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Montevideo Bar, de Carola Wuhl

lunes 3 de agosto de 2026
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Carola Wuhl
Wuhl reconstruye la ciudad y sus historias a través de un ensamble de reacciones, situaciones y acentos centrados en la misma capacidad accional de los visitantes del Montevideo Bar.

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El relato acontece en un bar. El mozo, Marco Schulz, el actante que, como una suerte de interlocutor metiche, oye las conversaciones de los clientes y hasta participa de ellas como un personaje/narrador más de ese espacio donde convergen todas las emociones, en medio de tragos y platos para hacer más llevadera la tendencia a descubrir sus secretos, sus más delicados o hasta inanes sentimientos y recuerdos.

Cuarenta y un textos constituyen estos relatos novela que ha escrito Carola Wuhl y ha editado Planeta en Barcelona, España, en el año 2006.

El mozo es la voz de todos y esa voz se hace el todo del mozo, quien relata desde su labor en ese bar de Montevideo. Es quien organiza el universo de todos los personajes, anónimos o conocidos por él, quienes descubren sus vidas en un ambiente donde confluyen la ciudad y sus asuntos, sus climas y el acento de una cultura atravesada por la cordialidad, los susurros, la confianza y desconfianza de los clientes, comensales, borrachos o conversadores de ocasión.

“Montevideo Bar”, de Carola Wuhl
Montevideo Bar, de Carola Wuhl (Planeta, 2006).

Marco Schulz se reconoce en ellos desde su perspectiva de observador, de oyente simulado, de oído pendiente de cada sujeto que entra o sale del recinto del bar. Oye, mira, huele, toca y retrata a los personajes como actantes de una escritura que él mismo sueña con llevar adelante sin poder desarrollarla en medio de su ajetreo profesional.

El humor como sostén de esta escritura revisa el carácter tanto del narrador como de los sujetos que se comunican con el primero. Cada texto, cada capítulo, cierra con una expresión donde abunda el talante, ácido o amable, de quien cuenta o imagina lo que dicen o piensan los habitués de ese bar en el que se mueven todos los temas, desde los más íntimos hasta los que el pequeño mundo del lugar sabe de memoria o trata de soslayar para entrar en otro tema en el que no falta el protagonista que relata o en algunos donde él es una referencia de otra voz.

Aquí nos topamos con distintos caracteres, con el azar. Finales sorpresivos, como ya hemos asomado arriba, contribuyen con darle brillo a este tomo que hoy nos descubre una diversidad de propuestas narrativas, un imaginario que la ciudad capital de Uruguay le ha entregado a Carola Wuhl, quien ha construido un ensamble de reacciones, situaciones y acentos centrados en la misma capacidad accional de los visitantes a ese punto de referencia en el que el mundo se hace más extenso, allí, “en el sobrio invierno uruguayo”.

 

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Schulz cuenta también su historia familiar. Su vocación como relator de historias, como contador de él como personaje, tanto dentro como fuera del bar.

Su “indiscreto temple literario” lo revela como un cronista cotidiano, como un develador de dolores, alegrías, despechos, encuentros y reencuentros.

Junto con el gallego dueño del bar, como con el muchacho de la barra, constituye un equipo en el que transmite un legado: el de ser testigos de una ciudad que vacía sus nostalgias cotidianas, sus diarios devenires, sus malos o buenos momentos.

Se trata de una novela que se intercala, que entra y sale de ella misma mediante la capacidad emergente de quien cuenta, aunque tiene la suficiente paciencia para soportar o aliviar a quienes tiene que servir.

El bar es la ciudad. Y la ciudad el bar, como ya hemos asomado, de modo que leemos en medio de una simbiosis, de una motivación que el lector sabrá disfrutar, entender y ser el mismo mesero o mozo que le llevará una copa, una cerveza o un taco para iniciar la costumbre de contar sus apremios o alegrías.

En el Montevideo Bar se desarrolla una poética del encuentro, de la simulación. De allí que casi todos los relatos, segmentos de vidas, sean mostrados como descubrimientos, con la curiosidad propia de quien tiene un buen oído para saber luego contar, desmenuzar cada palabra, cada oración o frase ofrecida por el habitante que se ha hecho costumbre en ese bar. La concurrencia es también parte de la soledad de cada uno de los anónimos que guardan silencio ante una mesa, o la de aquellos que se muestran más vitales, abiertos a perder la cordura o a hundirse en su timidez o temor a dar a conocer sus sombras o sus luces.

 

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En el capítulo titulado “Versión”, nuestro personaje establece una teoría literaria, una poética o motivación que lo podría conducir a darse a conocer mediante una apuesta con un amigo, quien lo reta a narrar en primera persona, sin tener que recurrir al narrador omnisciente por su ateísmo, cuestión que nos hace leer tres cuentos cortos para mostrar que sí puede hacerlo. Así, nos muestra el reto mediante estos títulos: “El molino”, “El viento” y “La tormenta”, evento que para muchos lectores descubre el lado real de quien ha escrito este excelente libro que conmueve, pero que también alegra: Montevideo es la ciudad donde un mozo es capaz de crear historias desde las historias ajenas. Es capaz de ser el escritor escondido detrás de un delantal. Capaz de oír para luego expresarse. El mozo de este Montevideo Bar ha dejado de ser un anónimo servidor de mesas para transformarse en un personaje que se sostiene en la primera persona que a su vez se ve como todos los sujetos que lo circundan, que le cuentan sus vidas, sus múltiples revelaciones.

Alberto Hernández
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