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El día en que dejamos la tierra, de Iris Mónica Vargas

domingo 19 de octubre de 2025
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Iris Mónica Vargas
En su libro El día en que dejamos la tierra, la poeta puertorriqueña Iris Mónica Vargas viaja con la constancia de un tiempo que la abriga, el de la infancia y la adultez.

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Si bien no hay una ética de la lectura, como afirma Harold Bloom, existe sí una ética de cómo acceder a un texto donde quien habla lo hace desde la convicción de que la muerte es un espacio tan dotado de vida, que el poeta es capaz de inferir sobre la posibilidad de hacer de ella, de la muerte, el segmento más sensible de la existencia humana.

Para Spinoza la muerte no existe; entonces, en procura de ese vacío, la poesía suele ser la arquitectura que favorece ese tiempo sin límites, que dice Bloom es el que nos lleva a insistir en la muerte como una lectura cuya ética está en esa conclusión, en el cierre que significa “dejar la tierra”, morir para elevarse en un poema, como un poema, ser el poema, en un libro donde converge esta gramática que reúne seis instantes confirmados como la transición entre los primeros versos de este poemario y los últimos que habrán de ser el cierre, la culminación de un aliento del personaje reunido por los sentimientos de su autora, Iris Mónica Vargas.

Leer la muerte, ese tránsito en el que un sujeto cercano se hace versos, se carnaliza en la voz de quien recorre cada palabra, cada silencio, cada recuerdo, la memoria infantil, la del crecimiento, pero también la del momento cuando el ser querido se retira de la tierra o se convierte en el polvo de esa misma tierra.

“El día en que dejamos la tierra”, de Iris Mónica Vargas
El día en que dejamos la tierra, de Iris Mónica Vargas (Valparaíso, 2024). Disponible en Amazon

El día en que dejamos la tierra
Iris Mónica Vargas
Poesía
Valparaíso Ediciones
Granada (España), 2024
ISBN: 979-1387538040
118 páginas

Pero en este libro, en esta aventura escrita, poemada, poetizada, la vida adquiere un tono mayor, toda vez que la poeta viaja con la constancia de un tiempo que la abriga, el de la infancia y la adultez donde el comienzo tiene como rasgo estos versos:

El día que dejamos
y abandonamos las plazas,
moríamos en silencio.

El lugar, la geografía de la memoria, el sitio desolado que queda luego de que esa tierra se convierte en un lejano eco. Y al final del camino, este que define la razón de esa existencia, la escritura como símil de todos los límites:

Tu poema volverá a la tierra,
como todos los poemas.

Para el lector, el que lee la muerte, la existencia otra, este texto confirma el silencio, la ida, la despedida, y también destaca que el cuerpo, el alma, es el poema: poeta y poema viajarán hacia ese espacio donde se configura la imagen de una abuela, la construcción de un afecto que transita por el libro, entre sesgos temáticos y arbitrios anecdóticos.

 

2

Este libro, el poema que revela este libro, está compuesto por seis vertientes que, a la larga, son un libro en varios que se hacen y se multiplican. Así, “Cierta libertad”, “Inmanencia”, “Canto de resistencia”, “La hipótesis del transeúnte”, “Direcciones” y “Filosofía”, en los que caben todos los temas, desde la muerte como fuente nutricia hasta el vivir en medio del pesimismo de estos días, la soledad, ese viento que “aúlla en silencio”, la lejanía de los afectos: “Alguna vez muy cerca, / no fue de fibra óptica el abrazo”; la pérdida del lar, ese entre corchetes “[Inserta aquí un emoji / de nerviosa y terca esperanza]”.

En los primeros textos la muerte del ser querido se hace un emblema, una noticia dolorosa, un temblor verbal, un pronóstico: “En los días u horas antes de morir, / la respiración habrá de tornarse irregular (...). Habrá entre cada aliento / un charco muy profundo que no podrás saltar...”.

Llueve en casi todos estos poemas. El símbolo del llanto desde un arriba que deriva en queja, en luto. No obstante, la voz dice:

Ahora no puede ser este
el final de mi poema,
porque es a mí
a quien tu muerte
ha ocurrido.

La muerte en el otro, la lectura de esa muerte en el ánima de quien afirma, como eco, la de la abuela:

su peso repartido
entre dos hombros

y más adelante la retrata:

Mi abuela conocía el idioma de las gotas.

La lluvia persiste en simbolizar un lenguaje. Y he aquí la presencia de otras figuras que resaltan la fuerza del poema:

Vestían todos de negro,
tenían rostros iguales
y tú no te habías ido.

La agonía del personaje, de ese eco casi permanente en estas páginas.

Esta imagen cuya belleza nos traduce:

Órdenes sin sentido para alguien
que ya andaba quitándose aquel traje
que había pesado tanto sobre el hueso.

Y una oración que mueve el ánima, aquel avemaría que se conjuga con el poema y se convierte en otra oración para Francisca, otro referente que nos aproxima al tema de la muerte.

Y así, reiteradamente:

...la piel que desapareció
debajo de la lápida

(...)

en la cripta de un libro,

o la urna de un poema.

Y un mientras tanto:

Allá, la noche: una poeta arrastra
su cuerpo por el agua,
apocado y retraído.

Para tocar la esperanza, una suerte de reencuentro con quien ya no está en la tierra:

Sé bien que volveremos
a encontrarnos
[Tal vez, allá en la lápida de un libro.]

 

3

Volvemos a la lectura, a la personalización de la escritura, en una narradora que vierte su deseo de encontrarse con un texto. ¿Qué ansía leer, qué busca?

Aún tengo demasiado que leer (...).

Y se adentra en la niñez, en la infancia, en el dolor:

La inocencia es un tropel de heridas
que va precipitando sobre el cuerpo.

El mancillado, el golpeado por la realidad callejera, por una suerte de tiranía que agobia la queja, la rebeldía:

La lucha es interminable

(...)

los golpes y las balas no logran destruirnos.

Y destaca su sangre de guerrera.

Todo un relato de la ida y el regreso, una posible expatriación, dejar la tierra natal:

Hermana, estamos en el puerto
Hemos llegado.

Y así también el miedo, las pesadillas y un intento de suicidio.

La voz poética habla de un tirano, “el tirano de siempre”, y por eso “Llegamos y nos hacemos humo”. Un límite, la frontera y “El último asidero es la calma”.

Dice sin ambages:

El ojo no nos salva de la angustia,
ni del aburrimiento

(...)

Quedamos sin adiós.

(...)

Dejas pasar el tiempo hasta que pase.

Y la poeta habla desde ella: “El poeta es el más triste”, y define: “Un poema es un álbum de fotografías”.

Desde este Ars bene moriendi, si se puede destacar así, Iris Mónica Vargas se desplaza, se mueve en medio de poema a través de una realidad que consume el eco de su “personaje”, un ella que se refleja en muchos temas desde el instante de la agonía.

Este libro, un poema, el poema, el humano de carne y hueso, de polvo y sombra, luces y silencios. Un poema, entonces, que sufre, agoniza y algún día muere y es vertido ceniza o arena, tierra, la que dejamos, a la que volvemos.

Alberto Hernández
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