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Hablemos, de Octavio Santana Suarez

Margarita Stornelli

• Sábado 15 de abril de 2017
Margarita Stornelli
Margarita Stornelli: “El arte en ningún momento está en crisis. Lo que está es viviendo su momento”.

Hace más de diez años que conocemos a Margarita Stornelli, que somos amigas. Mil veces hemos coincidido en el Ateneo del Táchira, en la Escuela Regional de Teatro, en los espacios que en esta ciudad de San Cristóbal, que no tiene un teatro propio, se le han concedido a las artes escénicas. Hemos hablado, compartido, reído y sobre todo disfrutado el privilegio de la amistad, del afecto. Y resulta un enorme placer hacerle esta anagrafía a una mujer luchadora, fuerte, decidida a vivir a plenitud; una mujer que ha vivido la vida a su aire, siendo auténtica, siendo irremediablemente artista e indudablemente ella misma, sin poses ni modas. A ella se la puede definir como toda una personalidad que tiene la gran característica de no tener pepitas en la lengua: dice lo que piensa y, sobre todo, piensa lo que dice. Una mujer de carácter fuerte y apasionado. Frontal y directa a la que sencillamente se la toma o se la deja pero con la que no hay términos medios —aunque, claro, siempre hay los seres viles que al toparse de frente contigo te sonríen y apenas das la espalda te desbaratan con sus lenguas viperinas, esos que no soportan a las personas sinceras como ella. Pero Margarita es sencillamente una artista soñadora que se describe a sí misma así: “Yo soy un ser común, corriente y silvestre. Con gustos muy comunes al resto de la gente aunque algunas veces, algunos creen que soy estrafalaria. Viví los años 60, 70. Me nutrí de todo lo bueno que me podía nutrir y yo me describo como una simple proletaria del arte, una madre imperfecta, una abuela cuasi perfecta. Tía, hermana y amiga de mis amigos. Y como dijo Manuela Sáenz: enemiga de mis enemigos”.

He tratado de pensar, desde que fui una personita ya adulta, que mi infancia es una fábula, y borro todo lo triste que pudo haber en ella.

