Eso que tiene todos los nombres...
Eso que tiene todos los nombres,
de eso me alimento
o me obligo al ayuno
ante comidas que, urgidas, pasan;
hay umbral como hay relámpago,
pierde peso, arde sin calor,
no respira,
tiembla,
desgasta la fe,
se aferra a un triste amuleto,
se apaga el resplandor;
monedas de cobre oxidado,
de ceniza,
de piedra sin pulir,
para pagar una deuda impaga,
impagable.
Una única luz en la oscuridad...
Una única luz en la oscuridad;
se hace tarde y nadie acude.
Lo que clama e invoca
es sombra de lo que alguna vez fue carne
y eco de lo que fue mar y es ceniza.
A qué dios o bestia encomendarse
mientras el silencio crece
y relámpago tras relámpago
cae la infancia como cae la lluvia
y ciencia y milagro ceden
hasta ser meras oquedades
en un suelo reseco, infértil.
Dicen yo y se desata una peste.
Dicen peste y el libro se cierra
al no hallar lector.
Dicen mañana y el fruto se pudre
a un costado del camino.
Dicen y es mínimo temblor
de hojas y ramas secas,
dispersadas por un viento
pertinaz, inclemente.
Se refleja en los cristales...
Se refleja en los cristales del día,
hora tras hora, mientras el mar golpea la costa,
su única, inmensa roca;
uno tras el aire que se hace viento
y huye, el amor que no se cumple
o se cumple demasiado lejos,
entre altas hierbas, no vencidas;
qué sabe o ignora,
no hay premio tras las huellas
en la arena, luego de tanto
y tan escaso, tan débil gesto;
por qué el extravío,
el óxido en la herramienta,
el brazo desnudo que no alcanza,
el incesante martilleo contra el basalto;
hasta que se cumpla
lo anunciado, cenizas en el fondo de un vaso;
férreo destino sin retorno.
Hubo un comienzo...
Hubo un comienzo
para la bestia y el humano
como habrá un final
para mí y mi sombra.
Y para tu vientre y tu espalda
que ahora, todavía,
pueblan el mundo
y los astros, el agua y el fuego.
Mi sueño te convoca,
aquí y ahora,
te sitúa a un paso del ave,
desnuda de casi imposible desnudez.
Aún hay una ventana
que se ilumina,
al menos una
que, iluminada, te enmarca.
Aún avanzo, los ojos cerrados,
hacia donde respiras,
nunca en exceso,
contra un aire
que cumple con su destino de viento.
A una ausencia. Todo se reduce...
A Juan Antonio Rosado
A una ausencia. Todo se reduce
a una nuez partida, a un tono
que vacila. Se hace la noche
en pleno día, el día
en plena noche. Ayuna
porque hay destino de desnudez;
come, se atraganta, porque hay,
desde siempre, demora, tardanza;
qué recoge en su palma
que no sea vida por otro usada,
desechada. Allí, ningún fruto,
lamento de animal enfermo;
hacia la resaca,
el hilo cortado,
la pérdida devenida en piedra,
un coro sometido a escarnio.
A un vacío. Débil,
pan de ciego,
tallo inclinado,
lo que muere y se lleva un secreto;
reniega de su edad, de su nombre,
atado a un vicio,
a los pedazos de un cristal quebrado,
puerta entornada: no se cierra del todo,
del todo no se abre.
- Cinco poemas inéditos de Carlos Barbarito - miércoles 4 de diciembre de 2024
- Asilo de lo fugaz, de Carlos Barbarito
(selección) - lunes 10 de abril de 2023 - Lugar de apariciones, de Carlos Barbarito y Sergio Bonzón
(extractos) - viernes 21 de enero de 2022


