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Hablemos, de Octavio Santana Suarez

Miguel Gomes: Retrato de un caballero (apuntes para una reseña)

• Miércoles 30 de mayo de 2018

Retrato de un caballero

Retrato de un caballero (2015) es la primera novela publicada por Miguel Gomes (Caracas, 1964), luego de una brillante trayectoria como cuentista comenzada a finales del pasado siglo con Visión memorable (1987), un libro de minificciones apegado al canon narrativo de la época: brevedad, ingenio, culteranismo que prometía una madurez que no tardó en consolidarse en libros posteriores.

El “retrato” que estas páginas registran es el de su narrador Lucio Cavaliero, escritor venezolano residenciado en Nueva York quien, promediando sus cuarenta años, nos cuenta directamente algunas de sus peripecias en esa ciudad, con un par de viajes por la Europa mediterránea (La Toscana y Salamanca, para ser precisos), teniendo como telón de fondo la crisis política que vive Venezuela durante el mandato del presidente Hugo Chávez, que el narrador comenta desenfadadamente, tomando partido sin eufemismos ni alegorías. Se divide en tres partes que el autor define como “paneles”, como sucede con los retablos pictóricos renacentistas, y cada panel tiene características tan distintas y secuencias tan particulares que podrían leerse como tres novelas independientes; incluso, muchos de los avatares que se narran en cada una no tienen solución de continuidad en las otras, quedando abiertas en la mente del lector algunas incógnitas acerca de varios elementos que no terminan de desarrollarse o que se pierden al no ser referidos nuevamente por el narrador. En los comentarios de la contraportada, tanto David de Sousa como Arturo Gutiérrez Plaza insisten en el carácter metaficcional del texto: “Formas diversas de intertextualidad en la que elementos históricos y culturales que provienen sea del mundo antiguo o el contemporáneo inciden en la percepción anímica del presente”, nos dice Plaza; en tanto Sousa hace referencia a la narrativa latina, la picaresca española, Rabelais, John Wilmot y a Queirós como fuentes en donde se nutre el texto. Consideramos que una lectura intertextual es pertinente, pero en nuestro caso preferimos rastrear las raíces de esta novela dentro de la tradición narrativa venezolana, con la cual guarda más afinidades de lo que pareciera a primera vista.

El tema del desarraigo ya se encuentra presente en el segundo volumen de relatos de Gomes, La cueva de Altamira (1991), en donde los personajes, portugueses, gallegos y catalanes, intentan adaptarse a los rigores de un país tropical.

En su conjunto, Retrato de un caballero podría entrar fácilmente en la nueva categoría de la “novela o narrativa del extrañamiento, o del exilio” que han propuesto algunos críticos haciendo referencia al éxodo de venezolanos que han salido al exterior en los últimos años buscando una salida personal a la situación política del país y entre las cuales podemos mencionar Bajo las hojas (2010), de Israel Centeno, y La única hora (2016), de Alberto Hernández. Centeno lo plantea de la siguiente manera: “Las decisiones emigratorias implican un movimiento físico, pero, más importante aún, un movimiento físico y espiritual (…). En Bajo las hojas hay eso, más allá de la historia real de Julio: hay un movimiento de todo tipo que no tiene vuelta atrás” (revista El Librero, Nº 43, octubre de 2010).

Pero la mirada hacia el país desde la distancia que ofrece el exilio, ya sea forzado o voluntario, y las consecuentes vicisitudes de venezolanos en el extranjero también forman parte de nuestra tradición narrativa, bastaría recordar la larga carta de María Eugenia al comienzo de Ifigenia (1922), de Teresa de la Parra; el viaje que realiza Reinaldo Solar a España, en donde despierta la conciencia de compromiso con su tierra; las paradójicas reflexiones y desventuras de los narradores a quienes Renato Rodríguez cede la palabra en Al sur del Equanil (1963), El bonche (1975) e Ínsulas (1996); mientras, dentro de la generación de Gomes, debemos mencionar los relatos contenidos en Procesos estacionarios (1988), Paseos al azar (1994) y Textosterona (1995), de José Luis Palacios, cuyos personajes son “casi todos estudiantes venezolanos becados por el Estado venezolano en Berkeley o, caso contrario, jóvenes profesores recién graduados ejerciendo funciones en la propia Universidad de California; también, profesionales repatriados después de su paso por aquella institución escolar del extranjero” (Carlos Sandoval: La variedad: el caos, Monte Ávila, 2000).

Por otro lado, me parece válido resaltar, en el caso de Gomes, que el autor vive fuera del país desde 1989, ejerciendo labores docentes y de investigación en universidades norteamericanas; es decir, mucho antes de que sucedieran los cambios políticos a los que hacen referencia sus personajes y los personajes de las novelas de Centeno y Hernández. Además, como en la narrativa de Palacios, el tema del desarraigo ya se encuentra presente en su segundo volumen de relatos, La cueva de Altamira (1991), en donde los personajes, portugueses, gallegos y catalanes, intentan adaptarse a los rigores de un país tropical, agobiados por la saudade, me parece recordar, lejos de su tierra nativa.

