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Hablemos, de Octavio Santana Suarez

Jorge Rivadeneyra

• Sábado 11 de marzo de 2017
Jorge Rivadeneyra
Rivadeneyra: “Yo escribo desde la lejana juventud. Debe ser que uno quiere comunicarse con la gente de alguna manera. Con alguien”.

La cita era en la mañana y el lugar la Universidad Central de Venezuela. Llegué con retraso porque en esa inmensidad que es la mayor casa de estudios de Venezuela, y cuyos vericuetos no conozco, ¡pues me perdí! Pero al fin llegué a la cita con el profesor Jorge Rivadeneyra. Lo encontré sentado a la mesa de un café (de esas cantinas estudiantiles que hay en las facultades) acompañado de su esposa y una amiga de ellos que es como su hermana. Fue en una cálida y soleada mañana de mediados de septiembre de 2014.

Me sentí un tanto apabullada ante este inmenso hombre, tiene una gran estatura que sus más de ochenta años no han encorvado ni mellado gallardía. La ascendencia indígena es delatada por unos ojos pequeños pero llenos de vida, de inteligencia, con una mirada directa indicadora de una persona frontal y sincera. Además con sólo cruzar un par de palabras se vislumbra claramente el enorme bagaje cultural que posee.

Escribir es su vida, tiene ya treinta libros escritos.

Como saben los lectores, las preguntas de esta entrevista son siempre las mismas, a través de ellas notamos a un hombre muy complejo, y no digo que lo descubrimos porque en realidad no descubrimos nada de él pues, aunque con toda la amabilidad y gentileza del mundo nos atendió respondiendo a todas las preguntas, supimos de él exactamente lo que quiso que supiésemos, ni una palabra más. Un intelectual que racionaliza todo, que desmenuza todo con inteligencia y un raciocinio tremendo. Un hombre al que se le puede aplicar aquel cliché de folletín rosa —aunque él sea la antítesis de esos folletines—, “un hombre que está de vuelta de todo”.

Profesor de filosofía en la Facultad de Ciencias Sociales de la UCV, para ese momento estaba escribiendo simultáneamente un ensayo y una novela, aunque tendría que rezagar alguno para terminar el otro. Reconoció que le gusta mucho escribir, nos atrevemos a decir que escribir es su vida, tiene ya treinta libros escritos. Escribir es su meta y su mejor plan: “A largo plazo casi ya no tengo planes. ¡Imagínate los años que tengo! A corto plazo estoy escribiendo. Pues a mí me gusta escribir mucho y ya llevo treinta libros escritos”. Y es por esa pasión por las letras que afirma: “El horizonte de escribir es nuevo siempre. Pero la vida se acorta. Mientras haya vida hay proyectos, si no ya se acaban los proyectos”.

Algo más que pudimos advertir de este hombre es que su vida no ha sido nada fácil, llegar al punto donde ahora se encuentra implicó el recorrido de un camino arduo y no pocas veces escarpado. Nacido en Riobamba (Ecuador) en 1928, el 11 de mayo, astrológicamente es Tauro, un signo de tierra de gran firmeza e intensidad y dotado de lo que para unos es terquedad y para otros gran determinación, diría yo que la combinación de ambas cosas según la situación lo amerite. Y esa gran determinación fue la que lo guio, la que lo llevó a estudiar. Hijo de una maestra, abandonados desde muy temprano por el padre, Rivadeneyra y sus hermanos se criaron con el modesto sueldo que su madre devengaba dando clases; aunque fue una infancia austera y dura, no melló el empeño por saber y por estudiar, muy por el contrario resultó de acicate para el muchacho. Así se graduó de bachiller y no sabía qué hacer con eso, de pronto se le ocurrió la idea de pedirle una beca al alcalde —quien era amigo de la familia— y le fue dada; con esta base por demás pequeña, pues según sus propias palabras era una beca miserable, marchó a la universidad en Quito y se graduó de abogado, al tiempo que gestionó otra beca que a su vez le permitió graduarse de filosofía e historia. Fueron muchas privaciones para obtener la meta deseada. Pero lo logró y ahora, pasado el tiempo, es catedrático.

