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De El juego de Ender al juego de Putin: una neolengua para la guerra

sábado 28 de mayo de 2022
De “El juego de Ender” al juego de Putin: una neolengua para la guerra, por Maikel A. Ramírez Á.
Putin es un fervoroso creyente del aforismo de 1984, de George Orwell, según el cual quien controla el pasado, controla el futuro Fotografía: rajatonvimma /// VJ Group Random Doctors

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2022 en su 26º aniversario

“Is it really time for Russia to expand and invade?
You better believe it is”.
(Pussy Riot, Chaika).

La novela de ciencia ficción El juego de Ender, de Orson Scott Card, se ocupa de una guerra cuyos agentes nucleares son niños, entre los que descuella el aún más pequeñín Ender. Dada esta condición de quienes ponen en marcha las acciones, la novela es, sobremanera, un fresco acerca de la manipulación que se ejerce sobre la ciudadanía para que adhiera la guerra y la ejecute sin restricciones morales de ninguna naturaleza. En perfecta simetría con los guerreristas de esta novela, veremos, Vladimir Putin articula una neolengua en su juego personal de guerra contra Ucrania.

 

Putin era feliz, pero no lo sabía

Afirmaba Borges que no todo lugar común implica un error y, a mi ver, el de la imagen que vale más que mil palabras es ejemplar de este apotegma cuando vemos un video, fechado el 9 de diciembre de 2019, en el que un Putin sonriente le indica a su par ucraniano Volodímir Zelenski que pose para la foto. Al parecer, en aquellos días Putin no sabía que su homólogo era un nazi, en un claro contraste con Stalin cuando autorizó el pacto de no agresión Ribbentrop-Molotov con el ministro de Asuntos Exteriores del nazismo. El encuentro entre Putin y Zelenski se celebró en París con la intermediación del presidente francés Emmanuel Macron y la ex canciller alemana Angela Merkel, al objeto de alcanzar un cese al fuego en las regiones separatistas al este de Ucrania. Por lo pronto, remarquemos que, por donde busquemos, no hay referencias a Zelenski como nazi.

Notemos, ahora, que en respuesta a una invitación que le extendiera Zelenski el 20 de abril de 2021, Putin actuó recíprocamente llamándolo “presidente” y mostrándose presto a “darle la bienvenida en el momento más conveniente”, según reporta The Moscow Times el 22 de abril. La verdad sea dicha, pese a que no localizamos huellas del mote “nazi” en referencia a Zelenski, podemos atribuir el comportamiento de Putin a los códigos que rigen las relaciones bilaterales o, por qué no, a un espíritu en aras de resolver un conflicto con quienes considera hermanos de la misma madre patria. Sea como fuere, resaltemos y retengamos un hecho: mientras esto ocurría, Rusia acrecentaba el número de militares en la frontera con Ucrania, so pretexto de realizar ejercicios condicionados por la amenaza que representaba la Otan.

Putin ha insistido en que su “operación militar especial” contra Ucrania se origina en el genocidio que los nazis ucranianos han perpetrado desde la tragedia de Odesa en 2014.

Quizá el lugar más indicado para encontrar referencias a nazis ucranianos sea la prensa prorrusa, en virtud de que debe reportar sus acciones criminales, sobre todo gracias al periodismo de investigación. No obstante, una búsqueda en el portal de noticias RT mediante la palabra clave “nazis”, pongamos, desde los días en que Zelenski y Putin intercambiaron invitaciones hasta finales del año, nos arroja un solo titular sobre nazis en Ucrania, pero que se refiere a unos marchantes como “ultraderecha”: “Ultraderecha de Ucrania celebra el aniversario de una división nazi en pleno centro de Kiev” (29 de abril de 2021). Nada hay de extraordinario en esta noticia si consideramos que el portal informa sobre eventos similares en Alemania, Australia, España, Argentina y Estados Unidos, y porque, noticias aparte, como sabemos, hay movimientos neonazis por todo el globo, tal como lo evidencia el portal Legal Team: “Neonazis peruanos buscan expulsar a todos los judíos” (9 de noviembre de 2016). Putin ha insistido en que su “operación militar especial” contra Ucrania se origina en el genocidio que los nazis ucranianos han perpetrado desde la tragedia de Odesa en 2014. Con todo, si leemos la noticia del portal Sputnik sobre el estado de la investigación de este hecho en 2020, no hay mención a nazis. En cambio, el canal de noticias habló de los ucranianos en términos de “nacionalistas radicales”. En 2021, también Sputnik reportó una sola nota sobre nazis, cuya línea argumentativa se alineaba con las denuncias de Putin.

