
No se deja de viajar, sobre todo si quien lo hace no tiene la tierra natal bajo sus pies. Y el cielo que a diario veía es otro cubierto de diferentes nubes. Quien vive lejos de casa, sobre todo si es una artista, podrá recrear su vida y la de los otros. El exilio es, entonces, una travesía de nombres y apellidos anónimos, miles de ellos convertidos en duendes que sueñan, que se deshacen de sus pocas pertenencias para respirar otros aires.
La venezolana Yahaira Salazar, quien ha recorrido muchos caminos, lenguas y paisajes, nos entrega este libro, Agua clara, en el que el destierro, el desarraigo, se convierte en poesía. En una descarga verbal que se convierte en una poética, sobre todo si expresa que el viaje no se acabará, porque vivir, respirar la lejanía, es como no dejar de construir rutas de escape o de permanencia en la memoria o en la realidad, tan colmada de sombras.
El lector que ingrese a estas páginas podrá establecer contacto con los sonidos que produce el exilio: la memoria constituye el más duro de los mensajes que se repiten constantemente. El país, la tierra natal, el ombligo enterrado en algún patio de la casa, la visión borrosa de algunos rostros.

Agua clara
Yahaira Salazar
Poesía
Alianza Editorial Letralia-FBLibros
Caracas (Venezuela), 2025
ISBN: 979-8195879198
138 páginas
Esta poesía es todo eso y muchas más imágenes que desnudan la historia personal y colectiva de los tantos seres humanos que constituyen la diáspora, esa dispersión antigua que se hace actualidad en miles de nacionalidades, en personas que habitan y deshabitan el tiempo, porque su circularidad se renueva cada vez que el sujeto arrancado de su clima siempre vuelve a los mismos senderos. Habla, escribe, sueña, canta o llora.
Yahaira Salazar vive en Francia y ha estado en muchas regiones del orbe. Es dramaturga premiada, reconocida en su país, Venezuela, y en otros donde sus obras han conseguido el aplauso de los espectadores. Pero ahora, en este ahora de despedidas, nos entrega este poemario en el que el exilio y otros temas, el amor, el silencio, las miradas, frecuentan sus inquietudes.
Agua clara nos anima a sentir lo que siente la poeta, lo que ha escrito, lo que nos ha dicho desde sus palabras convertidas en versos.
De esos viajes podemos anclarnos en imágenes como estas:
Hoy aún la tierra sufre
he visto morir tantos mundos
he mudado tantas veces mi cuerpo (...).
Pero no se queda en esa bella imagen; continúa:
No hemos dejado de extinguirnos
aquí descansa también
el honor de nuestros ancestros (...).
La voz de la poeta no descansa: observa, respira, atisba nuevos puertos que se traducen en idiomas, versos que ella hace propios desde su memoria y su afán por crear. Así nos dice cuando la realidad la oprime:
No más pólvora
no más sangre
Y sobre el éxodo:
millones, millones en fila india...
Los “sin tierra” han encontrado otra que les es ajena, que tiene otros colores y acentos.
Y ve hacia atrás:
Donde ahora viven las sombras
ocupando todo el cielo.
Este viaje convertido en libro no es un divertimento: es la experiencia de miles que han tenido que sortear escollos, alcabalas y gritos para poder salvar sus cuerpos y almas, como dice el título de la novela de Maxence van der Meersch.
La voz de Salazar no calla, va contra la perversión: “Cada caudillo del mundo habla su propio idioma”, la lengua del odio.
Por eso:
Al terminar estas guerras
no lo habremos dicho todo(...)
Después que regresemos a casa,
en esta Tierra de Gracia nunca más se hablará de la muerte.
En esta poética está la fe, la creencia firme de que “Dios no está muerto / muerto está el hombre”.
Un grito intenso y largo, que ocupa varias páginas, ensordece a los que han mancillado a los inocentes:
EXILIO EN LA TIERRA
EXILIO EN LA TIERRA
EXILIO EN LA TIERRA
Por eso, “el viaje no se acabará”...
Agua clara, el poema, nos deja una pregunta: “¿Qué nos habrá querido decir el destino hoy?”, así marca con énfasis una posible respuesta: “Dios habla en voz baja / Se le están escapando sus animales de las manos”.
II
La poesía de estos últimas décadas ha viajado a través del exilio, a través del desamor y la desmemoria. No obstante, ha sido la poesía la portadora de menajes que nos sirven para recordarnos que hemos sido desterrados siempre, que el éxodo no ha terminado. La poesía es arma invencible: siempre está en la boca de los más golpeados, de los que se han alejado de sus afectos porque los han expulsado de esa tierra de gracia, que es como decir de un paraíso que se ha perdido.
Dice la poeta:
Y después
me fui
hacia el fin del mundo(...)
Este país
que llevo en mis zapatos
Y haber dejado que la muerte se apoderara del dolor.
El tiempo también es una mortaja.
Agua clara nos despierta, nos interroga. Nos vuelve a la realidad.
- Un viaje permanente
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