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En este libro de Pedro Manuel Martínez Corada (Madrid, 1951) no hay un tema central, un núcleo que lleve al curioso a un hilo conductor: en esto radica la riqueza de esta narrativa cuya poética podría destacarse en la presencia de personajes citadinos y pueblerinos acosados por la realidad y un extracto fantástico que hace del lector un avisado buscador de contactos temáticos entre uno y otro de los extensos relatos que aquí encontramos.
Vete al infierno, Stein, es un recorrido por el imaginario de una cultura como la española, toda vez que en algunos textos, al final, el autor traduce el motivo de la escritura producto de talleres literarios a los cuales ha asistido, pero también revela la presencia de mitos y hechos históricos que le sirvieron para construir sus historias.
Si se quiere, como afirma Blanchot en alguno de sus ensayos, se trata de un trabajo narrativo bipolar, porque trabaja tanto el misterio como la cotidianidad urbana o rural. Sus personajes pasan por diversas aventuras, eventos y hechos que los describen, así como un recorrido por varias partes del barrio Chamberí, donde naciera el escritor, en Madrid. Sus personajes, entonces, nacen de una ficción, pero para quien los lee se trata de sujetos vivos, alegres, bebedores, ambiciosos, socialmente felices o callados, hundidos en sus reflexiones, o dinámicos en los diálogos, basados en los recuerdos, viajes al pasado o a sus perfiles, tan reales como la misma ficción.
Leer este libro suscita mucha cercanía, toda vez que Martínez Corada se maneja con gran habilidad para estructurar cada texto y diferenciarlos temáticamente. De allí que el relato fantástico y el relato de la realidad diaria nos conduzcan a calificarlo como un narrador de múltiples posibilidades de invención.

Vete al infierno, Stein
Pedro Manuel Martínez Corada
Cuentos
Café Literario Editores
Madrid (España), 2026
ISBN: 978-84-09-82048-1
154 páginas
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Esta antología es producto, como lo afirma su autor, de su participación en talleres literarios. El experimento de estos cuentos pasaría así por la criba de nuevas miradas, cambio de voces y palabras que lo condujeron a llevarlos al público como ahora los leemos. Es decir, este proyecto lleva algunos años de trabajo, de un esfuerzo bastante intenso, que se nota en el tejido que logra enhebrar el escritor que hoy tenemos frente a nuestros ojos.
Son veintiún relatos que le dan forma a este tomo. Cuentos que dan cuenta de la calidad escritural de Martínez Corada, un autor que ha dibujado con gran acierto este tránsito por las diferentes conductas y paisajes que ha seleccionado para su labor como narrador.
Estos textos se recrean en diversos climas que atrapan al lector y lo llevan a seguir imaginando el curso de quienes aparecen en cada uno de los inventos verbales de Martínez Corada.
Un viaje en avión, un viaje alucinante, de corte arropada por la ciencia ficción, conduce a los viajeros a otro planeta. Aquí comienza la aventura fantástica de este hombre que nos lleva de la mano por el laberinto de su escritura. “El quinto planeta” es la revelación de este autor para los lectores tanto de España como de América Latina. En “Subterráneos” aparece Marruecos como recuerdo mientras la escena central ocurre en una habitación, con música, conversación, memoria contracultural y evocaciones eróticas: el acto amoroso, el acto carnal, como parte de este segundo trabajo.
La soledad, la mirada hacia el horizonte marino desde las islas Faro y Monte Agudo, propician los sentimientos encontrados de unos personajes que han viajado hasta este paisaje, donde también se habla del lago perdido. El amor, tema que concita una lectura intensa y una escritura labrada con cuidado en las imágenes. Desde la altura de “El faro”, nos despejamos de la urbe para dejarnos sentir por la fuerza marina.
Un relato erótico, un cuento dentro de otro cuento, se nos presenta en “El roce de unos pechos de mujer”, donde la piel, la tesitura de la voz narrativa, encuentra espacio para derramar la fuerza de su talento.
El texto que más atrae a este cronista es el que le da nombre al libro, “Vete al infierno, Stein”, en el que la venganza conjuga la muerte del padre y la del hijo con el odio: le da forma al cuerpo de este relato. Un entierro, el del doctor Frank Stein, la fealdad de un cementerio bajo la lluvia, los sepultureros, el ambiente macabro, y luego la muerte provocada por “un excéntrico que siempre creyó en el destino”, conducen al hijo a ser víctima de una agresión y de una reacción física extrema. El odio como esencia, como poética perversa, en un relato donde se vislumbra el ojo de Poe. Una sustancia preparada por el padre desencadena en el hijo una percepción exacerbada y una dependencia inmediata, que termina mezclándose con la violencia de los delincuentes y con su colapso físico.