¿Y qué encontramos en las comunicaciones de los simpatizantes de Putin? Tomemos y retengamos la cuenta en Twitter @IrinaMar10, que registra la cantidad de 57,5 mil seguidores, entre los que se encuentran periodistas progubernamentales venezolanos que comparten actualizaciones de esta cuenta sobre la situación de Ucrania. En similitud con la prensa prorrusa, esta influyente tuitera no ofrece mayores datos sobre la presencia de nazis en Ucrania en los meses que siguieron a las comunicaciones de Zelenski y Putin. De hecho, ni siquiera se puede encontrar un tuit en la cuenta durante esos meses.

Ahora, Putin sí alude a neonazis en su ensayo Sobre la unión histórica de rusos y ucranianos, publicado el 12 de julio de 2021, en el que le endosa a neonazis ucranianos la quema de personas en Odesa y compara este suceso con Khatyn, donde los nazis quemaron un pueblo entero en 1943. Igualmente, Putin acusa a Ucrania de no suscribir la resolución de las Naciones Unidas que condena toda glorificación del nazismo.

Ante lo recorrido hasta acá, se impone indagar por qué la supuesta existencia de nazis ucranianos que perpetran un genocidio contra rusos y prorrusos había sido tratada como una simple nota a pie de página por la prensa rusa, por los simpatizantes de Putin y hasta por el propio presidente ruso en los meses que antecedieron a la invasión de Ucrania hasta que, en un parpadeo, Ucrania se transformó en un país más nazi que la Alemania nazi misma, a tal extremo que Putin pretende desnazificarla.

 

Si te vienen a contar cositas malas de mí…

Curiosamente, durante los meses en que Rusia no pareció notar que su vecino rebosaba de nazis, su fuerza militar en la frontera aumentó, por lo que las alarmas de los países occidentales se encendieron. Aunque los constantes informes de la inteligencia de países como Estados Unidos informaban sobre la inminente invasión que activaría Rusia, Putin y sus voceros lo negaban rotundamente mediante comunicados en los que, en ocasiones, predominada el lenguaje destemplado. Veamos a continuación una de estas declaraciones altisonantes:

Alemania ya está acostumbrada a las mentiras periodísticas, pero este “trolling alemán” podría costarle caro a un periódico, dado el hecho reciente revelado del antisemitismo en las filas de los periodistas alemanes.

María Zajarova, portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores (5 de diciembre de 2021).
Fuente: Venezolana de Televisión (web).

 

Menea el perro

Aunque el nazismo en Ucrania había ocupado un espacio marginal en la prensa prorrusa y en las declaraciones de Putin y sus voceros, y, además, el Kremlin había negado que invadiría, Putin se dirigió a sus compatriotas la noche del 24 de febrero para informar que había ordenado una “operación militar especial”, con el objetivo de “desmilitarizar” y “desnazificar” Ucrania, donde, para colmo, el “régimen” ucraniano había estado perpetrando un genocidio por ocho años. A continuación, reparemos en las palabras exactas de Putin:

El propósito de esta operación es proteger a la gente que, ya desde hace ocho años, ha sido víctima de la humillación y el genocidio perpetrado por el régimen de Kiev. Para tal fin, buscamos desmilitarizar y desnazificar Ucrania, así como enjuiciar a quienes han perpetrado numerosos crímenes sangrientos contra civiles, incluso contra civiles de la Federación Rusa.