La vida de Margarita ha sido siempre el teatro, el arte dramático y todos sus derivados. Es actriz, directora, maestra, y eso es la vida de ella, la conjunción de sus facetas: madre, artista, mujer, persona. “Ahora mismo tengo casi, voy llegando a los cincuenta años de estar en este trabajo. Y nunca he separado mi vida personal de mi trabajo, ¿por qué?, porque la motivación para mi trabajo fueron mis hijos, fue el aliciente. Fueron espectadores permanentes, críticos, analistas de mis trabajos. Tal vez este no es el caso de todo el mundo pero sí es mi caso”. Esta entrevista la realizamos hace poco más de un año, en enero de 2016, durante una breve visita que realizó a San Cristóbal; desde hace aproximadamente un par de años está residenciada en Colombia, a veces en Cúcuta, otras en Santa Marta, en Bogotá. Le preguntamos qué estaba haciendo en esos momentos y nos respondió: “En la actualidad estoy haciendo lo que he hecho siempre, con algunas modificaciones, tengo unas herramientas de talleres. Tres talleres para cada día si Dios me da la oportunidad y la vida de sembrar esta semilla del teatro latinoamericano. Tengo un unipersonal. Y escribo o trato de irrumpir en el patio de los escritores”. Inquirimos sobre sus planes y su respuesta fue absolutamente pragmática: “Bueno, Ana Berta, yo tengo, en abril voy a cumplir setenta y siete años (en la actualidad, abril de dos mil diecisiete, cumplió setenta y ocho años con toda salud y vitalidad). En este momento, como la canción de Julieta Venegas, digo: lo único que tengo es mi presente”. Es una persona asombrosamente práctica, ubicada en la realidad, sin miedo a la vida ni a vivirla. Y como buena ariana va dándole frente a cada circunstancia, no esquiva lo que se le presenta, muy por el contrario le pone la cara y asume las situaciones con toda su gran entereza y presencia de ánimo. Pero es una ferviente creyente del amor: “Mi filosofía de vida es el amor. Hay que estar llena de amor o afecto, o cariño por lo que haces, por las personas que te rodean, por tus alumnos y ex alumnos, por tu familia. Yo creo que la mejor filosofía de la vida es el amor”. Margarita hasta hace un par de años estuvo viviendo en San Cristóbal dando sus talleres de teatro en el Ateneo y montando piezas con su grupo Cedra Teatro, pero la mermada economía nacional no permitieron que su agrupación tuviese el suficiente apoyo para subsistir, así que después de mucho pensarlo —y de mucho oír a su familia pedirle que se fuera a Colombia—, se decidió y para allá regresó a seguir haciendo lo que mejor sabe: el teatro. A propósito de esto le preguntamos si cree que el arte está en crisis: “No, de ninguna manera. De ninguna manera. El arte vive cónsono con la historia y cada ciclo histórico tiene su momento artístico. Lo que tienes es que tener una gran comprensión del momento. Por ejemplo, yo tengo una sobrina en Bogotá, ahora está en Buenos Aires, y ella estudió ballet, estudió danza contemporánea y hace danza urbana; para uno, ya setentón, mucha gente como yo que está acostumbrada a ver el ballet clásico, ver un espectáculo de estos, a mucha gente hasta la aterra, pero eso es arte y yo no creo en ningún momento que el arte está en crisis. Tienes que viajar, tienes que ir a Europa, tienes que ir a África, tienes que ir a la India o saber qué están haciendo en la India, en China, en Corea, y ves que el arte en ningún momento está en crisis. Lo que está es viviendo su momento, su influencia, la tecnología que tenemos. Tú no puedes comparar un muchacho de veinticuatro años ahora que está pintando con uno de hace treinta o cuarenta años de ninguna manera. Tiene una influencia que no la tuvieron aquellos o los que hacen teatro, entonces no, de ninguna manera”, respondió mirándonos directo a los ojos y con los suyos muy abiertos detrás de sus lentes de alta graduación. Muchas veces ella trató de hacer otras cosas, de intentar otras profesiones pero sin ningún éxito: “¡Uy, eso sí está muy difícil! Porque he intentado en la vida hacer otras cosas que no son este oficio, porque lo que yo tengo es un oficio, y la verdad es que ha sido catastrófico. Entonces no me ocupo”.

Siempre ha reconocido haber vivido —y seguir haciéndolo— con gran intensidad. Mientras no dañe a terceros hace lo que se le da la gana porque en definitiva su vida es de ella, así que ha de vivirla apegada a su sentir y a su esencia. Le gusta bailar: “¡Oh, me encanta! Pero ya no lo puedo hacer, tú sabes, los impedimentos físicos de la edad y de las dolencias del cuerpo. El tiempo te maltrata el cuerpo y es una vaina que tú tienes (perdón la palabra), tienes que aceptar. Ya no salto la tablita”, por lo que conociéndola sobreentendemos que ha de haber sido muy “bonchona” o fiestera en sus tiempos de mocedad. De sus gustos musicales dice: “Ahí sí es una pregunta muy global. Por mis trabajos yo aprendí que todo género de música es respetable para mi trabajo, pero de niña mi papá casi que nos obligó a oír música clásica y yo la detestaba. De vieja, porque me considero ya una persona de la tercera edad, creo que hay una música para oír, hay una música del jazz que me encanta. Pero soy fanática, fanática de los boleros que te hacen vibrar”, y al final de esa respuesta podemos vislumbrar su espíritu apasionado y sensual como el mismo género del bolero. Entrando en los temas íntimos y personales indagamos sobre su familia, su vida. La familia de Margarita es muy amplia, tiene cinco hijos, nueve nietos (para el momento de realizar la entrevista estaba por llegar al mundo su décima nieta), diecisiete sobrinos, cinco hermanos (una hembra y cuatro varones), además de las parejas de sus hijos que serían la familia directa. Por otra parte están todos sus compañeros de teatro, que para ella son una gran familia adquirida. Seguimos en el terreno íntimo y le preguntamos cómo fue su infancia; no pudo tener una respuesta más elocuente: “¡Ah pues..! La gente habla de los traumas de la infancia, generalmente. Pero yo digo algo, ¿no?, una vez leí que Judy Garland cuando hablaba con sus hijos de un problema se los contaba en manera de fábula, entonces yo he tratado de pensar, desde que fui una personita ya adulta, que mi infancia es una fábula, y borro todo lo triste que pudo haber en ella”. Indagando un poco más allá le preguntamos su opinión sobre Dios —esta pregunta es una de las que han obtenido las más increíbles respuestas— y su respuesta fue: “Bueno… de Dios tengo… una frase de Bertolt Brecht; alguien le preguntó al señor K ‘¿Dios existe?’, entonces el señor K le respondió: ‘Si de mi respuesta cambiara tu manera de pensar en verdad tú necesitas un Dios’ ”. Insistimos en saber cómo es su aspecto místico, espiritual, y su respuesta fue tajante: “¡Ah, eso sí no te puedo contar, Ana Berta! Precisamente por ser místico y por ser espiritual es algo que uno lleva con uno y de lo cual uno no debe hablar. Porque si no te conviertes, con el respeto de esos portadores de biblias anunciando el apocalipsis y todas esas cosas, yo creo que eso es algo muy íntimo. Todos lo tenemos, todos lo tenemos. Pero sí respeto mucho y me gusta la simbología. Por ejemplo si tú tienes un arcángel, y me dices, mira, Margarita, yo tengo aquí al arcángel San Miguel, a mí me parece eso bello y respetable”.

