
Viajar en el tiempo, a través de un texto, viajar en una selfie, en una nota de voz hacia algún lado donde sea posible una cabida, un lugar donde la imaginación sea parte de nuestros días.
Las palabras, es bien sabido, son movedizas, cambian de color, de calor, de paisajes, viajan a veces ciegas, despistadas o deslumbradas. A oscuras, otras. En el espacio que ocupan son capaces de crear sus propios aposentos, sus deslaves o libertades. Toda palabra lleva consigo un desplazamiento, una representación. Podría ser un lugar común, pero las palabras nos convierten, a veces, en víctimas o en victimarios. Somos sus movimientos, sus ires y venires, sus significados, esa alternancia entre estar en el aire, en lo alto, en lo bajo, en tierra imaginada. Somos destinatarios de esa travesía en la que hoy, este presente, las palabras muchas veces han sido disimulo de su propia esencia, disminuidas, sacadas de quicio o de su signo, y sólo tenerlas como aliadas en ciertas emergencias, como las que hemos dicho del presente (esa torcedura del tiempo que no existe) cuando precisamos, no de labios o bocas abiertas, sino de otros recursos nada carnales, los tecnológicos, que podrían aguzar nuestra inteligencia o anularla.
Pero las palabras, las escritas y las que se mueven en la boca, insisten. Están en los territorios más lejanos o recreados: llegan del pasado, de ese pretérito tan imperfecto que aún nos permite respirar, hablar y escribir. Vienen de las piedras, del barro, de los papiros y pergaminos, hasta arribar al añorado papel que se ha convertido en luz de pantalla, en parpadeo de máquina que nos vierte ilimitados o estancados cuando se trata de devolvernos a la mano que traza las líneas que nos habían convertido en humanos. El estoicismo por dejar mensajes ahora nos llega a través de imágenes y signos elaborados por la inteligencia humana. Por eso, somos el futuro. No nos queda otra salida que admitir que las palabras son nuestras únicas aliadas para ese seremos que ya somos. Que ya no estamos donde el cara a cara fortalecía el rol de los gestos unidos a las voces. O en el instante en que abríamos un sobre con una carta o en el mismo momento en que nos comunicábamos a través de un telégrafo, un teléfono de manilla o de disco.
Comenzamos de nuevo. Somos otra época, pero las palabras siguen en el calendario, pero iluminadas artificialmente, y la poesía se ha difundido en todas las lenguas para descubrirnos más tendencia aparente que humanidad que se habla al oído para refrescar secretos.
Scroll es eso: introducir —o tratar— palabras donde puedan caber, moverse de un lado a otro mediante un adminículo que sirve para trasladarnos con ellas de un lado a otro, de un espacio a otro, de un yo a otros, de un nosotros a un yo, ese extraño visitante inventado por quien ha favorecido el artificio, lo que antes creíamos mágico, imposible, lo ahora imprescindible: somos muchos y hablamos poco con los labios, con la boca abierta. El pensamiento arriba, llega enmascarado, ladeado.
Todo este andamiaje teórico, que podría parecer retórico, para entrar, no de lado sino de frente, en este libro de Fedosy Santaella, quien cada vez nos entrega una sorpresa, esta vez anclada, como él mismo avisa, en las redes sociales, pero llena de poesía, de una escritura que nos deslumbra, que nos deja con la boca abierta, sin dejar que otra boca, la del otro distante, deje de responder en pocas líneas lo que el mundo íntimo o plural les señale.
Entonces, la palabra scrolling, ese gerundio o resguardo del idioma inglés, nos remite a este estado del tiempo en que la escritura se ha asomado a través de una ventanilla iluminada, por eso nos movemos de un lado a otro tratando de no ocupar mucho espacio en el decir, cuando se trata de dejar atrás aquellas ya olvidadas agujas del reloj.
Como inexperto en estas novedades que son la atracción global, recurro al sentido del poema envuelto en estas redes terrenales y aéreas (sus nubes son salvadoras), al poema de una sensibilidad de quien muchas veces, ya dicho, nos ha sorprendido con su atuendo cultural, legado de estas horas que él ha sabido manejar, trazar (porque también dibuja) para que su voz, sus palabras, su poética, perdure, mute, cambie de verbo en otro, de un sustantivo a otro, de una vida a otra costumbre.
Así leo este libro.
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Publicado por El Taller Blanco Ediciones en su Colección Voz Aislada, Scrolling recoge versos extensos, pero igual breves, que animan al lector a encontrarse con el significado de su título. Es un libro que se mueve de lado y lado. No deja de ser poema. Es pensamiento, reflexión, juego con la divinidad, cromo cinematográfico. Es Matrix, pero también el mundo real. Es un todo tan actual que nos quedaremos con algunos ejemplos para dejar que los lectores singan imaginándolo.
El poeta escribe: “He llegado, estoy en la resonancia”, y en verdad sus entrañas verbales resuenan con él en cada texto que nos aproxima a los extremos: pasado y presente, pero más futuro.
Hay un “ella” que aparece como representación del amor, y así lo define: “Un aire que se agota, un cuerpo de falso cristal, animal de cuidado, mucha carne, mucho hueso, anestesiado, luego fulgente, luego violento. // Una cabeza rara, eso es el amor (...). // Volver a creer en él, ¿para qué?”, si “el deseo se va perdiendo” hasta convertirnos en “un fantasma soltero”.
Y envuelve al poderoso celestial en sus asuntos: “Porque tan sólo Dios es culpable”. Una búsqueda de lo que humanamente nos pertenece. ¿Somos la imagen o la semejanza de quien según la sabiduría antigua nos hizo del barro y de su aliento?
El poema, su porfía temática, se pasea por el tiempo y el cuerpo, la silicona. “¿Realmente existen los ilusos?”, ¿las máscaras para borrar el tiempo, la vejez, el lado y lado, la traslación de la forma y del espíritu a través de la mano humana, de la estética temporal, ya envejecida?
Y destaca la desilusión como parte de este tiempo de imágenes que han sustituido lo real: “Quién sabe si en lo más profundo de nuestro silencio estamos avergonzados de nosotros mismos”.
Dios sigue siendo una interrogación: “Quién sabe si Dios estuvo avergonzado de él mismo, quién sabe si Dios se odiaba. Y por eso nos creó. Pero esa vergüenza, ese odio de Él hacia él mismo se vino con nosotros, la heredamos. Y desde entonces, nuestro empeño por crear, por crear algo mejor que nosotros, ha persistido, peligrosamente (o no) hasta el punto, quién sabe, de la aniquilación”.
Pero el poeta asume que “Aquí no ha pasado nada” y que la soledad es una selfie, actitud que lo adentra nuevamente en el terreno de lo bajo, de lado y lado de dos conjuntos tan humanos como recreados.
El ser que somos se refleja en este texto, en esta permanente novela en construcción: “Nuestros secretos son apenas largas tristezas”, “Y tuya no será la poesía”.
Después de tanta ilusión, de tantos selfies, reflejo de nuestras inquietudes a través de esa imaginación convertida en realidad, ya no ciencia ficción, el sujeto poeta, el que desde una pantalla envía o recibe un mensaje, es capaz de seguir creyendo en que “La imaginación todo lo puede, y es el mejor terapeuta, la mejor bula papal”.
Y así, en un cierre que nos invita a seguir atravesados por tantas revelaciones, Santaella nos deja dicho: “No cumplir con nuestro destino, / ese es nuestro destino”, y “Olvídate del amor, fue su hastío lo que nos dejó seguir viviendo”.
El texto, “escroleado”, se ha trasformado en poema, en poesía.
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