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Lecturas a Borges

martes 25 de mayo de 2021
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Lecturas a Borges, por William Guaregua
Borges cierra la ventana y a pasos de bastón vuelve a la sala. Apunta sus pasos hacia la biblioteca.

El arte de la lectura, antología digital por los 25 años de Letralia

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2021 en su 25º aniversario

“Que otros se jacten de las páginas que han escrito;
a mí me enorgullecen las que he leído”.

Jorge Luis Borges

Abre una de las ventanas del 994 de Maipú y respira el aire aliviado por el viento que arrastra las lentas aguas del Río de la Plata. También entra la nublada luz del día, el vapor de flores muertas que viaja desde el cementerio de Recoleta, se cuela el ruido de la metrópoli, el silbato de los barcos de Puerto Madero y el rechinar de los fierros de la estación ferroviaria. Al frente está el verdor de la plaza, los edificios de arquitectura europea moteados por capas de hollín, un cielo semigrís que no termina de caer en adecuadas lágrimas. Pero nada tiene una existencia real para él, salvo en el recuerdo, en el intrincado camino de la memoria que cambia cada día, como si el minotauro fuese un arquitecto enloquecido. Nada refleja con suficiente fuerza la luz del sol para penetrar las barreras detrás de sus pupilas. Sólo queda una nube blanquecina de día y amarillenta en la noche que precede al sueño, donde toda ceguera desaparece.

Un día antes el diagnóstico confirmaba las sospechas. Los dolores cada vez más persistentes, el inagotable cansancio y el ánimo que caminaba pendiente abajo. Hubiese querido un sueño apacible y prolongado hacia la última noche y no el insomnio a cuentagotas que le venía frente a las catástrofes vitales. Hubiera preferido el final del gaucho por rivalidad de amor y resuelta por los plateados puñales a la luz de la luna. El pensamiento no se detiene ni una fracción de segundo hasta desembocar en una solución salomónica. Antes de irse hay que irse. Hay que desparecer antes de esfumarse físicamente. Evitar las miradas y las palabras de lástima y de piedad. Sí, hacia las apacibles y pacíficas tierras suizas de los recuerdos.

Borges cierra la ventana y a pasos de bastón vuelve a la sala. Apunta sus pasos hacia la biblioteca. En el camino se atraviesa el felino. Para él no es la domesticada bestia, es una pantera africana que ha habitado por algunos años la selva literaria donde las hojas y las ramas de los libros crecen desaforadamente. Escucha la respiración y el jadeo de quien le ha perdonado la vida por demasiado tiempo. En su memoria vibra el azulado pelaje del animal y el negro de la muerte que afila los colmillos como dagas. Recuerda que por las noches se refleja sobre la piel salvaje el brillo de las estrellas y las escarchadas nubosidades de las galaxias. El gato pasa sigiloso y retorna a su propia vida de cojines y ronroneos.

Toma el libro con sus pequeñas manos y palpa con dos de sus dedos la arrugada y temblorosa piel del anciano.

Borges extiende la mano y palpa con la yema de los dedos el lomo de los primeros libros. Cuenta desde el borde de ébano uno a uno. Conoce la textura, el acabado y las dimensiones de ellos. Llega hasta decir que cada volumen tiene un olor particular, por la procedencia de la tinta, por la pulpa del papel, por los años transcurridos desde su edición, por el país de donde vino, por la ciudad, por la librería o por el mercado donde fue comprado y hasta por el idioma en el que está escrito. La mano sube, baja y se desplaza horizontalmente por unos minutos. Sabe perfectamente que cada momento tiene su música y su lectura. Extrae, palpa, huele y recorre la topografía de los bordes del libro que escoge.

—¡María, María! —escucha su propia voz repetida en el eco de las viejas paredes.

Oye al momento los lentos y seguros pasos, como de geisha, acercarse rítmicamente hacia él.

—Sí, Jorge Luis.

—¿Podrías volver a leérmelo? —extiende el grueso libro en dirección equívoca.

María apunta con sus oblicuos ojos hacia los perdidos párpados de Borges como buscando una manera de acercársele ese extraño día. Toma el libro con sus pequeñas manos y palpa con dos de sus dedos la arrugada y temblorosa piel del anciano. Se sienta sobre el blanco sillón y aparta las lágrimas de sus pómulos con la izquierda, mientras que con la derecha da vueltas a las páginas y comienza a leer de diestra a siniestra desde los caracteres árabes a ritmo de un tañer de biwa y con perfecta pronunciación francesa.

—En el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso. ¡Loado sea Dios, Señor de los Mundos! ¡La bendición y la salud desciendan sobre el señor de los enviados, nuestro amo y dueño, Mahoma…

A lo lejos se escucha un pagano bandoneón que viene desde la calle. Borges sabe que una hermosa y joven pareja baila el tango, con acople perfecto, sobre los adoquines de una rememorada calle de Buenos Aires. Sabe que ella no es Sherezade, no danza ni por su vida ni por placer, no por amor sino por la guita que cae al sombrero porteño.

William Guaregua
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