narrador, lector, somos parte de esta crónica ficcionada de un hecho delictivo que conmocionó a España, más allá del crimen de la vieja del molino, excusa de Lorén para relatar el hecho real.

El relato significa una transgresión al cuerpo y a la palabra verdadera, y genera múltiples significaciones antinómicas: sospechas, traición, crimen, muerte, investigación legal, ciencia, tragedia social, contaminación alimentaria. Lorén resalta la existencia de causas y efectos de un lado y otro de las líneas, y establece las fronteras entre lo lícito e ilícito.

Atraído por el sutil empeño de quien conoce lo perceptible de la ciencia médica, traza una línea divisoria entre el conocimiento del médico y la ambigüedad del policía. De pronto asesinos y policías, como en los juegos infantiles, respiran a través de tensiones provocadas para deleitar con el suspenso, por eso cada palabra marca las zonas narrativas, que oscilan entre certezas y dudas de un acontecimiento que afectó la credibilidad de las investigaciones en la vida de España. El narrador no decae, insiste, plantea equívocos, desvía la atención del lector con humor e ironías que, a momentos, rompen la severidad del caso médico legal.

Una mímesis de la ciencia médica introduce Lorén en su literatura; el escritor organiza sus capítulos en torno a una idea que se va desarrollando, con prolija secuencia, sin imprudencias ni ligerezas.

En todas sus novelas las investigaciones se preludian, se comentan teorías alrededor del problema, ya sea del crimen en La vieja del molino de aceite (1984), de la actitud compasiva del verdugo en El verdugo cuidadoso (1956) o de la obsesión de metódica justificación ante los defectos humanos de Sebastián y Fortunato en Una casa con goteras (1953). En todas se combinan los elementos descubiertos, a veces se experimenta con el error y lo sorpresivo aporta finales inesperados.

No se trata de romper patrones lógicos, sino de decirle al lector que todo es comprensible dentro de una plural posición social-humana. Los equívocos y las transgresiones, aparentemente ilógicas, conforman parte del sistema narrativo de Santiago Lorén.

La transgresión no necesita léxico especial en La vieja del molino de aceite, se encuentra encerrada en la propia toxina de la colza. Posiblemente la novela, publicada en 1984, llevaría, implícita en sus páginas, la intención de compartir y no olvidar los trágicos sucesos. Lorén nos introduce en la propia piel del cuerpo legal español, que la mayoría de los lectores sólo conocemos a través de las noticias y de la ficción.

El médico expone su ciencia y el escritor resalta la topografía del contexto real, entre cuyas líneas espaciales se mueve. El afuera es en las novelas el escenario, el contexto donde el autor revela un adentro peculiar y peligroso que algunas veces, como en La vieja del molino de aceite, proponen irreverencias legales para resolver la ficción. Es de ese rompimiento de la norma de lo que se vale Lorén para mostrar la estructura de una sociedad que, según estas novelas, cada día se autoencarcela más en su propia dogmatización de lo cotidiano, sin la capacidad de inventar.

Por eso los límites entre la coherencia y la locura en El verdugo cuidadoso (1956) sobrepasan la comprensión humana; el escritor pide clemencia ante la incomprensión de leyes que desestabilizan al ciudadano común, cuando la viuda Duprez es botada de su trabajo en el metro de Paris, después de haber cumplido con eficiencia su tarea durante más de veinte años, todo por un gesto de afecto humanitario, al perforarle un boleto vencido a un pasajero.

Lorén articula el reclamo de la viuda quien, en un acto de rebeldía y desesperación, quema, al pie del Arco de Triunfo, los recuerdos y honores de su hijo, héroe de Indochina; así metaforiza la incomprensión de una sociedad francesa sesgada por el pragmatismo de estructuras rígidas, que vive del héroe guerrero mas no del ciudadano que día a día la enriquece. Lorén traza un mapa bien delineado de una sociedad donde todos son, a su manera, verdugos cuidadosos que se queman en sus propias combustiones.

