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Al azar de la experiencia

martes 2 de agosto de 2016
José Emilio Pacheco
José Emilio Pacheco: “No leemos a otros: nos leemos en ellos”.
¿A qué se parece un poema cuando uno se pone a escribirlo?, uno no sabe. ¿A dónde va un poema cuando uno empieza a leerlo?, uno tampoco sabe. Para escribir, como para decir, hay que entrar en el juego de las palabras que se revelan poco a poco familiares, luego uno las aprecia, las saborea, y se vuelven al final nuestra alegría de respirar.
Yves-Jacques Bouin.

Da la casualidad de que, entre los libros que tengo en casa, hay dos cuyos títulos resultan prometedores y tienen parecida resonancia: La experiencia poética (1971), de René Menard, y Notas sobre la experiencia poética (1983), de Alberto Girri, donde cada uno, a su manera, intenta dar respuesta al fenómeno de la poesía como forma de vida y escritura. En la nota preliminar del primero, Raúl Gustavo Aguirre hace una observación que me parece válida también tanto para el libro de Girri como para estos apuntes dispersos que hoy quiero compartir. Formula Aguirre lo siguiente: “Los ensayos que siguen son el testimonio viviente, veraz, directo, de un hombre para quien la Poesía se escribe siempre con mayúscula y constituye la experiencia fundamental. No de un escritor, no de un crítico, sino de un protagonista. Protagonista como poeta-lector, René Menard no nos muestra sino aquello que él ha sentido y conocido”.

Leer y escribir son actividades vinculantes, no existe una sin la otra. La lectura es una forma de escritura.

Aunque me he propuesto hablar de lo que he “sentido” y “conocido” de la experiencia poética, igualmente me resulta confuso darle cuerpo a un discurso coherente sobre algo tan difuso como la poesía, empezando porque la poesía se resiente ante los conceptualismos. Desde reflexivos estudios de arte poética, partiendo de Aristóteles hasta llegar a los notables ensayos que en Venezuela han dedicado al tema poetas como Hanni Ossott, Rafael Cadenas y Ludovico Silva; pasando por definiciones en apariencia simples como la de Gustavo Adolfo Bécquer: “Poesía eres tú”, o tan enigmáticas como la de Carl Sandburg cuando dice que “poesía es el diario de un animal marino, viviendo en tierra, deseoso de volar en el aire”; la verdad es que se ha dicho de todo acerca de la poesía y todavía no hemos dicho absolutamente nada. De allí que antepongamos la palabra experiencia a cualquier reflexión que busque desentrañar los entresijos de la escritura, porque es desde nosotros mismos, desde lo más profundo de nuestra psique, de donde parte cualquier intento, que no pasará de ser un intento, de explicar y de explicarnos este profundo misterio.

Entendamos que la poesía es un acto secreto que convoca sólo a pocas personas; así ha sido y al parecer así seguirá siendo. Sin embargo ella permanece, funda su propio territorio con sus leyes y ceremonias. Desde el principio de la historia el hombre siempre ha vivido en permanente litigio consigo mismo; aun así pienso que leemos poesía y, más audaz aún, escribimos poesía porque en el fondo el hombre, en su sentido más universal, tiene sed de armonía, de armonía con el mundo, de armonía con el universo, de armonía con sus semejantes. La poesía sigue siendo el refugio para las angustias que producen nuestras propias contradicciones, el lugar desde donde se dice el amor, el sitio del encuentro con esas fuerzas superiores que definimos como dioses, y que están más allá de cualquier religión.

* * *

A la poesía llegamos por confusos caminos, mi caso no creo que sea distinto al de otro muchacho parecido al joven Xavier Villaurrutia descrito por Nicolás Guillén: “Villaurrutia era un adolescente tembloroso de curiosidad ante el misterio de la poesía”, y que un día se dejara arrastrar, en medio de sus incipientes lecturas, por la voz de algún poeta que el azar pusiera en su camino. Y es que leer y escribir son actividades vinculantes, no existe una sin la otra. La lectura es una forma de escritura en cierta manera, dado que al leer terminamos por reescribir el poema, tal como lo plantea Oliverio Girondo: “Sólo es posible exponer el sentido del poema, según la sensibilidad del lector, seguir algunas significaciones contenidas en la obra de un poeta, y que de ningún modo la agotan, pues cada lector establecerá con ella una relación propia, descubrirá nuevos ecos en nuevas direcciones”. Por eso un poeta nunca escribe solo, escribe a través de él toda una tradición de la cual muchas veces no está consciente.

