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Relato del cinéfilo cachorro

viernes 22 de septiembre de 2023
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Cine Ayacucho (Caracas, años 70)
Un día se me ocurrió que si suprimía la merienda podía utilizar el dinero pagando pasaje hasta cines un poco más alejados. Cine Ayacucho, en Caracas • Años 70
—¿Qué es una buena película?
—La que el espectador cree haber soñado.
Carlos Fuentes

1

En la casa nunca se acostumbraba a organizar fiestas o piñatas para celebrar un cumpleaños. Se prefería en estos casos reunirse en familia, compartir un almuerzo y algunos tragos, mientras el cumpleañero disfrutaba de sus regalos. Cuando cumplí los siete años vinieron de visita mi tío, su esposa, mis dos primas (que son más o menos de la misma edad de mi hermana) y mi padrino. Mamá y mi tía se dedicaron a preparar el almuerzo, mientras papá abría una botella de whisky para brindar con mi tío y mi padrino mientras discutían los favoritos del 5 y 6 de esa tarde.

La reunión transcurría de forma convencional, como tantas otras en que la familia celebraba un evento, y hubiera terminado de igual manera de no ser porque mi padrino José, después del almuerzo, me regaló dinero para que invitara a mi hermana y a mis primas al cine. Creo que puse una cara de espectáculo porque antes de que pudiera reaccionar una de mis primas intervino utilizando un tono sublimemente didáctico:

—Te va a gustar —dijo—, es como ver una televisión gigante.

Mis primas, igual que mi hermana, tenían la tendencia de tratarme como a un retrasado mental sólo por el hecho de tener cinco años menos que ellas. Lo que ignoraba la muy idiota era que, aunque nunca hubiera entrado a una sala de cine sabía perfectamente cómo era, porque siempre estaba pendiente cuando papá y mamá se ponían a recordar su época de novios e iban a las funciones del Alameda, el Para Ti, Los Jardines, el Esmeralda y vaya usted a saber cuál otro, a ver esas viejas películas que ahora veíamos por televisión.

En mi casa la televisión siempre fue un miembro más de la familia. La recuerdo permanentemente encendida a cualquier hora.

Porque en mi casa la televisión siempre fue un miembro más de la familia. La recuerdo permanentemente encendida a cualquier hora, en cualquier canal, con cualquier programa. Por las mañanas eran las morochas Berta y Carmen quienes nos acompañaban con sus recetas y consejos útiles para la cocina. En la tarde mi hermana y yo nos sumergíamos en el maravilloso mundo de Disneylandia y El Club del Zorro. A papá le gustaban las series de acción y de vaqueros: nada como ver a David Jansen huyendo del teniente Gerard en El fugitivo, a Chuck Connors manipulando un poderoso Winchester de repetición en El hombre del rifle o a Lloyd Bridges buceando en lo profundo del océano en El investigador submarino. Por la noche era el turno de mamá, que siempre preparaba la cena temprano para luego presenciar el dolor de Amelia Román ante los despiadados intentos de Rebeca González por arrebatarle el amor de José Bardina en La rival, primera telenovela de la que tengo recuerdo. Mientras que los sábados estaban reservados a los fantásticos combates de lucha libre donde peleaba el favorito de grandes y chicos: Bassil Battah.

Finalmente, lo cultural también formaba parte de los programas que jamás dejaban de verse. Mis padres, aunque de educación modesta, sentían un gran respeto por lo que ellos consideraban cultura, por lo que siempre estaban pendientes de ver Valores humanos con el doctor Uslar Pietri, o Las cosas más sencillas con el poeta Aquiles Nazoa. Es más, creo que mi decisión de hacerme escritor nació la noche que vi en la televisión Trono de sangre, un teleteatro basado en el Macbeth de Shakespeare escrito y actuado por José Ignacio Cabrujas.

El cine también entraba en la minuta televisiva. Toda la familia se reunía para disfrutar de Gran Cine del Domingo, Cine Aventuras o Señor Cine, que presentaba Luis Guillermo González. Las preferencias de papá y mamá giraban en torno al cine mexicano. Así que desde pequeño me fueron familiares el rostro y los gestos de Arturo de Córdoba, Libertad Lamarque, Jorge Negrete, María Félix, Pedro Armendáriz, Dolores del Río, Tin Tan y tantos otros, representando un mundo donde el drama y la comedia marchaban paralelamente, siempre salpicado de una que otra canción. Por cierto, la primera vez que lloré a lágrima viva viendo una película fue justo en el momento en que Pedro Infante decide suicidarse después que su hijo muere y ya está cansado de soportar tanta miseria en ese espectáculo de dolor llamado Un rincón cerca del cielo.

Total, que al comentario estúpido de mi prima decidí no prestarle atención, pues estaba tan emocionado que sólo deseaba que nos fuéramos de una vez.

Como era de esperarse, la película y el cine donde iríamos a verla fueron escogidos por los mayores, así que sin ningún tipo de excusas fuimos al Cine México de la avenida España, que resultó el elegido porque estaba más cerca de la casa, a ver Robinson Crusoe que para variar resultó ser una producción mexicana.

