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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Poemas de Antología esencial II

viernes 28 de octubre de 2016
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Antología esencial II (2005-2013)
Ulises Varsovia
Edit. Adih (Murcia, España), 2014

Circo

Cuando llegó el circo a La Campana,
e hinchó su enorme carpa en el viento,
sostenida por dos enormes mástiles,
en cuyo interior el entramado
de horizontales tablas ofrecía
un sitio de honor para las nalgas,

cuando llegó el circo a La Campana,
salieron de sus escondrijos
los díscolos y audaces arrapiezos,
con la cara sucia y la honda colgando,
eufóricos en la algarabía
como una turba de apaches gritando.

Ya salen a la pista los payasos,
ya fascinan los malabaristas
al público con sus prodigios,
ya ejecutan el salto mortal
en el sumo silencio los gimnastas,
ya vuelan ligeros por el aire
como los primates los trapecistas,
ya danza como una ballerina
la equilibrista en la cuerda floja.

Baila, rubia semidesnuda,
tu electrizante danza erótica,
cimbra enloquecedora las caderas,
encabrita tus abultados senos,
y mueve el culo en un ritmo febril
atragantándonos de regocijo.

Y ahora, silencio, que Campuzano
saldrá al centro de la pista, a saltitos,
y anunciará, con su voz de eunuco,
señoras y señores el final
del espectáculo de esta tarde.

(¡Esperad, no desarméis la carpa,
no desamarréis el entablado,
no desmanteléis la cuerda floja,
no os vayáis, no me dejéis solo,
abandonado en aquella infancia!)

 

Cantar

Oh cantar por toda una eternidad,
oh estallar de repente en sílabas
castalienses, saltar en millones
de luciérnagas, briznas o chispas
de luz astral, de luz intempestiva,
de luz que el mismo metal que la lira,
transformarme en una nebulosa
de millones de notas del canto,

oh dormirme de pronto en mitad
del canto, dormirme para siempre,
y quedar para siempre despierto,
sentirme declamar, extasiado,
refulgente de fulgor olímpico,
de fulgor délfico, de fuego pítico,

oh rasguear y rasguear con mis dedos
el arpa eólica, las finas cuerdas
interconectadas del firmamento,
el inalámbrico instrumento acústico
tendido a través de las estrellas,
comunicándolas con el universo,

oh sacudir la cabellera
de los grandes bosques planetarios,
soplar con mis labios en éxtasis
a través de sus intersticios,
arrancarles melodía eólica,
melodía silvestre, melodía,

oh correr cantando por los ríos,
correr por el Nilo, por el Éufrates,
por el Rin, el Támesis, el Tajo,
por el Misisipi, el Bío-Bío,
por el Ganges, por el Amazonas,
el Danubio, el Dnieper, el Yang-Tse,

oh morirme de pronto empuñando
la cítara con mis dos manos,
y dejar mi numen temblando
en sus cuerdas, sin extinguirse,
cantando hasta el fin de los tiempos.

 

En algún cerro

En algún cerro de Valparaíso
un trozo de terreno espera a por ti,
un solar llevará tus iniciales.

Sobre él edificarás tu casa,
sobre él darás morada a tus huesos,
y cuando desde el océano en ira
aúllen sobre el Puerto las tormentas,
tú subirás al puente de mando
y sostendrás el timón en tus manos,
tú llevarás a la nave por entre
arrecifes, escollos y estrechos,
por entre el furor de los elementos.

En algún cerro de Valparaíso
tomarás posesión de la tierra,
la medirás a grandes zancadas,
la cercarás con eucaliptus fresco,
pondrás en ella piedra sobre piedra.

Con tus propias manos la erigirás,
con tus propias manos la harás tu hogar,
y en cada habitación de espacio
cautivo de la arquitectura,
dormirás oyendo al océano
arrullar tu sueño con sus ninfas.

¿En dónde edificaré mi casa,
en cuál de los cerros carcomidos
por el soplo oceánico del viento,
en cuál de los cerros suspendidos,
en cuál de los cerros patrimoniales?

¿Será en el populoso Cordillera,
será en el Mariposa florido,
serán en Playa Ancha de húmedos sonidos,
será en el Barón de vieja raigambre,
o en los promontorios del Placeres?

¿Edificaré, cerro Concepción,
sobre tus espaldas mi morada,
o la erigiré en el cerro La Cruz,
o en los vericuetos del Yungay,
o en las alturas del Santo Domingo?

