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Amigos de la infancia

martes 7 de noviembre de 2023
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Sin duda en ocasiones
el sueño de la infancia se torna una pesadilla…
Manuel de Lope.

1

Durante un tiempo leí fascinado las novelas y los relatos de Truman Capote, no precisamente A sangre fría que todos consideran su obra maestra, sino más bien aquellas historias donde el autor se daba a la tarea de evocar diversos momentos de la infancia: El arpa de hierba, Otras voces, otros ámbitos, y El invitado del día de Acción de Gracias estuvieron durante mucho tiempo entre mis libros favoritos. Incluso pensé escribir yo también algunos relatos con “recuerdos imaginarios” (esto pensando en las palabras de Luis Buñuel que aparecen en Mi último suspiro: “La memoria es invadida constantemente por la imaginación y el ensueño y, puesto que existe la tendencia de creer en la realidad de lo imaginario, acabamos por hacer una verdad de nuestra mentira”) sobre los días de mi niñez.

Pero aquellos días los recordaba de manera borrosa, como si una espesa niebla se interpusiera entre el pasado y el presente que me ha tocado vivir. Alguna calle, algún rostro, una pequeña anécdota surgía de pronto, pero no con la suficiente fuerza como para servirme de materia prima para una buena historia. De mis compañeros de entonces sólo tenía viva la imagen de Juancho, quizás porque siendo el más alborotado siempre supo ponerle color a esos días grises de la escuela primaria.

A Juancho lo conocí repitiendo el cuarto grado y sin muchos acuerdos nos hicimos amigos; digamos que era como mi protector: en todos los salones de clase del mundo hay un tonto del que todos se burlan, y ése era yo. Pero también hay los que se imponen por su astucia, su capacidad de someter a los otros y por la manera estrambótica de su comportamiento, y ese era el caso de Juancho. Cuando los demás tenían la intención de acoquinarme con sus burlas salía Juancho a defenderme, a golpes si era necesario.

Éramos amigos y sin embargo no podíamos ser más distintos: yo era tímido hasta la tartamudez, en cambio él era dicharachero y contumaz hablador.

Éramos amigos y sin embargo no podíamos ser más distintos: yo era tímido hasta la tartamudez, en cambio él era dicharachero y contumaz hablador, casi veinte minutos de la hora correspondiente a una materia se le iba al maestro tratando de hacerlo callar. Mientras yo sudaba y casi perdía el conocimiento cuando en el aula me hacían una pregunta directa sobre cualquier tema; él, por el contrario, como era más inteligente que yo, era capaz no sólo de responder a la interrogante sino también de ironizar a costa del maestro y su forma de llevar la clase, lo que en más de una ocasión le valió serias reprimendas y uno que otro viaje de castigo a la dirección del plantel.

Yo solía distraerme perdido en el traspatio de mi imaginación viviendo aquellas aventuras que constantemente leía en los suplementos o veía semanalmente en el cine, mientras que a mi amigo le gustaban los juegos que requerían acción: en los recreos atizaba incansablemente el patio tras una pelota de fútbol o disparaba batazos a diestra y siniestra en las caimaneras que solían organizarse con los muchachos de otros salones. Al finalizar la escuela primaria fuimos zonificados en distintos liceos, lo que terminó por separarnos, y aunque en las vacaciones de ese año nos vimos algunas veces, lentamente nos fuimos alejando sin encontrar tiempo para compartir el uno con el otro.

Recuerdo un momento particular cuando, tiempo después, terminando casi el primer año, nos encontramos casualmente en la calle. Nos pusimos a caminar un rato para luego detenernos a tomar un refresco en el abasto del señor Lino. Entonces Juancho me propuso que fuéramos hasta el parque Arístides Rojas, donde él se reuniría con otros muchachos a practicar futbolito en la cancha. Le dije que estaba dispuesto a acompañarlo pero que no participaría del juego porque prefería entrar a revisar unos libros en la biblioteca Mariano Picón Salas, que se encontraba en el mismo parque. Juancho me miró de manera despectiva y dijo que yo sólo era un ratón de biblioteca, pero no me sentí ofendido. Sabía que siempre que tenía chance buscaba un motivo para burlarse de los demás y yo no era la excepción.

Con el tiempo nos mudamos, por lo que el barrio y su gente quedaron atrás. Terminado el bachillerato comencé a estudiar en la Escuela de Artes, donde terminé por graduarme en la mención Artes Escénicas; desde entonces he dirigido un par de montajes con relativo éxito y me he dedicado a dar clases sobre “Tendencias del teatro contemporáneo” en un colegio universitario.

