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La loca del parque

martes 5 de diciembre de 2023
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Le decían la loca del parque pero en realidad sólo era una indigente más que pasaba el día en la plaza junto a otros de su condición, consumiendo bebidas alcohólicas y recibiendo las migajas que la compasión humana les proporcionaba. Se llamaba Marilú, y era la única mujer entre ese grupo de pobres gentes que la sociedad mantiene en las márgenes del olvido.

La conocí de manera inusual: resulta que un cliente me había citado en esa plaza para concertar lo que creí iba a ser un buen negocio, pero en vez de este frustrado encuentro, los que se acercaron fueron dos jóvenes en actitud pendenciera para exigirme el dinero y las pocas cosas de valor que llevaba encima. Ella, reunida con su grupo, se dio cuenta de la situación y se acercó increpándolos de forma altanera:

—¿Qué pasa con el morocho?, ¿tiene algo de ustedes?

—No, Marilú —contestó uno de ellos—, no sabía que era tu amigo.

—Pues sí lo es —replicó ella en el mismo tono—. ¿O tú crees que sólo me reúno con basura como ustedes?

—Está bien —dijo el otro—, discúlpanos.

Parecía una mujer sin edad que había vivido intensamente una vida que es imposible precisar.

Y se fueron a paso acelerado sin mirar hacia atrás. Después que salieron de la plaza ella se sentó a mi lado:

—¿Estás bien, morocho?

Aún nervioso le respondí que sí, que no había pasado nada. Ella sonrió y me dio una palmada afectiva en el hombro.

—Tranquilo, morocho —y volvió a sonreír.

Entonces la vi en detalle, parecía una mujer sin edad que había vivido intensamente una vida que es imposible precisar. Supuse que de joven debió ser hermosa pues, a pesar del tiempo, sus rasgos conservaban cierta nobleza, lo cual me impedía conjeturar por qué una mujer como ella perdía sus días en esa plaza ocupando un espacio desconcertante.

Dos días después regresé a la plaza para obsequiarle una botella de ron, en señal de agradecimiento por su gesto. Ella con el regalo en la mano se despidió de sus amigos y me invitó a sentarnos un poco más lejos.

—¡Ay, morocho! —dijo al sentarnos—. Tú si eres bello.

E inesperadamente me dio un beso en la mejilla.

—Vamos a compartir —dijo mientras sacaba de su raído bolso dos vasitos para café.

Sin darme cuenta pasaron las horas, mientras ella me contaba su vida: resulta que alguna vez fue maestra, estuvo casada y tiene un hijo que se fue a estudiar en el extranjero y no volvió. Pero no todo fue fácil; de niña, y hasta que se casó, ella y su madre sufrieron los rigores de un padre maltratador.

—No sabes lo que hizo el desgraciado ése —me contaba—. Una vez mi mamá, que ya estaba harta, le dijo que se quería separar y que se fuera de la casa en cuanto pudiera. Recuerdo que estábamos cenando y el viejo se quedó con la cuchara en la boca mirando a mamá y de repente empezó a bufar como un toro y cae al piso. Claro que nos asustamos y no sabíamos que hacer. “Se muere”, dijo mamá angustiada. Yo llamé una ambulancia porque creí que tenía un infarto y cuando llegaron los paramédicos resultó que todo era mentira, una payasada para hacernos sentir culpables. Se paró del piso como si nada insultando a mamá. Y claro, nunca se fue de la casa. Pasó el resto de su vida jodiéndole la vida a la pobre vieja.

Con su marido no fue diferente:

—Ése era otro perro —me decía—, peor que papá. No sólo me montaba cacho, sino que vivía en un trajín permanente. Cuando nació Eduardito, el perro ése ni siquiera vino al hospital. Apareció por la casa como a la semana, borracho hasta las metras y gritando: “A mí no me veas, carajo”. Si no es por una vecina Eduardito ni pañales hubiera tenido.

Cada cierto tiempo callaba para servir los tragos y reconsiderar su relato.

Aquí me tienes en la pelea, gracias a Dios. Menos mal que Eduardito vive lejos y no sabe de mi ruina.

—A ése sí lo boté —continuaba—. ¿Sabes lo que me hizo ese perro? Se la pasaba con una junta rara, y al final resultó que no sólo eran choros todos, sino también maricones, ¿qué te parece? Y un día me entero de que el perro ése tiene sida y, ¿adivina qué pasó, morocho?… Pues mi vida se acabó desde entonces. Pero aquí me tienes en la pelea, gracias a Dios. Menos mal que Eduardito vive lejos y no sabe de mi ruina.

Y sus ojos se anegaron de lágrimas, aunque mantenía su sonrisa intacta.

—¡Ay, morocho! —concluyó luego de otro trago—. Vente mañana para darte a ti también un regalo.

Luego del trabajo volví al día siguiente a la plaza, donde la encontré como siempre rodeada de sus amigos bebedores. Con un gesto me señaló el banco donde estuvimos sentados. Una vez allí extrajo de su raído bolso un libro muy delgado.

—Para que sepas que no siempre fui así. Una vez fui poetisa —y sin más comentarios me dio un beso en la mejilla para luego ir a reunirse con su grupo dejándome el pequeño cuaderno impreso en las manos.

La flor y la fábula era el título y el nombre de la autora era simplemente Marilú. Sentado solo en el banco de aquella plaza, abrí el poemario al azar, donde leí:

Es fácil llegar al olvido y entregar en una mirada la vida.
Humedeceré tu recuerdo con cada lágrima.
Guardaré tu imagen junto a mi almohada.
Te volveré mi acertijo prohibido…
y soñaré con descubrirte por primera vez.

Manuel Cabesa
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