
1
Quien se asoma a un aljibe se encuentra con la profundidad, con la sombra desde la luz. Fuente acuífera, el aljibe forma parte de los patios o solares de muchas casas. De donde provengo el aljibe estaba o está en el centro de la resolana, cerca de algún árbol, y el agua era extraída con un balde mientras el cargador casi veía su rostro en la superficie sombría del agua, allá, en el fondo de la tierra. De manera que quien habla de aljibe lo está haciendo desde la hondura, desde la supervivencia, desde los contrastes, desde la vida y la muerte, desde el nacimiento y el transcurso de las aguas que se bambolean cuando son extraídas de la tierra.
Cuando esa palabra, aljibe, se convierte en sostén de poesía, la autora, en este caso Rowena Hill, lo hace para repasar su existencia, sus recuerdos, su vejez y el asomo de lo que será su fin. Y el aljibe se presta para verse desde la altura, desde la superficie del patio, el rostro, el alma y el esfuerzo de seguir pasando por la vida, por esta vida que ha trabajado con ahínco.
Esta metáfora autobiográfica conduce a pensar que Rowena Hill se encuentra al borde de ese aljibe, de esa imagen que la muestra consciente de lo que le habrá de pasar, pero sin dejar de decir que todo lo que ha ocurrido ha sido verificado desde ese ojo en la tierra que desde abajo la observa.

La palabra, etimológicamente, proviene del árabe y significa cisterna o envase para contener el agua. En nuestro caso, el aljibe está enterrado, es una vena de agua que se empoza y permite que se extraiga para consumo diario. Pero no sólo sirve el aljibe para todo eso, igual sirve para que la fuerza que se hace para subirla sostenga los recuerdos de la edad, de una edad que estuvo cerca de ese pozo en el que desde la altura —repito— se pueden captar el rostro del tiempo, el tiempo mismo y la vida detenida en la superficie de esa cueva acuífera que se mantiene siempre nocturna.
Rowena Hill tiene su propio aljibe. Es ella, esa simbología revelada, expuesta con la sinceridad de quien sabe que la edad ha pasado por ese pozo o es ese pozo antiguo construido desde adentro hacia afuera por el esfuerzo de muchas existencias.
Aljibe propio es el título de un poemario que ha publicado Dcir Ediciones y que contiene un prólogo del catalán Eduardo Moga, autor de un importante libro de ensayos que lleva por título Lecturas nómadas, editado por Candaya y la Fundación Gerardo Diego, y en el que, en uno de sus textos, afirma: “La dicción apuntala sus perfiles figurativos: el orden expresivo y la pulcritud formal parecen deudores de un íntimo pudor que abomina del énfasis, tanto espiritual como estético...”, texto que sirvió para estudiar la obra de José Ángel Cilleruelo, pero que se puede aplicar justamente al material poético de Rowena Hill, quien —precisamente— se vale de una dicción que obedece a su origen no latino, que obedece a su formación, a su genética cultural instalada en Mérida, Venezuela, desde la cual, luego de muchos viajes, se quedó para laborar en la Universidad de los Andes.
Este libro tropicalizado desde el páramo, desde el clima andino, escrito en esta tierra donde la gracia perdura en la búsqueda permanente del pasado personal y colectivo, lleva entre sus morrales toda la fuerza de una experiencia que la poeta ha dividido en tres instancias: “Presencia”, “Precariedad” y “A tientas”, donde Hill se relata, se dice, se cuenta, se poetiza desde el heraclitano fluir, es decir, el curso de la vida a través de un río donde ha estado su “generación constante / irrepetible secuencia / de claridades y cadenas”. Por eso, sin dejar de recordar al antiguo filósofo escribe: “La vida es flujo”, y es posible imaginar que no se baña dos veces en la misma vida, así como no lo hacen en el mismo río. Aquí Rowena Hill le canta a la presencia de la plenitud, a su imantada existencia vista desde el agua inquieta de un aljibe que le pertenece, que es ella misma emergiendo como una semilla de la tierra húmeda, la misma que después es descubierta como desierto: “Soy mi propia sequía, / mi propio aljibe”; en estos dos versos se resume todo el libro, esa primera persona que sigue cruzando o cursando por la vida, por la única vida, por el único río que ha atravesado desde la profundidad de su propiedad.
Enumera las características del fluir, “cascada, remolino, / chorros que vivifican semillas / en el vientre en el corazón, / aguas que salen a borbotones...”. Es el agua el motivo de estas primeras líneas y por esa razón agradece a Heráclito “con todo respeto”, por “el río (que) pervive eterno”.
Luz y agua se cruzan en estos versos, la luz del afuera, el agua del adentro. Luz y agua trazan la ruta de estas primeras palabras como para decirnos que aún es posible vivir, que la vida discurre iluminada donde “las semillas germinan (...) y construyen terruños en la luz / donde el corazón puede descansar (...) sobre la tierra”. No obstante, comienzan a aparecer “trozos de luz negra / que me rondan”. Es decir, se aproxima un final, la oscuridad del aljibe. Por eso vuelve a expresar: “Esta noche el viento frío / hace añicos su redondez, / la claridad se borra / en el agua turbia”. Es la oscuridad, el inicio de un proceso vital que alcanza fuerza en el uso de versos cuya línea de expresión se acuñará en los próximos textos de este libro.
