
Todo era humo; siluetas / difuntos anónimos.
Yéiber Román
De noche preparaban mi cuerpo, el pentotal me provocaba sueño, acomodaban mis brazos, ordenaban mis pies y decían respire hondo, duerma, duerma, comenzaba a perderme, a perderme y ya no sabía más...
Efraín Hurtado
1
Este libro se mueve en dos instancias, en dos paisajes personales, en dos momentos en los que el sujeto poético, el sujeto hablante, sujeto habitante de estos versos, enfrenta la calle y sus recursos violentos, fechas convulsas, el almanaque de una travesía en la que el asfalto es el más cercano testigo. También, la voz, la misma de esa calle tan prevista, es paciente de hospital, cuerpo enfermo, cuerpo clínico que podría morir, cuerpo que imagina la muerte, cuerpo que habla y silencia y se niega a esa muerte, cuerpo que encuentra el alivio en Ella, Mildred, una mano que lo toca, una mano que lo calma, una mano que sabe de sus silencios y convulsiones.
Químicas son las palabras, como químicas las gotas que el paciente de la segunda instancia recibe para apaciguar el dolor. Gotas que lo desnudan, que lo depilan, que lo sacuden, que lo instalan en el sopor pero a sabiendas de que el dolor sigue allí, vigilante.

Poemas químicos
Johnny Gavlovski E.
Poesía
Editorial Diosa Blanca
Caracas (Venezuela), 2024
ISBN: 978-980-18-3944-6
86 páginas
No se trata de un libro filosófico o de indagación teológica como se ha pretendido decir de él: es un libro que respira desde la vida más elemental, social y biológica, la del cuerpo que teme morir, que sabe que morirá pero que sabe también que podría despedirse con la voz del otro, en este caso con la voz de quien le toma la mano para que el sueño no sea permanente. Entonces, es una poesía del desvelo en medio del natural miedo, del temor a perderse en la oscuridad.
Se podría afirmar que el personaje, el poeta que transita estos versos, porque el autor ha dejado la marca de su paso, se mueve entre la acción de una época (Cronos activa sus agujas) violenta, callejera, sofocada por la fuerza del poder de los gases, por la potencia de los perdigones y por la contundencia de los bastonazos, y entre la soledad de quien tiene un problema de salud relacionado con su sistema inmunológico. El sujeto que activa estas palabras, las del poema como metáfora de un diagnóstico, se descubre desolado, oscurecido, volcado niño en el recuerdo de un primer texto que luego se vacía en el temor del hombre frente al misterio de la muerte.
Poema viaje, tránsito entre la vida y la sensación de la desaparición. De allí la referencia al río de Dante, al río que es sólo una referencia, el sustituto del misterio, de ese camino del que nadie ha regresado.
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La ruta la dictan los poemas, las imágenes que se mueven desde el comienzo hasta el final, desde la imagen de una declaración y seguida de un preámbulo (No era yo / eran los tiempos), el poemario se abre para “contarnos”, desde la más pública e íntima revelación, el segmento vital de una experiencia que comienza en un pedazo de tierra unos días oscuros, marcados por el mes de marzo, probablemente del año 2015, año durante el cual se suscitaron eventos violentos de los que surgieron imágenes que aún siguen marcando un país. Y ese no era yo / eran los tiempos deja correr la idea de que ha pasado, precisamente, el tiempo, y ahora emerge otro que permite recordar: oír, oler, sentir: un extraño silencio... bombas... gases... calle oscura... vienen con todo... sostiene una piedra... perdigones al viento... muerte lenta... tu hijo muerto... o ¿Cómo se enfrenta con un guijarro al estruendo del grito? Mientras los cuerpos corren / Más allá la plaza y se aspira a un paisaje sin sonido de balas / sin bombas / ni gases // Sólo / el aire..., sí, mientras otros hijos de Cronos avizoran el Hades, ese viaje al más lejano allá cruzado por un río mitológico, poético y terrible. Así son los días oscuros, los de ese país que sigue en medio de estertores, sacudido por el miedo y la desesperanza.
