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Gramática del instante

lunes 10 de junio de 2024
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Gramática del instante, por Manuel Cabesa
El vértigo de la existencia, la embriaguez del amor, la impotencia ante la muerte son sentimientos indecibles, experiencias intransferibles que sólo pueden expresarse a través de imágenes
Quien ha sido atrapado por un poema no es cautivado por el poema sino por la vida que éste le produce.
Roberto Mascaró.

I

Con los años he llegado a entender por poesía, no sólo una forma del decir literario, sino una revelación de la existencia en lo más profundo de nuestro ser. Cesación de la realidad consciente que busca en su interior una imagen, una visión que abre las puertas a una sensibilidad inédita, cuyo margen de misterio nunca podremos develar completamente.

 

II

En 1918, el poeta mexicano Ramón López Velarde escribió: “El sistema poético se ha convertido en sistema crítico. Quien sea incapaz de tomarse de tomarse el pulso a sí mismo no pasará de borrajear prosas de pamplinas y versos de cáscara”. Cuando la poesía deja de ser canto y se convierte en reflexión sobre el lenguaje, cuestionamiento de la realidad palpable, advenimiento de una realidad analógica que sólo existe por mediación de las palabras, abre la posibilidad a una forma diferente de percibir cuanto nos rodea: el mundo es imagen, campo abierto donde juegan la sensibilidad y la percepción.

 

III

Al perder su sentido mágico, la palabra ya no procrea mitos; del verbo que al pronunciarse creaba formas de vida, pasamos a la palabra escrita, creadora de signos sobre la página, y a través de estos signos —lingüísticos, de sintaxis— nos es dado convocar imágenes.

 

IV

Abiertas las puertas de la percepción, la página se convierte en campo de labranza donde cultivar esplendores. El poema, como árbol de espesa fronda, se yergue de entre los surcos abiertos en la página, extendiendo su ramaje sobre las correspondencias y los contrastes. Es el fuego transfigurado del que habla Lezama Lima: horizonte irreversible, secuencia sin fin en sí misma.

 

V

Nada resulta más incómodo que, en una lectura pública, el poeta reafirme su escrito ante el auditorio diciendo: “En este texto quise decir...”. Provoca replicarle: “Y si esa era tu intención, ¿por qué no lo dijiste de una vez?”. Este tipo de justificaciones revela una lamentable inseguridad del poeta ante sus palabras, y por otro lado un desconocimiento total del poder de seducción que las imágenes poseen dentro del cuerpo del poema. Muchas veces en un poema logrado existen imágenes que pueden ser desconcertantes o perturbadoras, como: “Mis cartas de amor fueron robadas por los halcones ultramarinos que atraviesan los espejos de la infancia”, pero lo que interesa es lo que ellas sugieren al lector, que renazcan y se renueven en cada lectura, que nos estremezcan en su más profunda belleza. “El sentido de la imagen —ha escrito Octavio Paz— es la imagen misma: no se puede decir con otras palabras”.

 

VI

Se sabe que entre las sociedades primitivas y las comunidades precristianas, los dioses (Dios) ostentaban más de un nombre; aquel, familiar, con el cual sus acólitos podían invocarlos, y el otro, el nombre secreto, mágico, donde reside su verdadera esencia. Para fray Luis de León —según nos informa Ángel Rosenblat— el nombre “es como la imagen de la cosa”..., “la misma cosa disfrazada de otra manera”. De igual forma procede la poesía: nombre secreto de las cosas que, “disfrazadas de otra manera”, adquieren otros poderes, otros atributos.

 

VII

En este nuevo siglo vivimos rodeados por la inmediatez: las redes sociales, los avances tecnológicos, obnubilan la atención de todos. Me pregunto, en tales circunstancias, ¿habrá espacio para acercarse a lo sagrado?; ¿aún tenemos tiempo para convocar lo numinoso en nuestras palabras?; ¿tendremos la esperanza de ver crecer una poesía reflexiva donde lo religioso tenga cabida? Para Eugène Guillevic: “...el poeta debe ayudar a los demás a vivir lo sagrado en la vida cotidiana, y puesto que la poesía y lo sagrado se unen, el poeta debe dar a la sociedad esta fundación de lo sagrado”. ¿Todavía podemos percibirlo así?

 

VIII

¿La poesía es una recreación intelectual de nuestras emociones? El vértigo de la existencia, la embriaguez del amor, la impotencia ante la muerte son sentimientos indecibles, experiencias intransferibles que sólo pueden expresarse a través de imágenes: de allí la permanencia de la poesía, la necesidad de fijar lo intangible a través del lenguaje. Para Gabriel Miró: “...hay emociones que no lo son hasta que reciben la fuerza lírica de la palabra, su palabra plena y exacta. Es que la palabra... resucita realidades, las valora, exalta y acendra”. La poesía es una especie de muro de contención ante la esfera de lo real, nos preserva de aquello que es innombrable y está adherido a las raíces de nuestro destino.

 

IX

Para Gaston Bachelard, la poesía, aquello que definimos como poético, no es algo exterior, algo que se encuentra en las cosas o en los momentos que tomamos como tal, sino una sensación que se expresa desde nuestra intimidad psíquica. La rosa, tantas veces cantada, no es poética en sí misma, sino por las transformaciones que ha vivido infinitamente en la expresión que cada poeta ha construido a su alrededor. Lo poético, según Bachelard: “Es la facultad de sentir y un modo de pensar”.

 

X

Las cosas están allí esperando ser nombradas. Más allá del sentido utilitario del mundo que nos rodea, el nombrarlas le otorga una dimensión inédita ante nuestra percepción. Las cosas se revelan cuando las nombramos, adquieren presencia. Nombrarlas mediante la poesía es transformarlas, salirse de lo meramente conceptual, alterar la visión que tenemos de ellas enmarcándolas en una realidad distinta, sólo aprehendida por mediación del acto creativo.

 

XI

Así como las cosas no son poéticas en sí mismas, tampoco hay palabras específicamente poéticas. Los vocablos más simples, los términos más humildes, revelan el instante poético aún mejor que las palabras rimbombantes o rebuscadas. Sólo hace falta que una palabra encuentre a aquella otra que la complementa y entre ambas creen ese sistema de correspondencias y contrastes para que nazca el poema, para que florezca ese conjunto de imágenes cuyas raíces permanecen ocultas en la noche de los tiempos. Escribe Jorge Aguilar Mora: “Las palabras tienen que ser orgánicas, con vida propia, y tan antiguas como el primer resplandor y tan idénticas como el primer rostro”. He allí el poema.

 

XII

Uno de los cuadros más celebrados de René Magritte nos muestra una pipa recreada con convincente realismo; sin embargo el artista se empeña en negar el objeto mostrado en el cuadro: Ceci n’est pas une pipe (“Esto no es una pipa”). Y tiene razón: lo que allí vemos no es una pipa sino su representación, imagen creada a partir de una realidad externa; pero que, en cuanto a imagen, posee un innegable poder de seducción y permanencia. Así la poesía.

 

XIII

Finalmente, ante la imposibilidad de discernir el sentido del acto poético, me parece que estas palabras de Carlos Fuentes podrían justificar cada uno de nuestros esfuerzos: “El lugar de encuentro es el poema consagración del instante que hace presentes —que hace presentables— las memorias y las aspiraciones humanas”.

(Para Nacho Zerpa, místico en estado salvaje).
Manuel Cabesa
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