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Son nueve las artes poéticas que el venezolano Christian Díaz Yepes nos entrega en este libro antológico precisamente titulado Arte poética. Son poemas que se traducen en poéticas, y en virtud de cuyo carácter quien ingresa en este cosmos de significaciones no se queda al margen de cada mensaje. Es un libro pleno de imágenes que conmueven y aligeran el espíritu y que este autor ha cosechado de la era fértil de veinticinco años de escritura, búsqueda espiritual y maduración poética.
Esta antología, en la que reúne su mirada atenta, sus sueños, el mundo interior y exterior, y su fe en las revelaciones de las palabras como milagros, permite seguir el tránsito desde la intensidad imaginativa de sus primeros poemas hasta una expresión cada vez más decantada, contemplativa y espiritual.
Los libros referenciados en este volumen son Las ruedas, Una barca, El tejedor y la noche, Aquedah, Aun el que siendo, La hoguera, Bajamar y Epílogo, todos conjugados con un ars poética y dispuestos como estaciones del recorrido vital y literario del autor. La escritura aparece como excavación, escucha, silencio, entrega, pregunta.

Arte poética: antología personal (1999-2024)
Christian Díaz Yepes
Poesía
Editorial Eclepsidra
Caracas (Venezuela), 2025
ISBN: 978-980-18-7586-4
132 páginas
El prólogo del poeta Ernesto Pérez Zúñiga da cuenta de la calidad de esta obra que nos lleva a leerla en cada uno de sus adentros, en cada uno de sus espacios terrenales y celestiales, pasos y vuelos nos advierten lectores ávidos de vernos en estos versos del autor venezolano radicado en España en ejercicio del sacerdocio católico.
Estamos ante un trayecto circular: en el primero de esos textos el poeta advierte que al final “el tesoro es poco / y nunca brilla por sí solo”; veinticinco años después, en el noveno, volverá sobre aquella imagen: “Alguna vez busqué tesoros / hasta entender que nunca brillan por sí mismos”. La reiteración revela algo más que una correspondencia: muestra una conciencia poética que se observa y se corrige a través del tiempo.
Díaz Yepes nos conduce por varios senderos, nueve en total que abrigan poemas donde la poesía es su propia poética, su agarre emocional, una hermenéutica que destaca el conocimiento terrenal y celestial de quien ha sido poeta y sacerdote. Doble pasión que enriquece su amor por el ser humano y por la celestialidad.
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En Las ruedas (1999), con el que a los diecinueve años gana el I Concurso de Autores Inéditos de Monte Ávila Editores, el poeta nos sumerge en la siembra de una idea que previene la providencia temporal de las ideas estéticas. Su primer ars poética, el primero, nos señala: Que no se abra en rosa / sino cual surco en la tierra (...) Si es espejo / guárdalo, como sembrador que ve crecer su cosecha, su jardín de imágenes.
En ese mismo libro el poeta encara el afuera, la naturaleza, la fuerza de la tierra: La realidad no es del hombre / es de los árboles / por eso se alza contra los vientos.
Vale destacar que esta antología recoge una vida plena de esperanzas, de imágenes que concitan otras imágenes, que se revelan como marcas imborrables: ...la noche nunca me ha llamado / pues nací con ella, lo que nos lleva a pensar que en medio de las sombras hay un destello que recrea la luz, una salida. La noche es también un misterio, un nacimiento. Por eso, estoy y veo, y desde estar está la ciudad, la Caracas donde Altamira también es un poema.
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En Una barca (2004) el poeta navega sobre estas palabras, sobre esta estética verbal, la número II: Eres la voz y pides mi silencio / eres el pulso que empuja los días / y esperas mi quietud, pareciera una homilía, una plática en la que el hombre conversa con lo invisible, con el Dios que lo anima a ser y estar en la voz y su silencio. Por eso no deja de expresar: Adentro se abre lo eterno, clara alusión al ánima, al espíritu, al poder que llevamos en el interior y nos hace creyentes.
Desde ese él destinado a hincar las palabras frente a su creencia, Díaz Yepes nos dice: Ser no siendo y Yo amo la pupila del que mira lo más hondo / haciéndonos ciegos. El gerundio siendo se aleja de la afirmación dudosa de Hamlet. Su dilema lo aleja del ser.
Nos adentramos en El tejedor y la noche (2020) donde nuestro autor, en su arte poética número III, exclama: A la vez / se requiere mi vaciarme, / como carta eternamente expuesta, y así más adelante, como un complemento: Tantas pulsiones en las noches, así de libres, / llaman entre cantos sin que nadie las posea.
¿Qué esperamos de la poesía, de su estética, de su arte?, podría ser una pregunta que nos deje sin respuesta, pese a que el ser humano necesita de la belleza para poder encarar el mundo que lo consume, que lo vive y lo desaparece. La poesía, su arte, es una garantía de que las imágenes y hasta el lenguaje coloquial poetizado forman parte de ese don que proviene de la altura del lenguaje, de las primeras palabras: Hágase la luz y la luz se hizo, genésica poética que le imprime a la escritura la búsqueda de la luz a través de las sombras. La barca que cruce las aguas umbrías de la existencia promueve esta poética. ¿Qué decirnos de El tejedor y la noche? ¿Quién teje en la sombra o frente a la luz de una vela o bajo la incandescencia de una bombilla? Todo lo que la imaginación nos proponga. Decir El fondo / tenía las respuestas podría ser suficiente para entrar en esa sombra e indagar con ecos y sonidos livianos la capacidad de existir. Por eso, La noche / me ha enseñado a pronunciar un solo verbo: / La verdad. Desde entonces, La luz sabe ser libre: / Permanece callada mientras tantos / fijan su mirada en otras cosas.
