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Gal Costa se mimetiza en una gata. Gal no canta, es cantada desde las luces de la artista brasileña. ¿Qué hace una gata en un relato de Luis Carlos Azuaje?
El pequeño felino es toda una metáfora de la soledad compartida, del recuerdo de un perro, Yonky, el perro guardián del narrador, que murió, y casi tres décadas después se apareció Gal mientras la voz hablante oía, quizás, una canción de la renombrada Gal Costa.
Un gato, una gata, en un relato, constituye parte del momento en el que un escritor mira hacia el lomo curvo del peludo animal. De esa impresión emerge el cuento.
Gal “habla”, maúlla, y es atendida por su dueño. Desde esta perspectiva del pasado de quien crea la historia, se trata de un estudio, de un ensayo acerca del personaje (¿el narrador?): su conducta, su vida antes de la llegada de ese ¿arquetipo? que no es más que fijar una existencia. El narrador, protagonista y testigo de él mismo, o viceversa, habla desde Gal. Se traza el dibujo de Gal como una representación. Esa intratextualidad íntima lo conduce a sentarse a crear la vida de un pequeño ser que lo sensibiliza, lo lleva a ser otro.
Por allí, en algún lado, aparece el nombre del poeta/nube venezolano Vicente Gerbasi, quien seguramente tuvo un gato o un perro que lo acompañaba en sus instantes creativos.

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Se me ocurre mirar hacia Haruki Murakami en su extensa novela Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, en la que el gato del personaje protagonista se extravía, se va de la casa y meses después aparece ante la puerta sucio como la primera vez que fue encontrado en un callejón. Este gato japonés fue bautizado por Tooru Okada con el nombre de su odiado cuñado.
Okada y Kumiko Wataya fueron parte de la vida de ese personaje animal que un día desapareció como luego desapareció Kumiko con un amante.
¿Por qué hablar de la obra del nipón y aproximarla al relato del venezolano? Pues, por el gato, por la gata. Alrededor de ambos escritores y sus gatos se mueve el mundo de la ya mencionada soledad compartida.
En Si Gal hablara, Azuaje escribe para iniciar su aventura verbal: “Cuando Gal llegó a mi vida, yo ya había entrado en la suya de un modo misterioso. Me había elegido incluso antes de conocernos”.
Por su parte, Murakami describe, narra, cuenta extensamente la pérdida de su minino, el que buscaba por callejones y casas abandonadas. Dice: “Cuando un gato desaparece, significa que le ha apetecido ir a cualquier parte”. Así, llegada y partida unen a ambos narradores. También a ambos gatos, reflejos de sus dueños.
Tooru está en problemas porque su gato habla desde su ausencia, y Azuaje: “Si Gal hablara, yo estaría en problemas”. La soledad de los felinos y de los personajes humanos procura conductas: uno se marcha de la casa y la otra es presa de reclamos si la dejan sola.
Finalmente, Gal es identificada con un collar, pero se resiste: “Hasta que no le saqué el irritante sonajero, no dio un paso más”.
El gato de Okada y Kumiko casi se pierde definitivamente en medio de los tantos recovecos de Murakami.
Gal, por su parte, habla a través de su creador.
(Montevideo, 12 de septiembre de 2026).
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