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El caballero derrotado

sábado 21 de mayo de 2022
El caballero derrotado, por Vicente Adelantado Soriano
El caballo se caía de puro cansancio. Se retiró con él a un bosque próximo. Allí, con la daga, cortó correas y cintas despojándose de toda su inútil armadura.

Guerra y paz, antología digital por los 26 años de LetraliaGuerra y paz. 26 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2022 en su 26º aniversario
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Pues nadie es tan necio que prefiera la guerra a la paz. En ésta, los hijos entierran a sus padres, mientras que en aquélla, son los padres quienes entierran a sus hijos.1
Heródoto, Historia.

Vio que aquel era el inevitable final de la batalla. Se defendió con fiereza de sus últimos enemigos. Consiguió deshacerse de ellos, y emprender una rápida huida. Detrás no dejaba sino desolación y muerte, un ejército vencido con todos sus capitanes muertos o cargados de cadenas. Esparcidas por el suelo se veían banderas hechas jirones, espadas y pendones sucios y manchados de barro y sangre. Petos deshechos, caballos enloquecidos y moribundos, escudos cuarteados y cuerpos destrozados. Con la sangre se había formado un lodazal inmenso. En él se hundían los peones que, bajo la lluvia, buscaban dagas, anillos y objetos de oro. Con inhumana crueldad remataban a los moribundos, a los malheridos, y a aquellos en los que todavía alentaba algo de inusitada vida.

Sintió una rabia y un asco inmensos. Y ganas tuvo de volver sobre sus pasos, enfrentarse con la canalla y dejar su espada y su vida junto a la de sus compañeros. Pero estaba harto cansado. Envainó la mellada tizona, arrojó lejos de sí el inútil escudo y siguió cabalgando por la amplia llanura. El caballo se caía de puro cansancio. Se retiró con él a un bosque próximo. Allí, con la daga, cortó correas y cintas despojándose de toda su inútil armadura. Le concedió unos minutos de descanso al fiel cuadrúpedo. Luego siguió cabalgando hasta un lugar alejado y seguro.

Bajo un roble durmió toda la noche con un sueño lleno de pesadillas y espantos. Vio aletear negros pájaros, almenas con ahorcados. Y a un verdugo decapitar a enemigos. Y duras espadas sajando blandos y débiles cuerpos. Oyó el crujido de la lanza al hundirse en las entrañas del enemigo, y vio el pendón asomar por la espalda sucio de sangre e intestinos. Y recordó las miradas de lástima de su madre, de sus familiares y de algún indefenso campesino.

Un hermano me llevó al scriptorium. Allí me mostró libros y pergaminos ilustrados. Tenían unos dibujos llenos de encanto y misterio.

—Pobre, un segundón —murmuraron en alguna ocasión, antes de la espantosa guerra— con esos cabellos tan rubios y esos azules ojos color cielo. Será el guapo abad de alguna sustanciosa congregación.

Rieron contando historias picantes de segundones y niñas sin casar, encerradas en gruesos conventos de muros sólidos y fuertes.

—A mí no me molestaría vivir allí —le confesó una tarde a su madre.

Ésta, tras el bastidor, donde bordaba unas figuras estilizadas y leves, lo miraba con ojos lánguidos y tiernos.

—Una vez, no ha mucho —continuó—, fui con padre al cercano convento. En tanto hablaba él con el anciano abad, un hermano me llevó al scriptorium. Allí me mostró libros y pergaminos ilustrados. Tenían unos dibujos llenos de encanto y misterio. Creí que quien los hacía debía ser un mago con tanto poder como el mago Merlín. Los libros y sus ilustraciones me hechizaron. El hermano me explicó que el dibujo y la caligrafía son unas ciencias que se aprenden y se perfeccionan… Ante mis atónitos ojos dibujó un burro coronado, un asno tocando una flauta y un cadáver danzando. Me regaló los dibujos. Yo, tomándolos de modelo, los he copiado hasta la saciedad. Me gustaría aprender más —le dijo a su madre, quien sonreía bondadosa.

No le hubiera molestado nada quedarse en la paz de aquella abadía. Así estaba estipulado. Y él lo deseaba. Pero no pudo ser. La guerra se cruzó en su camino.