En algún cerro de Valparaíso
clavaré mi estandarte de niebla,
y con eucaliptus fragante
elevaré mi nido en el viento,
haré por fin una casa final,
daré hogar a mis huesos errantes.

Frente al mar, amor, donde las olas
mecerán mi sueño vagabundo,
y dormiré, Claire, bajo los astros,
en el agua maternal que me llama.

 

Agua materna

Difícil la percepción del latido
del agua materna en las raíces,
cuando ya la boca adiós al pezón,
y la mala leche fluyendo
a raudales desde el exilio,
apagando los fuegos filiales.

Tarde ya cuando el mismo varón
reanudándose en el parentesco,
y tendido junto a un cuerpo joven
erguido en sus cúpulas fragantes,
de pronto el mismo aroma filial,
la misma ansiedad reconocida.

Desde ese instante volver, o, mejor,
insistir en la antigua tentativa,
acercando con furor los labios
a la vertiente de la identidad.

Interferencias, sin embargo,
de alguien parecido a tu fruición
libando en la fuente de la hoguera,
y el latido como ahogándose,
perdiendo en el rencor su intensidad.

Difícil, pues, la percepción,
cuando los cuerpos paralelos,
y ya el aroma disgregándose,
el agua materna interrumpida.

 

Música astral

Música de instrumentos siderales,
música de esferas y de planetas
fluyendo en la partitura de un orden
de inquebrantables leyes de piedra,
sonando desde el mismo génesis
en el principio de la luz y el tiempo.

Como el susurro de divinos labios
de vírgenes cautivas en el Partenón,
o como el fluir de olímpicas linfas
a través de la lira de Morfeo,
¡grandiosa, Universo, tu arquitectura
de sublimes notas equilibradas
en la armonía del cosmos eterno!

En ella vamos los seres terrestres
cautivos, y nuestra gran rebeldía
apenas un rasguño en la faz del Padre,
apenas una leve disonancia
en la suma euritmia de las esferas.

Un violín inalámbrico, Padre,
tu cascada de indescriptibles notas
derramándose en la casta aurora,
una flauta de apolíneo timbre
el rumor de la brisa en la enramada
pulsada por miles de invisibles dedos,
un oboe de líticos registros
el sonido de la ola quebrándose,
o el crepúsculo de hojas crepitantes.

Y la noche pura llena de chispas
desgarrando su materia incombustible,
y las tempestades oceánicas
rugiendo su furor hacia los cielos,
y el aroma de la rosa en sazón,
y el galope del ciervo en el bosque,
y el murmullo del arroyo diáfano…

Música de misteriosas cítaras
el planeta todo sacudido
por un rumor de castalienses linfas,
música de instrumentos siderales
el orden perfecto del universo
girando en su movimiento eterno,
música de una sublime armonía
cimentada sobre leyes de piedra.

 

Afrodita de Melos
(Venus de Milo)

Déjame tocar tu piel y quemarme,
déjame acariciar tu cuerpo
con mi mirada de varón en celo
trepando las gradas de la fiebre,
consumido en tus besos de piedra.

Mudo y pasmado estoy en tu presencia,
indestructible ícono de mármol
revoloteando por siglos y milenios
en la conciencia de la humanidad,
en el subconsciente de la idea de arte.

En un duro bloque de duro material
te fue a buscar el aprendiz de creador
armado de su soplo de metal,
día tras día y noche tras noche
fue escarbando en los velos del misterio,
y al final de la séptima aurora
emergió tu cuerpo desde la luz
petrificado en su propia belleza.

Bella como ninguna diosa
tu forma triunfal semidesnuda,
torcida en la curvatura invicta
donde el pubis esconde su secreto
bajo un follaje de pliegues textiles.

Qué importa que tus hermosos brazos
cayeran al pozo de los siglos,
si la turgencia inédita del pecho
eleva sus llamas paralelas,
y corren dos ríos de agua pura
más allá de la sed y de los labios.

Sólo al genio griego le fue concedido
arrancar de un frío bloque de materia
un cuerpo de ansiedad inconsumible,
un rostro de olímpicas líneas faciales,
un monumento de mármol y de luz
a la belleza, Afrodita de Melos.

