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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

El alucinado
(del libro Nada que escribir, de Sergio G. Colautti)

martes 19 de octubre de 2021
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“Nada que escribir”, de Sergio G. Colautti
Nada que escribir, de Sergio G. Colautti (Tinta Libre, 2021). Disponible en la web de la editorial

Nada que escribir
Sergio G. Colautti
Cuentos
Tinta Libre Ediciones
Córdoba (Argentina), 2021
ISBN: 978 987 708 826 7
76 páginas

“El olor de esos ríos es sin par sobre la tierra. Es un olor a origen, a formación húmeda y trabajosa, a crecimiento. Salir del mar monótono y penetrar en ellos fue como bajar del limbo a la tierra”.
J. J. Saer (“El entenado”)

Pocas cosas le gustaban más que oír su nombre completo, especialmente cuando la voz tenía el tono del reconocimiento o el homenaje a sus hazañas, a su temple indómito, a su herencia de sal y aventura.

Se llamaba Sebastián Cabotto y soñaba convertirse en el más grande descubridor de tierras americanas. Soñaba también, aunque se cuidaba de decirlo, con el oro que, según los relatos que circulaban en los puertos de España y Portugal, abundaba en las tierras que no pudo penetrar Solís.

Orgulloso de su pasado familiar emprendió, como su padre Juan, un viaje hacia las vírgenes regiones de América del Sur, que pocos años atrás había descubierto otro genovés como ellos. América era, en sus tumultuosos sueños juveniles, una tierra inabarcable, vegetal y húmeda, un verde mar tan terrorífico y seductor como los relatos de dragones y desgracias que poblaban su infancia.

La historia de los indios caníbales llegó a sus manos a través de una especie de diario de navegación escrito por un grumete de apellido árabe.

Dos temores sacudían las noches y los días de Cabotto: las enfermedades que deparaba el mar y los indios caníbales. La fiebre indomable de su padre, en el viaje de regreso a Inglaterra tras descubrir, en el tormentoso verano de 1497, las costas de América del Norte, y su pronta muerte en la corte de Enrique VIII, a quien servía, le dejaron para siempre la marca del miedo a morir joven, como su padre, a quien el mar le dio la gloria y la tragedia en tan sólo cuarenta y ocho años. El otro temor, más visceral, lo perseguía como un viento irreverente y malicioso: era la historia que contaban los náufragos de la expedición de Juan Solís al Mar Dulce; los aborígenes del lugar no perdonaron la osadía del primer navegante español que llegaba a esas costas perdidas y lo comieron junto a parte de su tripulación con el mismo instinto bestial que luego los conquistadores pondrían en ejercicio para avanzar sobre los indios y arrasar con lo que encontraban a su paso, enloquecidos por delirantes historias de oro y plata supuestamente escondidos entre los pliegues de las llanuras y las sierras.

La historia de los indios caníbales llegó a sus manos a través de una especie de diario de navegación escrito por un grumete de apellido árabe, Saed o Saer, a quien todos conocían como “el entenado”; el escrito, que comenzaba hablando de “la abundancia de cielo” del lugar, lo seducía sin remedio, lo obsesionaba tanto que juró conocer esas tierras y esos ríos, tal vez a influjo de su instinto de mar y la pulsión genovesa de sus venas, pero a la vez lo hacía temblar cuando le recordaba aquel pasaje en el que “el entenado” contaba el paso silente y horroroso de los cuerpos muertos a los costados del barco, en el río que los nativos llamaban “paraná”.

La vida misma le demostrará a Cabotto que las tragedias no se heredan ni se contagian. Morirá muy viejo, muy solo, y los temidos antropófagos habitarán sólo sus pesadillas, sin poner en peligro su ancha barba cana.

