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Consideraciones acerca de la poesía venezolana en el siglo XXI

jueves 9 de junio de 2016
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Poesía

Resulta un tanto difícil, y quizás prematuro, plantearse un balance de las significaciones que posee la poesía venezolana cuando apenas hemos avanzado unos tres lustros en este nuevo siglo. Difícil también porque, como ya lo planteó Mariano Picón Salas en su momento, “uno está metido en ella, en las pasiones y los problemas que ella suscita, y carece, por lo tanto, de la adecuada lejanía para juzgarla más allá de las polémicas del presente, en el plano sereno de la historia literaria”.

Sin embargo, en tanto que lector, quisiera arriesgar algún comentario acerca de estas pasiones y problemas planteados por nuestra poesía en lo que va de siglo. En este sentido creo que sería conveniente preguntarnos cuántos nuevos poetas han aparecido en Venezuela durante los últimos años. Al parecer muchos, si tomamos en cuenta la enorme cantidad de poemarios que las editoriales del Estado, las propuestas alternativas y las ediciones de autor lanzan al mercado; esto sin contar los textos que fluyen en el ciberespacio en numerosos blogs, revistas digitales y facebooks personales. También podríamos considerar que muy pocos si pensamos que no es la profusión de libros editados lo que cuenta, sino cuántos libros hemos leído, cuáles serán aquellos autores que quedarán en la memoria de los lectores y cuya obra, quizás, terminará por recibir los homenajes del tiempo.

La enorme proliferación de publicaciones poéticas resulta en el lugar común según el cual la frondosidad del bosque impide ver los árboles.

En su libro In/mediaciones, Octavio Paz cuenta la siguiente anécdota: “Hace unos años me dijo Henri Michaux: ‘Yo comencé publicando pequeñas plaquettes de poesía. El tiro era de unos 200 ejemplares. Después subí a 2 mil y ahora ha llegado a 20 mil. La semana pasada un editor me propuso publicar mis libros en una colección que tira 100 mil ejemplares. Rehusé: lo que quiero es regresar a los 200 del principio’. Es difícil no simpatizar con Michaux: más vale ser desconocido que mal conocido. La mucha luz es como la sombra: no deja ver. Además, la obra debe preservar su misterio”.

Lo que pretendo significar es que la enorme proliferación de publicaciones poéticas resulta en el lugar común según el cual la frondosidad del bosque impide ver los árboles. ¿Cómo saber, entre tanta espesura, cuáles serán los textos que formarán parte de nuestra existencia? ¿Cuáles serán aquellos que determinen un espacio en nuestra historia literaria y abran nuevos senderos a la imagen? ¿Es que acaso encontraremos entre infinidad de títulos poemarios como Mi padre el inmigrante, Elena o los elementos, Paisano o los Cuadernos del destierro que en su momento deslumbraron, y aún ahora mantienen una vigencia innegable?

Por otro lado tenemos el problema de que hoy más que nunca carecemos de una crítica valorativa que pueda servirnos de guía por los senderos de este bosque; no hay crítica, ni tampoco espacios donde ejercerla: la ausencia de revistas y suplementos culturales donde poner en práctica este ingrato oficio es abrumadora. Nosotros mismos somos incapaces de producirla. ¿Cuántos poemarios pasan por nuestras manos? Muchos, y algunos son de nuestro agrado, pero casi nadie se dedica a glosar su lectura y compartirla con otros, sino en revistas y suplementos, al menos el ciberespacio a través de los facebooks y blogs que la mayoría tiene.

La importancia de la crítica ejercida de forma sana y honesta es importante, no sólo para los potenciales lectores sino también para el autor que casi nunca es capaz de verse a sí mismo desde fuera, lo que trae como consecuencia que el trabajo expuesto sea más el producto de un ego inflamado que de un grave y riguroso ejercicio de vigilancia de las formas y expresiones del lenguaje que utiliza.

En los últimos años me ha tocado en suerte leer, no sólo poemarios, sino también novelas y relatos a los que le sobra una buena cantidad de páginas y que permanecen allí porque el autor no tuvo el chance, o no quiso permitírselo, de reflexionar sobre lo que es en realidad una obra acabada a despecho del simple ejercicio de escritura.

