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Veinte años sin Trejo, traje, trujo, trejo, etc.

jueves 19 de enero de 2017
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Oswaldo Trejo
Trejo es, con mucho, uno de los acertijos más interesantes de la literatura venezolana de todos los tiempos.

El 24 de diciembre de 2016 se cumplieron veinte años de la partida hacia el hondo país de los ausentes de Oswaldo Trejo, uno de los narradores más singulares que ha tenido Venezuela. Sin embargo, siento que su muerte aún no es algo definitivo, que su obra todavía está por ser descubierta.

A Oswaldo lo conocí en 1980, a mi ingreso en los Talleres de Creación Literaria del Centro Rómulo Gallegos, y durante muchos años fuimos amigos aunque yo no era su mejor lector, cosa que a él parecía importarle muy poco. Recuerdo que cierta vez llegué temprano al Celarg y Oswaldo aprovechó para mostrarme un fragmento de la obra que por entonces trabajaba y que luego llamó Metástasis del verbo (1990). Mi desconcierto no pudo ser mayor: en aquel texto (imposible llamarlo de otra manera) se mencionaban algunos arcanos del Tarot, pero en realidad para mí aquello era algo incomprensible. Con mucha paciencia, Trejo me explicó que lo extraño del texto era que no tenía verbos. “Se trata de una novela donde no hay verbos conjugados”, me dijo.

Oswaldo Trejo nunca fue un escritor que se permitiera estar a la moda.

La obra de Trejo destaca precisamente por operar a través de ese tipo de tentativas. Cierta vez le comenté que puesto a elegir uno de sus libros me quedaría con Todos los hombres son ciudades (1962), pues aun con mi mejor intención no había podido penetrar en el mundo de Andén lejano (1968), su primera novela experimental. Entonces comentó que aquella novela primeriza la había escrito como un ejercicio para afinar la pluma y exorcizar los fantasmas autobiográficos que acosan a cada escritor; luego de pagado ese tributo a la infancia era necesario buscar otros temas, acosar a las palabras, reinventar el lenguaje para que una obra pudiera ser novedosa; tal como lo planteó en una oportunidad: “¿Pero es que no puede el lenguaje, por sí mismo, hablar de cosas, transmitir situaciones, sensaciones, sin necesidad de narrarlas?”.

Un escritor, si su vocación es verdadera, vive plenamente sus obsesiones y sus búsquedas y éstas, mientras más apartadas de los gremios permanezcan, más profundas serán; en este sentido Oswaldo Trejo nunca fue un escritor que se permitiera estar a la moda. Cuando pienso en él, cuando pienso en libros como Textos de un texto con Teresas (1975), Al trajo, trejo, troja, trujo, treja, traje, trejo (1980) o Mientras octubre afuera (1996), pienso en autores como Joyce o Beckett que en su momento fueron harto difíciles y que tuvieron que esperar a que los lectores maduraran para alcanzar el sitio que les correspondía en esa tradición iniciada por Cervantes y Rabelais.

Por suerte con el correr de los años han venido surgiendo críticos de mentalidad abierta, dispuestos a penetrar en su narrativa y hacernos más sencillo el acceso: Elvira Macht y Luis Barrera Linares, entre nosotros, han asumido el reto de descifrar los códigos herméticos de una escritura que mantiene su vigencia en el tiempo. Por su parte el crítico peruano Julio Ortega ha escrito: “Oswaldo Trejo es el autor de una obra única. Se trata de una obra, en primer término, fiel a su naturaleza experimental, exploratoria, esto es, a la noción de que la narrativa no es una representación del mundo sino una reformulación de la escritura”.

A veinte años de su partida todavía es posible conocer, aceptar e indagar en la obra de Trejo, con mucho uno de los acertijos más interesantes de la literatura venezolana de todos los tiempos.

Manuel Cabesa
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