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Ofrendas, de Martín Girona

lunes 31 de agosto de 2026
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Martín Girona
La realidad nos enseñó que el miedo es parte de nuestra respiración y por esa razón nos convertimos en su ficción, como nos lo hace sentir y saber Martín Girona en su más reciente libro de cuentos, Ofrendas.

“El aliento del caballo le calentó la nuca”.

Martín Girona

“El miedo, el terror, el sobresalto, el susto, nuestra poética vital”

Alberto Hernández

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Entonces asoma el miedo, la sospecha de que alguien o algo nos persigue, de que del libro saldrá una sombra, un desconocido, a cortarnos el aliento o a cercenarnos la cabeza con un hacha, a someternos con sus patas de araña gigante y convertirnos, como lectores, en chatarra. Esa impresión nos recorre y nos llega a decir que estamos frente a una obra de misterio donde el terror, el miedo, es el tema que nos llevará hasta la última página.

El miedo del origen, el ancestral, el miedo histórico, el miedo atávico, el apocalíptico, el relatado, el recreado por los abuelos, el leído en nuestras propias sombras mientras tratamos de huir de nuestras más agudas sensaciones, mientras tratamos de dormir o cuando el sueño se convierte en pesadilla. También encontrado en la tradición literaria que hemos leído en la voz lejana de Quiroga o de tantos autores que siguieron la corriente de esta temática que hoy es considerada un género.

El miedo es el misterio más visceral o más espiritual que carga con nuestras culpas, pecados o santidades. El miedo es parte de la sacralidad. El miedo somos nosotros mismos. Somos nuestro propio transitar por el sobresalto, por el susto primigenio, esencias del terror, del temor, de una fantasía que nos concibe como totalidad. Esa sensación convierte nuestro cuerpo en todos los sentidos biológicos perturbados. En el ánima desnudada, en una invisible intuición que nos inclina a enmudecer o a gritar.

“Ofrendas”, de Martín Girona
Ofrendas, de Martín Girona (Minotauro, 2026). Disponible en Amazon

Ese miedo siempre nos perseguirá, nos acosará, nos sacará del sueño, nos hará parte de una realidad inconsciente, de allí a la pesadilla sólo un paso.

El miedo es una metafísica. Un elemento crítico que favorece la debilidad propia de los animales que llevamos dentro. Atentos frente a la oscuridad, a las argucias del viento, a los sonidos ecoicos, al movimiento monstruoso de los árboles, el miedo es una costra interior, nos somete. Somos hijos del miedo, como ya hemos dicho; por tanto, lo creamos para poder ser y estar. De no contar con él, seríamos cosas, autómatas, muertos, cadáveres andantes sometidos por la fuerza de una fantasmagórica ilusión. Sin miedo es imposible explicarnos la vida, por qué lo escribimos, los creamos como una poética, como un relato que nos anima a sentirlo desde el papel. La realidad nos enseñó que el miedo es parte de nuestra respiración, y por esa razón nos convertimos en su ficción, en su fantasía, en su misterio, la escribimos, nos dejamos aterrar por las páginas donde ambulan felizmente los personajes que habitan esa realidad recreada. Y así nos lo hace sentir y saber Martín Girona en su más reciente libro de cuentos, Ofrendas.

 

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Pero más allá del miedo, de esa poética creada por los escritores de este género, referentes de este hoy lleno de perturbaciones, largas esperas frente al amanecer, saturadas de fenómenos naturales de los que se podrían desprender resentimientos, abusos y golpes de pecho por las tantas culpas acumuladas. De allí que exista una escritura que favorece la presencia de monstruos, de apariciones extrañas, que en el fondo nos representan, como si calcaran nuestras huellas en lo más hondo de ese miedo que nos ha concebido. El miedo permuta, cambia, por eso nos hace otros. Somos el alter ego, la otredad de esa fascinación por demostrar que el miedo podría ser sólo un instante.

Hay una filosofía del terror, del miedo: creer que éste no es más que una ilusión, una fantástica premonición. Esa filosofía la encontramos en los personajes o en los narradores que habitan las páginas de Ofrendas, del ya mencionado joven escritor montevideano Martín Girona.

 

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Teorizar acerca del miedo, con el miedo, de su inseparable clima, que tiene en el terror la más visible marca, destaca el carácter más humano cercano al de la bestia que diariamente crece en el ser humano, en nuestros nervios, en nuestra totalidad como pensantes, creadores de fantasmas, diabólicas apariciones sin llegar a pensar que somos esos fantasmas, que no hemos dejado de ser cotidianos, citadinos, campesinos, poderosos, menesterosos, seres aturdidos por nuestras propias sensaciones o hechos, por la revancha, la sumisión, conducta de sujetos minusválidos, abandonados.

La fantasía, tan cercana al imaginario humano, nos tienta muchas veces y nos conduce a crear esos monstruos, esos personajes que habitan en nuestro afán creativo o disuasivo. A crear máquinas vivas, seres de otros mundos en los que asoma un Ray Bradbury y hasta la voz lejana de Orson Welles desde una radio en la que anunció la llegada de unos marcianos. El miedo, insisto, es también juego de la inteligencia. Quien escribe desde su textura, de su ajenidad, sabe que esos personajes lo habitan. Se escribe en soledad rodeado de fantasmas, que le pregunten a don Ernesto Sábato. El escritor habla con ellos, los domestica y los transforma en sus personajes. Cercanos cómplices. De todo eso pudo y puede hablar Quiroga, pero también quienes se enfrentan a temas que promueven una realidad violenta, tan viva hoy. El miedo es una especie de locura momentánea. Podría ser permanente si esos fantasmas continúan atesorando espacios.

Estas ofrendas que nos regala Martín Girona nos dibujan personajes de su escritura, solventados por amuletos para intentar descifrar sus secretos, la repetida existencia de ese miedo que nos agrega a cierta humanidad, como es el caso de Serapia, personaje del primer relato que cuenta con la imagen de una “virgen ciega”, arrancada del cuello de su madre muerta, de una mujer negra que confirma la monstruosidad de quienes la esclavizaban.

 

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Nueve relatos hacen este libro de Girona: “La virgencita ciega”, “Bodas del rey Cangrejo”, “La cantera”, “Osiris”, “Un dios de cerámica”, “La otra fábrica”, “Nani”, “Séptimo” y “Lejos de casa”. Cada uno de ellos se funda en el miedo, en ese atavismo que no dejará de ser parte de quienes entramos, pero no salimos ilesos de estas páginas, de “esa sensación de irrealidad” que creamos y nos crea.

Alberto Hernández
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