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Sacudiendo moscas, de Paula Castillo Monreal

sábado 22 de junio de 2024
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Paula Castillo Monreal
Paula Castillo Monreal narra con una seguridad expresiva que atrapa al lector y lo conmueve por la calidad de cada personaje que aparece en los relatos de Sacudiendo moscas. Isabel Wagemann

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Son dieciséis los relatos donde los personajes podrían ser los mismos. O mejor, reflejos de sujetos que se activan, que se mueven al compás de una narración densa, coherente, viva, en la que quienes en ella habitan cautivan al lector por la calidad de sus actos de ficción: digamos que han sido fabricados por la realidad y convertidos en actantes imaginados, pero tan reales son que suscitan la curiosidad de quien los lee, los recrea, los reflexiona: aquí se desplazan niños y adultos, en familia o abandonados a la suerte del tiempo y el espacio.

“Sacudiendo moscas”, de Paula Castillo Monreal
Sacudiendo moscas, de Paula Castillo Monreal (Mascarón de Proa, 2024). Disponible en Amazon

Sacudiendo moscas
Paula Castillo Monreal
Cuentos
Ediciones Mascarón de Proa
Córdoba (España), 2024
ISBN: 978-84-10520-87-5
180 páginas

Paula Castillo Monreal narra con una seguridad expresiva que atrapa al lector y lo conmueve por la calidad de cada personaje que aparece en sus líneas. Aventajados por los puntos de vista del narrador, cada relato anima a descubrir el siguiente. Así, estas dieciséis vertientes de una misma intención se convierten en un universo de revelaciones, toda vez que quien cuenta lo hace con la seguridad de que sus personajes existen, han existido o siguen existiendo. Están vivos —o muertos—, la gracia de su manera de decir hace que continúen siendo parte de las acciones que la memoria del relato mantiene vivas. Son las anécdotas, porque la memoria, el perfil de cada personaje, deja una marca en el lector: desde el primero hasta el último escalón de este libro, desde la primera señal de “La vida sentada” hasta “Anfibias”, se siente que los personajes se imbrican, se mimetizan entre ellos: siempre habrá una niña como protagonista, o un padre dictador, aprovechado; una madre violenta. Una familia disfuncional. Unas miradas que auscultan todo lo que acontece alrededor de esos sujetos que arman el libro.

El título de este tomo de cuentos, Sacudiendo moscas, se me ocurre metáfora del resto de los demás relatos. Si bien se trata de “proteger los recuerdos”, como señala el personaje de la historia que arropa la portada, las moscas son representaciones de lo que ocurre en el afuera del personaje: sacudidas por las circunstancias, las “moscas” son señales: la familia negada a aceptar los deseos de la muchacha, la muerte de los caballos a manos del padre armado de un arma de fuego. La relación compulsiva del hombre que busca dirigir los destinos de la hija. La muchacha que huye, que busca otro país para ser. Y así, en el primer instante del libro, “La vida sentada”, los deseos de poder caminar porque se nació sin pies. Y la familia, el nido donde todo acontece: la misma casa, la misma sensación de abandono, la soledad por estar atada a una silla de ruedas, y las lesiones y quemaduras provocadas por la lisiada a Finita, para que ésta también sea su compañía en la tragedia. En este cuento, el humor cruel, la muerte de la madre al saberse portadora de esa tragedia por el abuso de medicamentos o por tener los pulmones invadidos de nicotina. Así comienza esta travesía de Paula Castillo Monreal.

 

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“Toda imagen es, literalmente, como se la imagina”, afirma Félix Martínez Bonatti en La estructura de la obra literaria y, en efecto, imaginar es crear desde esa imagen, desde la que se imagina, desde la que se crea, se inventa, pero la realidad, el espejo donde se refleja esa imagen, tan densa como la misma ficción, permite al escritor mostrar la capacidad de sugerir, de verter, de sacudir la conciencia del lector o espectador (todo lector asimila las imágenes con todos los sentidos) y aproximarla a la misma imagen, a la realidad de esa imagen.