No deja su ser en soledad: Amar es más que amarse, voz bíblica que nos enaltece. Somos para los otros desde nuestros afectos, desde nuestro ser siendo.
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Aquedah nos anima con este epígrafe de Deuteronomio 1,31b: Tu Dios te ha llevado como un padre lleva a su hijo mientras ha durado tu camino.
En su arte poética IV, Díaz Yepes nos regala: Un trinar hace vuelo y se sumerge / con placer de océano hasta las costas lejanas. He aquí el poder de la poesía, el poder de la palabra, del que escribe desde su honda fe: vuelo para regresar al agua donde está la vida. ¿Muerte y resurrección? Pero nos deja un verso que nos abruma: El sol ha muerto, para luego un Mientras atas un nudo / en mis adentros. / Refleja mi destello / tu fulgor. Una oración, una plática con el más alto, con su propia ánima amarrada a su interior, a su fe fortalecida. Y todo sucede desde una Distancia hecha palabra al oído.
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La poeta venezolana Elizabeth Schön vuelve a nuestro ámbito a través de Aun el que siendo, homenaje, poema en diálogo, con ese libro de Schön, que Christian Díaz Yepes le dedica y nos dedica con esta arte poética, la número V, que dice: Un ave / sólo es ave cuando / sostiene su vuelo como suplica al cielo, y así, el aire, imagen recurrente en este libro a través del volar, nos conduce a Está aprendiendo a ser ave / —nudo incitado al vuelo— / punto a punto, / en su camino a ser / línea, la mujer que nos condujo a ser cercanos a ella, a leerla, ha alzado el vuelo y aún no se ha ido, sigue en estos versos, en estas líneas, rutas de su inmortalidad poética.
Díaz Yepes le dice: Así tú precisas / quien interprete tu paso / como canto durante la cosecha.
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La hoguera: nuevo relato del encuentro, escrito en 2014, nos descubre el arte poética VI, como una homilía: Ante el que es / sólo permanece la nada // transfigurada. Ese que es invisible, cambia de forma, se carnaliza, es viento y borrasca, paz y libertad, silencio.
Varios textos se ajustan a esta afirmación: Has medido, calculado / cada giro del viento. O, más adelante: Amar es ser atravesados de vértigo, y retorna a la segunda persona que lo conmina a seguirlo: Sólo eres tú mismo / en el nosotros. He aquí la gracia, el nuevo decir, somos muchos en nosotros mismos o nosotros mismos somos otros. La poesía es hecha por todos, como dijo el otro poeta, mientras el del Sermón de la Montaña reunió su unidad en medio de un conjunto de almas. El que habla exclama desde el poeta: Mirada que todo lo recorre.
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El arte poética VII, de Bajamar (2023), derrama todo su conocer a través de una definición sobre las palabras, sobre el imaginario de la creación estética: Poesía: forma horadada en la piedra / cuando el mar la abandona / en su pregunta, texto que podría servir de epígrafe de toda la antología.
Decir Como gota que sostiene el filo de las hojas es afirmar que el arte de la poesía es un instante, una caída desde cierta altura, desde la nervadura del ánima creadora. Y luego, una vez descubierto el misterio: Vencido el miedo a la ilusión, contamos, / cantamos. Relatamos la historia desde las palabras, cantamos la existencia desde los sonidos de la poesía.
En La hoguera accedemos al arte poética número VIII, de donde bebemos: No creas que soy poeta / si te digo que trabajo un poema: / se acaricia / la seda que impacienta al amante.
Robusta expresión que serviría para amansar ciertos desaciertos de quienes estiman que decirse poetas es ya suficiente.
La poesía, ese arte tan antiguo, siempre ha sido una suerte de religión, la última que nos queda, como dijo Montejo, poeta con el que Díaz Yepes se ha mantenido en diálogo poético en estos veinticinco años, y a quien considera un maestro de su poesía y de su vida. Ese religare enaltece al creador de imágenes, al constructor de artes poéticas, porque le añade a la fe la fuerza necesaria para elevar el significado de las palabras.
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En el arte poética de Epílogo, que cierra este ciclo, el número IX, el poeta venezolano, autor de esta antología que entusiasma por la fuerza que le confiere al lenguaje, nos dice: Escribo / ¿Para quién cavo más hondo en la tierra? // Alguna vez busqué tesoros / hasta entender que nunca brillan por sí mismos. Ese tesoro está inscrito en el trazo de esa voz, de esas líneas que conjuran las sombras y las convierten en luz, en esa materia que activa la creación. En tal sentido: Hay que saber, siempre, que los más nobles muros / ennoblecen el concierto sin retenerlo.
Y si Montejo dejó trazado que la poesía era una relación estrecha entre el cielo y la terredad que nos consume, el poeta y académico de la lengua Rafael Yepes Trujillo, bisabuelo de Díaz Yepes, escribió: “En mi concepto, la poesía es el equilibrio armonioso de la expresión i de la idea; por eso admito i admiro todas las escuelas poéticas, siempre que se distancien de la prosa, que es el equilibrio de la palabra i del pensamiento”.
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El autor ejerce como capellán de la Facultad de Educación de la Universidad Complutense de Madrid y es profesor de Teología en la Universidad Católica Andrés Bello (Ucab). Además del ya mencionado certamen de Monte Ávila, ha ganado los concursos nacionales de poesía juvenil de la Casa de la Poesía y el Ateneo de Caracas (1996), y el Primer Premio Trípode de Literatura Cristiana (2010).
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