 

Putin ha ido tan lejos como decretar una ley en 2021 que prohíbe analogías entre nazis y soviéticos.

La neolengua del juego de Putin

Pasemos a la lengua de Putin a ver qué nos depara su examen en lo concerniente a los motivos detrás de la invasión de Ucrania.

Palabras sin significado: en su ensayo Politics and the English Language, George Orwell sentó las bases de la neolengua de su distopía 1984. En su sentir, la palabra fascismo había perdido significado real y, a cambio, había pasado a representar algo que no era deseable. Lo mismo cabe señalar de la palabra nazismo hoy. Ésta y sus derivadas son las más manoseadas por Putin y sus cajas de resonancia. Retomemos el rechazo de Ucrania a suscribir la resolución de la ONU que condenaba la glorificación del nazismo. La explicación ofrecida por la delegación ucraniana del 8 de noviembre de 2019 contiene argumentos pétreos que fijan su posición. Destaquemos el señalamiento de que Rusia busca manipular la historia y monopolizar la victoria sobre el nazismo. Notemos que un rasgo que predomina en los discursos de Putin sobre la Segunda Guerra Mundial es la omisión del tratado Molotov-Ribbentrop entre Stalin y Hitler. Ha llegado a minimizarlo describiéndolo como un par de días en los que Ribbentrop se alojó en Moscú y, en última instancia, como el recurso final de Stalin para ganar tiempo, ya que Europa lo había abandonado a su suerte. Putin ha ido tan lejos como decretar una ley en 2021 que prohíbe analogías entre nazis y soviéticos. Razonando igual que Ucrania, los países bálticos habían rechazado la resolución en 2015, mientras que en 2019 Estados Unidos la descartó por considerarla una trampa contra las libertades, entre ellas la de expresión. Para probar cómo le rinde el monopolio de la victoria sobre el nazismo a Putin, advirtamos en la declaración de María Zajarova arriba las implicaciones de que los periodistas alemanes aludidos son nazis, con lo cual se busca cuestionar la credibilidad del periódico, por lo que nazismo funciona como una palabra chantaje sobre quien recaiga, y mucho más grave, desde luego, si se trata de una persona alemana.

Eufemismos: Orwell asevera que un eufemismo imprime una vaguedad que anula las imágenes mentales. En términos cognitivos, agreguemos que el eufemismo no evoca un marco conceptual con sus respectivos actores, acciones, e instrumentos o escenarios, lo que, al mismo tiempo, obstaculiza las asociaciones dentro de una matriz de pensamiento. Para decirlo de una vez, el término “operación militar especial” es una forma eufemística que evade la palabra “invasión”. Esto imposibilita que pensemos concretamente en que hay un agresor y un agredido (actores); la penetración ilegal de un territorio, asesinatos de civiles, violaciones de mujeres (acciones), y bombas, tanques y aviones que arrasan con poblados (instrumentos). Por igual, el receptor de dicho eufemismo no puede, pongamos, conectar los hechos con una novela como La insoportable levedad del ser, en la que Milan Kundera instala a sus personajes en la invasión soviética a Checoslovaquia. Estas narraciones, como lo ha descubierto la ciencia cognitiva, no comportan la simple identificación del lector, sino su empatía, visto que estimulan áreas de su cerebro que también se activan cuando los seres humanos ejecutan las mismas acciones. Puede iluminar esta parte de nuestra discusión Mark Turner, quien, en su ensayo The Literary Mind, da cuenta de que los mecanismos que se disparan en la lectura son los mismos que operan en nuestras acciones cotidianas. Otra fuente que aporta claves sobre la función de las ficciones como mecanismos conceptuales es Leer la mente: el cerebro y el arte de la ficción, del escritor Jorge Volpi.