Y eso es lo que ocurre cuando nos allegamos a este cuentario de Paula Castillo Monreal: es tanta la realidad ficcionada que nos abocamos a asimilarnos como lo han hecho sus personajes virtuales. Cada sujeto en estos cuentos ha tenido una vida real, porque ha sucedido o porque se imagina que ha sucedido. La agenesia, la falta de algún órgano corporal en una persona, forma parte de un suceso trágico en una familia. Es una verdad científica. Y en el primer relato se advierte. Los demás eventos se suscitan gracias a la maestría literaria de quien imagina los eventos posteriores: los deseos de superar el problema, los sueños, las maldades, etc.

Siguen las moscas sacudiéndose alrededor de quien las imagina. Pero igual la imaginación, el personaje las sacude. La metaforización subyuga, se almacena en la memoria, constituye una tesis que se desarrolla en todo el cuento, como una suerte de mito que ambula por cada conciencia de los personajes.

Fobias, carcomas, enfermedades, la soledad, la oscuridad, la muerte de los padres, el envejecimiento, la metamorfosis de una mujer que pasa de ser tímida a ser “exagerada, grosera, divertida y picante”. La vejez como tema, esa etapa que se afirma infancia: “posponiendo mi vejez. Siento que soy una niña (...); siento la niñez rozándome y quisiera dar un salto, pero no sé si tengo pies, no los encuentro”. Y la muerte como una maniobra de esa misma memoria: el tatuaje en el ombligo, el mensaje, la carcoma. El niño gordo, las órdenes del padre, siempre el padre como imagen soberana; el personaje Teresa que “nació transparente” y Josefina de lengua desatada, “grande y silenciosa”.

Son imágenes que conmocionan, como la del niño muerto abrazado a la roca.

La voz que dice, como si ambulara por todos los cuentos: “Cuando era muy niña (...) me gustaba observar cómo cambiaban las ramas de los limoneros de espinas a brotes de color morado”, especie de recordación, de volver al pasado infantil, a ese sacudimiento de moscas que luego se convierten en un relevo surrealista en “La semilla voladora”, en la que Kim, que no sabía hablar, aprendió “a gruñir, graznar y a saltar cada día más alto”. Kim, el volador, la semilla que viaja y se convierte en la mirada del lector, en otra metáfora.

Insiste el narrador en destacar las falencias de algún personaje: un lisiado, la relación padre/hijo, la maldad, el acoso contra la inocencia, hasta la muerte. Y la culpa. Igual, vuelve la voz a hablar de los pies, de unos pies descalzos, vendados, en “Un cuento chino”.

La miseria, la realidad que se mira en el montón de basura: la mujer que busca al lado de un perro. Y el hombre que la ayuda: la bondad y la marginalidad. El padre y el gitano, los borrachos. Siempre el padre: una fijación.

Hasta “Elvira”, quien “fue una niña risueña hasta que le llegaron las palabras...”. La pérdida de la inocencia, pero también el encuentro con la música y la magia. El viaje a Santiago. Un viaje.

Finalmente, la voz narrativa fija su porfía en una muchacha amputada, quien nada, quien flota. Quien no quiso usar una prótesis en “Anfibias”, así como al comienzo del libro de aquel ya leído personaje que se hizo operar para conquistar los pasos nunca dados: la silla de ruedas, esa prótesis, esa ayuda que también Finita tuvo que usar.

Este es un libro rico en matices, en temas, en dolores, en búsquedas que derivan en un compendio de revelaciones: quien nos cuenta estas historias sabe de la sustancia humana. Sabe del mundo que la rodea. Sabe que al escribir se reinventa.

Este es un hermoso y doloroso libro.

Las moscas siguen volando alrededor de la memoria, alrededor de la realidad y la ficción.

Alberto Hernández
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