Este relato nos invita a citar a Cioran desde sus Silogismos de la amargura: “Sorprendido en pleno mediodía por el delicioso espanto del vértigo, ¿a qué atribuirlo?: ¿a la sangre, al cielo azul? ¿O a la anemia, situada a medio camino entre los dos?”. Podríamos conjeturar que la palabra anemia representa el odio entre el padre y el hijo, la desafectación y la ambición mostrada por ambos actantes.
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“Pisando hormigas” es un juego imaginativo, la metáfora de la incomodidad. Un sueño que vertebra la realidad de una pareja. La aparición de un personaje extraño, una mujer vestida de novia, en medio de la noche, aparece en el pasillo de un hotel junto a la habitación de la pareja protagonista. En la mañana, el narrador camina sobre una alfombra cubierta de hormigas mientras la esposa está en el baño. Queda a la libre lectura la interpretación de este relato, tan extraño como la mayoría de los demás. El misterio queda en el aire.
Unos niños encuentran una tumba en un agujero de una pared de yeso, donde se tropiezan con el terror al encontrar los huesos de una mano y las cuencas de una calavera. Poe, de nuevo, se acerca a este lector: siempre habrá en el autor norteamericano un hallazgo que vitaliza la curiosidad, activa el miedo de los mismos personajes que se despliegan en medio de las sombras. Cadáveres escondidos en muros, sorpresas que despiertan en el lector en “El tesoro oculto” en una casa abandonada, mientras la ciudad, advierte el narrador, “seguía viva”. La casa del miedo, un accidente mortal, un recuerdo: dos relatos que se enlazan perfectamente con la idea de que “aquella casa tenía que guardar algo...”, como todas las casas abandonadas, aducen ellos. El terror y este grito: “¡La muerte, la muerte, hemos visto a la muerte...!”. El misterio continúa su curso narrativo.
Unas fotografías invocan el pasado, a donde volverá el lector en “Miradas”, junto con los personajes descritos desde el papel que los contiene. “Sin duda veía en la imagen una ucronía”, declara el narrador. Se trata de un viaje a través de esas imágenes donde respiran las sospechas desde las cuales regresan diferentes sentimientos: la rabia, el odio. La imagen fotográfica despierta sospechas, celos retrospectivos y una lectura paranoica del pasado. La memoria, el misterio, un viaje con retorno al presente desde un pasado oscuro. Y el tiempo, vivo, activo.
En “Cantar de llobus” se acuna una versión que el narrador reescribe a partir de una tradición asturiana. Vale decir que Martínez Corada se mueve como un indagador de las historias menudas o densas de su país. Cada cuento es una revelación, producto de una experiencia en los talleres, como antes dijimos, a los que asistió. Cada cuento es una intención narrativa que podría conducir a un trabajo más elaborado para que una novela sea trazada como final del juego. He aquí la destreza del autor: hizo de cada relato una novela corta.
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El relato “Humo azul” se abre a la realidad tangible, a la de una España aún con las heridas de la Guerra Civil, a la de la figura del rechoncho Francisco Franco, a la de la moneda que lo consagraba como enviado por la gracia o gloria de Dios. En este trabajo está la muerte del caudillo. Entonces, la esperanza, el futuro ideado por un país que vivió más de tres décadas bajo el mando de un dictador. Y luego, sin mucho esfuerzo, la irrupción fantástica: el narrador cree haber tenido una pesadilla, luego encuentra el secadero vacío y una maleta con dinero, y más adelante se narran años de relación comercial con “recolectores” de otro mundo. En la imaginación del lector quedarán la muerte de Franco y un nuevo aire en la España que también sueña hasta con marcianos. Dos planos narrativos que —una vez más— registran la capacidad de Martínez Corada para manejar con soltura su imaginación.
En “La conversación” es el recuerdo, la memoria que revuelve la existencia de un sujeto que tiene en el cielo y en el mar los extremos de su existencia. ¿Sobre qué conversa el personaje con el interlocutor de su móvil? ¿Sobre qué con el que tiene frente a sí, en una terraza ante el mar una tarde de tormenta, desde la fragancia de la altura y la salinidad del oleaje marino?