 

Santiago Lorén ensayista

En un intercambio entre oralidad y escritura leemos dos ensayos de Santiago Lorén: Memoria parcial (1978) y Ramón y Cajal (1982). A través de ellos el escritor se va reconociendo a sí mismo en los diálogos con la estructura regional de la cultura española, en las distorsiones que él mismo va descubriendo en esa cultura y en las permanentes polémicas de los dos personajes biografiados: el mismo Santiago Lorén y Ramón y Cajal.

El médico-escritor escribe sus ideas para no dejar escapar lugares y tradiciones, que pueden convivir con lo cotidiano, porque para él no existen las polaridades entre lo viejo y lo nuevo, lo individual y lo colectivo.

Cuatro elementos desempeñan un papel importante en estos ensayos. Los recuerdos, que acuden en busca de una memoria que va recuperando poco a poco sus espacios olvidados. La imaginación, indispensable para inventar la infancia cotidiana. La libertad escritural, virtud del ensayista. Y el elemento sociocomunicacional, aporte del lector, que varía de acuerdo a la visión de cada uno. La importancia de este aspecto radica en que cada tiempo lleva adentro de sí los códigos renovados y renovables de nuestra lengua. Cuando leemos estos ensayos recuperamos un tiempo ya perdido, significados privados y públicos de una época, de una comunidad y de su proceso de transformación, cuya comprensión estará determinada por la complicidad que cada lector establezca con el autor.

El médico-escritor escribe sus ideas para no dejar escapar lugares y tradiciones, que pueden convivir con lo cotidiano, porque para él no existen las polaridades entre lo viejo y lo nuevo, lo individual y lo colectivo. La convivencia entre las trasformaciones y lo permanente, en completa libertad, es un tópico constante en su obra literaria. Lo expresa al referirse a la prisión injusta de su padre en el período revolucionario: “Una familia que vivió el absurdo de una guerra innecesaria”.5

Tal vez encontremos que, en algunos momentos, Lorén se desvía del ensayo hacia la narrativa. Para los defensores de la división estricta de los géneros esto sería un exabrupto, que el escritor resuelve sin crear conflictos discursivos. De acuerdo con Liliana Weinberg (2001), considero que el ensayo es “difícil de domesticar”. En Lorén la ambivalencia forma parte de su sistema discursivo, no hay exclusividades, no hay límites impuestos, su lenguaje no se domestica.

 

El espíritu del respeto por la libertad en la memoria autobiográfica

La memoria y el olvido son solidarios y comparten el tiempo en la autobiografía de Santiago Lorén. Lo demuestran las páginas de Memoria parcial (1978). Un intenso trozo de historia de España en el cual el escritor reinventa episodios autobiográficos, en un extenso relato literario, cuyo significado forma parte de la identidad del autor. Frescos recuerdos de una infancia escritos en controlada geometría de espacios, tiempos y aconteceres.

Construcciones en las que no se descuida el detalle para reflexionar sobre el pasado, forjador de la personalidad del médico-escritor, quien en su larga vida pudo profundizar los secretos del complicado tejido humano en toda su compleja alteridad.

Encontramos en Lorén estrategias estéticas que enriquecen su obra literaria: diferentes configuraciones del lenguaje, críticas desnudas, sin subterfugios que opaquen las manifestaciones de hibridez discursiva del texto. El escritor crea un sistema donde se comparten códigos de drama, relatos cortos y aspectos de crónica, carentes de nubosidades justificadoras, con un discurso que rechaza la palabra controladora para sugerir el deseo de un mundo diferente, en su convivencia de libertad cotidiana.

La obra es incisiva al referirse a la confusión social, por los años 1935 y 36, en el inicio de la República, cuando relata que él mismo, muy joven aún, escribió en una “revistilla monárquica” siendo simpatizante republicano. “Al escribir para aquella revistilla me di cuenta de cómo pueden traicionar las palabras… ni siquiera creía lo que decían aquellas líneas mías” (Lorén, 1978, p. 68). El escritor recuerda que la violencia de los militantes de ambos grupos pretendía romper la urdimbre de una España donde convivían familiares y amigos de diferentes ideologías, una España real divorciada de la España oficial.

Santiago Lorén ni aun con los años permitió que su palabra fuera avasallada por el poder; por eso su discurso fluye arropado por el respeto a la diversidad, dueño de una excelente función memoriosa y legítima, cuando habla de un álgido período que marcó signos indelebles en la historia de España.