Nunca creyó posible que muriera su hermano mayor. Él era el tercero y último de los hijos. Entre él y su hermano estaba la hermana, casada muy joven, casi niña, con el hijo de otro señor. Se fue al castillo de su marido, donde pronto enviudó casándose con su cuñado a fin de no perder tierras ni poder. Allí continuaba. Era lo lógico. Lógico mover a las personas como piezas de ajedrez. Sin preguntar nada, sin inquirir nada. En esa lógica implacable no cabía ya que él pudiera vivir en la vieja abadía.

Llorando, con los dibujos del fraile en la mano, todavía le resultaba imposible aceptar la muerte de su hermano. Era tan fuerte, tan saludable, tan locuaz. Y estaba tan lleno de vida. Murió, sin embargo. Tuvo los ojos clavados en el cadáver esperando, durante horas y horas, algún movimiento. No lo hubo. Y así, absurdamente, entre cánticos y nubes de incienso, fue bajado a la tumba.

Hubo que hacer un reajuste familiar: quien más y quien menos había tenido hermanos menores muertos en la cuna, nada más nacer, o cuando ya parecía que el árbol comenzaba a tomar fuerza y a florecer. Por si acaso había que prepararlo también para tomar el relevo. Lo prepararon en contra de cuanto deseaba él.

No obstante, se sometió al entrenamiento militar porque le pareció divertido. Le gustaba el ejercicio físico. Y amaba, sobre todo, las largas cabalgatas por la enorme pradera, perderse por el bosque, y trotar sin rumbo ni meta fija. Fue así como llegó a tener un conocimiento perfecto de todos los rincones del amplio dominio del feudo de su padre. Y del enorme lago con sus leyendas. Por allí se tropezó con deudos, pastores y campesinos con los que, a veces, se paraba a charlar haciéndose el perdido.

Sucedió cuanto no se imaginara él. Lo previsto por sus padres, sin embargo, tras largas generaciones de luchas, enfermedades y muertes: el hermano mayor murió en un lance en la frontera, luchando contra un ejército enemigo. De una lanzada lo derribaron, y de una mala lanzada quedó su corazón sin vida. Largos fueron los lamentos y los duelos. Y más largo el sepelio. Con su hermano enterraron los dibujos y su sueño de vivir en el scriptorium de la abadía.

Una absurda y devastadora guerra truncó su vida. Una y otra vez, sin hallar respuesta, se preguntó el sentido de todo aquello, el sinsentido de las guerras y de las muertes.

En cada encuentro con ella le reventaba el corazón de gozo y de alegría. De puro y verdadero amor.

Se pensó inmediatamente en la sucesión. Y urgentemente lo casaron. La mujer, destinada a su hermano, fue a parar a sus brazos. No supo, en un primer momento, si se alegraba o si se entristecía. Quería y deseaba la vida del scriptorium, participar en aquella magia de los dibujos. Pasar sus días sin luchar ni pelear, cabalgando, dibujando y escribiendo. Inmerso en el silencio de aquellos gruesos y cálidos muros. Hacerse cargo de las tierras, por el contrario, era dedicarse de lleno a la vida política y guerrera. No se veía con ganas ni capacitado. No obstante, como un muñeco sin fuerzas ni voluntad, se sometió a todo cuanto le dijeron. No le dejaron otra alternativa.

Se casó con aquella niña rubia, la más bella del lugar, según en la boda cantaron juglares y juglaresas. En un principio no sintió nada por ella. Tal vez un poco de simpatía, y algo de ternura cuando la tuvo desnuda entre sus brazos. Tuvo que pasar algún tiempo para sentir algo más por aquella niña, su joven esposa. Pasó ese tiempo. Y amaneció un día en el cual se percató de que no podía estar alejado del aire que respiraba, ni de las canciones que entonaba con una voz tan pura y cristalina. En cada encuentro con ella le reventaba el corazón de gozo y de alegría. De puro y verdadero amor.

Un día, sin entenderse muy bien, sin explicarse nada, sin querer entenderlo, montó a caballo y se acercó a la abadía. Allí yacía enterrado su pobre hermano. Arrodillado ante la tumba, no sabiendo si su acción era una herejía o una locura, le dio las gracias por haberse hecho matar por una negra lanza enemiga.

