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En una libreta está todo un mundo, el de Elizabeth Schön, la poeta que sabía Ser. Ser porque su yo estaba mucho más allá del Estar. Aquí habla ella, relata su relación con la también poeta nacida en Puerto Cabello, Ida Gramcko, quien fue parte de su existencia mientras ellas vivieron en esa costa venezolana y luego en la Caracas donde las unió mucho más la necesidad de escudriñar el lenguaje, las palabras, la poesía.
Fedosy Santaella habla con la voz de Elizabeth. Fedosy es ella en esta bella novela en la que cuenta los sueños, amores, reflexiones caseras y filosóficas. Una novela en la que nuestro narrador toma prestado el acento de Elizabeth Schön y construye una poética narrativa que activa la memoria de quienes alguna vez conocimos a esta mujer que tenía en la poesía parte del misterio que sostiene el universo.
Esta biografía/novela, escrita desde la perspectiva del Otro, da cuenta del conocimiento que tiene el narrador del personaje puesto en escena. Las poetas Elizabeth Schön e Ida Gramcko se mueven en medio de un lenguaje sencillo, estéticamente cuidadoso, tanto que el lector la puede leer de un tirón y regresar a sus páginas para apañarse con las vidas y muertes de estas mujeres tan valiosas para la poesía venezolana.

Y es una biografía relatada desde la imaginación de Santaella, desde sus lecturas de ambas mujeres, quienes pasan por la casi niñez, adolescencia, adultez y vejez por estas páginas cargadas de un simbolismo que tiene en el mar la metáfora luminosa de la poesía de Schön, pese a que su creación siempre ha sido una producción que busca la oscuridad como reemplazo de la luz. Títulos como “Árbol de oscuro acercamiento” nos aproximan, nos acercan, a su insistente temática, pero en este relato son el mar y Puerto Cabello los asuntos que la mantienen respirando el aire salino de la costa y el aire milagroso de la poesía. Ambas, Ely e Ida forman parte de un dúo que registra sus afanes, sus amores, sus miradas al paisaje, ese “movimiento perpetuo” que es el mar Caribe, el mar del puerto carabobeño, por cierto, donde nació nuestro autor.
Elizabeth habla desde su cercanía a la muerte. Habla desde su costa imaginada en Caracas, habla desde un barco alemán hundido frente al mar que también ha visitado en sueños o siente haberlo visto por dentro con su tripulación, sus distintos espacios donde los marinos abandonaron la nave o murieron no sabemos en qué circunstancias. Se trata de un extracto de su memoria que luego ella convierte en tema para escribir sobre ese inmenso cuerpo tembloroso y mareante. Elizabeth —Ely— se vino a Puerto Cabello luego de perder a su madre en Caracas. Lo hizo con su padre y con sus hermanos. Y allí encontró a Ida, quien ya escribía, quien miraba para soñar, como comenzó a hacerlo nuestro personaje. Son tantas las anécdotas compartidas entre ambas, tantos recuerdos que hasta hace algunos años, ya anciana, deja correr por sus palabras en su jardín mientras recibe a jóvenes poetas. Ida también en la capital la acompaña a la UCV, donde estudian Filosofía nada más y nada menos que con, entre otros sabios, García Bacca. Allí la poesía se confrontaba: Ida leyó los primeros textos de Schön y no le gustaron, hasta que se tropezó con uno dedicado a la selva y quedó deslumbrada. Poema que fue publicado en un libro, casi a disgusto de Ely, pero convencida por Ida. Eran un par de soñadoras, de buscadoras de palabras, de indagadoras del Ser para poder Estar y dejar el ego como un recado que empuja el poema a convertirse en voz interior.
La ruta de lo lejano es una imagen metafórica que tiene que ver con la memoria, con el acento de aquellos tiempos juveniles y luego ancianos. Tiempos compartidos hasta la muerte de Ida y la de Alfredo Cortina, el amor de Elizabeth, quien la inmortalizó en varias fotografías publicadas en libros y revistas culturales. Fotografías que nos recuerdan a la Venezuela de otros tiempos, la Venezuela que también tuvo sus esbirros y maltratadores, pero que en la novela son sólo una alusión. Pérez Jiménez y sus torturadores, sus carcelarios, precisamente en el Castillo de Puerto Cabello.
“La chispa del Ser”, allí estaba localizada la poesía de Elizabeth, allí respiraban sus ansias de búsqueda, de filosofar desde la poesía, aunque ésta, la poesía, va más allá de las reflexiones filosóficas, decía. La vida y la muerte, dos fuentes de constante cercanía. Pero sobre todo en sus últimos años, la muerte: “Ya estoy cerca de la muerte”, pero luego regresaba al pasado rodeada de jóvenes poetas o envuelta por el calor, que no le afectaba, de Puerto Cabello, donde dejó su mar también convertido en libro.
