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Experiencia maltesa: los acantilados de Dingli

domingo 14 de diciembre de 2025
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Tras la mañana pasada en Rabat, y la opípara comida, tocaba algo de naturaleza. Ésta apareció hermosa y con cielos despejados; de hecho, fue la constante durante toda la estancia y caí en la cuenta de que me había olvidado los pantalones cortos que permiten ir mucho más cómodo y disfrutar del tiempo, había metido varias camisas de manga corta que me permitían disfrutar de la suave brisa en aquellos soleados días.

La campiña se recorre por aquellas estrechas carreteras (se conduce por la izquierda y hay curvas para regalar) que me devolvían a la todavía sin asfaltar carretera de Játar de mi niñez que podríamos colegir era una verdadera autopista y, además, recta. En este paseo maltés la ruta se mostraba en todo su esplendor primaveral y la cromatización del paisaje una verdadera delicia para los sentidos una vez que abandonabas las zonas urbanizadas.

Una vez en tierra, en mi caso, la sorpresa fue encontrarme con las gigantescas cañahejas (Ferula comunis) que me superaban en altura y me devolvían a mi infancia feliz con las jornadas de caza en mi Macondo natal cuando esa planta, en el ocaso otoñal, se convertía en una herramienta básica para el éxito en aquellas jornadas cinegéticas por los Tajos y hasta el Val de Játar, que era la zona más frecuentada y tantas veces significó algún que otro resfriado ante la cruda realidad de las bajas temperaturas y, a veces, copiosas nevadas.

Por cierto, en apariencia, esa planta se parece al hinojo, pero no la debemos confundir; ambas variedades tienen diferente utilidad, la una es tóxica y la otra es muy recurrente en la cocina de la cuenca mediterránea por la gastronomía tradicional y masivamente empleada para la preparación de salados y encurtidos, porque aporta un aroma y un sabor anisado penetrante. Estaba en esas remembranzas cuando, en el horizonte, diviso unas antenas: adiós a la contemplación de la flora silvestre del lugar.

Parece que la jornada me era propicia: sin que estuviera previsto, la guía nos dio un cuarto de hora para poder admirar el rocoso paisaje y, enfrente, la isla de Filfla que la RAF empleaba en sus entrenamientos mientras estuvieron estacionados en la zona. Actualmente, Dingli es un centro de ayuda a la navegación aérea, estaba cerrado y bien alambrado, no había forma de acceder así que apenas dio tiempo para unas fotos y regreso a los acantilados, la ermita y ver cómo los lugareños aprovechaban los sucesivos desniveles para sus cultivos de supervivencia, que me recordaban a nuestros jameños Tajos —la zona del Cortijillo Ponche, Los Ángeles o La Peña. ¡Cuántos recuerdos reverdecieron en tan impactante lugar!

La planta transmisora de Dingli está ubicada en esa zona rocosa que fue excavada durante la II Guerra Mundial y en sus pasadizos se emplazó la técnica más moderna del momento en 1941. Según la bibliografía esos túneles o habitaciones sirvieron para dar cobijo a los generadores correspondientes y, en otra salita más pequeña, estaba el operador de radio que comunicaba a La Valeta la presencia de la aviación germano-italiana para sus famosos y largos bombardeos: Malta fue duramente castigada por la aviación e inscribió varias gestas de heroísmo en la historia de aquellos duros años (hay varios vídeos en YouTube sobre esas instalaciones que, lamentablemente, no pude visitar).

No había ninguna garita, ningún guardia, pero suficientes cámaras para controlarlo todo desde el servicio de vigilancia que suponemos está allí mismo integrado en el edificio, que sobresale coronado por la típica cúpula donde, seguramente, quedó registrado el jameño curioso que se acercó a aquellas instalaciones (el resto de personal se quedó contemplando la pequeña ermita junto al acantilado y la mayoría se congregaron junto al camión de venta ambulante, que es una opción segura para muchos turistas siempre dispuestos a comprar; unas cuantas personas se hicieron con su cestito de fresas a precios japoneses). Un poco más lejos estaban otras antenas que facilitan la tarea del radar y las comunicaciones con las aeronaves en aquellas latitudes.

El radar fue inaugurado el 27 de marzo de 1939 con el objetivo de rastrear todas las aeronaves que se acercaban a la isla. Los británicos establecieron el sistema de triangulación que conectaba Dingli, Tas Silg y Wardija; con la información obtenida en Lascaris-La Valeta se procesaba y se actuaba en consecuencia. Hoy estas instalaciones son gestionadas por el MATS (Servicio de Control del Tráfico Aéreo de Malta).

Lo más interesante es la carretera: hay que concentrarse, evitar los baches y no despistarse porque, en caso de cometer un error, éste puede llevarnos directos al acantilado de más de doscientos metros que tenemos a nuestros pies —más o menos como el jameño Llano Cuarenta y el lecho del Río Marchán. La pequeña capilla frente al aparcamiento —un par de vehículos y ya está lleno— está consagrada a Santa María Magdalena y fue levantada en el siglo XVII; el panorama desde allí, si tenemos una jornada clara, es magnífico y a la vez grandioso. ¡Qué poca cosa somos ante la descomunal naturaleza!

Desde esa atalaya contemplamos Filfla, que está declarada reserva natural a la que no se puede ir y es una gran pista para las aves marinas desde 1970. Según la guía peruana que teníamos asignada, unos cuantos miles de parejas de paíños tienen allí su morada, y también alberga una lagartija endémica que, en el audiovisual del yacimiento arqueológico, me pareció un gigantesco reptil de la época de los dinosaurios, pero las pocas que me crucé eran poco amigas de las fotos, pues todas salieron movidas y bien pequeñitas.

Para los que tienen tiempo les aconsejamos darse un paseo hasta un viejo hangar donde hay un restaurante que es ideal para finalizar nuestro peculiar paseo por estos impresionantes riscos. El transporte insular es bastante frecuente y hace que sea relativamente fácil llegar a la zona desde Rabat, La Valeta o Sliema; todo dependerá de donde nos hayan alojado, en nuestro caso estábamos en Qawra (estación de Bugibba) y siguiendo hacia el yacimiento arqueológico de Hagar Qin hay una impresionante cantera aún en uso que sorprende por su profundidad.

Juan Franco Crespo
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