El punto focal de la vida de Jorge Rivadeneyra es leer y escribir, es su pasión, su deleite, diríamos que hasta su razón de ser. Le inquirimos sobre sus motivaciones o desmotivaciones a la hora de escribir; de las primeras dijo: “Verdaderamente no he pensado en eso porque yo escribo desde la lejana juventud. Debe ser que uno quiere comunicarse con la gente de alguna manera. Con alguien. Los lectores son gente desconocida todos. Y es una forma de comunicarse, de influir de alguna manera, porque los libros influyen de alguna manera. Imagino que debe ser eso, no sé”. En cuanto a las desmotivaciones, se sumó a la larga lista de escritores y personas ligadas al mundo editorial que se quejan de lo difícil que resulta editar en un país en crisis como lo es Venezuela. “La dificultad de publicar, y la dificultad para que te lean. En Venezuela es complicadísimo eso. Y a mí me pasa porque soy un ecuatoriano, y cuando en Ecuador llegaba un libro o llegaba un intelectual que no era ecuatoriano, ¡era una feria! Y la gente se iba así, a oírlo. En Colombia también había mucho interés por la literatura. Aquí no y si hay no se nota. Es curiosísimo porque uno piensa mal de Venezuela y la realidad te dice que no es así, ves. Ayer, leyendo la prensa de los que están emigrando al exterior, dice que los emigrantes venezolanos son los de más alta formación intelectual, imagínate tú, ¡es una maravilla!”.

Jorge Rivadeneyra
La literatura es a veces como el amor: te gusta, ¿por qué te gusta?, porque me gusta. No me gusta porque no me gusta”.

Para él la literatura sí termina siendo coto de una élite, y comenta que en los tiempos de Sartre y compañía se discutía qué es la literatura y para qué sirve la literatura; se suponía, pues, que se escribe para el pueblo, pero parece que el pueblo no lee o no le gusta lo que la literatura es, y sobre todo ahora, prefieren ver una telenovela en la televisión u oír la radio que leer un libro, sin hablar de las horas en Internet o en los teléfonos “inteligentes”. Para él: “Leer un libro es una tarea difícil, además hay que tomar el libro y saber qué se compra. De tal manera que pareciera que el pensamiento escrito es siempre para élites impenetrables así uno no lo piense de esa manera. ¿Quién me va a leer a mí?, he publicado treinta libros y no sé si llegan a treinta sus lectores. No sé, no hay comentarios sobre eso. Nadie opina. No sé si porque no leen, o porque no entienden o porque no quieren comprometerse”. Y agrega: “La literatura es a veces como el amor: te gusta, ¿por qué te gusta?, porque me gusta. No me gusta porque no me gusta”.

Jorge Rivadeneyra se describe como un hombre que ha tenido muchos proyectos pero que ha fracasado en casi todos. Desde hace más de cincuenta años camina a su lado, compartiendo cada proyecto, cada fracaso y cada día, Renée Lichtenstern, una checa graduada de Filosofía y Letras en la Universidad Central del Ecuador. De ella dice: “No es sólo una pareja. Una pareja muy curiosa porque ella ha sido muy leal conmigo. Estuvo en la guerrilla conmigo, imagínate tú, es una gringa. Pero ella hizo de América Latina su país, y mis proyectos han sido los de ella”.

A su vez ella añade: “Bueno, la cuestión es el amor hacia Jorge, ha hecho que participe plenamente en todos sus proyectos, tengan éxitos o fracasos. Eso ha sido mi filosofía de vida… Le he acompañado en todo durante muchísimos años, ya más de cincuenta”. Y este es un proyecto en el que han triunfado plenamente, porque el amor, la complicidad, la contentura de estar juntos es obvia y notoria, ¡y por supuesto un hecho extraordinario!, pues la mayoría de las parejas a los diez años de estar juntos no se soportan. Al verlos juntos entendemos la manera como él explica el amor: “¡Bueno! Imagínate, el amor no es sólo sexualidad. Es comunión de pensamientos, es ayuda, es eso que te decía ella, en todo lo que sea, en el bien, el mal. Eso que te dice el cura cuando te casas está lleno de sabiduría, uno se compromete a vivir con la pareja en el bien y en el mal, en la riqueza y en la pobreza, me parece muy sabio a pesar de que es cristiana la cosa. Pero es buenísimo ese mensaje. Entonces el amor es eso: cuidarse siempre”. Ellos compartieron el sueño, o como ellos le dicen, el gran proyecto que tuvieron de jóvenes que fue cambiar al mundo; por ello militaron en la izquierda y estuvieron en la montaña. Explicado en las propias palabras de Rivadeneyra: “Nosotros éramos militantes de la izquierda, y… quedamos en la organización y nos fuimos a la montaña. Estuvimos en la guerrilla, sí. Y en todo eso fracasamos, pues. Y el fracaso no es sólo por la beligerancia bélica, armada, sino por la forma de ser de las gentes. Ha habido casos extraños en la historia como los de Fidel Castro, o Francisco Pizarro cuando vino a América y le cuentan que al sur había un imperio riquísimo, el de los incas. Y les traza la raya y dice: ‘Al norte Panamá y su pobreza, al sur los incas y su riqueza, el que sea buen castellano que cruce la raya conmigo’, y cruzaron trece. Y con los trece organizó la invasión al imperio de los incas, ¡imagínate tú! Más o menos eso es lo que pasa; ahora, ¿Pizarro fracasó o no fracasó? Sí y no, conquistó, hizo su cosa, ganó dinero según, era analfabeta, pero un tipo de mucho temple. Es posible que fracasó porque nunca se consigue lo que uno quiere. La vida es un proyecto con saldos en contra, ves”.

