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Lecciones de vida

viernes 13 de octubre de 2023
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De pronto se le antojó más atractiva de lo que era… con una juventud que sin duda acabaría imponiéndose y dándole lo mejor del futuro.
—Lea libros. —Se despidió ella desde la puerta—. Ayudan a entender la vida y quienes somos.
Jordi Sierra i Fabra.

1

En el liceo me aburría de lo lindo. Desde que comencé no hubo ningún hecho que me hiciera sentir que formaba parte del grupo. Vivía casi siempre aislado; esto, principalmente, se debía a que era exageradamente tímido y por lo tanto me era muy difícil integrarme a los demás, y luego, porque mis compañeros parecían casi todos una manada de idiotas: siempre estaban pendientes de la ropa de moda, o de cuál marca de carro era mejor, o de cómo levantarse a la muchacha más popular del salón.

En este último renglón ni siquiera soñaba en competir, porque además de tímido era terriblemente feo: completamente desgarbado, los cachetes llenos de acné y para rematar usaba unos anteojos que parecían más grandes que mi cara.

Era lo que podría llamarse un muchacho solitario, pero la verdad no recuerdo haberme sentido mal por eso alguna vez. Por el contrario, lo mío era andar fantaseando, soñando con las historias que disfrutaba a diario en los grandes relatos de aventuras. Desde hacía tiempo había cambiado la lectura de los suplementos de comiquitas por las novelas de Julio Verne, Emilio Salgari y Alejandro Dumas que aparecían semanalmente en la colección Ariel Juvenil.

Después que leí por primera vez De la Tierra a la Luna me convertí automáticamente en un fanático de ese tipo de literatura. Desde entonces era para mí un hábito soñar que volaba en un globo aerostático alrededor del mundo junto a Phileas Fogg, recorrer con el temerario Sandokan los mares del Pacífico Sur para rescatar a la bella Mariana o presenciar cómo el Conde de Montecristo se escapa del castillo donde se encuentra prisionero haciéndose pasar por el cadáver de su amigo el abate Faria.

De tanto vivir en la fantasía descuidé por completo la realidad, e inesperadamente me aplazaron unas materias justo en mitad del bachillerato.

Pero, como era de esperarse, de tanto vivir en la fantasía descuidé por completo la realidad, e inesperadamente me aplazaron unas materias justo en mitad del bachillerato, trayendo como consecuencia fuertes vientos huracanados en el seno familiar: a papá le parecía inconcebible que mi desinterés por los estudios llegara a un grado tal que simplemente no me importara gran cosa perder un año, así como así.

Nuevamente llegaban las amenazas y las represalias: en principio para mí se habían acabado las idas al cine y la lectura de novelas hasta que no salvara las materias que llevaba raspadas en los exámenes de reparación. Ahora, que si, en caso contrario, llegaba a perder el año, volvería a repetirlo, pero esta vez en un colegio militar en donde no tendría otra alternativa que tomarme los estudios en serio.

Para mamá yo debía seguir el ejemplo de mi hermana, quien, desde que entró a estudiar en el Pedagógico, se había distinguido por ser una estudiante notable, y no sólo eso, era también una chica muy popular: siempre salía a fiestas, organizaba viajes a la playa y traía con cierta regularidad a amigas y compañeras de clase, ya fuera para estudiar o simplemente para escuchar discos y conversar.

Mi hermana también se preocupaba por mi situación, suponía que las cosas se estaban poniendo demasiado feas para mí, pero en vez de amonestarme como hacían los demás, decidió ayudarme trayendo a una amiga suya para que me explicara lo que, evidentemente, yo no lograba entender. Fue así como conocí a Lucía.

No estudiaban precisamente juntas, sino que ella daba clases en un liceo privado en donde mi hermana realizaba sus prácticas docentes, y aunque era un poco mayor se hicieron muy buenas amigas. Incluso Lucía le había ofrecido que al graduarse intentaría conseguirle un cargo fijo en el mismo instituto.

A mí, la verdad, no me parecía diferente a cualquier otra profesora, aunque se explicaba de manera más o menos sencilla: sumido en el más patético aburrimiento repetía mecánicamente después de ella que si “the is a pen and the is a pencil”, mientras interiormente deseaba que terminara de una vez y se fuera para dedicarme por lo menos a ver televisión. Cuando al fin terminó (después de que yo, con la mentira dibujada en el rostro, le aseguraba que había entendido todo), mamá tuvo la amable idea de invitarla a cenar, echando por tierra la ilusión que tenía de encerrarme en el cuarto a leer a escondidas de papá el final de La isla del tesoro.