Neologismos: en su diario La lengua del Tercer Reich, el lingüista Victor Klemperer anotó que los nazis acostumbraban anteponerle el prefijo judeo- a cualquier cosa que quisieran estigmatizar. Tras la invasión de Ucrania, hemos sido testigos de la emersión del neologismo “ucronazi”. A diferencia de la composición en la lengua del nazismo, la juntura de ucro y nazi por parte de los rusos, además de la posición inicial de ucro, intenta unir las ideas de ucraniano y nazi en una unidad conceptual, hacerlos indisociables. Para entenderlo mediante un ejemplo externo a esta discusión, fijémonos en el artículo de Roberto López Sánchez “Las barbaridades electorales de la burocracia pseudochavista” (1 de diciembre de 2015), donde aparece la palabra compuesta “adecofascista”. Acá no se trata de un adeco que se aventura dentro de la ideología fascista, sino de que ser adeco es ser fascista. En una palabra, ser adeco es un tipo de fascismo.

Narrativas: hay una escena del filme de Wes Anderson El Gran Hotel Budapest que resulta oportuno, pues en ella vemos a Kovacs (Jeff Goldblum) presentar supuestas evidencias del crimen que Monsieur Gustave (Ralph Fiennes) cometió, pero lo que vemos son fotos inconexas y descontextualizadas. Una, por ejemplo, muestra una calle vacía, mientras Kovacs señala que se puede ver claramente la calle por donde Gustave caminó. El recurso conceptual del que echa mano Kovacs es una narrativa que empalma las imágenes dispersas en una unidad de sentido. Una narrativa se puede componer (o implica) las causas, la preparación, el evento, las consecuencias, y sus repercusiones. Tales narrativas no requieren ser extensas, como si se tratase de una novela decimonónica. Ejemplos de sobra son las fotos de banderas e insignias con la cruz esvástica nazi que los soldados rusos dicen descubrir, a las que, para dotarlas de sentido, insertan en una breve narrativa como: “una bandera nazi que los soldados rusos encontraron después de que los nazis ucranianos huyeron”.

Ni que decir tiene que la misión del héroe debe gozar del visto bueno de los dioses, por eso Putin también citó las santas escrituras.

Fuera de cualquier duda, las narrativas también pueden ser macronarraciones. En el caso de las fotos referidas arriba, la narrativa en la que se incorporan es la de una épica, cuyo héroe que emprende una acción moral para devolverle la armonía al cosmos es Putin, en tanto que el villano irracional y perverso es Zelenski y cualquiera que se interponga en la misión moral del héroe de salvar a la princesa indefensa, a saber, los rusos, los prorrusos, e, incluso, los propios ucranianos, pues, según los soldados rusos, el ejército ucraniano usa a sus ciudadanos de escudos y también los tortura, asesina y viola, al innoble objeto de culpar a los rusos ante los ojos del mundo. Fijémonos en lo ocurrido hace poco en el poblado de Bucha, cuya masacre de civiles los rusos se la endilgan a los propios ucranianos. Por lo demás, conviene tener en cuenta que, en palabras de George Lakoff en The Political Mind: A Cognitive Scientist’s Guide to Your Brain and Its Politics, las narrativas, por lo general, se conectan con las áreas de nuestro cerebro encargadas de las emociones, por lo que la proeza del héroe puede ganar nuestra simpatía automática, mucho más cuando atañe a narrativas culturales, tal como ocurre en las naciones que rinden un culto desmesurado a sus héroes. Un ejemplo ilustrativo de la parte rusa lo identificamos en la figura del almirante del siglo XVIII Fyodor Ushakov, cuyas palabras “esas tormentas contribuirán a la gloria de Rusia” fueron citadas por Putin en la celebración del octavo año de la anexión de Crimea el pasado 18 de marzo. Este culto al héroe que sirve de combustible al ánimo patrio tiene su correlato en la figura del mártir Mazer Reckham de El juego de Ender. Ni que decir tiene que la misión del héroe debe gozar del visto bueno de los dioses, por eso Putin también citó las santas escrituras, con lo que intentaba despejar cualquier duda de que los invasores tenían la bendición santa para tan difícil cruzada.

