
Fui un bebedor de vino de palma desde que tuve diez años. No tenía otro trabajo en mi vida más que beber vino de palma... Mi padre tenía ocho hijos, y yo era el mayor. Todos los demás trabajaban muy duro, pero yo era un maestro bebiendo vino de palma. Bebía vino desde la mañana hasta la noche, y desde la noche hasta la mañana.
No recuerdo cómo, cuándo ni por qué quedé atrapada por el comienzo de ese libro. Lo cierto es que me fascinó y comencé a escarbar. Me acompañaron en la expedición nada menos que el poeta Dylan Thomas y el gran Raymond Queneau, traductor de The Palm-Wine Drinkard al francés. Pero ese primer libro de Amos Tutuola recibió también un espaldarazo decisivo nada menos que del poeta y premio Nobel T. S. Eliot, quien apoyó su publicación en 1952 en la mítica editorial Faber and Faber. Entre sus consideraciones para que ello se realizara alabó a Tutuola por su “creepy crawly imagination” (imaginación espeluznante o terrorífica). Y, lo que normalmente hubiera alejado a cualquier editor que tuviera en cuenta el día a día de su empresa, convenció a la editora británica, proporcionando así a Tutuola un reconocimiento inmediato e internacional. Por si fuera aún necesario una última carta de recomendación: el también Premio Nobel de Literatura Wole Soyinka la destacó como la mayor contribución realizada a las letras africanas del siglo XX.
Henos aquí pues rastreando en El bebedor de vino de palma cuanto acontece a su autor y a su imprevisible protagonista.

El bebedor de vino de palma
Amos Tutuola
Novela
Editorial Navona
Barcelona (España), 2013
ISBN: 978-8416259434
180 páginas
Así, de inmediato sabemos que posee una plantación de 560.000 palmeras que le proporcionan bastante vino de palma como para abastecerlo de doscientas calabazas diarias de licor. Pero un día, su sangrador cae de lo alto de un árbol y muere. Gran desgracia; imposible reemplazar a alguien tan experto como el difunto. La sed arrecia y no le queda más remedio al atribulado y empedernido bebedor que ir a rescatarlo de la Ciudad de los Muertos.
La improbable búsqueda lo conduce por el universo de los mitos y leyendas yorubas, un panteón poblado por seres extraños y terribles. Las peripecias de esta road movie fueron tan surrealistas que en Francia se llegó a creer que en realidad el autor de la obra era Raymond Queneau, quien tuvo que insistir para probar que sólo había sido el entusiasta traductor del magnífico escritor nigeriano. Título que aún conserva en la versión francesa: L’Ivrogne dans la brousse. Su estilo literario, tan cargado de elementos oníricos, fantásticos y populares africanos, lo hace un adelantado en llevar las tradiciones orales africanas a la literatura escrita, acercándolo a los mejores momentos del movimiento literario que se avecinaba en nuestro continente: el realismo mágico de Gabriel García Márquez en su inolvidable Cien años de soledad.
El molde único: Amos Tutuola, 1920-1997
Como escritor Tutuola reúne todos los elementos que permiten afirmar que luego de él rompieron el molde con que lo habían construido.
Sus estudios fueron escasos por falta de medios. Y las tareas alimentarias sin cuento. Herrero, vendedor de pan, mensajero, vigilante nocturno... Donde más permaneció fue como empleado en el departamento de suministros de la Nigerian Broadcasting Company (Compañía Nigeriana de Radiodifusión), cargo que desempeñó desde 1956 hasta su jubilación en 1975. El sayo de autodidacta le cabe de maravillas.