Durante la comida Lucía habló de los temas más variados, supongo que con la idea de resultar agradable. Gracias a su cháchara nos pudimos enterar de que se había graduado en Educación Integral con honores hacía cuatro años; de que estuvo casada pero recién se divorció; de que tenía una hija estudiando cuarto grado en un colegio de monjas donde pasaba casi todo el día; de que le gustaban las canciones de Joan Manuel Serrat, especialmente aquella que tenía su nombre, y de que el poco tiempo libre que le dejaban el trabajo y el cuidado de su hija lo dedicaba preferentemente a la lectura de alguna buena novela.

Inmediatamente sentí que se abría entre nosotros un canal de comunicación que, hasta entonces, había permanecido cerrado. Presentía que a partir de ese momento Lucía y yo tendríamos mucho de qué hablar.

Antes de irse me recordó que debíamos vernos dentro de un par de días para enterarse de cómo había salido en inglés y para que repasáramos un poco de matemática antes del examen de reparación.

—Pero será mejor que tú vengas a mi casa —dijo—, allí tengo una buena cantidad de guías que podrían servir para explicarte mejor.

 

Recuerdo que era un miércoles después del mediodía, así que Lucía estaba sola.

2

Dos días después fui a su casa con la noticia de que había aprobado el examen. Recuerdo que era un miércoles después del mediodía, así que Lucía estaba sola pues su hija regresaba del colegio casi al anochecer. Me hizo pasar a la sala y me preguntó si había almorzado. Le respondí que sí.

—¿Y de verdad quieres que empecemos a estudiar matemática? —preguntó.

—Si no queda otro remedio —respondí.

—Bueno, pero tenemos tiempo. Espera mientras preparo un té frío para los dos; o prefieres otra cosa, no sé, una coca cola o una cervecita, ¿aunque tú todavía no tomas?

—No, profesora, gracias. Prefiero el té.

—Okey, pero no me digas profesora, llámame por mi nombre.

—Está bien —respondí mientras ella se alejaba hacia la cocina.

Al quedarme solo no pude evitar levantarme del sillón y acercarme a un mueble tipo biblioteca en donde estaban cuidadosamente ordenados una buena cantidad de libros, pero con tristeza pude darme cuenta de que tanto los títulos como los autores me resultaban completamente desconocidos: La campana de cristal de Sylvia Plath, El concierto de Harmut Lange, El viaje de “El Lobo” de Douglas Day, Más allá del olvido de Patrick Modiano, Viajes con mi tía de Graham Greene, Reencuentro de Fred Uhlman, Zazie en el metro de Raymond Queneau…

—Tu hermana me dijo que te gustaba mucho leer —dijo Lucía a mis espaldas.

Cuando me volví para responderle estaba colocando sobre la mesita de la sala una bandeja con dos vasos de té frío y un plato rebosante de galletas.

—¿Tú leíste todos esos libros? —pregunté.

—No, todavía no. Sólo algunos.

Mientras tomábamos el té me preguntó sobre mis autores favoritos. De inmediato le expliqué que me gustaban aquellos donde se contaban grandes aventuras y los viajes, ya sea por mar o por algún continente desconocido. Le mencioné que había leído todas las novelas de Julio Verne que habían caído en mis manos, que me habían encantado las aventuras de Tom Sawyer y de su amigo Huck Finn y que recién había leído fascinado el libro de Stevenson.

—Conque de verdad te gusta la lectura —dijo, y después de esbozar una sonrisa comenzó un soliloquio que a mis oídos sonaba a revelación—. Lo que pasa es que esos libros que tú mencionas corresponden a una edad determinada, quiero decir son los libros que despiertan en cualquier adolescente el deseo de vivir más allá de los espacios que nos ofrece la realidad. Te hago una apuesta de que tú eres de esos que son retraídos y prefieres más la compañía de Sherlock Holmes a la de algún amigo de carne y hueso. Déjame advertirte que muy pronto dejarás esos libros, y no porque sean malos sino porque tu sed de lectura te llevará a pedir más y a pedirle a la lectura lo que todavía no le exiges: que te explique el mundo en que vives. Ahora no te das cuenta, pero pronto, y como todo adolescente, comenzarás a sentirte extraño, como vacío por dentro. Es entonces cuando comienzas a pedirle a los libros respuestas ya que ellos han sido hasta ahora tus únicos amigos. Puede que leas La náusea de Sartre o El extranjero de Camus, porque allí encontrarás personajes que sienten lo que tú sientes y con los cuales te identificarás.

—Nunca he oído hablar de esos autores —la interrumpí.

La literatura no sólo es el vehículo para vivir aventuras, también es el mecanismo que tenemos para razonarnos a nosotros mismos.

