Nota del editor
Está por aparecer bajo el sello Botella al Mar el poemario Falla en el instante puro, del poeta argentino Carlos Barbarito, su primera publicación en Buenos Aires después de diez años. El prólogo es de Eduardo Espina y la fotografía en portada, que acompaña esta presentación, es de Liliana Gelman.
En el vacío que sobreviene al final de la conversación…
En el vacío que sobreviene al final de la conversación,
en la hora sin boda ni cosecha,
en el ilícito sin testigo,
en el oráculo impreciso,
en la boca desdentada,
en el idioma olvidado;
cuando el pastor extravía su rebaño,
cuando ni la sombra
encuentra sosiego, purgatorio,
cuando el paisaje no cambia,
el sueño se vuelve roca,
cuando pareciera no existir escapatoria
ni por arriba ni por abajo;
¿dónde la ciencia y dónde el milagro,
la casa para el errabundo,
el fruto para el amante,
el rayo verdadero, que no nace
de la tormenta, la terca vibración,
el insistente llamado,
el súbito despertar
como quien surge de la tempestad,
un torrente?
Tal vez en el centro, donde todo se reúne y concentra…
Tal vez en el centro, donde todo se reúne y concentra;
allí, quizás, el viajero que arriba a salvo a destino
y el niño que entra al mar y no se ahoga.
Allí, almohada y alimento.
Tal vez la mujer en lo alto de la escalera,
el hombre al pie, llamándola
por todos sus nombres, incluso los secretos.
Entre uno y otro hay oscuridad
pero ninguno de los dos necesita una lámpara.
¿Quién camina sobre el hilo que une polo y polo?
¿Quién sin dejar de soñar despierta
y resume, en simple y amorosa caligrafía,
el presente de la bestia, el porvenir de la estrella?
El momento se encarna en un niño…
El momento se encarna en un niño
que tiembla, detrás de una ventana,
ante el relámpago. ¿De qué
está compuesta esa luz fugaz y fría
que es luz pero también serpiente?
No hubo previsión como no hubo aviso;
demasiado espacio fue dedicado al tedio,
a un mero permanecer de polvo en la alfombra.
Demasiado tiempo desgastando,
de a poco, lo eterno
y de cada hora, el afán del cursor
como ojo de animal
que se encamina, sin pausa, hacia el Diluvio.
Rasga el cielo. Precede al ruido del trueno.
El mal futuro ya orbita el presente.
Dirán, en otra parte,
que todavía queda una instancia
para la gracia, el ramaje, el espesor.
Aquí, detrás de la ventana,
sigue temblando un niño
aunque la razón del miedo pareciera haber cesado.
¿Quién conjuga el verbo, partido..?
A Eugenia Bekeris
¿Quién conjuga el verbo, partido
el lápiz en la punta, la lengua herida
en el profundo tendón que la sostiene?
¿Quién mezcla tierra y agua
con el deseo de que del barro y sólo del barro
surjan moscas, caracoles?
¿Quién edifica su casa
en el sonido de un martillazo, de una campanada?
¿Quién se aligera de todo peso y levita?
¿Quién regresa de la peste del manzano,
de una súbita contracción
en el tejido de lo inmediato,
de la visión que, de pronto y sin motivo,
exige hilos rotos, un ademán de verdugo,
techumbre sobre el jardín,
breve sinfonía de gorgojos?
¿Esto fue todo? ¿Y ahora?…
¿Esto fue todo? ¿Y ahora?
¿Una larga conversación silenciosa
con la única, constante figura del tedio?
¿Para qué entonces la casa, sus aleros,
la claridad intangible en el dorsal de las horas,
el antepecho, las ropas recogidas
antes de la tormenta, el esmero del cartógrafo
ante la precariedad del mundo:
materia que no gana densidad, fluye
por un instante y, luego, prescribe o se disocia?
¿Con qué hilos tejer la novedad,
al menos una sombra casi música,
al menos una línea de tiza en el asfalto,
al menos un instante sin tutela ni desdicha?
La vida cabe en un grano de arroz…
A Saúl Ibargoyen
La vida cabe en un grano de arroz:
el temblor del cobayo ante su propia sombra,
el vuelo de la polilla y el olor de la resina,
el apretado tejido de una frazada,
el muelle de piedra que se adentra en el lago,
la grava bajo el zapato,
la yema de los dedos
por lo escamoso, lo áspero, lo suave,
el síncope de un ave en pleno vuelo,
un trozo de papel en un bolsillo,
una chispa, un pasaje incierto,
un eclipse, un pañuelo, nombres:
de calles, de mares, de amantes,
la mano que se cierra, la mano que se abre,
lo que sobra, lo que falta, lo que queda,
la gota de agua que cae desde la canilla
y, al mezclarse con el agua de un balde,
deja de ser gota sin dejar de ser agua.
Pero el dardo se dirige hacia un blanco…
Pero el dardo se dirige hacia un blanco
remoto, inalcanzable y apenas arrojado
pierde ímpetu y cae. A ese dardo
ni siquiera lo arrojamos nosotros;
lo arroja un niño que nunca dejará de serlo
y al que poco y nada le importamos.
- Cinco poemas inéditos de Carlos Barbarito - miércoles 4 de diciembre de 2024
- Asilo de lo fugaz, de Carlos Barbarito
(selección) - lunes 10 de abril de 2023 - Lugar de apariciones, de Carlos Barbarito y Sergio Bonzón
(extractos) - viernes 21 de enero de 2022