 

Decidí darme una vuelta por Catia para recuperar los espacios de la infancia y darle cuerpo al proyecto de escribir esa serie de relatos evocativos de la primera edad.

2

En la primera línea de Desayuno en Tiffany’s, Capote dice: “Siempre experimento la atracción de regresar a los lugares donde he vivido, las casas y su vecindad…”. Así que, estimulado por esa frase, decidí darme una vuelta por Catia para recuperar los espacios de la infancia y darle cuerpo al proyecto de escribir esa serie de relatos evocativos de la primera edad (ya a esta altura, en mi imaginación, me creía capaz de escribir algo parecido a las Memorias de Altagracia de Salvador Garmendia). Pero me desoló ver cómo los años habían transformado las calles, los locales y el ambiente de mi niñez: la colorida avenida España, por lo menos, se había convertido en un ceniciento bulevar lleno de basura por todas partes. Razón tiene Heberto Padilla cuando anota en sus memorias: “No se debe volver a los sitios donde creímos ser felices, porque ellos pertenecen únicamente a la memoria y no toleran nostalgias, veneración ni homenaje”.

Un poco triste decidí refugiarme en el bar Acapulco, frente a la plaza Catia, y beber una cerveza antes de tomar el metro que me llevaría de vuelta a mi vida cotidiana. Al menos en el bar el ambiente transfigurado del bulevar no había penetrado, se veía como la primera vez que entré en los años de mi adolescencia. Las mesas de manteles plásticos, la barra a la entrada, el humo de los cigarrillos flotando en el aire y al fondo algunos vecinos jugando una partida de dominó. Mientras miraba a los lados me pareció reconocer entre los jugadores a alguien. Me acerqué para ver mejor entre la penumbra y, como lo supuse, allí estaba mi viejo amigo Juancho, golpeando con furia las piedras del dominó contra la mesa.

Al reconocerme me pidió que esperara un momento mientras terminaba la partida para que pudiéramos conversar. Minutos después se sentó conmigo y pidió una ronda de cervezas.

—¡Qué vaina! —dijo—. ¡Tanto tiempo sin vernos!

—Así es —respondí—, un montón de años.

La verdad era que nos habíamos vuelto extraños el uno para el otro. Ninguno de los dos sabía cómo llevar adelante el diálogo que amenazaba con convertirse en un desfile de banalidades:

—Y entonces, ¿cómo te ha ido?

—Bien, pana, ya tú ves. Y a ti, ¿cómo te va?

—Bien, viejo, no tengo por qué quejarme.

De pronto Juancho dijo que en el bar había mucha bulla y que así no se podía hablar.

—Vámonos a mi casa —sugirió—. Todavía vivo en el mismo sitio.

A diferencia de la avenida España, que el tiempo había convertido en bulevar, la casa de Juancho parecía inmune al paso de los años.

En el camino me contó que sus padres habían muerto y él, como era el único hijo, terminó por quedarse en la casa donde había vivido toda su vida. A diferencia de la avenida España, que el tiempo había convertido en bulevar, la casa de Juancho parecía inmune al paso de los años. Allí estaban los viejos muebles forrados de gamuza vino tinto y al fondo de la sala el antiguo picó de aguja que diera vida a aquellos discos de acetato, hoy descontinuados. En las paredes los retratos de los abuelos y los padres de Pancho. Todo igual a como lo recordaba de aquellos días en que venía a esta casa a estudiar con mi amigo de la infancia.

Al llegar me hizo ocupar una de las mullidas poltronas, puso en el picó un viejo disco de mosaicos de la Billos y fue a la cocina a buscar algo de tomar. De regreso me obsequió con una bebida de un sabor bizarro que en el primer trago me lastimó el paladar.

—Este bicho es bueno —dijo al observar mi expresión—, es un aguardiente de penca que me trajeron de Yaracuy. El primer trago asusta, pero después te acostumbras y le agarras el gustico.

Tal como vaticinó Juancho, después del segundo trago el licor ya no resultaba tan desagradable; por el contrario, a medida que avanzaban las rondas, me fui sintiendo cada vez más eufórico y con mayor disposición para la conversación. Luego de brindar nuevamente a nuestra salud, Juancho me preguntó acerca de mi vida, a qué me dedicaba y eso. Comencé por hablarle de las clases de historia del teatro que daba en la universidad, para luego comentarle acerca de mi experiencia como director de escena. Durante un rato estuvo interesado mientras le contaba toda clase de anécdotas que suceden detrás del escenario, especialmente cuando le mencioné que al montar El precio, de Arthur Miller, tuve la oportunidad de trabajar con un excelente actor que ahora era bastante popular gracias a su aparición en varias telenovelas.