Una mujer muy inteligente. Una crítica aguda y bastante mordaz. La interrogamos en cuanto a cómo veía sus horizontes intelectuales, a lo que nos respondió: “Esa es una paradoja o una ironía. Yo siento, y cada mañana cuando me despierto y en la noche siento que el camino intelectual se me alarga, que hay muchas cosas que intelectualmente todavía puedo hacer y eso me produce un desconcierto. Porque el camino es muy largo pero no sé si el viajero pueda”. Y de verdad que esperamos que el viajero pueda andar —y muy bien— todavía un trecho muy extenso de camino. Seguimos conversando sobre este tema del arte, que siempre es amplio y donde hemos encontrado infinidad de respuestas, algunas por demás insólitas; no nos sorprendió cuando afirmó no creer en la musa inspiradora: “Bueno, yo no sé de la musa inspiradora; es algo que la verdad no es que no crea, no, no es que no crea. Pero es que yo creo que la inspiración te llega en la cotidianidad, en el día a día. En el hablar o en el también estar callado. En la observación. En los sentimientos. En los conflictos que ves o que puedas tener. No… bueno, sí, hay muchos poetas, escritores, pintores, que la musa les llega de noche, que de día, a tal hora. No, no, yo no creo en eso”. Aprovechamos para preguntarle entonces si le parecía la poesía espacio de una élite pues hay quienes así lo perciben: “No. Yo creo que la poesía está intrínsecamente en el ser humano. Ahora la poesía ya desarrollada como un género literario, específico, pues sí es algo muy… no elitista pero sí es de minorías. Nosotros no podemos decir que a la vuelta de la esquina vamos a encontrar a un Paul Éluard, vamos a encontrar a un Rimbaud, vamos a encontrar a Valéry; no, no podemos decir eso porque es algo —yo tengo muchos amigos poetas y yo les admiro, les respeto en ese diseño de la palabra— que es diferente a la forma literaria, hay una distancia inmensa. En ese escribir esas palabras que tienen música, tienen imágenes. Te tocan, te pueden hacer reír o llorar, eso es algo muy, muy especial, eso es lo que yo llamo talento. Para escribir poesía tienes que tener sensibilidad, talento y una tremenda, tremenda vocación interna de querer expresar ese mundo que tienes ahí. Eso es algo muy respetable”.

A mí me encantan las comidas de todos los países, de todas las regiones, de todos los lugares.