Memoria parcial es un texto en el que se muestran las debilidades y fracturas del poder. Sus páginas significan un retorno al pasado, ni fugitivo ni ilusorio, identificado con la palabra literaria y con la oralidad regional para hacer de los recuerdos su principal objeto.

A momentos percibo que Lorén fue un inconforme con cánones y líneas ideológicas, con la noción de verdad absoluta desde instituciones y jerarquías de poder.

Busca Lorén el tiempo perdido y convoca a ese tiempo en 1978, cuando ya España estaba en proceso de transición, después de la muerte de Franco en 1975. A pesar del desgarro social de la dictadura, no ofrece una memoria selectiva, recuerda aquí y allá, lo relevante y lo insignificante; no jerarquiza, deja al lector el derecho de seleccionar prioridades. Reordena sí, a su arbitrio, las vivencias que modelaron su vida, para adecuarlas a la adolescencia vista desde la vejez. Fiestas patronales, cumpleaños, discusiones políticas, conmemoraciones religiosas. La pobreza de una España que aún no había transformado sus estructuras sociales integran la dinámica de Memoria parcial.

Bien lo dice Michel de Certeau (2000): “Es lo cotidiano lo que se vive, se ama y se sufre”. Por eso Lorén narra lo cotidiano, sin confrontaciones, reflexiona sobre lo que ve y siente, vivencias que un día le hacen decir: “Estos matan en nombre de un pasado de privilegios… aquellos por un futuro de ideales más humanos… no sé, no sé, todos nos hemos vuelto salvajes y locos” (1978, p. 242). Lenguajes duros, adjetivos inclementes porque “tenía desde niño la conciencia de los matices de los adjetivos que tanto me habían de apasionar más tarde” (1978, p. 33).

A momentos percibo que Lorén fue un inconforme con cánones y líneas ideológicas, con la noción de verdad absoluta desde instituciones y jerarquías de poder. Se vale de todos los lenguajes para expresar que su preocupación no es el discurso político, ni las lamentaciones, ni los reproches entre unos y otros, sino el ser humano, sus sentimientos, los valores relativos de cada persona. Expresa también las incomprensiones entre las diferentes generaciones, que se diluyen muchas veces en el cariño y respeto familiar. Pero no elude las críticas a la educación religiosa de su época, cuando reconoce que en el seminario no le habían enseñado ni a Blasco Ibáñez, ni a Renan, ni a Nietzsche: “Me daba cuenta de que no me habían enseñado nada de esto. Ellos se escapaban siempre por tres sistemas: la sonrisa paternal del que oye a un niño decir tonterías, el puñetazo sobre la mesa exclamando que todo eso son caldos de cabezas y el ‘por Dios pepito qué diría tu abuelo si te oyera hablar así’; en realidad mi abuelo no haría más que reírse quedo” (1978: p. 68).

                                                                                                                  

La rebeldía convertida en sabiduría en la biografía de Ramón y Cajal

Al leer Ramón y Cajal siento, a momentos, que otra vida se va injertando en la del sabio español, la del narrador. Una velada confidencia que plantea el problema de la actividad del narrador, sin que se advierta su presencia, a pesar de que el reencuentro entre personaje y narrador estaría deslindado por el tiempo.

Se presiente una identificación con aspectos de la vida del sabio: la voluntad, el espíritu cuestionador, su amor por España, sus preocupaciones sobre el peligro del olvido; reflexiona sobre esto cuando dice: “La proyección actual, en el presente de cada hombre, es la resultante de su pasado y de su futuro. Uno lleva dentro de sí, en esencia, los materiales de su propia formación que es el pasado, y en potencia los de su realización, que es el futuro” (1982, p. 81).

Apoyándome en los conceptos emitidos en el texto, considero importantes las experiencias referidas y el entorno donde el sabio Santiago Ramón y Cajal pasó su infancia y adolescencia. Un tiempo refigurado, con un sentido vivencial que acorta la distancia entre historia vivida y relatada, y hace respetar los visos de verdad como envolvente biográfica.

