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Hablemos, de Octavio Santana Suarez

Terapia de nubes, de Jason Weiss

• Sábado 6 de febrero de 2016
Weiss: Muchas veces me tentó escribir sobre esta vida intermitente, casi como un estado de sueño.
Weiss: Muchas veces me tentó escribir sobre esta vida intermitente, casi como un estado de sueño.

A fines del año pasado tuve la suerte de coincidir en la Americas Society de Nueva York con Jason Weiss. Ambos estrenábamos: él Cloud Therapy, un ensayo sobre qué se piensa mientras se nada, y yo mi poemario Ortigas/Nettles, en inglés.

Vengo de una época donde ir en moto, caminar, hacer el amor, prácticamente todo lo esencial, podía convertirse en un acto zen, una manera de vivir. El secreto residía en conservar, según los maestros del arte, “la mentalidad del principiante”.

Una mezcla de memorias, reflexión, especulación metafísica, observación social, Terapia de nubes pretende realizar un seguimiento de momentos y patrones, relaciones y pensamientos espontáneos, recogidos de mi práctica continua de esta curiosa disciplina que es la natación.

Por lo que sé, nadie se refirió a la natación como modo de extender los confines del pensar.

De inmediato me dejé subyugar por la propuesta de Weiss ya que yo misma acudo a un pontón erigido en piscina pública, Josefina Baker para más señas, en medio del Sena, donde alternando con mis modestos chapoteos se deslizan para mi deleite cargueros, barcazas, areneros y turistas agitando manitas en los inevitables “bateaux mouches” de París.

Escritor, editor, traductor, conocí a Jason Weiss en París, en la lejana década de los ochenta.

Jason es un norteamericano que por haber vivido en ambas, mezcla, y muy sabiamente, la cultura de las dos costas, Berkeley y Nueva York.

Es un apasionado del jazz, prueba de lo cual sus libros sobre Steve Lacy y Brion Gysin.

Como capítulo mayor de su vida recogió con refinado apasionamiento la historia literaria de los escritores latinoamericanos en París, The Lights of Home: A Century of Latin American Writers in Paris, 2003 (Las luces del hogar, cien años de escritores latinoamericanos en París).

Entrevistó y escribió, entre otros, sobre Rubén Bareiro Saguier, Héctor Bianciotti, Julio Cortázar, Edgardo Cozarinsky, Carlos Fuentes, Julio Ramón Ribeyro, Juan José Saer y Nivaria Tejera.

Saliendo de nuestro continente recuerdo especialmente sus encuentros con Cioran, Eugène Ionesco, Jean-Claude Carrière, Milan Kundera, Nathalie Sarraute y Edmond Jabès.

 

Aquí sus palabras para presentar Terapia de nubes:

Durante más de veinticinco años estuve yendo varias veces por semana a nadar largos en las piscinas locales. Eso constituye harto tiempo con la cabeza sumergida y mis pensamientos errando, filtrándose. Muchas veces me tentó escribir sobre esta vida intermitente, casi como un estado de sueño aunque diferente, pero sólo hace poco empecé a dar con la forma. Una mezcla de memorias, reflexión, especulación metafísica, observación social, Terapia de nubes pretende realizar un seguimiento de momentos y patrones, relaciones y pensamientos espontáneos, recogidos de mi práctica continua de esta curiosa disciplina que es la natación. ¿Dónde va la mente en ese estado alterado? ¿Cómo incorporamos el esfuerzo físico? ¿Existe en la piscina cierta dinámica comunitaria, pese a otra compuesta por obstinados individualistas? ¿Es la natación, con su dimensión implícitamente interior, de alguna manera una disciplina más privada? Y, ¿qué significa volver tan fielmente al agua, el elemento primordial?, ¿cómo afecta eso nuestro cuerpo, nuestro ser? Numerosos ángulos y puntos de contemplación se me fueron ocurriendo mientras nadaba, y este libro explora ese otro reino, oculto a primera vista.