—Seguro que tú y ese carajo tuvieron más de una oportunidad de pegarse a cuanta carajita les pasó por delante —dijo Juancho.

Le aseguré que no era así, que éramos muy responsables con respecto al trabajo que hacíamos y que, al menos en mi caso, hacía tiempo que estaba casado. En cuanto a mi amigo actor, nuestra relación se mantenía sólo en el plano profesional, por lo que lejos estaba yo de estar al tanto de su vida privada.

—¡Maricones! —terció Juancho exhibiendo una mueca desagradable—. En esa vaina del teatro lo que hay son puros maricos.

En el momento me sentí confundido por su actitud. Le dije que esa no era manera de expresarse y que no tenía razón para insultarme. Hice un ademán de despedirme, pero él me atajó pidiéndome disculpas:

—Perdona, hermano —dijo—, no estaba hablando en serio —y me ofreció otro trago.

Después de beberlo, intenté cambiar de tema, quise saber sobre su vida. Qué había hecho en estos años. Me contó que después de cumplir con el servicio militar se hallaba perdido, sin saber qué hacer. Por lo que decidió estudiar en la academia de policía; sin embargo, cuando empezó a ejercer, no tuvo más que problemas debido a su carácter. Y, sobre todo, a que comenzó a cometer pequeños fraudes y extorsiones, amparado bajo la aparente inmunidad que le concedía su cargo. Sinceramente estaba sorprendido por la manera tan calmada con que me iba confesando sus fechorías:

—¿Por qué me miras así? —preguntó—, eso no es nada comparado con lo que roba en este país cualquier bolsa que tiene un cargo político. Además, nunca jodí a nadie inocente, siempre he trajinado a choros o jíbaros que no quieren verse metidos en la jaula.

Empezó a reír de forma grosera antes de tomar otro trago.

Era un pobre tipo, un sapo que no merecía vivir y por eso lo maté.

—Como tú eres artista, podrías escribir una novela con mi vida —dijo y volvió a reír estruendosamente—. Sería interesante. Sobre todo, ahora que me han suspendido, sabías. Sí, viejo, porque maté a un tipo. Era un pobre tipo, un sapo que no merecía vivir y por eso lo maté. Después me vinieron con el cuento de que era gente sana, y que un estudiante que no se metía con nadie. Pero igual lo maté, era un pobre sapo que me debía plata de un perico que le dejé para que lo entregara. Entonces me retuvieron un tiempo mientras hacían las averiguaciones, pero con algo de muna y una palanca entre los oficiales me dejaron ir. Aunque por el momento estoy suspendido. Vamos a ver qué pasa después… Mientras tanto tengo fichado a otro jibarito al que quiero trajinar mientras estoy fuera del servicio, si se pone muy pendejo también me lo despacho para que aprenda.

Tuve necesidad de ir al baño y vomitar todo el licor que había tomado. Cuando regresé al salón, Juancho todavía estaba sonriente como si hubiera contado una picardía. Esta vez me despedí en serio. Le dije que se hacía tarde y tenía que marcharme antes que cerraran la estación del metro. Se levantó para estrecharme la mano y al despedirse me dijo:

—Por cierto, ¿cómo está tu hermana? ¿Todavía sigue tan buena como antes? Creo que nunca te lo dije, pero siempre quise acostarme con ella. Estoy seguro de que hubiera sido el mejor polvo de mi vida.

 

3

Instalado en el vagón del metro no podía dejar de pensar en Juancho y en nuestro absurdo encuentro. El mejor recuerdo que tenía de aquel amigo de la infancia se había opacado para siempre. En el trayecto entre una y otra estación vino a mi mente un párrafo del libro Adiós, luz de los veranos, de Jorge Semprún, que muy bien puede servir como epílogo para esta historia: “Me embargaba también la certeza, infundada pero evidente, de que se trataba de un final radical. Aquello suponía el fin de la infancia, de la primera adolescencia: se habían acabado las casas familiares, las risas y los juegos del clan fraterno. Como si, a través de ese gesto a la postre trivial, me lanzara al inmenso y desolado territorio del exilio. Y de la vida adulta”.

Manuel Cabesa
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