Fueron muchas las voces, las palabras, los gestos que allanaron el camino por el que transitan mis poemas. En un texto José Emilio Pacheco expresa lo siguiente:

Al doctor Harold Bloom lamento decirle
que repudio lo que él llamó “la ansiedad de las influencias”.
Yo no quiero matar a López Velarde ni a Gorostiza ni a Paz ni a Sabines.
Por el contrario,
no podría escribir ni sabría qué hacer
en el caso imposible de que no existieran
Zozobra, Muerte sin fin, Piedra de sol, Recuento de poemas.

Como el maestro mexicano, yo no hubiese podido escribir de no haber existido una serie, casi infinita a esta hora, de autores y textos que me permitieron ir a la búsqueda de mi propia voz. Hacia 1976 descubrí en la vitrina de una librería un poemario cuyo título me resultaba por demás atractivo: Manual de extraños; su autor, Juan Calzadilla, y su lectura fue para mí como una revelación. Aquellos poemas estaban lejos de las impenetrables glosas y las tediosas elegías que mal enseñaban mis profesores de bachillerato; al leer aquel cuaderno, me di cuenta de que existía otra posibilidad para la poesía: el verso largo, sin la atadura de la métrica; el tono conversacional, sin arcaísmos ni palabras ostentosas. A mis quince años deduje que si Calzadilla podía escribir así, yo también podía hacerlo. Tal pretensión, por supuesto, no fue otra cosa que un síntoma de demencia precoz de mi parte.

Más allá de la experiencia personal creo que la poesía se enriquece en la experiencia colectiva.

En los años siguientes, llené y destruí muchos cuadernos llenos de poemas que tan sólo eran malas imitaciones de todo cuanto leía vorazmente en esa época. Luego, muy lentamente, comprendí que la poesía exige un alto grado de responsabilidad, una vigilancia permanente, una entrega absoluta, para llegar a decir algo verdadero; sin embargo, como dice Lezama Lima: “Ninguna aventura, ningún deseo donde el hombre ha intentado vencer una resistencia, ha dejado de partir de una semejanza y de una imagen”.

De allí que a lo largo del tiempo he seguido tozudamente intentando mantener ese diálogo abierto entre lo leído y lo escrito, entre lo intuido y lo anhelado, entre las palabras y las cosas. Parte de esa inquietud, de esa experiencia, está recogida en el volumen Un lento deseo de palabras (2010) donde están reunidos los poemas menos infames que he escrito entre 1980 y 2003. Libro de lenta gestación, del que estoy seguro, al final está llamado a cumplir, así como los textos que aún están en proceso, con este irrefutable dictamen del poeta Horacio Armani:

Poetas, las palabras
terminan con nosotros, las palabras que un día
creíamos eternas en el delirio que une la belleza y el sueño,
el dolor y la sed, la pasión del misterio.
Y nosotros yaceremos con ellas en el polvo de las antologías
cada vez más remotos, más solos y más muertos.

* * *

Ahora bien, aunque la poesía es un asunto bastante solitario, también con los años me he visto en el trance de compartir con otros la experiencia de la escritura poética y, a veces, del vivir poéticamente. De allí que durante mucho tiempo haya estado participando o coordinando talleres literarios, asistiendo a centros de enseñanza tanto media como superior a leer parte de lo que he escrito, organizando tertulias y lecturas para que el público pueda relacionarse con los autores, leyendo y comentando a mis compañeros y coterráneos, estimulando la publicación y difusión de los que se inician. Porque más allá de la experiencia personal creo que la poesía se enriquece en la experiencia colectiva, cuando se comparte como un don que se nos ha otorgado, como se nos ha otorgado la posibilidad de ser huéspedes en este planeta, que no nos pertenece y al que tratamos tan mal.

Dice Luis Cardoza y Aragón: “El mundo es como lo inventamos; es lo que inventamos”. También el mundo es lo que compartimos: la inocencia y el deseo, la nostalgia del futuro y el anhelo del tiempo que se fue, las edades y los nombres verificables por la imagen, los amores reales e imaginarios, las líneas de la mano que traza el poema, el sol y el alimento cotidiano, las campanas al vuelo en medio del silencio velatorio, los encuentros y las despedidas, noche abierta sobre los volcanes del alma, verbo estremecido por lo incomunicable, dardos como lágrimas fosilizadas en lo impreciso, sueños vulnerados que se embriagan en la realidad de las palabras, sentido y vivacidad de las cosas yertas, fijeza del instante ante la transitoria vida, amapola de hielo que florece sobre brasas acústicas, certeza del cielo frente a la incertidumbre de la piedra, memoria que fijamos en nosotros y en los otros.