Lucio se ve peregrinando por varios subempleos para sobrevivir y manteniendo algunos encuentros eróticos bastante patéticos hasta que dos elementos irrumpen en su vida y en la narración.

Creo que, en el caso de Retrato de un caballero, la noción de “novela del extrañamiento” podría buscarse más bien en el tiempo, en textos de los que esta novela parece ser deudora. El propio narrador reconoce, en el primer “panel”, cuando decide escribir su propia “novela del exilio”, la utilización como modelo de Ídolos rotos (1901), de Manuel Díaz Rodríguez. Sin embargo, me parece que el relato que nos hace el narrador desde el mismísimo primer “panel” está más cerca del Julián (1888) de José Gil Fortoul, ya que tanto Lucio Cavaliero en Nueva York como Julián Mérida en Madrid son almas afines que se debaten entre su dedicación a la literatura y sus devaneos eróticos, siendo la segunda actitud la que mayor espacio ocupa en la vida de cada uno. Y es aquí donde asistimos en la primera parte de la novela, llamada “Panel izquierdo: Lucio furioso”, al desarrollo de una picaresca erótica donde Lucio trasunta su existencia entre abrazos, besos y sábanas tanto propias como ajenas con diversas chicas, mientras comienza a sufrir una misteriosa anomalía que le impide consumar sus funciones orgiásticas efectivamente, hasta que finalmente la doctora que atiende su emergencia parece curarlo de su mal. Vale decir que en este recorrido que hace Lucio de una cama a otra suceden situaciones bastante hilarantes mientras trata de atender a la chica de turno y solventar la “enfermedad” que lo acosa.

En el “Panel derecho: Lucio perplesso”, es decir, la segunda parte, después que Lucio es abandonado por su mecenas protectora por incumplir con sus deberes sexuales, éste se ve peregrinando por varios subempleos para sobrevivir y manteniendo algunos encuentros eróticos bastante patéticos hasta que dos elementos irrumpen en su vida y en la narración: la muerte de su madre Bella, cantante lírica que luego de divorciarse de su marido se realiza en una relación lésbica con una violonchelista, y la aparición de Ramón Santos, viejo historiador que le confía unos “documentos importantes” que lo conducirán a una aventura siniestra. La muerte de Bella le sirve al narrador para analizar la relación afectiva con su progenitora: su alejamiento después del divorcio, el asumir la homosexualidad materna, el darse cuenta de que en el momento de enterarse de la infausta noticia es cuando toma conciencia de la nostalgia que siente por ella con la carga de tristeza y arrepentimiento que ello conlleva; también para descubrir en la pareja de su madre, mientras visita La Toscana para asistir al entierro, una generosidad que le era desconocida y que de alguna manera pudo ser un paliativo en los últimos días de Bella. Por su parte, los “documentos” que le entrega Ramón Santos, y gracias a los cuales éste es víctima de un “lamentable accidente”, lo involucran en una trama de thriller de espionaje político, con su respectiva persecución llena de increíbles tropiezos que recuerdan los mejores momentos de Disparen a la sirena (1987), la deliciosa novela policiaca escrita por los venezolanos Juan Manuel Peláez y Tomás Onaindia.

Ahora bien, en este segundo “panel” Lucio es iniciado en los ritos de una secta o cofradía que semanalmente se reúne en una sala del Museo Metropolitano a admirar el cuadro Retrato de un joven, de Bronzino (que es el mismo que ilustra la portada de la novela): siempre los miércoles, nunca más de siete, desconocidos todos entre ellos, y que en un momento álgido de la persecución salvan a Lucio de sus captores. Aquí el cuadro de Bronzino parece tener un simbolismo, que a la hora de redactar estas líneas se me escapa, a menos que se trate de un juego de referencias que tiende el autor para crear en el lector una sensación de mise en abyme. Lo que trae a la memoria la presencia de otro cuadro de título y características similares: Retrato de un joven, de Lorenzo Lotto, que ilustra la portada y juega un papel en la novela Voces al atardecer (1990), de Francisco Rivera. ¿No será un velado homenaje que rinde Gomes a su antiguo maestro caraqueño?

