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Llueve, lluvia esperada

lunes 31 de octubre de 2022
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Llueve, lluvia esperada, por José Ruiz Guirado
He sido niño de lluvia. Me gustaba su olor, su color y su manera de caer. Vlad Chețan • Pexels

No sé qué tienen los días de lluvia que los hacen diferentes del resto. Se tiene la impresión de que la lluvia, donde tiene más costumbre de caer, se hace más cotidiana. Mis recuerdos, inevitablemente, me transportan al noroeste de la península. Y, sin remedio, a Compostela. Pero sin olvidar que en la costa se hace más libre, más salvaje.

He sido niño de lluvia. Me gustaba su olor, su color y su manera de caer. A veces, grata; otras, fría e impertinente. Luego, más tarde, cuando leí Mazurca para dos muertos, descubrí con Cela otra lluvia acostumbrada a tejer su oficio, aprendido a través del cotidiano hacer. De otro gallego ilustre, Álvaro Cunqueiro, a quien tengo entre mis predilectos, tomé buena nota de los temporales que estaban de vuelta. Regresan al “país”, como quien emigró.

La mañana del cinco de enero de 1936, falleció en Santiago de Compostela don Ramón María del Valle-Inclán. El entierro se celebró el día de Reyes en el cementerio de Boisaca, bajo una lluvia torrencial. Los cronistas locales cuentan del arrebato del anarquista, Modesto Pasín, quien se abalanzó sobre el ataúd para arrancarle la cruz, cayendo al hoyo, de donde hubieron de rescatarlo.

A un servidor siempre le llamó la atención aquella lluvia torrencial de despedida. Una lluvia a la que conocía de antaño el autor de las Sonatas. Me publicaron en una antología de poetas castellanos, la Editorial Cla de Bilbao, prologada por el poeta Mario Marrodán, un poema que se titula “Pedre”, una aldea pontevedresa, donde se conservan centenarios hórreos, junto a construcciones añejas, de antigua piedra. Llovía, llovía. Y hube de decir: “Tanta lluvia atormenta a las piedras”. En otro poema, dentro de la misma publicación, llovía en Compostela, paseando por las rúas, sobre las acharoladas piedras, un día de domingo; además de color, tienen un olor especial: “Repica sobre el paraguas que nos ampara esta lluvia platinegra y románica”.

El recuerdo de la lluvia de la infancia lo era de su abundancia: se tomaba en serio el llover con ganas.

Una de mis lecturas de adolescente serían las confesiones de Neruda. En ellas aparecen las lluvias. Unas lluvias diferentes a las que conocemos, transportándonos a paisajes de insólitas magnitudes.

Aquí, en este alfoz escurialense, el recuerdo de la lluvia de la infancia lo era de su abundancia: se tomaba en serio el llover con ganas. Y una de las escenas que nunca se olvidan serían aquellos arroyos, sonoros y abundantes, precipitándose por la orografía del terreno hasta abrir el recial profundas torrenteras, fluyendo sin nada que lo impidiera, acabando en las dehesas donde se hace el terreno suave, horizontal y manso.

He caminado alguna tarde a esa luz fusca por la Lonja del Monasterio, bajo la lluvia. Y he tenido la sensación de percibir, tras los portones que se cierran a cal y canto, los cantos elevados, allí dentro, exorcizando la lluvia pagana que afuera se resiste. Tengo escrito un cuento, publicado y perdido en una de esas revistas, que ya no recuerdo dónde. Se titula “El tesoro maravillas”. Fue uno de aquellos tesoros residente en Roma, hasta que Nerón incendiara la ciudad. Entonces decidieron dispersarse, siguiendo las instrucciones del tesoro portador de una corona real, quien hacía las veces de rey. Pese a las advertencias de éste de no ir jamás al país de la lluvia (Galicia), desoyéndolo, allí se encaminó. Y como ya sabía, prefirió convertirse en un impresionante cruceiro a seguir siendo un tesoro toda la vida, ocultándose de las avaricias de los hombres. Sabía que, en cuanto la lluvia mojase el oro, se convertiría en piedra. Se lo dediqué a mi compañera de viaje, porque ella nació en ese país de la lluvia a donde se dirigió el tesoro para quedarse, porque tiene el color glauco de las olas atlánticas y el color de los ojos responde al color del mar. De esa lluvia del país hemos recuperado las voces de algunos nativos que han sabido reconocerla. Sólo podrían hacerlo quienes la viven, la padecen, la sufren, la disfruten o la temen: Arroiada: lluvia fuere e intensa. Babuña: lluvia menuda y poco intensa. Barbaña, barbuña, barallo, barrufa, barruñeira y barbuza: lluvia menuda y poco intensa. Chuvieira: lluvia fuerte e intensa, tromba de agua fuerte e intensa. Chuviñada: lluvia menuda y poco intensa. Dioiva: lluvia muy abundante e intensa. Dioivo: lluvia muy abundante e intensa. Escarabana: agua muy fría con sarabia. Froallo: lluvia menuda y poco intensa. Lapiñeira: lluvia menuda y poco intensa. Marceada: tiempo con claros y lluvia propio de marzo. Marmaña: lluvia menuda y poco intensa. Morriña: lluvia menuda y persistente. Orballada: lluvia menuda y de poca duración. Patiñeira: lluvia fina y persistente. Poalla: lluvia menuda y poco intensa. Torbada: tromba de agua fuerte e intensa, tormenta. Torbón: tromba de agua fuerte e intensa, tormenta. Xistra: lluvia y nieve con viento muy frío. Zarapallada: lluvia menuda y poco intensa. Zarracina: lluvia abundante con mucho.

Delibes, entre otros, supo mirar al cielo, atendiendo a las peticiones de los castellanos, implorando las necesitadas lluvias.

No podíamos, de otra manera, rematar este trabajo sin bajarnos a la Castilla, de la que Delibes, entre otros, supo mirar al cielo, atendiendo a las peticiones de los castellanos, implorando las necesitadas lluvias. En el castellano antiguo tienen su origen las palabras mollina y sus variantes morrina, mollisna y mollizna, con las que se identifica también a la llovizna. Molliznar [amollinar], al igual que pintear, pruar y garuar, significa lloviznar. El término garuar y sus variantes (garubiar, garugar…) no se emplea hoy en día en España pero sí en América Latina, donde su uso está muy extendido.

A la lluvia menuda en Sanabria (Zamora) le llaman chuvinerla, y es que chuvia es la forma que emplean en muchas zonas del noroeste de la Península Ibérica para llamar a la lluvia, y de esa palabra derivan multitud de variantes para designar al llover y al lloviznar. A la llovizna o al chubasco de poca intensidad le llaman en algunos sitios aguanina, un término equivalente a cernidillo y a bernizo [vernizo]. “Llover en bernizo” es precisamente eso: lloviznar, estar lluvisnoso, como también puede expresarse. En Mallorca, la lluvia fina recibe el nombre de albaina. No es raro encontrarnos con términos ambivalentes como aguarradilla, aguarrilla o aguarrada, que si bien en muchos sitios se identifican con una lluvia intensa y de corta duración (los típicos chaparrones del mes de abril en tierras castellanas), en otros lugares llaman así al rocío desapacible que suele “caer” durante las mañanas de esa época del año, una lluvia fina que cae y deja de caer de modo irregular (“las aguarrillas de abril, unas ir y otras venir”, “las aguarrillas de abril caben en un barril”).

José Ruiz Guirado
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