—No importa, un día sabrás de ellos. Fíjate, la literatura no sólo es el vehículo para vivir aventuras, también es el mecanismo que tenemos para razonarnos a nosotros mismos, para percibir el mundo que nos rodea y saber cómo nos percibe a nosotros el mundo. Para despertar el alma dormida, como quería Cioran. Leemos para comprender cuáles son los verdaderos valores de la vida, que por cierto no tienen nada que ver con eso de que tienes que graduarte y conseguir un empleo bien pagado y tener un tremendo carro para sentir que eres alguien. La vida es otra cosa y para entender esa vida es que se escriben libros; novelas, claro, pero también poesía y ensayos. Si quieres saber de verdad acerca de la magia que encierra la sexualidad, no es en un libro de puericultura donde está la respuesta. Sin embargo, si lees El amante de lady Chatterley o Trópico de cáncer tu visión de la sexualidad se abrirá a otra perspectiva que jamás habrías imaginado.

Lucía se detuvo unos instantes para morder una galleta, mientras parecía estar pensando, como recapitulando todo lo que había dicho hasta el momento. Luego tomó unos sorbos de té y continuó:

—Bueno, eso te da una idea de lo que es la literatura. Pero no creas que sólo se trata del conocimiento de nuestra personalidad o nuestra psique. También la literatura sirve para denunciar las injusticias de la historia en el mundo; qué sabríamos de los campos de concentración soviéticos sin Un día en la vida de Iván Denisovich de Solyenitzin, o de la guerra civil española sin Por quién doblan las campanas de Hemingway y La esperanza de Malraux, o de los campos de exterminio nazi sin las novelas de Primo Levi o Jorge Semprún. Cada momento histórico ha tenido sus novelistas y sus grandes obras que lo representan. Por ejemplo, Guerra y paz de Tolstoi retrata todo lo que fue la vida del siglo XIX en la antigua Rusia, mientras que Stendhal en La Cartuja de Parma te habla de la misma época, pero en Italia. A mí personalmente me gustan esas grandes novelas, llenas de muchos personajes y muchas situaciones que te dan una idea bastante clara de lo que pudo ser la vida en una época o un país que de otra forma jamás llegarás a conocer.

Lucía terminó de beber su té y propuso que de verdad repasáramos un poco de matemática, si realmente quería salvar el año. Después de dos horas de ejercitar ecuaciones y polinomios nos despedimos:

—Espero que hayas entendido algo. No sólo de ecuaciones matemáticas sino también de lo que te conté antes acerca de los libros. Verás, la gente acude a los salones de clases para aprender cosas prácticas para la vida, pero de donde recibimos verdaderas lecciones de vida es de la literatura. Y para que no se te olvide te voy a hacer un regalo.

Se levantó de su asiento y fue hasta la biblioteca de donde extrajo un volumen que luego me entregó: Demian de Hermann Hesse.

—Espero que te guste —dijo mientras me tomaba de las manos—, y después que lo leas vienes a visitarme de nuevo para que lo comentemos.

 

3

Lleno de emoción lo leí en una sola noche, por lo que al día siguiente estaba de nuevo en su casa.

Nunca antes había leído un libro así. De inmediato sentí que las vivencias de Emil Sinclair, que su historia de soledad y confusión era tan idéntica a la mía que si no fuera porque el autor era un alemán que ya había muerto, hubiera jurado que de alguna manera conocía mis pensamientos y mis temores. Quería decirle todo eso a Lucía. Quería decirle que estaba sinceramente deslumbrado y que necesitaba leer otro libro de ese autor o de otro que se expresara como él.

Quería decirle también que un capítulo me había conmocionado especialmente, hasta el punto de dejarme despierto casi toda la noche pensando sólo en ese pasaje, era el capítulo siete: “Frau Eva”, donde Sinclair al descubrir la foto de la madre de Demian descubre también que ella es el amor de su vida:

Al ver la pequeña fotografía, mi corazón casi dejó de latir. ¡Era la imagen de mi sueño! Era ella, la gran silueta de mujer, un poco masculina, parecida a su hijo, con rasgos maternales, rasgos de sinceridad, rasgos de profunda pasión, bella y atractiva, bella e inasequible, demonio y madre, destino y amada. ¡Era ella! Me sentí traspasado por un asombro salvaje al descubrir que mi imagen soñada vivía sobre la tierra. ¡Aquella mujer que llevaba los rasgos de mi destino existía!