Otro uso de la narrativa, se habrá anticipado, es la que suplanta la historia y sus hechos. Consideremos la masacre de Odesa en 2014 que, en palabras de Putin, fue perpetrada por nazis ucranianos contra civiles rusos. Lo que la versión de Putin omite escandalosa y convenientemente es que, en principio, se trató de choques entre grupos a favor de la revolución o golpe de Estado contra el presidente ucraniano prorruso Victor Yanukóvich y los rusos étnicos y ucranianos rusófonos en contra del nuevo gobierno. Putin también hace a un lado el hecho de que una acción que allana el camino a la quema de los prorrusos es el asesinato de un ucraniano a manos de Vitaly Budko (“Botsman”). Por igual, Putin se desentiende de los civiles ucranianos que han sido víctimas de torturas, violaciones y ejecuciones sumarias, por parte de las milicias prorrusas, a tal punto que ha atraído la atención de la ONU y la Unicef. Putin es un fervoroso creyente del aforismo de 1984 según el cual quien controla el pasado, controla el futuro, por lo que no sorprende encontrarlo asegurar que el Holodomor nunca existió, pues se trató de una tragedia común entre dos pueblos que forman una sola unidad. Putin se expresa en plan de amo narrador que relata la historia como realmente ocurrió. El resto son las mentiras de Occidente para lavarle el cerebro a los despistados e ignorantes, en su afán por destruir Rusia.

Resemantización: ante la enmarañada cuestión de si el ex presidente estadounidense George Bush mintió sobre el desarrollo de armas de destrucción masiva por parte de Irak para legitimar su invasión, el lingüista cognitivista Steven Pinker responde, en su libro The Stuff of Thought: Language as a Window into Human Nature, que sí lo hizo, y la clave que descifra todo este embrollo es el verbo learn de un fragmento de su discurso frente al Estado de la Unión en 2003, visto que éste es un verbo fáctico, a saber, uno que implica que la creencia atribuida al sujeto es verdad. Por nuestra parte, hemos visto a los portavoces del Kremlin y sus medios de propaganda divulgar la noticia sobre la existencia de treinta (léase bien) laboratorios, donde se desarrollaban armas biológicas bajo el financiamiento del Ministerio de Defensa de Estados Unidos. Verbos como demostrar y revelar, y sustantivos como evidencia, son usados con un significado completamente alienado de su anclaje en la verdad, pues nada demuestran, ni revelan, ni evidencian. “Estamos confirmando los hechos que fueron descubiertos durante la operación militar especial en Ucrania”, declaró María Zajarova (sí, la misma que dijo que Rusia no invadiría) con un estilo sintáctico, observaría Orwell, tendenciosamente inflado. Nos preguntamos qué hechos son esos que no pueden ser mostrados al público. Entre tanto, el canal prorruso Telesur reportó: “Gobierno ruso reveló nuevos documentos sobre los laboratorios clandestinos en Ucrania donde se estudiaba la transmisión de enfermedades de animales a humanos. Grandes cantidades de biomateriales fueron retirados de los mismos”. La periodista encargada de esta noticia subrayó que los rusos descubrieron experimentos con murciélagos, todo lo cual, sobra decir, nos hace sospechar que intentan sugerir que ésta es la causa de la actual pandemia. En fin, el meollo del asunto es que no importa cuánto tiempo pasemos tratando de hallar las pruebas de los laboratorios de armas biológicas en Ucrania, porque jamás las encontraremos. Igor Konashenkov, portavoz del Ministerio de la Defensa ruso, ofrece una narrativa que trata de explicar esta carencia: había laboratorios de armas biológicas, financiadas por el gobierno de Estados Unidos, pero ante el avance del heroico ejército ruso los ucranianos destruyeron las evidencias. La coherencia de la narrativa de Konashenkov está minada por la elipsis de dos momentos claves: a) causas por las que los documentos quedaron intactos después de la destrucción realizada por los ucranianos; b) causas por las que estos documentos milagrosamente también sobrevivieron el fuego ruso.