Más adelante, en el fragor de las líneas del poema, en el fragor de la realidad constante: Mi cuerpo se prepara para salir a la calle..., en un aparte titulado “Ahogado”, seguido de “El ojo del huracán” en el que un Sísifo postrero se lamenta de su eternidad, del dolor, de la cuesta que intenta ascender con la roca que lo rompe en lo hondo: una pierna herida: Recostado contra el muro / grito auxilio, y ya no es una calle, son muchas calles alertadas por el personaje que no deja de ascender, que no deja de caer, sobre el asfalto (que) me recibe.
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El cuerpo como estigma: doloroso, aterido. No obstante, Con la frente en alto, el sujeto que habla, el personaje, el poeta reclama, avisa: no puedo sostener mi cuerpo, ni siquiera con las heridas que forjaron mi espíritu guerrero (...) cuerpo hinchado, dolido.
¿Una nueva batalla? ¿Una enfermedad? ¿Un nuevo deslizamiento con una carga distinta? He aquí que en “Noches de pasaje”, el 3 de abril de 2015, la voz afirma: Poco a poco / nos vamos. ¿Se trata de un viaje terrenal, astral, de un éxodo? Mis cicatrices me delatan. Y así, se cierra el espacio, ya no es la calle, ahora es un paisaje cerrado: Anónimo // pasillo de clínica / pálido verde / uniforme / bata blanca / bata de papel / desnudez // (...) silla de ruedas... y la hemoglobina en cuatro / ¿o eran las 4?
El poema se convierte en una patología, en una dolencia delicada. Los versos se entrecortan, se suturan con espacios en blanco, alargados: Desnudez / camilla por pedestal / sala de emergencia por museo // (...) Soy carne expuesta / carne viva // (...) nueve médicos // (...) La hepatitis / tiene letras como el abecedario // (...) Diagnóstico / una interrogante...
El poema, como un instante en el quirófano en Cuerpos y almas, de Maxence Van der Meersch, dice: Abren mi cuello / sacan ganglios / sangre.
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Ella, Mildred, la que toma la mano del enfermo. La que descifra la hora, la que llegó a mi vida / como la mano de Dios para enfrentar el túnel, el pasadizo hacia un dónde no sabido, pero sí advertido. En ese túnel / hay fantasmas // (...) No hay salida // Lo intento, pero está Ella.
Y así, indetenible, el mal: el misterio del cráneo desnudo // (...) Extrañas cuencas / hundidas en violáceas sombras // (...) Blancos párpados / blanco cráneo blanco pecho / pubis de niño...
Y el cáncer, ¿era? El poema se planta ante la enfermedad. La voz de quien sufre por Amanecer / con el horror a las agujas // (...) la química en el hielo.
La poesía es habitada por otras imágenes que se mueven en blanca vestidura cutánea: Llegan sin cabello...
Y ya para arribar a otro estadio, “El viaje alquímico (Iter doloris)”, dedicado a Trudy el 5 de abril, cuando Yo decía: / “Allí están las riberas del Aqueronte”.
La muerte como zumbido, como un susurro. Pero No es momento aún.
La química de la voz en la química salvadora o sufriente:
cinco gotas resuenan en mi vuelo
la primera la del sueño
la segunda el inicio
la tercera el camino
la cuarta la advertencia
la quinta el dolor.
5
Vuelta a casa. Ella sostiene su mano pese al dolor, pese al pasado.
Entonces: la senda de la gota roja / se disuelve en mis venas / en la nave de este cuerpo // Mi cuerpo // Háblame sacerdotisa / conduce al pasajero de la noche / al paisaje de albedo...
La oscuridad, la profundidad reflexiva, la que atañe al temor a la muerte, la que nada en el océano alquímico / encerrado en la vasija.
Y así, continúa: las gotas, las que separan lo puro de lo impuro, para saberse vivo, para saberse próximo a la gota de la esperanza.
Y una dedicatoria: “A ti, / sólo a ti / Sobre las 3 am (recuerdos desde el 10 de abril, 2015)”.
El llanto, las lágrimas: Simulo no sufrir / así no sufrirás.
Silencios, las voces se disuelven entre miradas. El poema no se agota. Ella, la dulce y temida, la disfrazada, la muerte:
¿Quieres venir? —preguntó.
No.
Aún no.
Y ésta se va.
Asumo la vida.
Un verso duro, agudo en plena cena familiar: Bebo / el trago amargo del pánico // Soy lo siniestro.
Y una escritura para un insomne confeso como despedida, porque
Yo, que regresé a la vida.
La vida, químicamente pura, se extiende en poesía.
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