—Vengo a darte las gracias —oró—, pues merced a tu no deseada y dolorosa muerte, he conocido yo el amor. Es la cosa más grande bajo el cielo, lo mejor de este desastroso y fiero mundo. Ya no concibo mi vida sin ella, hermano. No la concibo —le dijo a modo de disculpa, pues temía ser mal interpretado.

Saludó al hermano que, años atrás, le enseñara el scriptorium. ¡Cuántas veces había copiado aquellos dibujos! Y cuantas veces soñó con emularlos. No quiso, ahora, ver libros ni ilustraciones.

—Pensaba haber terminado aquí mis días —dijo como despedida.

—Los caminos del Señor son inescrutables —respondió el fraile—. Lo importante es ser virtuoso te ponga donde te ponga el Señor.

Es posible, pero qué sentido tenía la guerra. ¿Cómo actuar bien en ella? Es la pregunta que se hacía una y otra vez, y que jamás se había hecho ninguno de sus antepasados. Ellos no se preguntaban nada: se entregaban a todo con fuerza y pasión. Luchaban, vencían o morían, y se sentían fuertes y satisfechos. A él le faltaba convicción. No veía frente a sí a un enemigo sino a una persona tan enamorada como lo estaba él. Y con los sueños tan truncados como los suyos… ¿y qué iban a conseguir matándose?

Tal vez fuera esa falta de entusiasmo lo que llevó a su ejército a la derrota. Solo, extenuado y derrotado, se culpó de todo cuanto había sucedido en el campo de batalla. Imaginó luego su castillo saqueado, la servidumbre masacrada. Y a su mujer, su dulce y pobre mujer, ejecutada por algún brutal señor. Esperaba, al menos, lo pidió sollozando, que hubieran respetado su pudor.

Se despertó sobresaltado. Con las mejillas empapadas de lágrimas. Derrotado. Cayó de rodillas y lloró con toda la impotencia de su herido corazón. Sollozando lo sorprendió de nuevo un pesado y confuso sueño en el que se hizo la promesa de volver al castillo, recoger el amoroso cuerpo, no dudaba de su muerte, y depositarlo en la abadía. Él también se quedaría allí. Con ella, su hermano y los dibujos. No quería ni torres, ni castillos, ni guerras. Era todo absurdo. Enormemente absurdo. ¿Qué se conseguía con tanta muerte y tanta destrucción?

—Si los hombres parierais —oyó a una vieja campesina en un día lejano— no haríais guerras: un hijo cuesta mucho de sacar adelante… Y los matáis, ¡asesinos!

—Y es lo más hermoso que hay —añadió otra anciana llorando.

Se despertó antes del amanecer. Mucho antes. Tenía los huesos ateridos y las manos llenas de costra de sangre, sudor y barro.

Nunca había visto, ni lo vería jamás, nada más triste que las amargas lágrimas de una madre derramadas por un hijo muerto en una absurda guerra.

—Todas lo son, todas lo son —murmuró para sí.

Se despertó antes del amanecer. Mucho antes. Tenía los huesos ateridos y las manos llenas de costra de sangre, sudor y barro. Asqueado se despojó de toda la ropa. La dejó caer al pie del roble, dirigiéndose al cercano lago. En su infancia le contaron muchas leyendas sobre él. Ninfas, hadas, seres mágicos… Las estrellas todavía se reflejaban en la tranquila agua. Recordó las viejas leyendas sobre los bosques y los manantiales. Es posible que ella se hubiera convertido en una de aquellas gráciles figuras y estuviera nadando por allí, o en alguna cueva, esperando su llegada.

El agua estaba fría. No lo detuvo el fuerte estremecimiento. Desnudo siguió caminando hasta perder pie. Entonces, con el agua hasta el cuello, refrescado y relajado, le pareció verla en el otro extremo del lago, en la entrada de una verdosa cueva. Comenzó a nadar hacia ella sintiendo que la imagen se engrandecía, se dirigía hacia él, y lo llamaba con insistencia, dulce y melodiosamente. Nadó con fuerza para que el frío no se apoderara de su aterido cuerpo. Y al dejar de hacerlo, cansado, exhausto, lejos del roble y de su abandonada ropa, sintió unos labios fríos, gélidos, posándose sobre los suyos, todavía más helados. Una enorme calma envuelta en un gran silencio lo arropó como a un niño.

Vicente Adelantado Soriano
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Notas

  1. Heródoto, Historia, libro I, 87, 4.