Finalmente, en la tercera parte o “Panel central: Lucio innamorato”, luego de solventar sus problemas económicos gracias a la herencia que recibe de la compañera de su madre cuando ésta muere, Lucio decide realizar un acercamiento a su padre, de quien también se mantenía a distancia, antes de que éste igualmente muera, lo que lo lleva a instalarse un verano en Salamanca. En la literatura venezolana la imagen del padre ha jugado un papel importante; primeramente en la poesía, como lo demuestra José Barroeta en su ensayo El padre: imagen y retorno (1992), y luego en un par de excelentes novelas publicadas en estos primeros años del siglo XXI: Puntos de sutura (2007), de Oscar Marcano, y La enfermedad (2010), de Alberto Barrera Tyszka. En la novela de Gomes el encuentro entre padre e hijo se resuelve de manera armónica, en un ambiente de reconocimiento mutuo con mucho de reconciliación, mientras ambos reflexionan acerca de la muerte y el pasado. Y en medio de este encuentro aparece por primera vez el amor (o al menos así lo cree Lucio) en la figura de Beatriz, joven estudiante venezolana radicada en España, a quien Lucio le lleva una buena cantidad de años. Y aquí de nuevo la intertextualidad: cómo no recordar entrañables relatos, escritos por Pedro Berroeta (Migaja, 1975), Julio E. Miranda (“Fourierita”, en Luna de Italia, 1995), Héctor Torres (La huella del bisonte, 2006), etc., donde hombres adultos consiguen la redención o el infierno en brazos de una mujer mucho más joven. El encuentro entre Beatriz y Lucio sublima este capítulo de la novela, los pasajes eróticos son detallados sin ironía ni sarcasmo, hasta que la relación termina por resultarnos conmovedora.

Ya es bastante abrumador tener que quejarse y escuchar quejarse a los demás diariamente de “la situación” para también leer las mismas quejas en novelas que deberían apartarnos por un rato de la cruel realidad.

Quizás lo único de lo que podríamos quejarnos en esta tercera parte es de la minuciosa descripción que hace el narrador de Salamanca, que termina por ser abrumadora, nombrando los recorridos calle por calle, torre por torre, fachada por fachada, cayendo en aquello de lo que se quejaban algunos lectores en la época del Boom sobre los narradores que al ubicar sus relatos en París eran tan prolijos que parecían más franceses que los mismos habitantes de la ciudad.

Finalmente, un comentario acerca del telón de fondo que aparece en toda la novela referido a la crisis política venezolana durante el gobierno del presidente Chávez: de entrada, debo decir que Retrato de un caballero se sostiene igual sin necesidad de que los personajes tengan que opinar sobre la situación política del país, ya que al final tal situación no incide en la trama de la novela. Aunque en algún momento el narrador se justifica: “El mejor arte que podíamos ofrecer era el que expresase la tremenda ambigüedad de nuestro (mal) tiempo”.

Al parecer ciertos autores venezolanos consideran un deber políticamente correcto incluir en sus relatos opiniones en contra de la situación que vive el país, aun cuando estos comentarios muy poco aportan al desarrollo de la historia como no sea estropear el ritmo de una buena narración “pura y dura”, como sucede también en Blue Label / Etiqueta Azul (2010), de Eduardo J. Sánchez Rugeles.

Me perdonan si resulto un ingenuo, pero ya es bastante abrumador tener que quejarse y escuchar quejarse a los demás diariamente de “la situación” para también leer las mismas quejas en novelas que deberían apartarnos por un rato de la cruel realidad; novelas que no son necesariamente novelas de política-ficción, subgénero que se practica con bastantes aciertos en nuestro continente, como por ejemplo Santa Evita (1995), de Tomás Eloy Martínez; La silla del águila (2003), de Carlos Fuentes, o El hombre que amaba a los perros (2009), de Leonardo Padura.

De otra novela de política-ficción, La algarabía (1981), de Jorge Semprún, extraigo este comentario sobre el cual sería pertinente reflexionar: “Pues no es empresa fácil, estad seguro de ello, situar un relato verídico en una época turbulenta y mal conocida (…). Época relativamente próxima, sin embargo. Pero la proximidad histórica no siempre es garantía de claridad, sino todo lo contrario. Sobre todo, en un caso como este (aquí se refiere Semprún al mayo francés del 68), en que los testimonios de los protagonistas son violentamente contradictorios, en que otros, entre los más importantes, faltan todavía, y en que los historiadores de todas las tendencias muestran una irritante inclinación a exagerar su habitual propensión a darnos la versión de los acontecimientos más apta para confirmar sus apriorismos ideológicos”.

Manuel Cabesa

Manuel Cabesa

Narrador, poeta y ensayista venezolano (Caracas, 1960). Perteneció al Taller de Poesía del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (Celarg) y ha colaborado con las principales páginas literarias de la región y del país. Ha publicado el poemario Vida en común (1985), la antología El acto y el lugar de la poesía. Una antología de arte poética venezolana (Maracay, 2002), el libro de cuentos Falsificciones (Villa de Cura, 2004) y la antología Un lento deseo de palabras (Monte Ávila Editores, Caracas, 2010), que reúne su obra poética completa. Reside en Maracay, Aragua.

Sus textos publicados antes de 2015
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TransLetralia: Paul Valéry
TransLetralia: Poe, Baudelaire, Pessoa, Pérez Bonalde: The Raven, Le Corbeau, O Corvo, El cuervo. Homenaje en los 200 años del nacimiento de Edgar Allan Poe
Editorial Letralia: Letras adolescentes. 16 años de Letralia (coautor)
Manuel Cabesa

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