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La ruta de lo lejano representa un viaje en el tiempo detenido un instante y luego en movimiento hacia el pasado, para hacerse futuro en Caracas. El prólogo de Alfonsina Mateus es un registro breve de lo que luego será la novela. Cada segmento o capítulo va precedido de poemas, semblanzas o notas poéticas del personaje protagonista, así como de Ida, Edda Armas, Hanni Ossott y Luis Pérez Oramas, como si se tratara de vértebras para concebir la esencia de la historia.
Elizabeth Schön e Ida Gramcko habitan un país poético que abre las puertas que ella, Elizabeth, menciona en sus conversaciones y poemas. Estas puertas conforman “la hora de ser la circunferencia final”. Ella habla de su muerte, de su círculo vital, pero su memoria la retorna al pasado para vivir ese Ser que la habitaba. “Yo estoy cerca de la muerte”, dice sin adornos.
Desde su jardín recuerda a su esposo muerto: “Ahora soy una viuda que aguarda”.
Su yo es su Ser, ese tratado filosófico que entraña su poesía. Y así, “una puerta es una mano que junta”; para destacar su poética, el autor, Fedosy Santaella, pone en su boca: “Los trenes mueren sobre sus rieles”.
Esta es la novela del mar. Una vez más, es la novela que desde el mar se hizo libro: “El abuelo, la cesta y el mar”, luego de ver salir del agua a un anciano, a un sujeto que desapareció de pronto de su vista.
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Atrás quedaron Puerto Cabello y la orilla del Caribe. Habla de las fotografías que Alfredo Cortina, su marido, le tomaba mientras ella no miraba hacia la cámara. Una manera de no perder su Ser, su Estar, para que el yo fuera el verbo en el poema. El amor, esa forma milagrosa de seguir siendo. Nuestro narrador habla como esa mujer que ha dejado una poesía que entraña una visión profunda, y aunque “La escritura del poema tardó en mí”, el resto de su vida fue poesía. Se dolía al escribir, confiesa, y más adelante se descarga: “Ida sí era dueña de las palabras (...). Ella, Ida, sabía mirar la poesía”.
Esta biografía/novela, escrita por Santaella, escudriña cada paso dado por los personajes. Entra a sus conciencias, habla como ellas, es ellas.
Puerto Cabello es también varias fotografías, la memoria del mar, el oleaje, la magia que el agua en movimiento se enlaza con los primeros versos. Pero el mar la siguió a Caracas.
“El mar es una casa, una casa del Ser”.
Y de Puerto Cabello: “Un misterio recorre esas calles, dije, y es hermoso porque es misterio y a los misterios nadie los descubre”.
Entre luces y sombras va su vida, amadas, convertidas en una danza de escritura. “Yo bailo en las palabras”, y mientras recuerda, suena en su memoria el nombre de Hanni Ossott.
Insiste: “En la poesía no existe el yo. Existe el Ser, el yo impide la poesía”.
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La Venezuela que vivieron las poetas, la de Juan Vicente Gómez: aquella tierra de presos políticos en el Castillo de Puerto Cabello. De ese sentimiento dice: “Yo he vivido muerta y prisionera”, claro, en el poema, en la raíz de su imaginación, de donde se desprende, una vez más, el mar: “había tanto mar por todos lados”, y ese mar se lo llevó a Caracas, razón por la cual vivía en medio de “una desazón ultramarina”.
Se define haber sido “un círculo perfecto” en el que “El Ser lo une todo. La poesía también”.
Santaella escribe en dos tiempos, en dos planos temporales. La memoria del personaje se mueve como ese mar que dejó en el puerto carabobeño y así lo hace ver nuestro narrador, quien es, como se dijo antes, la voz de la poeta. Ella vuelve: “...yo soy el mar de Puerto Cabello, el aire del mar, la selva, su aroma profundo”.
Se queja de su tierra: “Ya el país es como esa chatarra”, al referirse a un viejo automóvil abandonado que aparece en una de las fotos que le hizo Alfredo.
No deja de hablar de la Seguridad Nacional, de Pérez Jiménez, de manera que también su memoria histórica se pasea por estas excelentes líneas de Fedosy Santaella.
Y el erotismo, los cuerpos unidos, el amor, la vida, la muerte, la existencia, el todo: “Soy de luz”, y también “Soy una ensayista de la poesía”. Dios forma parte de su aliento.
Todo lo que aquí se ha escrito proviene de una libreta que la poeta cargaba en sus manos. Por supuesto, la ficción, el imaginario de Santaella, reencarna a un personaje como Elizabeth Schön a través de una hermosa novela que hoy celebramos.
Esta novela fue publicada por LP5 Editores en Sao Paulo, Brasil, en el año 2026.
Nota
(A manera de inciso: hace algunos años Elizabeth estuvo en Maracay acompañada por la también poeta María Antonieta Flores. Ya canosa, con rostro bello y luminoso, me preguntó por los redondos samanes de Aragua. Y si lo soñé o lo viví, fuimos por la carretera hacia Magdaleno y nos detuvimos frente a un inmenso samán circular. La poeta lo vio y se sorprendió. Creo imaginar que ella estaba en ese círculo.)
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