Al oírle hablar de izquierda, revolución y demás yerbas pensaríamos que es afecto al movimiento político que gobierna Venezuela, pero sus palabras al consultarle si, en el caso de tener la oportunidad de hacer otra cosa en su vida, cuál sería, explican: “La revolución. En eso ya fracasamos. Pero, claro, la revolución entendida como posibilidad de influir en las formas de pensamiento. Ya ahora es un poco difícil pensar en la revolución armada, puesto que ese proyecto se acabó en América Latina. Y a nadie se le ocurre, sino a los colombianos esos que están en la olla, sí, pero en América Latina ya no existe un proyecto de ese tipo. Entonces la única posibilidad es buscar las formas de pensamiento. El fracaso del marxismo ha provocado una especie de estancamiento social. Aquí en esta universidad no hay proyecto. En Venezuela no hay proyecto. Y en el resto de América Latina tampoco. Están encerrados en la cosa de la unión, del panamericanismo, de lo bolivariano, pero nadie ha organizado esto. Entonces hay una especie de apagón universal de la conciencia, ahora falta construir nuevos caminos lógicos, porque de eso se trata, pues, de buscar, porque generalmente nuestra enseñanza o nuestros conocimientos se basan en pensadores europeos, o de fuera, extranjeros. Y lo único que uno puede hacer aquí es tratar de aplicar esas teorías en este país; es muy difícil, pero en eso andamos”.

Por cierto que en una época su color favorito fue el rojo, pero desde que los chavistas se lo tomaron para sí ya no le gusta. Tampoco cree en Dios y explica: “Pienso que Dios es una especie de sinónimo de los ideales de la humanidad… La reflexión, la felicidad. Pero yo no creo en el Dios físico creador del mundo y menos en Jesús Cristo. El ser humano… Yo soy privilegiado porque he logrado desarrollar conciencia. De tal manera que el hombre es la conciencia del universo. Si no existiera el hombre no existiría el universo porque nadie podría hablar de él, de tal manera que es un misterio, por ejemplo, porque yo pienso en el espacio, sólo la Vía Láctea, imagínate, es una extensión inimaginable en kilómetros y eso sólo es parte del infinito. Entonces, ¿quién hizo eso?, ¿por qué se hizo?, es una pregunta sin respuesta. La más fácil es decir que lo hizo Dios y ahí se acaba la discusión. Pero yo no lo sé, sabes, nadie lo sabe”.

Para Rivadeneyra básicamente la inspiración es trabajo. Es pensar, discutir con uno mismo y con las gentes con que uno se rodea.

Le gusta la lechuga con pollo, el jugo de naranja, baila un poco, le gusta la música popular, sobre todo el jazz, aunque está muy consciente de que de acuerdo a los estereotipos la mayoría de las personas creen que a los intelectuales sólo les gusta y les va la música académica. En sus ratos libres lee, ve televisión y navega; tiene una pequeña lanchita en la que él, su esposa y su amiga (entrañable equipo inseparable) salen a navegar, pescar y disfrutar de esa maravilla de mar Caribe que besa a Venezuela por el norte. No hay un lugar específico, un lugar soñado al que desee ir: “A estas horas de la vida no sé… Me gusta navegar… No quisiera ir a otra parte… No quisiera migrar, pero… Parece que la alegría se la encuentra en cualquier lado, no sé si es posible pensar en esos términos, por eso me gusta dar clases, porque me puede permitir el enfoque de impresiones con gente con la que se puede discutir”. Por cierto, piensa que los seres humanos somos una especie de víctimas, porque estamos llenos de prejuicios, de envidias, de iniquidades y de grandes ideales al mismo tiempo. De grandes pensamientos. Por otra parte la vida le resulta maravillosa con todos los problemas que tiene. “Lamentablemente existe la muerte. Pero pienso yo que mientras se viva hay que vivir plenamente. Vivir plenamente implica muchas cosas, hay gentes a las que les gusta bailar, otras a las que les gusta pintar, otras a las que les gusta pasear. A mí me gusta leer. Cuando se publica un libro me muero de la alegría”.