Digámoslo todo: Ucrania, al igual que otras naciones, tiene laboratorios que cuentan con el financiamiento de Estados Unidos, la Unión Europea y la Organización Mundial de la Salud. Pero éstos distan muchísimo de ser centros para la construcción de armas biológicas para atacar a Rusia. Tampoco operan en secreto, por lo que cualquier internauta puede acceder a documentos de acuerdos que datan del primer lustro del siglo XXI. Por lo que sabemos, las acusaciones infundadas han sido una moneda corriente de la Rusia de Putin.

Putin se une a una larga lista de políticos que redefinen el genocidio como una artimaña para alcanzar sus objetivos personales.

Otro caso de resemantización es la del término genocidio. En un ensayo práctico e instructivo sobre este tema, titulado Genocidio, la escritora canadiense Jane Springer recorre la compleja historia del término desde que el abogado polaco de origen judío Raphael Lemkin lo acuñó tras la Segunda Guerra Mundial. La Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio, adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1948, tipifica de genocidio los actos cometidos con el fin de destruir, completa o parcialmente, un grupo nacional, étnico, racial o religioso, y, además, ha agregado enmiendas que amplían los delitos, como es el caso de la violencia sexual desde que mujeres tutsis fueran violadas e infectadas de sida en el genocidio de Ruanda de 1994. En contraste, la situación que se ha vivido en la región del Donbás desde 2014, a juzgar por los informes revelados por instancias de la ONU y la Unicef, tiene las características de una guerra en la que ambas partes han cometido crímenes previstos dentro de ese marco contextual. Hasta ahora (incluso ni siquiera cuando presidió el Consejo de Derechos Humanos de la ONU), Rusia no ha aportado pruebas creíbles de que el Estado ucraniano intenta exterminar sistemáticamente habitantes de la región por las razones antedichas, lo que, en cualquier caso, marcaría el punto de partida de una investigación que determine si se trata de un genocidio. Al decir del experto en genocidio de la Universidad Rutgers Alexander Hinton, Putin se une a una larga lista de políticos que redefinen el genocidio como una artimaña para alcanzar sus objetivos personales. Un caso a nuestro alcance lo protagonizó Nicolás Maduro en 2017, al autodenominar el chavismo “los nuevos judíos del siglo XXI”, rótulo que por implicación designaba como nazi cualquier disenso.

El ejemplo sobresaliente: explica Lakoff que este recurso mental consiste en hacer que un caso único o extraordinario se convierta en el prototipo de una categoría mediante su resaltado y exposición constante en medios de comunicación. Los seres humanos pensamos en función de categorías radiales y de sus prototipos. Si en este justo momento nos preguntan qué es un ave, acuden a nuestra mente imágenes de aves que vuelan, pero no las de un avestruz o la de un pingüino, debido al hecho de que para nosotros el atributo de volar es característico de las aves, por lo que aquellas que vuelan son prototípicas y, por tanto, son las primeras que saltan a nuestra mente. Ahora, si los soldados rusos atrapan a un ucraniano tatuado con la simbología nazi y repiten esto una y otra vez a través de sus medios de propaganda, lo terminan convirtiendo en el prototipo de ucraniano. De modo que los receptores del mensaje pasan a creer que todos los ucranianos son nazis. La repetición es un mecanismo central, por cuanto refuerza las conexiones sinápticas de nuestro cerebro, lo que al final resulta en el establecimiento del sentido común. Así que cuando RT o Sputnik transmiten sin parar un caso similar, nuestro cerebro está moviéndolo al modelo de la categoría con la que pensamos y nos interrelacionamos.