 

“Terapia de nubes”, de Jason WeissY aquí mi traducción de un capítulo del libro:

Mi trayectoria en el punto de tomar la natación como una práctica regular era curiosa —curiosa al menos para mí, en sus necesarias circunvoluciones de resistencia. Yo había crecido en la costa de Nueva Jersey y habíamos pertenecido al gran club privado de la playa, que se hallaba cruzando la calle. El Casino Deal tenía una gran piscina con sus hileras de casetas que las familias alquilaban por la temporada, entre las mujeres que jugaban mahjong y los hombres sus juegos de cartas, así como un snack bar, canchas de tejo, mesas de ping pong y la playa en sí, cercada de la otra playa pública de al lado, en la avenida Phillips. A veces yo solía jugar al tejo, especialmente con Junior Lister que era mayor que mis propios padres, y aunque casi nunca iba simplemente a tumbarme en la arena asándome como un trozo de carne, hice surf y jugué en el agua. Rara vez (¿nunca?) entraba en la piscina a nadar como si se tratara de cumplir un ejercicio. Me encantaba saltar desde el trampolín donde me gustaba practicar saltos mortales de frente y espalda, saltos inversos; incluso una o dos veces me golpeé el pie en el tablón. De niño, la idea de hacer ejercicio no me atraía: sólo podía darse si no pensaba que era eso lo que estaba haciendo —béisbol, montar en bicicleta— y así, aun estando enfrente de la calle de la playa, en un día caluroso nadar no era nada más que mojarse y retozar en el agua. Tal vez similar a lo de las clases de piano durante años, verano e invierno, fui arrastrado a las clases de natación. No sólo para aprender cómo, y no olvidarlo jamás, sino para saber que podría continuar nadando.

En medio de todo aquel azar y turbulencia, percibí a una mujer que con la mayor calma iba por las aguas de la piscina de un extremo al otro y viceversa. ¿Cómo era posible?

Durante algunos años, en la década de 1980, en la segunda mitad de mis bohemios veinte años, yo vivía con una mujer en París que era mayor que yo y tenía un historial de dolencias corporales. Así, todo el tiempo en que la conocí, para aliviar sus dolores tenía por costumbre nadar en piscinas públicas. Por supuesto, el ejercicio como propósito, como actividad deseada, todavía para mí era un anatema. Me encantaba caminar largas distancias en la ciudad, cubrir el suelo a grandes pasos como si pudiera abarcarlo todo. Siempre sentí que, si por alguna tazón me encontrase de día o de noche sin un centavo, podía cruzar fácilmente la ciudad a pie, tal era mi idea de las dimensiones de París con respecto a mis propias capacidades físicas y al placer de moverme a través de sus calles. ¿Pero por el mero gusto del ejercicio? De eso ni cuestión. Además, vivíamos en un pequeño apartamento de un dormitorio, compuesto de dos habitaciones de servicio: desde la calle, seis pisos por escaleras. Con la entrega del correo por entonces tres veces diarias, no pensaba en nada trotando arriba y abajo los ciento dos escalones sólo para ver si algo me había llegado y no era raro que subiera esas escaleras cinco veces al día. Así, a pesar de mis maneras esencialmente sedentarias de escritor y lector, nunca había pensado en el ejercicio como algo para salir fuera y realmente practicarlo.

Entonces, un invierno volví de una prolongada estancia en España con un brote de hepatitis debido a mariscos en mal estado. Claramente, los antiguos judíos1Para la religión judía, los observantes deben abstenerse de comer animales marinos que no tengan simultáneamente aletas y escamas. sabían algo que yo no sé. Como buen hijo de galeno, me las había compuesto para ser completamente ignorante de cualquier condición médica que no me concerniera directamente, pero la abrumadora evidencia de los síntomas de que algo no andaba bien en mi cuerpo era tal, que a uno o dos días de mi regreso a París di un paseo atravesando el Jardin des Plantes —yo vivía en la calle Monge—, lo que me permitió salir al otro lado de la estación de tren de Austerlitz. Justo al final de la calle de la estación está el hospital de la Salpêtrière (sólo ahora me pregunto por qué lógica los planificadores de la ciudad pensaron que era una buena idea ubicar un gran complejo hospitalario junto a una importante vía de tren: el hospital vino primero, originalmente era el sitio de una fábrica de pólvora, y ambos están al lado del río). Hallé el camino hacia el edificio de la clínica, esperé turno una hora, y cuando le conté mis síntomas al médico, éste se inclinó hacia atrás con una sonrisa triunfal y anunció: “¡Lo que usted tiene es hepatitis!”. Eso sonaba grave; casi me desmayé. La enfermera, cigarrillo en mano (era 1984), me tomó sangre y dijo que llamara por los resultados la semana entrante.

