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Hablemos, de Octavio Santana Suarez

Luis Alberto Lamata

• Sábado 1 de julio de 2017
Luis Alberto LamataFotografía: Ana Berta López
Luis Alberto Lamata: “Me siento un privilegiado en trabajar en lo que me gusta que es echar cuentos con una cámara”.

En Venezuela el nombre de Luis Alberto Lamata es harto conocido debido a su largo y muy fructífero trabajo en la televisión y el cine. Sin duda alguna su nombre, desde hace mucho tiempo, es un referente en ambas instancias. La historia de la televisión venezolana es sumamente hermosa, llena de nombres de gentes y de programas inolvidables para el público. Especialmente en el ámbito de la telenovela, donde la lista de títulos de producciones es tan larga que casi es infinita; las hay de todo tipo, desde la historia más fatua y mal contada hasta producciones que por diversas razones marcaron al público que día a día las siguió y que aún ahora son de muy grata recordación y de las cuales quedaron muchas frases que todavía se oyen en el argot popular venezolano como por ejemplo aquel “¿Vas a seguir, Abigaíl?”, en clara referencia a lo largo de la telenovela del mismo nombre protagonizada por Catherine Fulop, o también “¿Hasta cuándo Gómez?”, frase que se acuñó a partir de las miniseries Gómez I y II, que contaron la vida de este dictador que gobernó Venezuela durante veintisiete larguísimos años con mano de hierro.

Lamata además de director de televisión es también cineasta e historiador egresado de la Universidad Central de Venezuela. Un hombre culto y preparado, entregado en cuerpo y alma a echar sus cuentos a través de una cámara. Sus películas regularmente giran en torno a temas históricos. La primera producción suya que recuerdo haber visto fue Jericó —el protagonista lo encarnó el siempre recordado Cosme Cortázar, excelente actor español quien fuera miembro del afamado grupo teatral venezolano Rajatabla—; la historia es la de un cura de la época de la conquista que termina seducido y conquistado por ese mundo indígena, se salió del sacerdocio y se quedó enguayucado, con su esposa india viviendo en la comunidad. Esta película fue todo un suceso en su momento. “Mira, me motiva siempre la vida. La vida en sus manifestaciones más complejas, en lo que yo estoy viendo, en las cosas que van cambiando en mí a través de los años. Me motiva mi país, las circunstancias de mi país. Su pasado; cómo ese pasado, siento yo, puede hablarle al presente. Eso siempre me interesa mucho”.

“Así como me interesa la historia de Venezuela, pues me interesa también esa historia contemporánea, eso que vivimos”.

Esta entrevista la realizamos en agosto de 2016, cuando Lamata vino a San Cristóbal como invitado especial al festival de cortometrajes. Para ese momento estaba trabajando en el libreto de su próxima película: “Estamos preparando el guion de esta película, es una película que se llama Caracas muerde, inspirada en un libro de crónicas de Héctor Torres. A diferencia de otras películas mías, trata sobre la ciudad, sobre lo contemporáneo, que también para mí es parte de la historia. Así como me interesa la historia de Venezuela, pues me interesa también esa historia contemporánea, eso que vivimos. Tiene un esquema de producción parecido a otra película contemporánea que yo hice, que se llama El enemigo, que tiene que ver con la ciudad, con Caracas y sus dificultades, sus conflictos”.

Luis Alberto Lamata aspira a seguir trabajando ininterrumpidamente: “Yo me veo siempre ejerciendo este oficio que me gusta. Con proyectos. Tratando de empujar esos proyectos, algunos se harán, otros tendrán dificultades. Eso ha sido mi vida y aspiro a seguir en la brega lo más que pueda. Por ahora quisiera rodar un largometraje el año que viene, estamos trabajando en función de eso. Si todo sale bien yo creo que voy a poder rodar mi noveno largometraje”. Deseamos que pueda lograrlo tal y como lo sueña porque este hombre, que no cree mucho en musas inspiradoras pues considera que ella llega si se está trabajando —y si cuando ella pasa tú no estás haciendo nada, tan sencillo como que sigue su camino—, merece lograr esas aspiraciones a las que se ha dedicado con tanto tesón y esmero.

Al preguntarle cómo hace con su trabajo y su vida, cómo se vinculan o desvinculan estas facetas, nos dijo: “Yo siempre creo que el trabajo es parte sustancial de la vida. Y escoger el oficio yo creo que es una de las decisiones más importantes que uno puede tener y tratar de trabajar en algo que a uno le guste —no todos pueden— es muy importante. Yo he tenido la suerte, me siento un privilegiado en trabajar en lo que me gusta que es echar cuentos con una cámara”.