Todo esto es la poesía cuando se comparte, cuando se hace entre todos, cuando se hace para todos, única prueba real de nuestra existencia. Pan compartido en sagrada comunión.

* * *

Posdata: Luego de escritos los párrafos precedentes, hoy ¿por casualidad? leo otro poema del maestro José Emilio Pacheco, que transcribo integro porque me parece que expone de manera mucho más coherente parte de las ideas que quise expresar en mi escrito sin lograrlo del todo, como se puede apreciar. Y ya que los poemas de Pacheco me han acompañado con frecuencia en los últimos años, sirva pues esta lectura como el homenaje que le debía desde hace tiempo:

Carta a George B. Moore en defensa del anonimato

No sé por qué escribimos, querido George.
Y a veces me pregunto por qué más tarde
publicamos lo escrito. Es decir, lanzamos
una botella al mar, harto y repleto
de basura y botellas con mensajes.
Nunca sabremos
a quién ni adónde la llevarán las mareas.
Lo más probable
es que sucumba en la tempestad y el abismo.

Sin embargo, no es tan inútil esta mueca de náufrago.
Porque un domingo
usted me llama de Estes Park, Colorado,
me dice que ha leído cuanto está en la botella
(a través de los mares: nuestras dos lenguas)
y quiere hacerme una entrevista.
Después recibo un telegrama inmenso
(lo que habrá gastado usted al enviarlo).
En vez de responderle o dejarlo en silencio
se me ocurrieron estos versos. No es un poema,
no aspira al privilegio de la poesía
(no es voluntaria).
Y voy a usar, así lo hacían los antiguos,
el verso como instrumento de todo aquello
(relato, carta, drama, historia, manual agrícola)
que hoy decimos en prosa.

Para empezar a no responderle,
no tengo nada que añadir a lo que está en mis poemas,
dejo a otros el comentario, no me preocupa
(si alguno tengo) mi lugar en la historia.
(Tarde o temprano a todos nos espera el naufragio.)
Escribo y eso es todo. Escribo: doy la mitad del poema.
Poesía no es signos negros en la página blanca.
Llamo poesía a ese lugar de encuentro
con la experiencia ajena. El lector, la lectora,
harán o no el poema que tan sólo he esbozado.

No leemos a otros: nos leemos en ellos.
Me parece un milagro
que algún desconocido pueda verse en mi espejo.
Si hay mérito en esto —dijo Pessoa—
corresponde a los versos, no al autor de los versos.
Si de casualidad es un gran poeta
dejará cuatro o cinco poemas válidos,
rodeados de fracasos y borradores.
Sus opiniones personales
son de verdad muy poco interesantes.

Extraño mundo el nuestro: cada día
le interesan cada vez más los poetas;
la poesía cada vez menos.
El poeta dejó de ser la voz de la tribu,
aquel que habla por quienes no hablan.
Se ha vuelto nada más otro entertainer.
Sus borracheras, sus fornicaciones, su historia clínica,
sus alianzas o pleitos con los demás payasos del circo,
tienen asegurado el amplio público
a quien ya no hace falta leer poemas.

Sigo pensando
que es otra cosa la poesía:
una forma de amor que sólo existe en silencio,
un pacto secreto entre dos personas,
de dos desconocidos casi siempre.
Acaso leyó usted que Juan Ramón Jiménez
pensó hace mucho tiempo en editar una revista.
Iba a llamarse “Anonimato”.
Publicaría no firmas, sino poemas;
se haría con poemas, no con poetas.
Y yo quisiera como el maestro español
que la poesía fuese anónima ya que es colectiva
(a eso tienden mis versos y mis versiones).
Posiblemente usted me dará la razón.
Usted que me ha leído y no me conoce.
No nos veremos nunca pero somos amigos.
Si le gustaron mis versos
qué más da que sean míos / de otros / de nadie.
En realidad los poemas que leyó son de usted.
Usted, su autor, que los inventa al leerlos.

Manuel Cabesa
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