Deshumanización y bots: Gregory Bateson, miembro de Genocide Watch, precisa que la tercera fase que conduce al genocidio es la deshumanización. El de Ruanda, por ejemplo, fue precedido por una campaña de la radio Las Mil Colinas y del periódico Kangura que identificaba a la etnia tutsi como cucarachas. Victor Klemperer, en La lengua de Tercer Reich, y la escritora Susan Sontag, en su ensayo La enfermedad y sus metáforas / El sida y sus metáforas, apuntaron que las metáforas de enfermedades y de animales degradantes son recursos predilectos de los sistemas totalitarios para despojar a los grupos sociales de condición humana. Recordemos el documental El eterno judío, obra paradigmática del antisemitismo nazi, en el que la historia de la llegada de los judíos a Europa corre pareja con la llegada de las ratas al continente. Por igual, hay planos de moscas revoloteando las caras de judíos, en los que reconocemos la intención de presentarlos como residuo excrementicio.

Así las cosas, una vez queda entendido que la excusa de invadir Ucrania por su futuro ingreso a la Otan era cuando menos paranoico, ya que el trámite de admisión puede alargarse por años y, además, la coalición no había manifestado ningún gesto de que el proceso pudiera concretarse en el corto plazo, Putin supo que debía desenterrar el miedo más profundo de sus compatriotas y del mundo, el mismo miedo que se cristaliza en la palabra portmanteau “Putler” (Putin+Hitler), mas no “Putlin” (Putin+Stalin), un miedo que ve en la figura de Hitler la encarnación del mal mismo. Todorov, que en sus últimas obras se apartó de la literatura y de la semiótica para disertar sobre la libertad, comentaba, en su ensayo La experiencia totalitaria, que lo desconcertaba encontrar jóvenes en Francia que admiraban a Stalin y defendían el comunismo. A su entender, la razón de esto era que los principales países de Europa habían padecido la invasión y la opresión directa de los nazis. A no dudarlo, Putin encontró en el nazismo la forma del mal que legitimaría su invasión a los ojos del mundo y, por descontado, la aniquilación de soldados ucranianos sería apreciada como merecida porque no son humanos.

Los soldados ucranianos han sido construidos discursivamente como mera carne, no como cuerpos integrados a un sentido y un lugar social que importe.

¿Recuerdan la cuenta de Twitter @IrinaMar10? pues bien, se trata de uno de muchos bots que surgieron, al igual que cuentas de militares de alto rango de las filas rusas, como la de Igor Konashenkov (@Majorgenerallg1), para divulgar propaganda rusa; por eso no tienen un timeline anterior a 2022. El peligro es que miles de personas los replican sin ningún sentido crítico, entre ellos periodistas de medios oficiales venezolanos, y luego estas réplicas automáticas se ramifican en otras miles irreflexivas. Fijémonos en que los siguientes bots usan el verbo desnazificar para desplazar verbos como matar, aniquilar, eliminar, liquidar, o eufemismos de la jerga bélica como dar de baja, con lo que borran lo trágico y vinculante de la muerte y la hacen superflua. Siguiendo la orientación del filósofo Santiago Alba Rico, observemos que los soldados ucranianos han sido construidos discursivamente como mera carne, no como cuerpos integrados a un sentido y un lugar social que importe. Por consiguiente, pueden ser desechados o, para ponerlo en nuestros términos, pueden ser desnazificados. Poco o nada debería importar que a alguien le arrebaten la esencia nazi a cualquier costo.

Sin embargo, la deshumanización no se limita a los militares, sino que toca en toda su extensión a los civiles. Veamos: “Entonces, comenzaré con el hecho de que la Ucrania moderna fue completamente creada por Rusia, o para ser más preciso, por la Rusia comunista bolchevique”, declaró Putin el 21 de febrero en cadena de televisión, y antes, en su ensayo de 2021, había escrito que la Ucrania moderna es un “producto entero de la era soviética”. Concebir una persona desde la metáfora ontológica de un producto resultante del tiempo, la creatividad y la labor de otro es negarle su existencia. Como Truman (Jim Carrey) en el filme El Show de Truman, de Peter Weir, los ucranianos vivirían una vida configurada al antojo de los rusos. En la visión distorsionada que Putin tiene de la realidad, todavía existe la Unión Soviética de Stalin, por lo que los ucranianos no han desarrollado una subjetividad propia, así como tampoco tienen voluntad ni proyecciones de lo que quieren ser como nación en el futuro. La tipología elaborada por Putin arroja a los ucranianos o del lado de los nazis o el de las personas que son meras ficciones inventadas por los rusos.