En lo ficcional Lorén elabora una relación dialéctica entre poder doméstico y resistencia, que signan la infancia y adolescencia de Ramón y Cajal. Una situación en la cual el pueblo y el hogar constituyen la disciplina institucionalizada, y Santiago Ramón, niño, la antidisciplina. La rebeldía está relatada con un lenguaje de juegos pirotécnicos de los cuales al final siempre queda la tibieza de las brasas, que más adelante volverán a combustionar, para conducir al sabio por el camino de la investigación y el arte, hasta recibir, en 1906, el Premio Nobel en Fisiología y Medicina.

Igual que en toda su obra, Santiago Lorén nunca se contradice en sus reflexiones sobre libertad, respeto a las ideas y sentido humanitario. No fue al azar que eligió a este sabio para relatar una vida llena de rebeldías, en la cual el peso de una iglesia, que ejercía el poder espiritual, no le impidió expresar su sentido de emancipación religiosa e intelectual.

A momentos la lectura de Ramón y Cajal, y también de Memoria parcial, nos introducen en el objetivo del relato ensayístico, en su discurso de la palabra interesada en no aceptar imposiciones. Los personajes deciden sus vidas, aciertan o se equivocan, pero siempre luchando en función de su propia conciencia, y en busca de una sociedad menos ritualizada y menos adoctrinada.

Ramón y Cajal representa al científico polifacético, intelectual, artista, al estilo del médico colombiano César Uribe Piedrahíta, quien se rebela contra el estereotipo tradicional. Ambos sabios rechazaron los patrones de principios del siglo XX en los que nacieron. No podían hacer de la rutina obligada su destino. Lorén desplaza ese sentimiento de rebeldía de Cajal hacia las formas simbólicas del arte, pinturas humorísticas, caricaturas y por último la ciencia e investigación como reto vital. El colombiano también dejó un abundante material literario y artístico que aún hoy es comentado por la crítica.

 

He descendido en el tiempo para recorrer, junto al narrador, los atribulados pasajes de sus novelas, las peripecias de unos personajes tan humanos que nos llevaron a compartir soledades.

Me despido de Santiago Lorén

Queda mucho por investigar, por caminar junto al espíritu del Santiago Lorén escritor, para conocer los misterios de un vivir entre varias y muy diferentes generaciones. Un escritor que desafía la incomprensión, la contingencia posmoderna, el desarraigo y, más allá de abulias claudicantes, o de fundamentalismos castrantes, tuvo la inteligencia de meterse adentro del espejo de su vida para ver lo que se quedó atrás y lo que iba a venir.

En esa mirada, desde el presente al pasado, que en este ensayo he realizado a vuelo de pájaro, buscando los puntos de referencia, orientados siempre para no perder de vista el interior de los discursos de Lorén, me ha llamado la atención cómo se pierde el sentimiento de distancia en el transcurso de la lectura. He descendido en el tiempo para recorrer, junto al narrador, los atribulados pasajes de sus novelas, las peripecias de unos personajes tan humanos que nos llevaron a compartir soledades y a meditar sobre el recorrido silencioso de esos hombres y mujeres cuyo juego de la vida los llevaba a levantar la carta de un destino que implicaba innumerables dificultades. En ellas reside el mensaje de Lorén, en no dejarse intimidar por las adversidades, a pesar del miedo siempre al acecho.

El recorrido novelado traslada un camino simbólico de dificultades a otro de logros y convicciones. Es en esos caminos donde personajes y lectores se entrecruzan, hasta que al final unos y otros se internan entre los pequeños signos del lenguaje, a la espera de quien los reinvente. Nosotros volvemos a ordenar el entorno, casi sin darnos cuenta de que las palabras de Lorén han dejado huella en nuestras ideas.

 

Bibliografía

Julia Elena Rial
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Notas

  1. Una casa con goteras. Premio Editorial Planeta 1953.
  2. La vieja del molino de aceite. Premio Ateneo de Sevilla 1984.
  3. Referido por Carlos Luis Álvarez en entrevista publicada en ABC de Madrid el 29 de agosto de 1964.
  4. Cita tomada de “Chejov, nuestro contemporáneo”, de Sergio Pitol, publicado en La Jornada Semanal del 20 de junio de 2004. Nº 485.
  5. El País de España, 29 de agosto de 1976.
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