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Roma, la belleza de lo indescriptible

viernes 11 de marzo de 2016
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Roma

Intentar, en un ensayo breve como este, la descripción de la belleza de Roma, es empeño destinado a terminar en la rutina del folleto de divulgación turística o en la confesión de una desoladora impotencia. ¿Qué hacer, entonces? Porque Roma ocupa un lugar incomparable en el corazón de los que han tenido la dicha de conocerla… ¿Es posible dar agradecido testimonio de su magnificencia? ¿Se puede hacer justicia al ensanchamiento del alma que nos regala la Ciudad Eterna?

Tal vez la respuesta esté lejos de la pretensión intelectual, de la reflexión prevenida; tal vez la respuesta se halle en el llano e incontestable dictamen de los sentidos.

 

Es sabido que los argentinos, casi en general, hablamos nuestro castellano con acento romano y espíritu partenopeo.

El sentido del oído, en Roma

Para los argentinos que llegamos a Roma, el sentido del oído abre las puertas a un universo amado y reconocible. Quiero decir, a los argentinos que habitamos la extensa región que, con epicentro en Buenos Aires, se extiende hasta Rosario por el norte y La Plata por el sur.

La entonación, la música del idioma que oímos no es, ciertamente, la de Toscana, que por el prestigio literario de Dante, Petrarca y Bocaccio se impuso a Italia toda. No es, pude comprobar, el decir sincopado y puntual de mi abuelo lucchese. No.

Es una lengua melodiosa, ligada por el fraseo, tan familiar como el habla nuestra de cada día, porque no es otra que la de los “tanos” por antonomasia, los napolitanos, cuya influencia se percibe en el romanesco, un “dialecto” que conocí en mi primera infancia por el trato con mis vecinos Roberto y Enedina y sus hijos Guido y Gianna.

Es sabido que los argentinos, casi en general, hablamos nuestro castellano con acento romano y espíritu partenopeo. Y el tango también.

 

El sentido de la vista, en Roma

No se puede soslayar la Roma en blanco y negro, la que vive en las películas señeras de Rosellini, Visconti, De Sica.

Roma es ocre. Ocre amarillenta, ocre anaranjada, ocre rojiza; naturalmente lo es, como avisó Vitrubio en el siglo I antes de nuestra era.

Vamos a tratar, en primer lugar, sobre los colores que surgen de manera natural, como el ocre, llamado en griego ochra. Se encuentra en muchos lugares, y también aquí en Italia (…). Por ello, los antiguos utilizaron abundantemente el ocre para el enlucido de sus obras (Los diez libros de arquitectura, Libro Séptimo).

Yo no sé si las ciudades tienen colores distintivos, porque las ciudades son innumerables y mi conocimiento de ellas, parvo. Pero los almohadillados de los palazzi de Roma son —y esto sí lo puedo asegurar— una fiesta inacabable de ocres, que ven realzada su belleza por el verde de las enredaderas y los matices más acusados de mil flores. Los ocres de Roma resplandecen con el sol de la mañana y se llaman a sosiego en el ocaso, y cuando llueve, se entristecen con una indecible melancolía.

Claro que no se puede soslayar la Roma en blanco y negro, la que vive en las películas señeras de Rosellini, Visconti, De Sica. Y, sobre todo, en el yiro de Anna Magnani en Mamma Roma (1962), de Pier Paolo Pasolini.

 

El sentido del tacto, en Roma

Quien visite la ciudad en verano y específicamente vaya al Foro, comprobará que desandando las edades por las piedras venerables y latinas se siente el alivio de sumergirse en las edades. El nivel de la ciudad que dejamos atrás, paulatinamente, aparece más y más elevado, mientras que la temperatura desciende.

Agradecemos el frescor en la piel y nos preguntamos si así habrá sido el clima de Roma hace dos mil años. ¿O es que acaso sólo queremos ser parte, de algún modo, de lo irremisiblemente perdido y admirado?

 

El sentido del olfato, en Roma

Rememoro, y me veo a mí mismo en el Foro, a veces junto a los templos de Cástor y Pólux, otras frontero del de Saturno, o ante los arcos de Tito y Vespasiano. Repentinamente, la lluvia me obliga a buscar cobijo en las vecindades del templo de Vesta. Cuando pasa el chubasco, se apodera de mí una fragante sensación de bienestar. Pienso que el perfume viene del suelo tapizado de cerrajo, la lechuga de las liebres de los países del Mediterráneo y de sus flores amarillas, entre otras violetas, blancas y coloradas que no sé reconocer.

En todo caso, este aroma viejo es nuevo para mí, diverso de las exhalaciones del campo argentino, un mar herboso sin más galas que el violeta de los cardos.

 

El sentido del gusto, en Roma

El sabor de Roma es tan inaprensible como la ciudad misma, porque se encuentra en el agua.

El agua de Roma se prodiga con el sabor de la generosidad hospitalaria.

Incolora, inodora, insípida…¡qué va! El agua de Roma tiene el gusto necesario para distinguirla, pero es tan sutil como para que el distraído la crea participe de las consabidas propiedades del disolvente universal.

El agua de Roma, sin curarse de cuestiones físico-químicas, es abundante, fresca y generosa. No hablo del agua de la Fontana de Trevi o de la del “Fontanone” en Trastevere; tampoco de las fuentes de Piazza Navona o de las de “I Triton” o “delle Tartarughe”; ni siquiera de la comparativamente destacada piña de Piazza Venezia. Me refiero a los innumerables surtidores que los romanos llaman, por su ganchudo dispensador, nasoni, y que en toda la ciudad confortan y dan alivio al peregrino.

Fresquísima y sin tasa, el agua de Roma se prodiga con el sabor de la generosidad hospitalaria. Una acabada síntesis de la belleza indescriptible pero afortunadamente disfrutable esencia de Roma.


Apenas me atrevía a decirme a mí mismo adónde me dirigía, incluso de camino hacia Roma todavía me encontraba temeroso, y sólo bajo la Porta del Popolo tuve la certeza de que por fin Roma era mía (…).

¡Sí, por fin he llegado a esta capital del mundo! (…).

Pero ahora ya me encuentro en Roma, y estoy tranquilo, y hasta se diría que sosegado por el resto de mis días, puesto que se puede asegurar que comienza una nueva vida cuando a uno se le presenta la ocasión de contemplar en su conjunto aquello que se conoce de un modo parcial. Todos los sueños de mi juventud están ahora vivos ante mí; los primeros grabados que recuerdo —mi padre había colgado en una antesala las vistas de Roma— los veo ahora tal como son en realidad (…).

Según lo que se quiera demostrar, los argumentos ad auctoritatem pueden resultar odiosos o entrañables; en la segunda categoría, me parece, cuadran la transcripta y emocionada evocación de Goethe (Viaje a Italia, Roma) y la sentencia de Borges: “Todos somos ciudadanos de Roma”.

Será porque, más allá de nuestras variadas estirpes, por encima de nuestras inclinaciones y gustos diversos, buena parte de la población de ambos hemisferios del mundo siente propios y verdaderos aquellos sentimientos, tanto, como la sentencia juguetona de Claudio Villa:

“Semo tutti romani”.

Gustavo Rubén Giorgi
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