“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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El año de la seca, de Víctor Álamo de la Rosa

miércoles 2 de agosto de 2017
Víctor Álamo de la Rosa
Víctor Álamo de la Rosa es ante todo un poeta que maneja con seguridad la sintaxis de su idioma particular.

Lo primero que impresiona de El año de la seca (Monte Ávila, 2000), de Víctor Álamo de la Rosa, es la densidad de su lenguaje. Y no debería extrañar que así sea, si tomamos en cuenta que este joven autor canario (nació en 1969) es ante todo poeta. Un poeta que maneja con seguridad la sintaxis de su idioma particular, ese idioma en el que se basa su escritura y que le permite darle a cada palabra su peso justo, su medida exacta antes de ubicarla en el espacio de la frase a la que corresponde.

El año de la seca pese a su brevedad (apenas 159 páginas) aborda múltiples asuntos e historias en capítulos aparentemente independientes, unidas por un finísimo, casi invisible, hilo narrativo: en el demoledor primer capítulo el autor, utilizando un recurso dramático que rehúye de cualquier patetismo, nos pone en la pista del imposible amor de Aquilino y Efigenia, que en esta obertura cobra su primera víctima.

Quedarse en la isla y morir de sed y de olvido, o huir hacia el horizonte desconocido que plantea el mar, son las únicas alternativas que la desesperanza ofrece a los personajes de esta novela.

Estos amores signados por el erotismo y la inocencia conducen al lector hacia otras historias y otros anhelos: agobiados por la sequía inclemente y la presencia represiva de la guardia civil franquista, algunos personajes huyen de la isla hacia un futuro incierto, una América presentida como un cambio de suertes, aunque esto signifique abandonar la tierra a la que siempre se ha pertenecido, dejar atrás familias y querencias. Entre estos emigrantes se encuentra Aquilino, quien parte dejando a Efigenia en estado de gravidez.

Otros se quedan soportando los rigores de la seca y rumiando sus frustraciones y rencores: Cándido, cuyo honor herido lo convierte en asesino; el cura Benito, quien muere a manos del mismo cielo al que eleva sus plegarias; el alcalde Herminio, que busca entre los destruidos paredones de la casa patriarcal una señal que le revele el presagio de este año ignominioso de 1948, el año de la seca.

Quedarse en la isla y morir de sed y de olvido, o huir hacia el horizonte desconocido que plantea el mar, son las únicas alternativas que la desesperanza ofrece a los personajes de esta novela. Olvidados de la mano de Dios, todos son extranjeros en un mundo que los ignora y desatiende su destino.

Uno de los personajes explica la razón mística de este abandono:

Una vez que Dios todopoderoso creó el mundo, hizo también, como ustedes saben, al hombre con el barro de la tierra. Después de haberlo forjado, el Creador observaba complacido su obra. Y mientras ensimismado la contemplaba, se limpiaba, inconscientemente, la tierra que se había adherido a sus manos. Distraído arrojó al mar los trozos de barro y allí donde cayeron fueron naciendo nuestras queridas islas, que ni Dios sabe dónde están. Es por eso que andamos así, buscando un asidero y un rostro en el que reconocernos, porque ni Dios sabe que nos colocó sin querer entre los pueblos de la Tierra.

Al final llega la lluvia y con ella la muerte de Cándido, que redime así el brutal acto que da inicio a la trama; también llegan nuevas esperanzas para los que no tomaron el camino del mar; y llega, finalmente, algo de sosiego para el lector de este brillante manojo de juegos literarios.

Manuel Cabesa
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