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Sartenes, cacerolas y un desatornillador, de Juan Friera

martes 26 de enero de 2021
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“Sartenes, cacerolas y un desatornillador”, de Juan Friera
Sartenes, cacerolas y un desatornillador, de Juan Friera (Multiverso, 2020). Disponible en Amazon

Sartenes, cacerolas y un desatornillador
Juan Friera
Poesía
Multiverso Editorial
España, 2020
ISBN: 979-865-673-257-4
120 páginas

“El poeta puede identificarse o no con el yo poético, pero indudablemente son dos personas que confluyen en el pronombre”.
Rosa Navarro Durán: Cómo leer un poema: “Las personas del poema”
“Detrás de la mano que traza los signos habita un nombre que intencionalmente quizás ha querido despojarse de toda huella personal, de toda seña particular…”.
Hanni Ossott: Cómo leer poesía.

1

La palabra: germen, semilla, sonido para la creación. Desde el mismo instante de su presencia, el sujeto hablante funda el poema, lo tienta, hasta que éste aparece trazado con mano temblorosa, firme o dubitativa. Es la poesía quien advierte la sustancia de lo insólito en la palabra, sea ésta su singular soledad o la numerosa capacidad para organizarse: versos alineados, cortados, rectos, sinuosos, clásicos, en tono con los tiempos de este hoy alocado. En todo caso, la palabra, ella, generalmente sustantiva, se agrega al verbo, se adjetiva, se hace tiempo y espacio. Milagro que no sea o sea milagro, la palabra suena como un pensamiento, al decir de Miguel Casado. Germina, brota de la tierra de la mirada de quien la escribe o inventa: el poema contendrá las imágenes que serán la poesía, sencilla o enrevesada, que siempre se adhiere a la piel del lector.

Toda palabra contiene un yo implícito. Nada nuevo, todo nuevo cuando ese yo conmina a borrar la presencia de su propia voz para anclarse con otra. No obstante, la palabra —toda palabra— alberga, guarda, conserva el clima de la primera persona.

Juan Friera nos entrega un título que podría provocar algunos despeines, pero que representa el continente y el contenido de un yo que viaja o se detiene

La vida es un segmento, un trozo de insistencia. Y las palabras, la Palabra, parten del tiempo y lugar donde ella o ellas ocurren. Son capaces de brotar de la boca como de la metáfora que insiste en hacerla imagen consecuente, concurrente. Se toma un pedazo de rama, una semilla, y se pone en la tierra, en el abono de la tierra, así como una voz, un silbido, luego palabra, se alimenta con saliva y aire. Ese barro contiene el significado y, de él, la belleza o la fealdad de la conciencia. La humana expresión que podría ser sólo un monólogo, un intento por brotar sin raíces.

Un sujeto que se alinea con el ser humano creador. Un poeta que respira desde el sonido interior de sus pacientes. Un poeta que escribe y que ausculta. Un poeta que sabe cómo funcionan las células y cómo se comunican, que define mitosis y meiosis, que sabe de la alteración del corazón y de la perseverancia de la sangre en circular. Un poeta/médico que escribe desde el origen, desde el momento en que la palabra brota y se hace árbol, arbusto, poema, memoria, lluvia, verano, estaciones detenidas mientras desde una ventana advierte el universo.

Y ese poeta, Juan Friera, nos entrega un título, Sartenes, cacerolas y un desatornillador, que podría provocar algunos despeines, pero que representa el continente y el contenido de un yo que viaja o se detiene, que emerge de ese abono e inventa un mundo de palabras, sus palabras, las mismas que tuvieron origen en la célula verbal de los primeros que abrieron la boca para nombrar y designar lo que sus sentidos admitían como realidad. Y luego, como poesía.

 

2

El yo (que) siembra. El yo semilla. El yo (que) germina.

Los dos textos, el que inicia, el que termina, son la representación de esa primera persona que se hace otro, que brota, que multiplica los temas, las reflexiones en el libro que nos lee, que se lee desde el ojo ajeno y propio:

Un anciano del lugar / me contó / que cuando él era un chiquillo, / la higos del huerto de mi vecino / era la codicia de los niños / (…y de toda la gente del pueblo) // Este invierno corté una rama de esa higuera, / para hacer un trasplante, / y creo que me ha prendido. // Hoy me enterado que la talaron. / (apenas dos días después de coger yo el esqueje) / De manera que, si prospera, / un día despertará en mi casa / y al saborear la tierra y escuchar el viento, / se dirá: / Pero… ¿qué hago aquí? // Cuando lo que predomina es el enigma es la belleza.

(***)

Y a propósito de la higuera, / aquella de la que te hablé en la primera página: / Pues a su lado planté también, / un naranjo enano chino. // Y desde entonces me pregunto… / ¿Se habrían conocido antes?

El poeta Friera habla de las palabras, de las células, del origen, como dos componentes del alma y el cuerpo. Las dos estancias, los dos poemas, que son uno solo, expresan la idea de la unidad, la idea de ser y estar, del comienzo y el final.

Esta poética así lo descubre:

Nacemos aquí, transcurrimos aquí y luego nos vamos. / Nada al principio y nada al final.

El hilo conductor del poema permite ser la atadura de lo que en el interior del libro acontece: el poeta es quien hace la poesía, el pensamiento que habrá de rehacerlo, de convertirlo en una clave de su propia escritura:

¿Nace así la conciencia de un yo? // Ese Yo sería capaz de distinguir después, / en el medio donde vive, / a los otros que como él son. / Y merced a la química y a la física, / intercambiarse datos. / Así serían las primeras palabras. // De una antigüedad impensable.

Las palabras como seres vivos insertadas en el humano ser, en el pronombre que lo avisa de tantos avatares, que lo adjetiva y hasta sustantiva su mirada, la germinación de su experiencia. Y las ideas, el adentro, el afuera. El origen del universo, de lo mínimo en el infinito. En la cotidiana rutina del tiempo consumido y por consumir. La realidad como una “percepción filtrada, depurada, / adaptada, y quizá maleada”. Tiempo y razón.

 

El texto poético de Juan Friera invade al lector y lo hace su yo. Se posesiona de él, como una enfermedad, como un sueño.

3

En Originales del silencio, el escritor venezolano Jesús Enrique Barrios dice: “Nadie puede ser definitivamente en el otro, pero tampoco sin el otro”, y, en efecto, el yo/otro, imprescindible, se representa como prescindible cuando se nombra al otro, que dejaría de serlo, sin dejar de pensar que se está allí o no se está con él.

¿Contradicción? Sí, por eso se es yo: uno y múltiple. El yo es el opuesto de él mismo, que se formula en el otro.

Desde la poesía el yo podría ser un reflejo de quien la lee: el otro ausente del texto, presente en la imagen implícita: el que entra y sale del poema, a todo riesgo.

El texto poético de Juan Friera invade al lector y lo hace su yo. Se posesiona de él, como una enfermedad, como un sueño, como una semilla que germina ante los ojos de quien sabe que mirará un árbol.

 

4

Cierro estos fragmentos, con o sin tiempo, atemporal o urgido por las horas, por el espacio donde anida el poema para que la poesía siga cuestionándonos. Cierro con estas líneas donde el yo, ese otro impertinente, suele desaparecer, suele hacerse muchos en el silencio de todos.

Cierro con estos versos donde Juan Friera podría ser su propia síntesis:

Hay muchas expresiones / que designan la existencia del concepto tiempo, / pero no hay vocablos que expresen su ausencia.

(…)

Lo antagónico de eternidad no tiene palabra.

Alberto Hernández
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