Como se sabe, el cine mexicano tuvo entre nosotros una edad de oro. A diferencia de otras cinematografías latinoamericanas, la mexicana consiguió desarrollarse lo suficiente como para abarcar la demanda de mercado de los países de habla hispana, logrando suplantar el imperio que mantenía el cine hollywoodense en los años cuarenta. Tal fue la fuerza y el empuje con la que el cine mexicano penetró en el gusto del pueblo que terminó por crear patrones de conducta que aún perduran. Por su parte, México continuaba ampliando su campo de acción realizando coproducciones con países hispanos cuya cinematografía era más bien minúscula: España, Argentina y Venezuela aportaron presupuesto y recursos humanos para estos convenios. El reinado del cine mexicano logró mantenerse en la mayoría de las salas caraqueñas a lo largo de los años cincuenta y buena parte de la década siguiente. Sin embargo, ya para el tiempo que estoy recreando en estas líneas, el cine americano había tomado un repunte dentro del gusto del público, relegando las producciones mexicanas al radio periférico de unas cuantas salas, casi todas ubicadas en el oeste de la ciudad. El viejo Cine México era una de ellas.

Me veo a mí mismo, en silencio, mirando fijamente la enorme pared blanca que se levantaba ante nosotros.

Mentiría si dijera que recuerdo alguna escena en particular de aquella película. Ya de adulto, leyendo la revista española Cinerama, encontré una breve referencia donde decía que la película la había dirigido Luis Buñuel en 1952, pero éste tuvo que asumir un pseudónimo porque se trataba de una coproducción entre México y Estados Unidos, y Buñuel para esa época aparecía en las listas negras del senador McCarthy. “Un Robinson Crusoe en el que Robinson no esclaviza a Viernes, sino que lo hace su amigo necesario”, como escribió mucho tiempo después Carlos Fuentes, que era amigo de Buñuel.

Ahora bien, lo que sí logro revivir con mucha intensidad era la emoción que sentía en aquel momento: me veo a mí mismo, en silencio, mirando fijamente la enorme pared blanca que se levantaba ante nosotros, sentado rígidamente en una incómoda silla de madera esperando que de una vez comenzara la función.

Al fin se apagaron las luces y por breves instantes sentí un poco de miedo; sin embargo, todo se disipó cuando en la pantalla cobraron existencia, repentinamente, una serie de imágenes vivas en colores. Para mí era una revelación todo aquello, pues todavía en esa época padecíamos la dictadura del televisor en blanco y negro, por lo que ver colores vivos en movimiento sólo podía considerarlo como algo maravilloso. Creo que en aquel momento lancé un grito donde se mezclaban la sorpresa y la alegría.

Esa tarde, cuando regresamos a casa, no hice más que atormentar a mamá contándole una y otra vez todo lo que había visto, y esa noche, cuando al fin lograron que me acostara, estuve largo rato despierto rememorando para mí todo lo fantástico de aquel día.

 

2

Las visitas al cine continuaron repitiéndose, aunque no con la frecuencia esperada y siempre acompañado de mi hermana. Ir al cine con ella implicaba un serio problema: sólo veíamos las películas que le gustaban sin que mis sugerencias tuvieran algún efecto. Juntos conocimos el Cine Catia y el Pérez Bonalde, que además del México eran los únicos a los cuales teníamos permiso de ir.

Por ella, también, tuve que soportar no sé cuántas veces a la idiota de Blanca Nieves y los siete taraditos, ya que era su película favorita. Fueron tantos los encuentros con estos personajes que terminé cogiéndole rabia a tres de los miserables enanos. Pero no había remedio, si quería seguir asistiendo al cine tenía que aceptar las películas que le gustaban a ella, sin importar que fueran repetidas.

Sin embargo, poco después la situación cambió: mi hermana, que aún no era una mujer, tampoco se consideraba una niña, ya había llegado a esa edad donde las muñecas dejan de ser juguetes y se convierten en adornos del cuarto. Claro que siempre existía esa cuota de cariño que se produce normalmente entre hermanos, pero ella ya no estaba interesada en acompañar a un niño al cine por lo cual, desde entonces, empecé a ir solo.

Aunque no todos los domingos podía hacerlo. De vez en cuando dedicábamos ese día a visitar a mis tíos. Hasta no hacía mucho disfrutaba de esas visitas donde mis primas y nosotros jugábamos interminablemente. Pero mis primas, al igual que mi hermana, ya no se sentían unas niñas, sus intereses giraban en torno a otras cuestiones de los cuales yo estaba descartado, en principio por ser varón, y aquellos asuntos eran sólo de carácter femenino, y en segundo término, porque después de todo seguía siendo un niño pequeño, según ellas.

Sólo los domingos en que no íbamos a casa de mis tíos, ni teníamos ningún paseo pendiente, eran los que podía aprovechar para ir al cine.

De esta forma los domingos en casa de mis tíos terminaron por convertirse en un castigo inmerecido. En la cocina se metían las mujeres a conversar sobre la telenovela o a compartir algún chisme, en la sala los hombres acaparaban la televisión viendo las carreras de caballos, y las muchachas, finalmente, se encerraban en un cuarto a escuchar bobas canciones de amor, discutir sobre la mejor manera de llevar el maquillaje y suspirar soñando con los posibles romances que cada una aspiraba a tener en el liceo.

