
1
El tiempo podría ser un invento, pero más puede la imaginación para convertirlo en realidad. Esa metafísica de la tendencia a ser o a estar, a no ser cuando pensamos que el tiempo nos acosa o nos revela que está allí, frondoso o seco como un árbol, efímero como un reloj de arena o como las tensiones de un “cuando” que se nos resbala por la piel, por la espera permanente, por las tantas visiones o cegueras, pero están, se aproximan, se asoman: la poesía se abre como un fruto, para contradecir, para afirmar o negar, pero está allí, como un fruto, con el entusiasmo de estar vivos y llegar a pronunciar “Qué más queda cuando”, cuando estamos al frente de la luz y la sombra, frente a la nada o al todo, frente a “los rayos del sol / al menos la luz oblicua”, esa misma que se hizo poema, voz, escrito y más poesía “cuando algo pasa / pero aquí / los rayos del sol / pero al menos / la luz / al menos”.
La poesía de la poeta boliviana Marcia Mendieta Estenssoro, abierta a cuatro estadios (“Mudar”, “Pienso en los ciclos”, “Al borde de la llama”, “Noche afónica” y “En miel y efervescencia”), nos invita a ser parte de una “vida dentro de las vidas”, nos llama a buscar, a indagar de dónde proviene ese “cuando”, ese “qué más queda”, como un dejo de las horas resumidas en palabras, en una poética que transgrede la visión que nos deja el tiempo recorrido; por eso, “si algo aprendí / fue dándome toda / y si algo sé es / cumplirme plazos”, y los cumple con esta escritura de observación, de ojo que no deja de describir, de penetrar en un paisaje que nos traslada de un sitio a otro, “que ronda y queda / después del ruido acunado / en moisés de mimbre”.
Poesía aérea, fluvial, terrenal, interior que descubre el afuera de ese yo otro, de esa reminiscencia de sujeto atado a las palabras, a “marea / que no cae / y aun y todo / el viento / necesita cuerpo”.

2
“El viento / necesita cuerpo”, el poema —la imagen— ese cuerpo y el viento su mensaje. La poeta descubre una interioridad que aflora cuando las palabras se hacen parte de ese tiempo que continúa su rumbo narrativo, porque cada poema habla, cuenta, dice, alberga una alegoría, un mundo en el que la voz poética se expande. Por eso, ese “viento”, esa muestra misteriosa de la naturaleza precisa de quien habla, dice, susurra o canta el poema. La poesía siempre será un cuerpo ventoso, un reencuentro con lo inasible.
3
Una estación, el otoño, la poeta, árbol, personaje, expresión, se desnuda, pierde y gana, desde la otredad, desde ese yo despojado, que podría ser de todos; se refleja en aquella vieja aspiración de ser parte del mar: “la playa ha sido y será siempre un espejismo”, “pero al menos / tengo / los rayos del sol / al menos la luz oblicua”, de la que se desprende esta poesía de la cual queda “un resquicio unas semanas / minutos o lo más breve / de las vidas dentro de las vidas”.
Poética íntima y civil, de ese adentro ciudadano y casero, en el que abundan las imágenes de quien se sabe parte de un espacio vital:
...y cuando cierro los ojos
se ha cumplido ya un año
se ha pasado el otoño
y yo aquí
por empezar el invierno
deshojada de toda
de toda vuelta a mudar.
Todo es tiempo: “cuando”, migración hacia ese todo que descubre su propia desnudez, por eso “la tarde se pasea en un soplo caliente”. Son las horas de ese cuando, de esa temporalidad por la que se trasladan o mueven “además de la tarde / los vecinos”.
¿Qué más queda entonces cuando “tengo / todavía / palabras atrapadas / en las ventanas de mis dientes”?
Y vuelve: “dónde / volver / adónde”. Ese volver a ese ¿lugar? Está en el cuándo (formulado como interrogación), en el adverbio que se hace tiempo en cada verso de la poeta boliviana, “cuando en los poros de la grama ardía enquistada / cuando el humo en la lengua y la ceniza”. Un poco antes el cuando de “la llama / del fuego / del calor, la ceniza”, el tiempo es también punto final, ausencia.
4
Todo tiempo es elíptico. Todo tiempo se hace cuerpo, revelación. De allí que titular “Qué más queda cuando” conduce al lector a preguntarse por su propio tiempo, por su propio hasta cuando, por su terrenal peregrinación o trashumancia por las palabras, por cada rincón donde quepa la poesía, esa escurridiza manera de deshacerse del tiempo.
Atraparlo, convertirlo en pregunta, en indagación o porfía.
La poesía de Mendieta es una interrogante que no termina, que acentúa el instante o la eternidad. O, si se quiere, el diario devenir, la vecindad de todas las voces, de las sílabas para armar la pregunta en cada hora reencontrada.
Y como circular es el tiempo, la poeta viaja en un horario durante una “noche afónica”, de la que se desprenden las horas como retazos observados, hechos un yo, un yo solitario desde una ventana desde la cual se permite saber de un toque de queda, de prohibiciones, del sentir de un país, de un viaje hacia “lo que me oculto”.
Este libro, estos poemas, esta poesía, no ceja de luchar contra ese tiempo imprevisto, contra el torrente de las horas que la obligan a expresar: “Qué más queda cuando”.
(Algunos poemas de este poemario fueron leídos en el 12º Mundial Poético el 10 de septiembre de 2026, en la sede del cabildo de Montevideo, Uruguay).
- Qué más queda cuando, de Marcia Mendieta Estenssoro - lunes 14 de septiembre de 2026
- Scrolling, de Fedosy Santaella - lunes 7 de septiembre de 2026
- Arte poética, de Christian Díaz Yepes - sábado 5 de septiembre de 2026