 

Ceniciencia

En el atardecer de la edad,
con estas palabras cenicientas
detenido frente al otoño,
asumiendo su amarga substancia
de raíces de ruda intemperie,

qué decir antes que la mañana
abra su cúpula de tinieblas,
y me descubra la claridad
en mi sitio usurpado a un extraño,

qué decir, Claire, en este instante,
con estas palabras vesperales,
antes que el otoño recrudezca
y me cubra de su edad en ruinas.

Frente al tránsito de las castañas,
bajo una campana de ceniza,
mi edad en vísperas y enferma,
mi edad detenida y en marcha,
atascada en el engranaje
de estas cenicientas palabras.

 

Clepsidra

Tal vez rómpase el cristal,
tal vez emerja de la clepsidra
su forma centelleante,
su deslumbrante deidad,

y desfallezcamos
mirándola mirarnos,
sintiéndola orbitar
con sus atributos
de etérea divinidad
sobre nosotros,
sobre el pasmo y la atrición.

Tal vez sobrevivamos,
tal vez el prodigio
ocurra sin nosotros,
y largos siglos después
regrese a soplarnos
de nuestro ensueño.

Tal vez no existamos,
tal vez vino y no encontró,
y sigue esperándonos
en su clepsidra.

 

Retrato

Durante que sentado
frente a mi retrato,
frente a una extraña imagen
de alguien que con mis rasgos
mirándome estupefacto,
inmóvil en el tiempo…

Durante que durando, pues,
con todas mis facultades
adentro de mi cráneo,
y sólo el corazón rebelde
reconociéndose en él,
tocando sus líneas faciales…

Él allí suplicando
piedad desde un pasado
ajeno, irreconocible,
él desde allí impetrando
admisión a su orfandad
de hermano suplicante.

Y durante que la mañana
sobre mí transcurriendo,
yo negándolo tres veces,
yo mintiendo sus facciones,
y él observándome huir,
atónito desde el tiempo.

 

Cuándo

Cuándo, cuándo, Valparaíso,
cuándo, cuándo, puerto querido,
escucharás mi voz cansada
llamarte desde las montañas,
llamarte desde una comarca
de ásperos climas y engendros
gesticulando en torno a mi casa,

cuándo, cuándo, ciudad amada,
me enviarás una señal de sal,
una señal de peces y espumas,
una señal de sangre y prosapia,

cuándo regresaré a tus calles,
cuándo treparé tus escaleras,
cuándo subiré en tus ascensores
al corazón desordenado
de tu caótica arquitectura,
a escuchar el viento marino
susurrarme sus viejos secretos,

cuándo, perdido hogar de mi infancia,
cuándo, metrópolis oceánica,
pisaré nuevamente tus playas
con mis pies fatigados de viajes,
y sentiré bullir tu arena
de miles de huellas allí estampadas,

cuándo, cuándo en tu costanera
veré zarpar tus barcos de niebla,
veré arribar tus naves de hierro,
y al igual que una barca errante
atracará a tu orilla inquieta
mi corazón de navío fantasma,

cuándo, cuándo, ciudad principal,
me enviarás una señal rotunda,
una ráfaga de viento agreste,
un chillido de tus gaviotas.

 

Tus poetas

¿Y qué de tus poetas, Valparaíso,
dónde en toda la inmensa tierra
se apretujan tus callados hijos
a la noche extraña y temblorosa,
llenos de tu maternal substancia?

¿Qué de aquellos que por Placeres,
por Cordillera, por Santo Domingo,
qué de quienes en Ramaditas,
en Porvenir, en el Mariposas,
en toda la retorcida geografía
soñando, corriendo en el viento,
trepando tus arduas escaleras,
elevando al cielo sus volantines?

¿Dónde están ahora, madre amada,
dónde yerran sus pasos errantes
indisolublemente ligados
a tus calles inverosímiles,
a tu arquitectura revuelta,
a tu costa de olas en estampida?

¿Será que estamos ciegos, madre,
será que vamos con nuestras vidas
sin dirección por la tierra toda,
y sólo en tu abrupta presencia
despertaremos de nuestro exilio,
se encenderá la luz en el alma?

En La Matriz, de repente, silencio,
silencio de voces declamatorias
pronunciando su amarga poesía,
y un cirio por cada poeta errante,
un cirio encendido por tus ausentes,
por tus hijos errantes, Valparaíso.

Ulises Varsovia
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