No pudiendo compartir ninguna de estas alternativas, sólo me quedaba sentarme en un rincón a mirar tontos libros ilustrados sobre insectos o sobre la vida salvaje en las selvas africanas.

Total, que sólo los domingos en que no íbamos a casa de mis tíos, ni teníamos ningún paseo pendiente, eran los que podía aprovechar para ir al cine. Las primeras veces me limitaba a visitar los mismos cines a los que iba con mi hermana, cumpliendo sin que me lo pidieran con la regla que había impuesto papá. Pero muy pronto me aburrí de tanto ver repetidas las tonterías de Viruta y Capulina, de seguir las andanzas de Herbie el Cupido Motorizado, o los festivales de cartoons de Warner Brothers que muchas veces eran los mismos que veía en televisión.

Un día se me ocurrió que si suprimía la merienda podía utilizar el dinero pagando pasaje hasta cines un poco más alejados. Al principio fueron los de la avenida Sucre: el Venezuela y el Bolívar; luego, cuando ya había tomado un poco más de confianza, algunos del centro: el Ávila, el Rialto, el Ayacucho, etc. Con esta apertura a un programa más variado de películas también pude descubrir el encanto de ciertos géneros con los cuales mi hermana no hubiera estado de acuerdo.

En esa época comienza mi afición por el spaghetti western y por una vertiente del cine mexicano hoy completamente olvidada: el cine de luchadores. Primer sentimiento de nostalgia: el cine de luchadores revivía el recuerdo de los grandes combates de la lucha libre que desde hacía años habían desaparecido de la televisión.

De esta manera entraban en mi vida, equilibradamente, las aventuras de Santo, el enmascarado de plata, y Blue Demon, con las de Ringo y Django; en el mismo altar de mis preferencias brillaban películas como Los tigres del ring y Operación 67 al lado de El dólar perforado y Una tumba para Sartana, grandes vaqueras de entonces.

No sé en qué momento los niños responden a esa inquietante pregunta de los adultos: ¿qué serás cuando seas grande? Recuerdo que mi hermana quería ser maestra como todas las niñas del colegio. Pero para mí la decisión era más difícil. La verdad no sabía qué opción me convenía más: si ser un justiciero enmascarado como Fernando Casanova en El águila negra, o un cowboy recorriendo las infinitas praderas de Arizona como Alan Ladd en Shane, el desconocido. Frente a la pantalla las posibilidades de imaginarme como un héroe extraordinario se ampliaron considerablemente.

Quiero decir que lo único que me interesaba del cine era la fantasía que regalaba a mis ojos. Como aquel personaje de Guillermo Meneses: “Vivía vidas de celuloide que se transparentaban en sombras, cada una de mis acciones era el reflejo de un gesto atrapado en la pantalla”. No podía (¿y qué niño puede hacerlo?) separar al cine como un hecho aislado de las historias que contaba. Historias que para mí eran más verídicas que la realidad de todos los días.

Cuando menos lo esperaba mi aventura de nómada cinematográfico se vio truncada una tarde de julio.

El resto de la semana, cuando no iba al cine, me la pasaba reviviendo las aventuras que veía en la pantalla; contándoles a mis compañeros de la escuela las historias que ocurrían en cada film y a las que yo iba agregando detalles que no aparecían en la película original. Esos fueron los días en que para prolongar las dos horas de fantasía semanal que me ofrecía el cine leía todos los suplementos que caían en mis manos. Los momentos en que debía hacer la tarea se escapaban fugazmente siguiendo las aventuras de Flash, Batman y Robin, el Hombre Halcón y mi favorito, Linterna Verde: “En el día más negro. En la noche más negra. Ningún mal escapará de mi vista. Dejad que aquellos que veneran las fuerzas del mal se cuiden de mi poder: luz de la Linterna Verde”. Todos formando el poderoso equipo de la Liga de la Justicia.

Sin embargo, cuando menos lo esperaba mi aventura de nómada cinematográfico se vio truncada una tarde de julio. Algunas veces tenía la costumbre de ir a la matinée con otro niño de la calle llamado Nicolás. A mamá le parecía bien que él me acompañara porque de esta manera, según ella, nos cuidábamos mutuamente. Pero esa tarde Nicolás y yo tuvimos discrepancias acerca de la película que debíamos ver, pues él estaba empeñado en ir al México a ver Los tres caballeros de Walt Disney, mientras que yo prefería ir al Rívoli para ver Por un puñado de dólares con Clint Eastwood. Como no llegamos a ningún acuerdo cada cual tomó por su lado.

Como era de esperarse, al terminar las respectivas funciones, Nicolás llegaría a su casa primero que yo, para lo cual tenía que pasar frente a la mía. Al darse cuenta de que el vecinito venía solo, mamá se apresuró a preguntarle qué me había pasado, y él, ni corto ni perezoso, contó la verdad. A partir de ese día me castigaron dejándome sin ir al cine hasta que comencé en el liceo.

Manuel Cabesa
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