Seguro de encontrar la región donde el oro y la plata fluyen como el agua límpida de los manantiales, llegó al río que su colega Solís, confundido o atormentado, llamó Mar Dulce, y cambió ese nombre por otro que le pareció más acorde con sus ambiciones: Río de la Plata. Decidió, sin titubeos, remontar el Paraná; fundó un fuerte, al que llamó Sancti Spiritus, empujado por el temblor que le producía pisar la tierra donde devoraron a Solís y los suyos, y se preparó para costear el río cuyo sonoro nombre posterior le hubiera gustado escuchar: El Carcarañá. Remontándolo descubrió otro río que venía del interior de la tierra y decidió descansar cuando la noche le trajo la paz que necesitaban sus cansancios de mar y carnadura. Prefirió reponerse en ese sitio antes que seguir remontando el nuevo río. El silencio, como una brisa, se tendió como una noche compacta y sobre el barco quieto para que sus hombres se dejaran simplemente estar. Un pájaro cantó en la íntima oscuridad del paisaje. Apenas el murmullo del agua acontecía.

La nada, omnipresente y diáfana, como una niebla, palpitaba en los suelos, en el aire inasible e indescifrable, en el perfil austero de la costa que ahora parecía imaginaria o ilusoria, como una leve cicatriz en el vacío.

Cabotto sintió o soñó que había viajado no sólo al sur sino al pasado; creyó que había llegado a un vientre cálido, húmedo, reconocible, que esperaba desde que partió a desafiar los mares.

Se sintió predestinado, elegido y único, casi aéreo o intocable, creyó ver en la mansedumbre de los indios, en la felicidad del día, en el sosiego de las aguas, una cifra de su cercana y palpable felicidad.

Durante las inmóviles horas de esa noche, Sebastián Cabotto durmió como jamás lo había hecho. Y soñó con una tierra que escondía el increíble tesoro de joyas doradas y plateadas, exactamente donde el río dibuja una increíble medialuna. Se imaginó feliz, parado en el verde original y circular, como un poderoso rey que descubre por fin la tierra prometida, rodeado de súbditos y soldados serviles, soñó su gloria y su fortuna, soñó también con una ciudad imposible, un país irreal, un territorio robado a la utopía.

Algunos días después del esplendor del sueño en la noche inolvidable y quieta, Cabotto estaba remontando el río que decidió llamar “Río Medialunero” y que los aborígenes, que miraban mansamente desde sus cuevas o desde las orillas saturadas de piedra y verde llamaban “Ctalamochita”. Se sintió predestinado, elegido y único, casi aéreo o intocable, creyó ver en la mansedumbre de los indios, en la felicidad del día, en el sosiego de las aguas, una cifra de su cercana y palpable felicidad pero también comprendió el espesor de su hazaña: había descubierto la ciudad escondida, el sitio donde los sueños eran, por fin, realidad. Cuando llegó a la medialuna del río, súbitamente, ordenó detenerse y acampar. Ese era, indubitablemente, se dijo, el territorio que entrevió en la luminosa visión de su sueño, el que vislumbró en la noche circular donde el deseo se le presentó desnudo y colosal. Sin saber si daría o no con el oro y con la plata tan añorada, casi desdeñando la posibilidad de encontrarlos, lo embargó la mística sensación de sentirse en el centro mismo de la historia; entonces puso su pie derecho en las aguas rebeldes y dijo, contando los ríos remontados, “este es el Tercer Río y aquí existe desde siempre una ciudad invisible, etérea, evanescente como la niebla, en la que se esconden los tesoros más preciados de la región”. Los hombres que lo acompañaban se miraron y lo miraron con perplejidad. Entre el estupor y el espanto por el desvarío inesperado de Cabotto, se sintieron atrapados por el delirio repentino de su capitán en una tierra desconocida y amenazante. Decidieron hacer silencio y preservar la unidad del grupo para volver a sus lugares de origen y olvidar para siempre estas llanuras salvajes, indómitas, donde era posible que los navegantes terminaran acostados en una parrilla ordenada por los indios o en el delirio sin fin como el que embargaba a Cabotto, que hablaba solo mirando las barrancas del río al que llamaba, ahora, “Tercero”.