Esta entrevista resultó muy grata de realizar pues Lamata no es un hombre de poses ni divismos. De hecho —y como buen sagitariano— es una persona muy sencilla y accesible. El primer día que lo vimos fue en el Ateneo del Táchira cuando se dio inicio al festival; vestía un blue jean y una franela blanca, lo abordamos solicitándole la entrevista e inmediatamente aceptó. Ese mismo día le hicimos las fotografías y la entrevista quedó para la mañana siguiente en el centro comercial Sambil, donde se exhibiría su film Azú —trabajo que se ambienta en la época colonial venezolana y cuya protagonista es una esclava. Nos encontramos con una persona real, un hombre de carne y hueso que hace un trabajo que para otros resultará exótico pero que es un trabajo como cualquier otro y para él es una pasión absoluta. Un hombre sencillo que disfruta de cosas sencillas, un artista con la sensibilidad típica de quien se dedica a las artes. Un ejemplo de esa sensibilidad y sencillez fue cuando le pedimos que nos dijera su olor favorito y su respuesta fue una hermosa nostalgia: “Mira, ¿un olor..? A alguna gente le parecerá terrible, pero si hay un olor que me encanta es el del ajo friéndose en aceite de oliva. Ese me encanta. Me recuerda a mi madre. Yo huelo ajo friéndose en aceite de oliva y es un recuerdo de mi casa y de mi infancia”.

Una de las preguntas que le hicimos fue cómo se describe a sí mismo y lo que nos dijo fue: “¡Uy, eso siempre es difícil! O sea… ¿qué te digo? Se lo dejo a otro, se lo dejo a otro…”, y no hubo manera de que dijera algo más de sí mismo. Así que hicimos otras preguntas para descubrir al ser humano detrás del artista. Le preguntamos sobre su infancia: “Feliz. Absolutamente feliz. Tuve la suerte de unos padres maravillosos que se ocuparon de nosotros de una manera muy especial. Y afortunadamente las circunstancias siempre favorecieron que pueda recordar todo ese tiempo con una felicidad enorme”. Entonces indagamos sobre su familia: “Mira, pues la familia que me va quedando… Mi familia siempre fue bastante pequeña y ya hay algunos que han fallecido. Mis padres fallecieron ambos. Mi tía María Luisa Lamata. Entonces la familia en este momento fundamentalmente somos mi hermano, mi hermana, mi sobrina y mi hijo. Esa es fundamentalmente mi familia en este momento. Y a pesar de que vivimos lejos, mi hermano vive en España, mi hijo vive en Estados Unidos, sin embargo, parece mentira, somos una familia muy unida. Nos comunicamos mucho, a través del correo, del teléfono. Nos encontramos, viajamos juntos. Hace un mes estuvimos juntos en España durante un tiempo y lo disfrutamos mucho”.

Para Lamata lo fundamental de la vida es vivirla, trabajar, disfrutar de la vida. Asume que por lo general tiende a ser un optimista, sin dejar de ser racional, lo que podría definirse como un optimista racional, o lo que es entender la realidad, la verdad, pero en general disfrutar de la vida con buen ánimo. La familia de Luis Alberto Lamata también estaba conformada por su esposa, la actriz Lourdes Valera, que falleciera en 2012. Valera sin duda alguna fue de las actrices emblemáticas de su generación, con una carrera sólida, plagada de grandes trabajos actorales en un sinfín de novelas; también incursionó en el cine de la mano de su esposo, pues protagonizó la película Desnudo con naranjas además de trabajar en otras producciones. Lamata y Valera siempre fueron una de las parejas más firmes de la televisión venezolana además de mantener un perfil muy sobrio y alejado de los escándalos faranduleros; su pérdida supuso para el director un gran dolor pues ella fue su complemento y amor en la vida; de hecho, al preguntarle su opinión sobre el amor Lourdes Valera fue la respuesta inmediata: “Mira… ¿cómo te describo el amor?, el amor en mi vida lógicamente fue Lourdes, ese fue el gran amor de mi vida. La recuerdo aún todos los días de mi vida, eso no creo que cambie mucho. Fue una gran compañera en lo personal, en lo humano, pero incluso hasta en lo profesional. ¡Y éramos muy pareja! Compartíamos muchas cosas juntos. La vida me regaló al menos veintidós años con ella que disfruté muchísimo y me hubiera gustado que fueran muchos más. Y sin embargo siento que Lourdes está siempre conmigo de alguna manera”.

Luis Alberto LamataFotografía: Ana Berta López
“Yo nunca reniego de la telenovela, ¡jamás!”.