A pesar de la nueva apreciación respecto de mi propia mortalidad, no fue sino hasta finales de ese año, en torno a mis 29, que se me ocurrió que podía, debería, podría hacer algo en beneficio de mi bienestar físico, algo regular y suficientemente riguroso, algo que otros (no yo) podrían incluso llamar ejercicio. Gracias, sin duda, al ejemplo de aquella antigua novia que se había ido por fin en la primavera (unos seis u ocho meses después de que yo la había alentado a hacerlo —la vida es complicada, y también lo es la vivienda), y sin duda gracias a mis padres, que a lo largo de mi infancia me hicieron tomar lecciones, la única disciplina física que incluso se presentó a mi mente como un habitante de esa ciudad, escasa de libertinaje (actividad de la que yo, en principio, no estaba necesariamente en contra pero suele ser demasiado incómoda), fue nadar. Y París solía ser una maravilla cuando se trataba de servicios municipales tales como proporcionar a sus ciudadanos piscinas públicas. Y me refiero a las piscinas del tamaño en el que se puede nadar largos —dos o tres en cada barrio, algo así como cincuenta piscinas en toda la ciudad (y si exagero, no es por mucho, incluso si el número fuera la mitad de ello, sería impresionante como buena medida de servicios públicos). Durante los cuatro años siguientes nadé en siete u ocho de esas numerosas piscinas de París. Sin embargo, el concepto de hacer largos, en la mayoría de las piscinas, era algo que practicaba únicamente una contingente minoría.

Mi primer día en la piscina de la calle de Pontoise. ¿Qué estaba haciendo allí? Todo el mundo parecía pertenecer por el mero hecho de ya estar ahí, salvo yo. A una cuadra del río, frente al bulevar Saint Germain, al este de la plaza Maubert, el edificio data de la década de 1930 y posiblemente fue la más antigua de las piscinas que frecuenté. Aunque pude vislumbrar la piscina con sus paredes de azulejos por encima de la mampara donde pagué mi cuota en la recepción, procedí escaleras arriba, como se indicaba, a las cabinas para cambiarse dispuestas a lo largo de una balconada con vistas a la propia piscina. El encargado me dirigió hacia una cabina vacía, y minutos más tarde estaba de pie junto al agua, listo para la acción. Pero saber nadar era una cosa; someterse al caos y a la cacofonía presentes ante mí otra muy distinta. A primera vista, no vi ningún orden entre las varias docenas de bañistas. (¿Qué estaban haciendo allí, en medio del día? ¿Eran todos bohemios nominales como yo?) Gente de todas las edades se zambullían, saltaban, por los lados, los extremos, las esquinas, chapoteando o hundiéndose a mitad de camino antes de detenerse y cambiar de dirección, ajenos a toda posible colisión. Y, sin embargo, en medio de todo aquel azar y turbulencia, percibí a una mujer que con la mayor calma iba por las aguas de la piscina de un extremo al otro y viceversa. ¿Cómo era posible? Vi a otro par de personas tallarse un camino recto, pero me pareció que la mujer lo hacía con mayor facilidad. Me di cuenta de que nadar largos no era una mala idea, pero tal vez no del todo fácil.

Deshaciéndome de las últimas excusas que aún poseía, de un envión me metí en la piscina. Evitando cualquier número de objetos no identificados que salpicaban y desde los lados se me acercaban, me encontré con que el mayor desafío era sólo mantener la respiración al tiempo que me propulsaba hacia adelante. Nadar y respirar, hacer las dos cosas de una manera regular hasta llegar al otro extremo. En el momento en que lo hice estaba agotado. Asido al borde mientras recuperaba aliento, eché un vistazo alrededor: ¿alguien percibía mi logro? Por increíble que pareciera, tuve que aceptar que mis esfuerzos eran menos que insignificantes para quienes me rodeaban. Pero al tiempo que me reponía contemplando cómo alguien iba y volvía y volvía a ir y volver una y otra vez, sin más esfuerzo que un péndulo, me decidí a intentar lo imposible y volver al punto del que había llegado. Haciendo caso omiso de los peligros, me lo propuse y sin embargo, pese a mis intrépidas intenciones, tuve que abandonar la empresa. Justo cuando pude hacer pie caminé el resto de la distancia, como si me hubieran arrojado de la playa. Determinado como era, al día siguiente volví a intentarlo.