2
Una metáfora habla de la despedida, de ese ir consciente hacia una nueva residencia. Hill habla de un viaje, de una suerte de transmigración usando la metáfora, una capa expresiva en la que el lector podrá comprender la intención de la poeta:
Al anochecer queda lejos
la casa donde me esperan sólo
recuerdos pegados a cada puerta y columnas
fantasmas de sueños incumplidos...
Y entonces habla de su largo paso por la existencia, de sus pasos trazados muchas veces, como el río que ha mencionado antes: “me sacan del hoyo de la vejez / al ras de mi piel, al sentido de quien fui, / de nuevo a la presencia”. ¿A la presencia de quién?, se preguntará quien la lee, quien la busca entre los rostros asomados al aljibe.
En otro texto habla de la misma casa, pero de su decadencia: “así harán mis huesos”, y “mi vejez se acopla a la decadencia / y mi corazón se despoja”.
Una luz cansada y envejecida emerge de su imaginario donde “crines de caballos muertos / versos de poemas olvidados” cuelgan del tendedero del patio donde seguramente está el ojo abierto del pozo, y por esa razón “no quedan promesas”.
Hasta las plantas se alimentan de sus ideas, de sus ganas de continuar siendo parte de la luz, de ese jardín donde “me hablan desde lugares distintos / en la memoria, capas diferentes / de mi residencia en la tierra”, y entonces, ese entonces que conmueve: “la luz en el tope / de mi cerebro se apaga”. Ahora es oscuridad, ahora es el fondo del hoyo donde el agua espera por el rostro asomado. La oscuridad insondable, el sol tapado por las nubes, el sol, siempre presente, pero en una debilidad lumínica que descubre el cuerpo agobiado, pese a que luego durante la noche “Una luna llena blanca / traspasa la neblina...”, para agregar más adelante, sin tapujos: “Mejor esta condición escindida / y el real futuro que espera / sólo morir”, y un poco antes: viajes, lenguas, libros, árboles... todo un tránsito que quedará atrás, apretado de memorias.
Se queja en un resumen biográfico, “en un mundo en descomposición”: “Busqué la entereza / y la vida me la negó // Fui arrancada de mi lugar de origen. / Hice familia incompleta. / Ningún amor me cuadraba. // Quise fundar un reino feraz / y el río me entendía / pero los humanos me lo quebraron. // Me dediqué a viajar / recogiendo momentos iluminados, / chispas de enterezas inmensas / ya perdidas. // Al mundo lo sofocó una red / de comunicaciones vacuas, / ideas congeladas / e intereses obsesivos (...). No sé cuánto tiempo tengo / antes de que la luz se apague, / si es que la luz me pertenece (...) Morimos —el hecho lo admitimos—, / son los desechos en vida que nos angustian...”.
Saturado el tiempo infinito, la voz de Rowena Hill afirma: “Es la eternidad, digo luego (...). Cuando tus ojos se hayan disuelto / nada le añadirá a nada / en el lugar anterior a todo”.
3
En el último tramo de su libro, “A tientas”, Hill no es que ande a ciegas, es que los “tajos fatales” le descubren que “¡Aquí viene la Muerte!”, mal vestida, invadida de virus, con “ojos de langosta (...) chupando sin distingo / los imprudentes golpeados”.
Desde el aljibe, desde el fondo de ese ojo terreno “se crea la sustancia de la vista”, ese tiempo del origen, donde la paz podría reinar. Pero escribe: “No quiero más allá u otro lado. / Quiero este particular experimento / revuelto con todas sus trampas / y sus seres en apuros: / temblores y virus, / tolvaneras y maremotos, / oscuridad y luz, / babosas, pulpos, loros, / hipopótamos, gallos / y Homo sapiens en metros, / campos de papas, think-tanks”, y por eso “Duele que seamos tan ávidos...”.
Desde su ubicación, mira cómo “caen pájaros muertos en el aire. Fausto se encoge y ahoga...”. El que hizo pacto con el diablo tiene un laboratorio en la selva. Y Draco, que pudiera ser un perro, su perro o de otra persona, una imagen muy humana lo precisa: “Draco está en un hueco en la tierra bajo un cedro, / su amigo Orión se sentó en la tumba y lo lloró...”. La muerte asida a las palabras, a estos versos que podrían ser los definitivos.
Y como escribe Moga: “Aljibe propio es un libro de recapitulación y finitud”.
Mientras tanto, la poesía hace su trabajo y Rowena Hill lo sigue haciendo desde la presencia, la precariedad y ese “A tientas” que la aviva al tocar la cuerda que lleva el envase hasta el fondo de su propio aljibe, al fondo donde su rostro perdura.
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