Sus hijos dicen que ella tiene alma de gitana ya que no se está quieta en ningún lugar. Y ella quisiera regresar a muchos lugares: “No tengo un lugar definido, pienso que donde te han tratado bien, has estado contenta, siempre quieres volver”, y agrega: “El lugar de mis sueños es estar reunida con mis hijos, con mis nietos, con mis amigos. Por ejemplo ahorita estoy viviendo un sueño que era encontrarme contigo, con Guarín, eso. No tengo un sitio específico, es reunirme con las personas que yo quiero y que sé que me quieren a mí”. Porque el amor es parte fundamental del ser y de la vida de Margarita Stornelli, como ya dijo con respecto a su filosofía de vida, pero concretamente sobre el amor expresa: “Hay muchas clases de amor. Pero el amor es algo tan natural, tan natural que tú te resistes a creer que el amor es como la sangre que fluye en tus venas. Entonces si vamos a hablar de encontrar el amor a mí me parece que eso es una cosa absurda; el amor ni se busca ni se encuentra. El amor lo llevas tú adentro, que es diferente, por dentro de ti, dentro de ti”. Los dolores son parte de la vida y del amor, ya que nos duele porque amamos, porque nos importa. Confiesa muchos dolores en su camino de vida, pero también para el dolor hay que tener una filosofía. Si son físicos, si son morales. La pérdida de los seres queridos, la pérdida de los amigos. El eterno drama o tragedia de la guerra absurda. Todo eso son dolores que marcan, que laceran, pero también hay que tener cierta la filosofía para aguantar esos dolores, para sobrepasarlos y seguir andando por este sendero que escogimos, y allí también hay muchas cosas dulces, momentos gratos. Le pedimos que nos contara una grata anécdota y luego de pensarlo un poco nos contó esta: “¡Uy, anécdotas tengo una cantidad! Anécdotas del teatro, de todo, de mis nietos, de todo. Pero si tú quieres que te cuente una, te voy a contar una. Cuando fuimos a Bogotá con el teatro de la Universidad de los Andes yo usaba una maxirruana para el frío y les preguntaba a todos la pregunta de rigor: ¿tienen todo, llevan todo?, entonces uno de ellos, que se llama Adirmo Sánchez, él en la obra sacaba un estandarte, y me dijo: sí, yo llevo todo. Cuando llegamos a Bogotá en el ensayo se me extravió la ruana y ya íbamos a comenzar la obra y no encontré mi ruana. Me senté al lado del muchacho, del técnico y del luminotécnico, y cuando empezó la obra, blablablá, dice Adirmo, sale y dice: ‘Viene la reina’, y cuando saca el estandarte digo yo: ‘¡Coño, esa es mi ruana!’ ”.

Sus gustos no son exigentes ni extravagantes, puede muy bien disfrutar un sencillo plato típico como un elaborado plato de la gastronomía gourmet. “A mí me encantan las comidas de todos los países, de todas las regiones, de todos los lugares. Claro, hay cosas que por ejemplo… los animales estos que cazan y que comen en algunas regiones, como la iguana y esas cosas no pero a mí me encanta, por ejemplo de Venezuela me encanta un pabellón, de mi país Colombia muchos platos. Me encanta la pasta puesto que yo viví en Italia siete años, me encanta la pizza. Me encanta la comida vegetariana por épocas. Este… me encanta la comida japonesa, o sea el sushi, todo eso. O sea, en ese sentido creo que en una guerra no pasaría trabajo”. Su bebida favorita es el agua de panela. Hoy día le gustan todos los colores aunque reconoce haber tenido una época dark en la que su color favorito era el negro y jamás se ha puesto una pantaleta amarilla, ni siquiera un 31 (la tradición venezolana explica que es de muy buena suerte recibir el año nuevo con una prenda amarilla y si se es mujer lo ideal es que sea la pantaleta), pero agrega que sí quisiera tener esa experiencia.

Nací en Santa Marta el 6 de abril de 1939, ¡en una ciudad que yo adoro! Cuando yo voy allá, en Santa Marta yo me aíslo y me voy a un pueblo que se llama Taganga, de pescadores.