Cyril Connoly, en su libro La tumba sin sosiego, afirma lo siguiente: “Mientras más libros leemos, más nos damos cuenta de que la verdadera función del escritor es producir una obra maestra, y que todas las demás tareas carecen de importancia…”; pero para ello se requiere de una gran paciencia y una permanente vigilancia para lograr no sólo un buen poema sino un conjunto que posea el ritmo, la gravitación, las correspondencias que mencionaba Baudelaire, para que un poemario logre permanecer durante mucho tiempo en el ánimo del lector. “Creo que un libro de poemas es un ámbito, no una quincalla donde haya de todo —ha dicho María Fernanda Palacios—. Debe tener un ámbito íntimo, donde tú sientas que un poema dialoga con otro y que juntos hacen un cuerpo, o una voz. Me gusta más el poeta que limpia, porque de lo contrario hay mucho ruido, y es terrible tener que leer malos versos de buenos poetas”.

Al leer un poema deberíamos tener la sensación verdadera de que el mundo puede originarse en el momento en que las palabras nos detienen y nos resguardan de la intemperie donde habita la realidad.

Ahora bien, hay otro problema me preocupa mientras vamos desandando por este bosque de palabras. En muchas oportunidades, en medio del camino de la lectura, tropezamos con versos bien elaborados, con textos que nos hablan de un ejecutante con talento u oficio. Gracias a Dios esto sucede con mucha frecuencia, lo que nos viene a anunciar que la palabra poética goza de buena salud en nuestro país. Sin embargo, existen algunos momentos en que luego de haber disfrutado de una rica sintaxis, de imágenes logradas, de una profundidad del lenguaje sentimos un gran vacío. ¿Qué pasó?, nos preguntamos con angustia mientras regresamos a la lectura, y luego de mucho meditar nos damos cuenta de que estamos ante un buen poema, pero en él no está la Poesía.

Aunque parezca paradójico a muchos textos leídos en los últimos años les falta eso, que por no tener a la mano un buen concepto para nombrarlo prefiero definirlo con el título de una novela de Peter Handke: El momento de la sensación verdadera. Creo, sinceramente, que para que un poema sea debe despertar en el lector una sensación de suspensión del tiempo: “La lectura de cualquier poema es un itinerario hacia el instante de la fijeza, en que la conciencia se ve a sí misma al ver el instante”, nos dice Pere Gimferrer. Al leer un poema deberíamos tener la sensación verdadera de que el mundo puede originarse en el momento en que las palabras nos detienen y nos resguardan de la intemperie donde habita la realidad.

De manera irónica, Jorge Enrique Adoum comenta que el diccionario define como poema todo texto escrito en forma de versos, “pero los diccionarios jamás han sido autoridad en esta materia; de ahí que aun cuando afirmen lo contrario, aquello no basta para que un texto sea poesía. Un poema supone profundidad o altura, una tensión del lenguaje que permita diversos niveles de lectura, el descubrimiento de las esencias —lo que queda cuando se ha quitado todo lo sobrante—, la percepción intuitiva de cuanto oculta la apariencia, el hallazgo del adjetivo que parezca desde siempre inevitable y para siempre atado al nombre… De modo que no es una condición del poema ser una obra en verso; sí que ésta reúna las calidades que hacen, de una escritura, poesía”.

Entendamos, entonces, que la poesía no es sólo cuestión de talento u oficio, de constancia o disciplina en la escritura; que la poesía no es inherente a las palabras, como lo ha expresado Rene Menard; que la construcción de una voz debe dejar espacio para que fluyan las voces que alimentan nuestro cielo y nuestro infierno; que el encuentro con el Poema, reflejo de nuestra verdad más profunda, depende más de los dioses que de nuestra voluntad. He allí los textos que anidarán en el alma de sus lectores.

En la búsqueda del poema esencial, del “verdadero lugar” según Yves Bonnefoy, es importante siempre acudir a los maestros y entre ellos ninguno como Rilke para acercarnos a esa verdad que necesitamos; en sus Cuadernos de Malte Laurids Brigge apunta lo siguiente:

Se debería esperar y reunir el significado y la dulzura de toda una vida; de una larga vida si es posible, y después, por fin, quizá se podrán escribir diez líneas que fueran realmente buenas.

Manuel Cabesa
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