“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Sonia

domingo 28 de mayo de 2017
Sonia Sanoja
Sonia Sanoja: su figura etérea logró ensamblar las heterogéneas configuraciones de distintas manifestaciones artísticas reunidas en el vértigo de sus movimientos.

El lunes 17 de marzo de 2017 dejó de existir Sonia Sanoja, quizás una de las figuras más emblemáticas de la danza contemporánea en Venezuela. Su figura etérea logró ensamblar las heterogéneas configuraciones de distintas manifestaciones artísticas reunidas en el vértigo de sus movimientos, tal como sucedió al danzar entre los penetrables de Gego o al ritmo del poema “Duración uno y cuatro”, de quien fuera su compañero de vida Alfredo Silva Estrada:

Abnegación. Lentitud que no dura y no soporta
Su duración de vuelo firme. Posible equilibrio
De lo inmóvil ya irguiéndose de frente
Al deslumbramiento desdoblado y el gesto que soporta…

Comenzando la década de los 80, solía visitar al poeta (siempre el mismo día de la semana, siempre a la misma hora de forma rigurosa como lo exigía Alfredo) y al llegar Sonia siempre me recibía calurosamente con entrañable afecto; siempre solícita: atenta a esos pequeños detalles que armonizaran nuestra conversación: el sempiterno café o quizás alguna bebida estimulante si el poeta estaba de ánimo para ello. Al lado del salón biblioteca donde conversaba con Alfredo, en el lugar que debía ocupar la sala del apartamento estaba el espacio donde Sonia hacia sus ejercicios y practicaba sus rituales dancísticos: los pisos tapizados de madera, las barras fijas en las paredes, los espejos de tamaño natural donde se reflejaba su cuerpo al compás de cada movimiento.

Los gestos de Sonia han quedado inscritos para siempre en la efímera eternidad de sus movimientos.

En aquel tiempo Sonia y Alfredo no sólo me obsequiaron su amistad y su generosa paciencia. Cierta noche, Sonia puso entre mis manos un libro suyo: A través de la danza, publicado por Monte Ávila diez años antes. En él recopilaba una serie de anotaciones acerca de su arte; sin embargo, más que observaciones técnicas sus páginas estaban llenas de reflexiones escritas en un lenguaje cercano a la poesía. Sobre este libro escribió Miguel Acosta Saignes lo siguiente: “Todas sus ideas y vivencias, aun las que pasan por recuerdos filosóficos o por sugerencias poéticas, nacen de prolongadas intuiciones, ricos matices, inquietantes atisbos, impulsos de crear otros mundos con la danza”. Entre sus páginas encuentro brillos sorprendentes:

“Si uno está en constante vibración, ¿qué quiere decir lo estático?”.

“Tengo que buscar la forma de expresar este mundo. Un lenguaje sin detalles que lo diga todo. Un lenguaje que sea como la mano o como la mirada”.

“El espacio es una luz pesada. Tiene más peso que el cuerpo. El cuerpo es un peso opaco que empuja a la luz y se proyecta en ella liviano y claro”.

“La danza se mueve entre dos tensiones. Una me empuja hacia atrás, hacia un sin-tiempo, hacia una zona que va inmovilizándose hasta sumergirme en su fondo de piedra. Otra invade mi densidad, me pulveriza, me proyecta irradiada en un espacio cada vez más abierto, hacia otro sin-tiempo”.

“Yo estaba en el centro de todo. Un poco perdida y sorprendida a la vez por lo extraño: algo desconocido que venía en el roce con aquella realidad interior y también en los sentidos apenas capacitados para intuir aquello… Yo estaba en el centro de todo. Mi única señal, mi única medida: mi corazón latiendo en un espacio extraño”.

“Es como no estar en ninguna parte, no participar en ningún juego. Y la cabeza reposando en una almohada de infinito. Las cosas, distantes ya, no tienen nombre. Esta claridad ante mis ojos. No sabría llamarla luz. Es claridad, sólo transparencia. Si me conduce a un mundo donde mis líneas no sean válidas, no importa. Mis ojos han de agrandarse”.

“Muchas veces me sorprende esta angustia: alguien se revela íntegro en un gesto. Quisiera que ese gesto se prolongara, que se inscribiera para siempre”.

Los gestos de Sonia han quedado inscritos para siempre en la efímera eternidad de sus movimientos, en el impulso luminoso de la poesía y la danza.

Manuel Cabesa
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