Le preguntamos qué opina de vida, seres humanos y sentimientos, a lo que respondió: “Es una pregunta bastante… no, respetable. Yo creo que el ser humano ha perdido el valor de la vida, desgraciadamente. Prácticamente la vida no vale nada, no. Tú ves cómo matan a la gente en esas guerras de Afganistán, de Irán, de Arabia; cómo un loco mete una bomba y mata a cuarenta personas. Cómo un niño desquiciado sale y dispara y mata. O sea, el concepto de vida se ha perdido. Y yo creo que eso es importante. Rescatar eso. Nosotros los viejos, los adultos, darles a los jóvenes, a los niños, el concepto de que la vida es lo más importante. Después de la vida, Dios me perdone, no hay nada, nada. Lo más importante es la vida”. Con respecto a los sentimientos su opinión puede parecer cruda, ruda, pero sin duda muy lógica: “Los sentimientos son una cuestión de entorno, es una cuestión sociológica, es una cuestión de educación. Tú no le puedes pedir sentimientos a un niño que está creciendo en medio de la guerra o decir buenos sentimientos. A lo que me refiero, sentimientos tenemos todos, si yo te pellizco tú sientes dolor, si te regalo un chocolate tú sientes alegría. Entonces lo que estamos hablando, de buenos sentimientos; no se le puede pedir a una persona que vive en la calle, que duerme en la calle, que come en la calle, que tenga buenos sentimientos”.

Margarita Stornelli es samaria igual que ese maravilloso músico y cantante que es Carlos Vives, costeños alegres, vibrantes y apasionados por su oficio, por su arte: “Nací en Santa Marta el 6 de abril de 1939, ¡en una ciudad que yo adoro! Cuando yo voy allá, en Santa Marta yo me aíslo y me voy a un pueblo que se llama Taganga, de pescadores. Y aunque mis padres nunca estuvieron ahí sino de paseo, ahí yo me reencuentro con el mar, con los pescadores, con la gente de allá. Santa Marta hoy por hoy es una ciudad turística, comercial, cosmopolita un poco, pero mi pueblo, mi pueblo cuando voy allá es Taganga”.

Margarita Stornelli
Con su agrupación Cedra Teatro en la sala María Santos del Ateneo del Táchira, en la obra Los fantasmas de Marilyn.
Ana Berta López

Ana Berta López

Fotógrafa y actriz venezolana (Caracas, 1963). Cursó estudios en el Taller de Actuación Luz Columba, de Nelson Ortega, en 1986, y en 1990 cursó el Ciclo Básico de Arte Dramático en el IFAd y el Taller de Elaboración de Libretos para TV con Mariela Romero. Al llegar a San Cristóbal, Táchira, donde reside actualmente, tomó el Taller de Actuación para Cine y TV con Miguel Ponce, en 1998. En teatro hizo la obra Avenida Lecuna, con el grupo Arriba El Telón, en 1989, mientras en televisión se desempeñó en Radio Caracas Televisión como actriz destajista en varios programas tales como Selva María, Señora, Abigaíl, Mi Amada Beatriz y otros. Desde 1997 ha trabajado como docente independiente de actuación en la Dirección de Cultura y Bellas Artes del Táchira, la Unidad Educativa Bolivariana Páramo de La Laja y el Colegio Don Bosco, entre otros entes. Como fotógrafa cursó los talleres “Fotografía y cultura popular”, dictado por Mariano Díaz, y “Revelado y copiado blanco y negro”, con Gustavo Carmona, ambos en la Fototeca del Táchira. Ha presentado sus trabajos en la exposición colectiva “Creadores del hecho fotográfico”, en la Fototeca del Táchira (2004), y en las individuales “Capturando egos”, en la Casa Steinvorth (1999), “Ojos de miles miradas”, en la Fototeca del Táchira (2004), “Aunque sean tonterías, ¡escríbeme!”, en el Consulado de Venezuela en Cúcuta y en el Ateneo del Táchira (agosto y noviembre de 2005), “¡A escena!”, en la Casa Sindical San Cristóbal (2006), y “Aquel lugar secreto...”, en la Casa Steinvorth (2008).

Sus textos publicados antes de 2015
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Ciudad Letralia: Anagrafías
Ana Berta López

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