Volvimos al ámbito del trabajo y le preguntamos cómo ve su horizonte intelectual, y su respuesta por demás elocuente nos hizo pensar en un niño que continúa buscando y viendo la magia de la vida a través de la magia del cine: “Mira, yo trato en lo posible de que más bien los caminos se vayan abriendo y hasta ahora creo que conservo intacta una cierta inquietud que me acompaña desde mi niñez por conocer cosas que no he visto, que no he oído, que no he entendido; y volver a ellas y volverlas a revisar, es decir, eso me sigue ocurriendo. Y supongo que… que eso ¡te ayuda precisamente a vivir! A disfrutar de la vida. O sea, esa curiosidad, esa inquietud y esa necesidad de que se te abran caminos y de tú abrirlos, porque los caminos no se te abren solos, yo creo que es fundamental para mantenerte en pie”.

Entramos de lleno en el tema del cine e indagamos si en su opinión el cine está en crisis: “El cine en Venezuela ha vivido, en los últimos años, sus mejores años. Eso es indiscutible. Nosotros llegamos a estrenar veinte, treinta largometrajes en un año, eso es algo que nunca habíamos hecho en la historia. Y eso creo que es fundamental. En este momento estamos en un país que de repente vio cortado su ingreso a la mitad; nuestro principal producto de venta, que es el petróleo, cayó a la mitad. Siento que se ha cometido el error histórico, desde el siglo pasado, incluso el anterior, de no habernos convertido en un país multiproductor que pueda aguantar esas crisis, pero lo cierto es que si tú a cualquier presupuesto le cortas la mitad pues mira, las cosas se complican. Entonces es inevitable, yo no sé si la palabra crisis es la adecuada, pero sí es una situación difícil donde lógicamente aquel dinero que iba destinado al cine se acorta. No solamente el dinero público, que es importantísimo, sino que el cine en Venezuela depende sobre todo de lo que los espectadores dejan en la sala, sobre todo a través de lo que se llama Fonprocine, ese es un logro de la Ley de Cine muy importante. Es decir, el cine venezolano lo pagamos los venezolanos fundamentalmente a través de la taquilla, no sólo a través de lo que el Estado invierte, que es bastante y ha sido bastante, pero a mí esa parte que viene de la taquilla, del venezolano, de ese tres por ciento que va a Fonprocine, pues mira a mí me parece fundamental. Y ese va a bajar y va a bajar, ¿por qué?, porque ha bajado la cantidad de gente que va al cine. Entonces eso es una especie de bicicleta que ahora no pedalea de la misma manera. Pero mira, el cine venezolano ha vivido en crisis permanentemente, eso para mí no es ninguna sorpresa, ha habido momentos mucho más difíciles que estos y sin embargo siempre ha habido alguien con el ánimo y la disposición de echar un cuento con su cámara”.

Ciertamente el cine venezolano siempre ha estado batallando por mantenerse, por seguir andando a pesar de los muchos reveses que ha vivido, porque el arte, en todas sus manifestaciones, en Venezuela sin duda alguna es fundamental. Y le preguntamos si le parece que el cine, el ser cineasta, es algo limitado a una élite: “Afortunadamente cada vez menos. En la medida que existe ya el cine digital y que casi todos pueden tener acceso a una cámara, así sea la cámara de un teléfono —cámaras que por cierto hoy en día tienen una calidad enorme y con las que puedes hacer una película, créelo o no, sí—, yo siento que eso democratiza el cine. Eso me parece muy bueno, eso me parece muy sano”.

Está el otro lado de la moneda que es la televisión, medio en el que nuestro entrevistado se ha desenvuelto maravillosamente, y aquí lo extravagante es que estamos hablando de un intelectual —porque un licenciado en historia es un intelectual—, y en su mayoría los intelectuales están peleados con las telenovelas. La primera pregunta al respecto es cómo influyó en él ese mundo de la televisión, ya que su padre y su tía trabajaban en ese medio, él como director y ella como actriz: “Mucho, porque siempre admiré el trabajo de mi padre. Sí me pareció muy interesante. Desde pequeño he visto los rodajes, he visto las luces, las cámaras, el trabajo de los actores. Y como además lo ejercía mi padre, que como digo era un hombre que admiraba muchísimo, pues me parece un oficio muy respetable. Me parece un oficio que merece alguna consideración. Entonces sí, sí influyó muchísimo. Sí creo que afortunadamente tanto mis padres, incluso mi madre, siempre contribuyeron a que tuviera otras inquietudes en la vida, y yo cuando comencé en la universidad no me planteaba hacer cine. Me gustaba mucho el cine, tal vez alguna vez tuviera la secreta aspiración de alguna vez hacerlo, pero yo entré en mis estudios de historia con el criterio de que ese era mi futuro”.

“Creo que la telenovela va a conocer nuevos momentos, va a conocer cambios porque todo cambia en la vida”.