En “Sesenta y cuatro recuerdos (y un ascensor)” la acción ocurre a través de episodios encerrados en el tiempo. Un viaje hacia arriba o hacia abajo en las ocho dimensiones de un tablero, un espacio pleno de memoria. De allí que uno de los personajes diga: “La vida es como una partida de ajedrez”, expresión que podría servir de epígrafe para este libro mosaico que nos entrega el narrador hispano.
“Los esfumados” es el barrio Chamberí. Una vez más, el narrador nos conduce a entrar en su pasado, seguramente un rasgo autobiográfico que anima la lectura. Una poética indetenible, la de estar en el ambiente de su crecimiento. Santiago ve rostros que se borran como presagio de muerte, mientras Marta experimenta una percepción complementaria, vinculada a la recomposición de los rostros y a una fuerza asociada al amor o la vida.
De “Simón, el tonto”, se podrían destacar muchas ideas; me quedo con esta imagen: “Los mapas son tan injustos como la historia que los diseñó”. El tonto del título es un personaje marginal, objeto de burlas, pero también alguien dotado de una relación especial con el entorno: se dice que “ve cosas”, que habla con animales y que el río le transmite respuestas.
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En “Una isla en la pared”, Licinio, el aventurero, se sujeta de esta comparación: “La sangre tiene más recuerdos que todos los libros juntos”, lo que resume una de las características de este libro: la memoria.
En “Hermes Baby”, Santiago nos conduce a un cementerio en busca de los restos de un familiar. Huesos, tierra, tumbas, fosas, toda una comunidad de sombras silenciosas: “Algunos muertos también se mudan, o los desahucian, como a los vivos”. Santiago y Javier conversan, entre otros temas, sobre la escritura, la memoria y el paso del tiempo. Y Santiago define: “El tiempo es ruin. Todo pasa tan rápido... duramos menos que una república a la puerta de La Moncloa”. La crítica política. La ironía.
En “Quince marcos de plata” esta expresión: “...de la felicidad sólo se es consciente cuando se pierde...”. Una mención a la Guerra Civil. Un hombre que pierde a su madre y termina luego casado con una mujer parecida físicamente a ella. Un supuesto engaño, la separación de Catarina, que así se llama la esposa expulsada por el comportamiento obsesivo de Olegario, el Madreñero. Pero lo más interesante es lo que nos relata el narrador una vez solo en su casa el celoso marido: la vivienda se convierte “en un infierno para él desde que los objetos comenzaron a cambiar de lugar o romperse inexplicablemente, unos meses después de la boda”. Sobrevienen entonces los problemas con Catarina, señalada como quien movía todo, hasta las fotos de la madre muerta de Olegario. Un día aparecen destrozadas. Y, de nuevo, lo fantástico: un extraño sujeto no humano, luminoso, aparece una noche en la cocina, las fotos de la madre boca abajo. Este relato, señala al final el autor, tiene que ver con el Trasgu o el “diablu burlón”, un mito de Asturias. Queda en el aire el misterio.
Un viaje a Chile despierta nuestra atención en “Treinta años después”. Es el regreso de un personaje al desierto de Atacama y a Taltal, treinta años después de una experiencia marcada por la viudez y la soledad. Y así, como afirma Pasolini en el epígrafe, palabras más, palabras menos: el pasado, el presente y el futuro son lo mismo, cohabita, se encuentra. Y como sucede en estos casos: “Te marcharás y te olvidarás de mí”. Hoy día ese fenómeno no es un cuento, es una realidad global.
En “Los caballos gigantes”, esta oración: “No recuerdo lo que soñé”.
“Una fotografía en el fondo de una maleta” es el olvido, pareja de la memoria. La búsqueda de un recuerdo o el hallazgo de algún remedo del tiempo.
“Rey por un día” resume también la calidad narrativa del autor cuando escribe con densa precisión este relato que cierra el libro, el tiempo, el reloj que jamás se detiene.
Escritor, fotógrafo y locutor, Pedro Manuel Martínez Corada dirige la Revista Almiar y ha desarrollado una trayectoria vinculada tanto a la narrativa como a la fotografía y la radio. Es autor del libro de relatos Nunca llueve sobre el Sáhara y del volumen fotográfico Pasen al fondo, además de haber participado en diversas antologías literarias. Ha recibido reconocimientos en relato breve y fotografía, y ha colaborado con revistas literarias digitales de España y América Latina. Como locutor trabajó en Radio Cero y Radio Carcoma, y en 2021 participó en la creación de Radio Ariete FM.
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