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Caracas muerde, de Héctor Torres

sábado 21 de enero de 2017

“Caracas muerde”, de Héctor Torres

Dentro del azar de lecturas postergadas, al fin llega a mis manos Caracas muerde (Ediciones Punto Cero, 2012) de Héctor Torres, en donde nuestro amigo ha dado una vuelta de tuerca a su trabajo narrativo apartándose por el momento de su indagación en lo femenino que caracteriza sus dos libros anteriores, La huella del bisonte (2008) y El regalo de Pandora (2011).

En esta oportunidad Torres se inscribe dentro de esa tendencia de la narrativa latinoamericana que indaga dentro de los espacios de la violencia con que la inseguridad somete a los centros urbanos en este nuevo siglo, y en donde destacan piezas memorables como Rosario Tijeras y Satanás, de los colombianos Jorge Franco y Mario Mendoza, respectivamente, Abril rojo, del peruano Santiago Roncagliolo, o Los límites de la noche y Tierra de nadie, del mexicano Eduardo Antonio Parra.

Para su libro Héctor Torres ha creado con mano diestra un mosaico de horror, tristeza y sangre que es también un retrato inmisericorde y real de la Caracas de ahora mismo.

Violencia que ha sido el estigma de la literatura latinoamericana durante todo el siglo XX y lo que va de este: desde la violencia feudal, pasando por el tránsito de las revueltas y montoneras, la violencia gubernamental y su contrapartida guerrillera, hasta llegar al estado de sitio en que mantienen en la actualidad las redes del narcotráfico a la mayoría de las ciudades del continente. Tal como lo enunciara en su momento Ariel Dorfman: “Reina la inseguridad: en cualquier rincón, un cuchillo, y una mano tras ese cuchillo. La muerte está a la vuelta de la esquina rosada, diría Borges: acecha al hombre desde siempre y desde todas partes, y el único aliado es uno mismo, pero, paradójicamente, el enemigo ha entrado, yo soy mi propio enemigo” (Imaginación y violencia en América. Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 1970).

En este sentido, Caracas muerde es una suma de narraciones que describen una serie de situaciones angustiosas que el autor denomina, según el subtítulo, “Crónicas de una guerra no declarada”. Están a mitad de camino entre la literatura de ficción y la de no ficción, esa tenue línea divisoria que tan frecuentemente se allana. Su lectura revive en nuestra memoria otra colección de relatos que hace varios años fue determinante dentro de este esquema narrativo: Jungla (1988), del español Juan Madrid.

Para su libro Héctor Torres ha creado con mano diestra un mosaico de horror, tristeza y sangre que es también un retrato inmisericorde y real de la Caracas de ahora mismo. Una Caracas que conserva rasgos de la vieja ciudad antaño acogedora y amable que no se decide a abandonarnos.

Por estos relatos pasan oficinistas, motorizados locos, humildes comerciantes, adolescentes asesinos, dulces muchachas de sonrisas color carmín, policías corruptos, hombres y mujeres acorralados por la vida que decidieron sobrevivir a la ciudad de todas las formas posibles. Cada texto es una especie de flash que ilumina un determinado momento de agobio cotidiano, tal como lo expresa en algún momento el narrador de estas páginas: “A Caracas no se la habita, se la padece”. De esta manera el narrador se convierte también en testigo y relator de su entorno, dándole cabida en el texto a una serie de personajes y situaciones que simbolizan un aspecto de la vida urbana. Todos de alguna manera reflejos de una violencia colectiva.

Escritos de forma concisa y directa que envuelve y fascina, estos relatos nos obligan a leerlos con el alma en vilo, de sobresalto en sobresalto dejándonos en la boca y en la memoria un leve sabor amargo. Recuperados en forma de libro, iluminan la nueva propuesta literaria de este narrador que mira las cosas como si levantara las faldas de una mesa de operaciones y viera lo que escapa a nuestros ojos.

Manuel Cabesa
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