El sujeto que extraemos de las construcciones discursivas de Putin es homólogo del Homo sacer sobre el que teoriza el filósofo Giorgio Agamben a la luz de las leyes romanas antiguas. Tal sujeto, explica Agamben, era expulsado del imperio de las leyes, lo que le hacía matable, esto es, cualquier persona podía acabar con su vida sin que ello conllevara un castigo por la ley. Sencillamente, el sujeto había quedado fuera de cualquier ley que lo protegiera. Visto así, la conclusión perversa es que si un ucraniano es un nazi o una ficción, al final vive una vida que vale muy poco o nada.

Falsas analogías: las predilectas de Putin son las que solapan los eventos actuales con los del pasado, antes que nada los que se conectan con el nazismo. Así, la quema de personas en Odesa es un calco de la masacre de Khatyn, una pequeña aldea bielorrusa donde ciento cincuenta personas fueron quemadas por un batallón nazi en 1943. Para sacarle provecho a ambos momentos, Putin omite las especificidades contextuales de cada caso.

Otra falsa analogía es la que encuentra en Estados Unidos un paralelismo con el que justificar cualquier acción que Rusia acometa. Por ejemplo, un bot puede mostrar la imagen de algún evento en Irak y recurrir a la fórmula adversativa: “Miren x, pero no es x, es y” (Miren esta explosión, ¡ah! Pero no es Ucrania, es Irak siendo bombardeada por Estados Unidos). Este tipo de equiparación persigue trivializar la tragedia ucraniana. La lógica que deriva de esto es que, en adelante, no debe importar cuántas atrocidades Rusia inflija, pues Estados Unidos también las ha hecho. Desde esta perspectiva, los seres humanos no son seres únicos, sino sustituibles y desechables.

Mentiras y falacias: en su discurso sobre la invasión, Putin se refirió al gobierno de Zelenski como “régimen” y “junta”. Nos consta que la palabra régimen suele denominar una dictadura, mientras que la palabra junta no sólo designa un gobierno dictatorial, sino uno en el que un grupo de personajes ejerce el poder, como, por ejemplo, la junta militar de la última dictadura argentina (1976-1983). La verdad es que Volodímir Zelenski obtuvo un triunfo demoledor sobre su opositor Petro Poroshenko en elecciones libres celebradas en 2019.

Una mentira particularmente cruel es la acusación de Zelenski como cabeza de un gobierno nazi. La verdad es que el presidente de Ucrania es de origen judío y su abuelo, quien combatió junto el ejército soviético a los nazis, perdió a tres hermanos en el Holocausto.

 

Una tumba de dos metros de profundidad es toda la tierra que necesitaremos en la eternidad.

Conclusión

Aun una somera mirada al discurso de Putin capta el desdén por la autodeterminación de los ucranianos y su afán de arrebatar las que considera tierras que les fueron robadas a Rusia. Putin pertenece a la casta infame de Maduro, Ortega, Xi Jinping, Al-Assad, y demás violadores de derechos humanos que, como lo advierte Anne Applebaum, están dispuestos a gobernar sobre huesos y cenizas, y cuyo delirio de grandeza les hace pensar que el mundo les pertenece. Putin debería recordar el final del formidable cuento del ruso León Tolstói “¿Cuánta tierra necesita un hombre?”: una tumba de dos metros de profundidad es toda la tierra que necesitaremos en la eternidad.

 

Epílogo

El juego de Ender cifra una condición que quienes desprecian la vida humana se empecinan en instaurar mediante construcciones discursivas. Reza así: “En el momento en el que realmente entiendo a mi enemigo, lo entiendo bien para derrotarlo, entonces en ese justo momento también lo amo”.

Maikel A. Ramírez Á.