Desearon que el loco decidiera, otra vez, volver a ser pastor, y pusiera fin a la desmesurada aventura.

Al volver, Cabotto ni escuchó los comentarios de sus hombres que, entre sorprendidos y atemorizados por su mirada extraviada en los brillos inquietos de las aguas, intentaron una sórdida rebelión a la sombra de una sospecha creciente: el capitán podría haber sido presa de la enfermedad del mar, como la fiebre que vapuleó a su padre; esas largas horas mirando hipnotizado la dulce medialuna del río y su imperturbable devenir tras dejar atrás el ruidoso salto que le daba impulso, las caminatas saturadas de insomnio, denunciaban claramente, para toda la tropa, un desatino del que era imperioso eludir.

Desatento a los dictados de la lógica, el destino prefirió que la incipiente rebelión naufragara en intentos y palabras altisonantes y Cabotto salvó su cuello y también sus sueños, que día y noche lo perseguían como siempre y más que nunca. Un júbilo íntimo lo embargaba: ser el primero que pisó el territorio que dio amparo a su dicha entrelazada de delirios y fervores.

Pocas horas antes de morir, acostado y doliente, se sintió en la más absoluta soledad metafísica.

El viaje de regreso a España lo halló sumido en cavilaciones. Escribía textos ilegibles, nerviosos, le daba nombre a la lluvia y contaba, una a una, las estrellas que clavaban sus rejas en el agua para repetir sus formas y presagios. Anotaba fechas del pasado y del futuro sin atender los consejos de la razón, rezaba por las noches y blasfemaba durante el día. Sus ropas, tan maltrechas como sus rutinas, mostraban la furia del mar y la impertinencia del tiempo. Un día antes de llegar a tierra española guardó sus apuntes desordenados, incoherentes, y visitó a los reyes con otras ropas prestadas más algún cuidado personal imprescindible para que los olores se alejaran de las narices de los monarcas. Los reyes, indiferentes a sus palabras y algo menos a sus olores, prefirieron a colonizadores más jóvenes y menos delirantes, olvidaron a Cabotto, condenándolo a la pobreza, a la amargura fatal y a esa opaca forma del tiempo, el olvido.

El triste capitán, resignado a esa desolación sin consuelo, recuperó los viejos cuadernos en los que desgranaba sus sueños, fugaces, esporádicos, indescifrables…

Pocas horas antes de morir, acostado y doliente, se sintió en la más absoluta soledad metafísica. Imaginó un universo circular, absurdo, sin dioses a quienes rogar, sin reyes a quienes reclamar, sin tierra por conquistar, sin un último pedazo de mar para sentirse libre por última vez, rodeado por el vacío y por la pena. En el último segundo, como si un aliento final y misterioso inundara su cuerpo, volvió a ver la medialuna del río, la forma cóncava del Tercero yéndose, como se iba su ser, y fue de nuevo feliz recuperando la visión del sitio donde asistió al esplendor de su deseo imaginario; escuchó las aguas andar, los pasos cansados de los indios, el rumor del trabajo incansable de sus soldados, y respiró el mundo en ese segundo final, y fue compacta la memoria de su viaje llegando al río medialunero donde encontró sentido su odisea y su locura.

Con mano temblorosa, envejecida y triste, garabateó: “gracias dolor por saturar mi ser de pesares del cuerpo, gracias por evitarme en esta hora los dolores del alma”.

Cuando Cabotto murió nadie supo de él. Otro marino, Francisco César, recorrió esos lugares, caminó esos valles y desanduvo los mismos ríos, y llegó por fin, asombrado, a las mismas tierras que enloquecieron a Cabotto, para mirar de frente, perplejo, en la espesura, el recorrido audaz del “tercer río”.

Ese relato, que pertenece a la crónica de los historiadores, encubre y elude la travesía del genovés, irrepetible y fugaz, como todos los sueños.

“El alucinado” obtuvo el primer premio del Certamen Internacional de Cuento Corto de Sade Córdoba, en 2005.

Sergio G. Colautti
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