El éxito fulgurante de Tutuola y que su obra fuera considerada por la revista Time como una obra fundamental de la literatura africana poscolonial, listándola entre los “cien mejores libros de fantasía de todos los tiempos”, no regó el camino del autor sólo de aplausos y reconocimientos. En África se elevaron voces criticándolo acerbamente por mostrar a los africanos como un continente de ebrios incultos y supersticiosos. Los ingleses a su vez poco apreciaron su “broken English”.1
No podemos evaluar cuánta mella hicieron estas apreciaciones en nuestro escritor. Como todo creador auténtico, siguió empecinado con la suya, y puntualmente a los dos años de su bebedor se publicó la continuación lógica. Quien debió ir a buscar su sangrador entre los muertos para obtener su incomparable vino de palma relatará Mi vida en la maleza de los fantasmas (My Life in the Bush of Ghosts), título muy apropiado para su segunda novela más conocida. Allí fusiona los mitos yorubas, la tradición oral, el viaje de iniciación, la naturaleza del miedo y obviamente del bien y del mal.
Una muestra de su mundo:
mi jefe me convirtió en varias clases de animales (...): me convirtió en un mono, entonces empecé a trepar a los árboles frutales y a coger frutas (...); me convirtió en león, luego en un caballo, un camello, una vaca y un toro con cuernos en la cabeza y al final me devolvió mi forma (...); me miraban como muñecos porque ninguno había visto a una persona terrenal en su vida (...); entonces bailaron la danza de los fantasmas a mi alrededor y tocaron tambores, dándome palmadas y cantando la canción de los fantasmas con alegría hasta altas horas de la noche (...).
En mis deambulaciones y pesquisas en pos de Tutuola supe por ejemplo que, como su padre, engendró ocho hijos, y que uno de ellos, el ingeniero Yinka Tutuola, es quien está a cargo de honrar y administrar su legado. Así, parte de su correspondencia, artículos y manuscritos, se han recopilado en el Centro de Investigación de Humanidades Harry Ransom de la Universidad de Texas. A su vez la Sociedad de Jóvenes Escritores de Nigeria fundó en 2015 la Sociedad Literaria Amos Tutuola con el fin de promover su obra.
Por su parte, el escritor Jeff VanderMeer para la Weird Fiction Review2 en enero de 2013 realizó una entrevista clave para arrojar luz sobre el universo de su padre.
Yinka relata cuán infatigable era su padre a la hora de escribir. Solía mecanografiar sus relatos hasta altas horas de la madrugada. Le gustaba recibir invitados, los agasajaba con vino de palma y recogía sus historias. Yinka define a su padre como un “jefe de aldea que vivía en la ciudad”. Y respecto a su manejo del idioma afirmó: “Mi padre no se dejó empantanar tratando de escribir inglés como un estadounidense o un británico. Domesticó el idioma inglés para que sirviera a sus propios fines... quería preservar la cultura y las costumbres de su pueblo antes de que murieran”.
Un detalle personal: también supe que en forma anacrónica habíamos compartido un renombrado programa internacional de escritura en Iowa, en el lejano Oeste americano. Allí quedó para mí, joven argentina a comienzos de los años 70, la emoción alegre, desenfadada, de descubrir la nieve por primera vez. Y además un vago sentimiento de encuentros regados con generosos botellones de bourbon. Para el nigeriano de Abeokuta en 1983 las cosas, quiero creer, fueron similares, bien significativas y no muy distintas. Y cada vez que despertamos los libros, la nieve y los fantasmas siguen allí.
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Notas
- Broken English, una versión del idioma inglés que existe también a nivel literario especialmente en Nigeria. Amy Tan, la celebrada autora de The Joy Luck Club, también aborda el tema del broken English en un ensayo que titula justamente The Mother Tongue, la lengua materna, la que se expresa y comunica en un inglés familiar e íntimo, y efectúa un aporte constante al inglés por las sucesivas oleadas de inmigrantes chinos en el caso de Tan y yorubas en el de Tutuola.
- “Amos Tutuola: An Interview with Yinka Tutuola”, en el portal Weird Fiction Review. Es una de las fuentes principales citada en estudios académicos sobre literatura africana.