De siempre ha sido el rechazo y menosprecio de los intelectuales por el género de la telenovela, así que esta era una pregunta obligada: ¿cómo combina al intelectual con el hacedor de telenovelas?: “Es que yo no puedo demeritar la novela jamás. Primero porque mi padre las hizo, ya eso de alguna manera para mí —la palabra puede sonar muy fuerte—la santifica. O sea, ya va, de eso comíamos en mi casa. Tan simple como eso. Y me parece un espectáculo que mucha gente respeta y quiere, si no fuera así no tendría los millones de espectadores que ha tenido y que seguramente tendrá. Porque yo creo que la telenovela va a conocer nuevos momentos, va a conocer cambios porque todo cambia en la vida. Pero la telenovela, tú lo sabes, fue un espectáculo fundamental en la programación venezolana que la gente recuerda de manera entrañable. Y muchos hombres que yo admiraba, no sólo mi padre, sino muchos otros, ejercieron la telenovela con una gran dignidad: José Ignacio Cabrujas, Salvador Garmendia, Román Chalbaud, Ibsen Martínez, César Miguel Rondón, Leonardo Padrón, Julio César Mármol, gente con la que he tenido la oportunidad de trabajar, y eso con escritores, porque con directores me pasó igual; es decir, César Bolívar es un director que yo admiro muchísimo y así la lista pudiera ser infinita. Entonces es gente muy digna, grandes profesionales con los que tuve la oportunidad de compartir. Y yo no cambiaría eso por nada; entonces yo nunca reniego de la telenovela, ¡jamás!”.

Sin duda alguna que Luis Alberto Lamata ha sido un privilegiado al trabajar junto a personajes icónicos del imaginario venezolano; escritores, directores, actores, gente de gran valía, talento y profesionalismo que han dejado huella indeleble en la cultura venezolana. Pretende continuar haciendo telenovelas: “Sí, las novelas son parte de mi vida, de mi oficio. Es decir, yo creo que Venezuela además de un buen cine merece una buena televisión y a mí me gustaría ser parte de una buena televisión. Hace algún tiempo que no se presenta ningún proyecto tan interesante aquí en Venezuela, aunque sí he hecho algunas cosas en estos últimos años. Pero sí, yo aspiro a volver en algún momento a hacer televisión”.

Esperamos que, como Venezuela y todas sus instancias productivas, su televisión también tenga un renacer fecundo, donde se impongan la calidad, la inteligencia, la mística, el buen hacer. Que no se trabaje más ese concepto mediocre de “eso no sube cerro”; que la televisión venezolana sea otra vez motivo de orgullo y digno material de exportación. Y espero que cuando eso sea así, volvamos a tener a Luis Alberto Lamata dirigiendo telenovelas y teleteatros fundamentales de la nueva televisión venezolana.

Luis Alberto LamataFotografía: Ana Berta López
Lamata y participantes del festival de cortometrajes.
Ana Berta López

Ana Berta López

Fotógrafa y actriz venezolana (Caracas, 1963). Cursó estudios en el Taller de Actuación Luz Columba, de Nelson Ortega, en 1986, y en 1990 cursó el Ciclo Básico de Arte Dramático en el IFAd y el Taller de Elaboración de Libretos para TV con Mariela Romero. Al llegar a San Cristóbal, Táchira, donde reside actualmente, tomó el Taller de Actuación para Cine y TV con Miguel Ponce, en 1998. En teatro hizo la obra Avenida Lecuna, con el grupo Arriba El Telón, en 1989, mientras en televisión se desempeñó en Radio Caracas Televisión como actriz destajista en varios programas tales como Selva María, Señora, Abigaíl, Mi Amada Beatriz y otros. Desde 1997 ha trabajado como docente independiente de actuación en la Dirección de Cultura y Bellas Artes del Táchira, la Unidad Educativa Bolivariana Páramo de La Laja y el Colegio Don Bosco, entre otros entes. Como fotógrafa cursó los talleres “Fotografía y cultura popular”, dictado por Mariano Díaz, y “Revelado y copiado blanco y negro”, con Gustavo Carmona, ambos en la Fototeca del Táchira. Ha presentado sus trabajos en la exposición colectiva “Creadores del hecho fotográfico”, en la Fototeca del Táchira (2004), y en las individuales “Capturando egos”, en la Casa Steinvorth (1999), “Ojos de miles miradas”, en la Fototeca del Táchira (2004), “Aunque sean tonterías, ¡escríbeme!”, en el Consulado de Venezuela en Cúcuta y en el Ateneo del Táchira (agosto y noviembre de 2005), “¡A escena!”, en la Casa Sindical San Cristóbal (2006), y “Aquel lugar secreto...”, en la Casa Steinvorth (2008).

Sus textos publicados antes de 2015
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Ciudad Letralia: Anagrafías
Ana Berta López

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