Sí, existía. Frau Eva era real y yo la había conocido en la mirada y en la figura de Lucía. No dejaba de pensar en ese pasaje del relato, pensaba que quizás Lucía me había regalado el libro como una señal, como una especie de pacto que se sella silenciosamente.

No cabía duda de que estaba enamorado de Lucía, de su amabilidad, de la forma tan clara con que me había explicado la importancia que tiene en la vida de las personas la literatura.

No cabía duda de que estaba enamorado de Lucía, de su amabilidad, de la forma tan clara con que me había explicado la importancia que tiene en la vida de las personas la literatura; me había enamorado de su belleza, pues ahora que la comparaba con la imaginaria Frau Eva me daba cuenta de que Lucía poseía atributos realmente excepcionales: era alta, cuerpo esbelto, las manos blancas y delicadas, y una sonrisa tan espléndida que al recordarla me sentía elevado por encima del mundo. Aunque no sabía cómo le diría todo esto.

Al día siguiente, después de salir del examen, corrí hasta su casa sin siquiera pasar por la mía a almorzar.

—¡Mijo, que pronto volviste! —fue lo que dijo al abrirme la puerta.

—¡Leí el libro! —respondí con un hilo de voz.

—¡Vaya, que niño tan aplicado! —dijo mientras que con un gesto me invitaba a pasar—. Todavía no son las doce, por lo que espero que hoy sí me acompañarás a almorzar.

—Bueno —dije tímidamente.

—Pero antes vamos al sofá. Cuéntame ¿qué te pareció Demian?

Quise responderle, quise decirle que me había sentido identificado plenamente con la novela, que toda la infancia de Sinclair parecía un calco de la mía, pero no pude: las palabras se quedaron atoradas en la garganta sin poder salir, mientras yo me iba hundiendo lentamente en la pureza de su mirada. Sentí una terrible angustia y sin proponérmelo comencé a sollozar:

—¡Frau Eva! —apenas pude balbucir—. ¡Frau Eva!

Por un momento Lucía puso cara de angustia, pero enseguida su rostro volvió a su serenidad habitual. Sin decir palabras me quitó los anteojos y me atrajo contra su pecho mientras acariciaba mis cabellos. Allí con mi rostro sobre su torso pude sentir el olor de su cuerpo: un olor a amanecer en el campo con el cielo despejado. Instintivamente comencé a acariciar sus brazos, que como lo supuse eran suaves y como recubiertos de una invisible pelusa.

Después de unos instantes, ella levantó mi rostro hasta colocarlo frente al suyo:

—No te preocupes —dijo en un susurro—, yo te entiendo.

Y me besó. Primero en las mejillas como intentando secar mis lágrimas con sus labios, y luego en la boca tierna y serenamente. Era la primera vez que besaba a una mujer.

—No te preocupes —repitió.

Y poco a poco fue abriendo mi camisa y besándome alrededor del cuello, en los brazos y en el pecho, y entre beso y caricia fue despojándome una a una de mis ropas hasta dejarme completamente desnudo.

—Yo te entiendo —repitió.

Y ella entonces comenzó a deshacerse de su blusa y de su falda, y con un movimiento rápido se quitó su ropa íntima y pude ver sus espléndidos senos de pezones tan rosados que eran casi transparentes, y su hermoso cuerpo diáfano y dócil se fundió con el mío en un abrazo profundo y universal.

—¡Frau Eva! —repetí.

Y en medio de aquel abrazo nos abrimos: ella a mí y yo a ella; nos sumergimos: ella en mí y yo en ella; nos olvidamos: ella de mí y yo de ella. Sólo entonces supe quién era yo, y que ella era la razón de todas las cosas.

 

4

Después de tanto tiempo todavía conservo aquel ejemplar de Demian de Hermann Hesse y a veces lo releo escuchando la canción de Serrat que lleva su nombre:

Vuela esta canción para ti, Lucía, la más bella historia de amor que tuve y tendré. Es una carta de amor que se lleva el viento pintado en mi voz a ninguna parte, a ningún buzón. No hay nada más bello que lo que nunca he tenido, nada más amado que lo que perdí. Perdóname si hoy busco en la arena una luna llena que arañaba el mar. Si alguna vez fui un ave de paso, lo olvidé para anidar en tus brazos. Si alguna vez fui bello y fui bueno, fue enredado en tu cuello y tus senos. Si alguna vez fui sabio en amores, lo aprendí de tus labios cantores. Si alguna vez amé, si algún día después de amar amé, fue por tu amor, Lucía, Lucía. Tus recuerdos son cada día más dulces, el olvido sólo se llevó la mitad, y tu sombra aún se acuesta en mi cama con la oscuridad entre mi almohada y mi soledad.

Manuel Cabesa
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