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Leer Quijotes

miércoles 23 de abril de 2025
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Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes
En mi casa hubo pocos libros, salvo los que uno se fue comprando poco a poco. Había otras necesidades más urgentes e insustituibles. No sé cómo, pero había un Quijote.

Los apellidos españoles, frente a los extranjeros, siendo éstos más complicados de escribir, lo hacen bien en los medios. Hoy debiera ser un día importante para cualquier escritor. No lo sé si lo sería para el propio Cervantes. Uno de sus delitos —si así se le puede llamar— fue el no tener título académico que le acreditara. ¿Que le acreditara de qué? ¿A qué vino el apócrifo Quijote? ¿Quién lo escribió? No se va a dar nombre alguno, sino una respuesta: la envidia. Que en este gremio los cuchillos están bien afilados. Molesta, incomoda, estorba una voz honesta, una conducta limpia, un talento incontestable. No hay peor desazón ni reconcome para el incapaz que alguien destaque. Pero siempre hay quien a la sombra acecha. Anduvo preso. Se vilipendiaba a las mujeres de su casa. No hubo tanto desprecio hacia quien habría de ser el escritor que representara nuestra lengua por el mundo adelante. Ya se sabe que escribir es morir en esta tierra que nos habita. Pero aun así seguimos en la brecha, por si damos algún día con nuestro retrato. Para nuestro imaginario tenemos en los caminos manchegos una figura famélica, subido en un rocín, seguido de un escudero, en su pollino. Uno, que siempre ha sido aprendiz, se quiere imaginar lo que le habría costado a este hombre, con la vida que llevó a sus espaldas, tener la tranquilidad, el aplomo de escribir una obra sin rencor, sin odio. No fue una venganza, sino el recado de amor de un hombre que con sus pocas luces vino a señorear el verbo español por las lenguas del mundo. Si Cervantes pudiera asomarse por estas fechas, en estas calendas, pondría pies en polvorosa, estragado por tanta avidez y untuosidad.

Le estoy robando el tiempo a la noche. No necesariamente por ser el día que es. Ya decíamos que este oficio tiene mucho de ingrato, de soledad, de desdén. No es igual quien ha nacido en un hogar —fortuna del destino— donde no falta de nada, que quien haya venido al mundo donde no hay para lo elemental. Y en esas circunstancias decirle al padre que, en lugar de echar un cable en casa, quiere dedicarse a las musas. Si no hay para la cena, cómo ha de haber para un libro. ¿Habremos llegado a tiempo en este día? Como si hubiese que cubrir hoy algún expediente. En mi casa hubo pocos libros, salvo los que uno se fue comprando poco a poco. Había otras necesidades más urgentes e insustituibles. No sé cómo, pero había un Quijote. Desde temprana edad lo fui leyendo hasta hoy. Durante este tiempo tuve la sensación de leer Quijotes diferentes. Me interesa el último. Y sospecho que aún descubriré algo nuevo, inédito.

José Ruiz Guirado
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