Estoy hablando aquí del crawl, estilo libre, meter la cara en el agua y sacarla de nuevo un poco más adelante para tomar otra respiración. Desde que empecé a nadar largos nunca tomé en serio a los otros tipos de brazadas. Estilo pecho, qué era sino locomoción por defecto, como un medio para no hundirse, y debido al movimiento hacia adelante, proporcionar la ilusión de ejercicio. El estilo espalda en el que siempre había sido bastante bueno, planteó sus propios problemas en una piscina pública, pues no es fácil ver dónde vas, pero también canceló la posibilidad un elemento clave para la disciplina, el control de la respiración. En cuanto al mariposa, ¿quién en su sano juicio podría justificar el uso de ese estilo desagradable en un espacio compartido? Sería como ensayar tambor mientras tu compañero de cuarto está estudiando, o hacer una sesión completa de aeróbic en medio de una cocina común. Es evidente que ninguno de ellos era para mí. ¿Era yo un jacobino de la natación? Pero si quería alguna vez avanzar en mi capacidad de deslizarme hacia atrás y hacia adelante tal como lo hacía esa mujer ese día en la piscina, yo tenía mucho trabajo por delante.

Al día siguiente me las compuse para nadar de un extremo a otro de la piscina y viceversa sin detenerme. Pensé que iba a estallar. Y cuando llegué de vuelta a donde había comenzado, no había aplausos ni reconocimiento alguno. La mujer aquella no estaba allí para admirarse, pero algunos otros estaban cortando a través de las aguas en sus modales poco elegantes, mucho más aptos que yo. Al final, me lancé adelante para ganar otra ida y vuelta en medio de rumorosos salpicaderos gratuitos. Habiendo duplicado la meta del día anterior, me tomé un merecido descanso y estudié a los otros nadadores, para ver si podía discernir un poco de orden, algo que hasta el momento se me escapaba. Muy pronto llegué a la conclusión de que una piscina pública en Francia no era un lugar para el orden o la razón, excepto en materia de la hora de cierre. Tomando un último par de vueltas sin apuro y estilo pecho, para estudiar mejor la escena y de esta manera prolongar mi adaptación al nuevo elemento agua, pensé que seguramente podría ir más adelante al día siguiente.

Y así fue, avancé por incrementos. Por alguna extraña determinación, rápidamente me hice el hábito de ir a la piscina cuatro veces a la semana o algo así. Al día siguiente, subí un escalón diferente, negociando cantidad por resistencia: ida y vuelta y de nuevo ida y vuelta. Incluso si estos pequeños logros eran estrictamente de mi propia incumbencia, ello no me impidió disfrutar en cierta medida de la satisfacción.

La verdad era que no sabía cómo lo había logrado teniendo en cuenta que sólo dos días antes apenas podía nadar hasta el otro extremo sin sentirme completamente sin aliento. ¿Me habría aprovechado de algún ritmo secreto? Los pocos nadadores que hacían largos, cada uno diferente al anterior, mantenían una cierta uniformidad, una constancia y economía de movimientos, aunque no con tanta gracia como la mujer del primer día. Así como el agua, con el tiempo, y a través de su propio movimiento incesante, pule inevitablemente las piedras, así la aplicación regular del cuerpo del nadador a su tarea debe suavizar gradualmente sus movimientos. Por lo menos, en teoría. No puedo decir que necesariamente ello quedó demostrado por algunos nadadores que tengo vistos a lo largo de los últimos años. Al final de la primera semana había llegado a ocho largos, la mayoría continuados. Así me embarqué en un perpetuo juego de números, no sólo como un medio para llegar más lejos, sino también por fracciones y proporciones como un método para comparar lo que hipotéticamente quedó atrás. ¿Por qué me aferré a la marca, desde el principio, de una milla? No estoy seguro del porqué, sólo que me pareció suficiente. La piscina de la calle de Pontoise tenía treinta y tres metros de longitud, por lo que cuarenta y ocho largos hacían una milla (que luego aumenté hasta cincuenta). Por lo tanto, una sexta parte de una milla era mi punto más alto de la semana, y en esos términos, eso no sonaba tan mal. Para mi segunda semana, estaba seguro de llegar al cuarto de milla.

Luisa Futoransky

Luisa Futoransky

Escritora argentina que reside en París desde 1981. Ha publicado Son cuentos chinos (Planeta, 1991), sobre su experiencia en Asia, Lunas de miel (Juventud, 1997) y De donde son las palabras, antología poética (Plaza y Janés, 1998), entre otros.

Sus textos publicados antes de 2015
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Luisa Futoransky

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Notas   [ + ]

1.Para la religión judía, los observantes deben abstenerse de comer animales marinos que no tengan simultáneamente aletas y escamas.