Volviendo al tema de la literatura, le preguntamos si cree que está en crisis y su respuesta fue contundente: “Bueno… yo pienso que sí sabes. Sobre todo en Venezuela. Con Lesbia (Lesbia Quintero, de Editorial Lector Cómplice) tengo conversaciones muy largas sobre literatura y no existe ‘la gran obra publicada’. Ahora estoy leyendo dos novelas venezolanas, una es Santa Ángela del Cerro, de Eloi Yagüe, que es un libro bien escrito, es totalmente sobre sexualidad, y el otro que se llama Breves y bravos, de Luis Barrera Linares, es lo mismo. Santa Ángela del Cerro es mejor, mejor escrito. Y el sexo es un tema interesante y se ha escrito mucho sobre eso. Calderón, Henry Miller, han escrito muy bien, muy refinadamente. Pero yo pienso que en Venezuela escribir sólo sobre sexo es eludir un poco la responsabilidad de escribir sobre los problemas del país”. Para Rivadeneyra básicamente la inspiración es trabajo. Es pensar, discutir con uno mismo y con las gentes con que uno se rodea. No piensa que los ángeles le van a traer las ideas. Las ideas van surgiendo de las necesidades existenciales. “Mire, yo pienso que todo lo que hace uno contribuye, influye en la existencia del pensamiento dado que el trabajo es decisivo para el desarrollo de cada manera”.

Finalmente le preguntamos cuál es su filosofía de vida y nos dijo: “¡Cónchale! Qué pregunta tan difícil. No sé… porque la filosofía es todo, pues. La filosofía es interpretación del mundo. La filosofía de vida, se acostumbra a decir eso, pero ¿qué es?, trabajar, pasear, hacer proyectos de acuerdo a la teoría general de que el hombre responde a un proyecto, todos los seres humanos. Entonces entre esos proyectos está el de escribir y dar clases. Tal vez la creatividad mayor sea la de escribir”.

Nos despedimos con la certeza de haber estado ante un verdadero intelectual, un cerebro lúcido, penetrante, analítico, dedicado a ejercitarse en ello y a vivir el hecho escritural plenamente hasta el último momento.

Jorge Rivadeneyra y su esposa, Renée Lichtenstern
Renée Lichtenstern no ha sido para Jorge Rivadeneyra “sólo una pareja. Ha sido muy leal conmigo. Estuvo en la guerrilla conmigo, imagínate tú, es una gringa”.
Ana Berta López

Ana Berta López

Fotógrafa y actriz venezolana (Caracas, 1963). Cursó estudios en el Taller de Actuación Luz Columba, de Nelson Ortega, en 1986, y en 1990 cursó el Ciclo Básico de Arte Dramático en el IFAd y el Taller de Elaboración de Libretos para TV con Mariela Romero. Al llegar a San Cristóbal, Táchira, donde reside actualmente, tomó el Taller de Actuación para Cine y TV con Miguel Ponce, en 1998. En teatro hizo la obra Avenida Lecuna, con el grupo Arriba El Telón, en 1989, mientras en televisión se desempeñó en Radio Caracas Televisión como actriz destajista en varios programas tales como Selva María, Señora, Abigaíl, Mi Amada Beatriz y otros. Desde 1997 ha trabajado como docente independiente de actuación en la Dirección de Cultura y Bellas Artes del Táchira, la Unidad Educativa Bolivariana Páramo de La Laja y el Colegio Don Bosco, entre otros entes. Como fotógrafa cursó los talleres “Fotografía y cultura popular”, dictado por Mariano Díaz, y “Revelado y copiado blanco y negro”, con Gustavo Carmona, ambos en la Fototeca del Táchira. Ha presentado sus trabajos en la exposición colectiva “Creadores del hecho fotográfico”, en la Fototeca del Táchira (2004), y en las individuales “Capturando egos”, en la Casa Steinvorth (1999), “Ojos de miles miradas”, en la Fototeca del Táchira (2004), “Aunque sean tonterías, ¡escríbeme!”, en el Consulado de Venezuela en Cúcuta y en el Ateneo del Táchira (agosto y noviembre de 2005), “¡A escena!”, en la Casa Sindical San Cristóbal (2006), y “Aquel lugar secreto...”, en la Casa Steinvorth (2008).

Sus textos publicados antes de 2015
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Ciudad Letralia: Anagrafías
Ana Berta López

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