
Toda ballena es una ilusión extraviada en el mar
Alberto Hernández
1
El agua modifica el pensamiento, el oleaje de quien se detiene a mirar el horizonte y rescatar el ruido lejano de una ballena. Pero en verdad se trata de una ballena o es sólo una ilusión, una justificación para establecer contacto con la terredad, con la casa y sus avatares, su memoria y la pasión por la búsqueda de ese inmenso corazón que viaja con esa bestia marina convertida en este libro en un poema fragmentario que se puede leer como una novela o como un libro de relatos breves.
Tamara Silva Bernaschina nos entrega esta impresión, la de ser, como lectores, un indicio, una expresión de su imaginario. Una ballena es sólo una ballena que lleva el tiempo en sus latidos, en el corazón que bombea inmensas cantidades de sangre como para hacer más vital el mar donde habita. Pero Silva Bernaschina va más allá, se trae la ballena a la casa, la imagina, la estudia, la comenta con algún curioso quien toda su vida las ha estudiado: al personaje le interesan los sonidos, que podrían ser las palabras que la visitan durante el día o la noche y la empujan a entrar en el mar de los sueños, en esa onírica pasión por el tiempo cuando las ballenas, metáforas de una porfía infantil, juvenil o, simplemente, tentaciones que la conducen a revelar la existencia de una escritura que nos traduce desde la imagen de la ballena. No es la de Melville, herida, perseguida para eliminarla. No es esa Moby Dick que finalmente se lleva consigo a su acosador. Ambos acosados terminan en un viaje inconcluso. En el caso de Temporada de ballenas, el lector, quien también mira el horizonte de estas páginas, avala la presencia de una ballena imaginaria, del tiempo que le ocurre cuando aparece en el transcurrir de la memoria, en la presencia de otro corazón, el de la abuela que ha sido abierto y se ha convertido, luego de la cirugía, en una atracción de los vecinos. Pero la muerte no repara, aparece, y la niña que habla no puede ver la ballena que la abuela se lleva en su costado, en su muerte, como pudo haber sido la de los recuerdos. La autora escribe a retazos sin perder el hilo de cada brevedad: los personajes entran y salen, desaparecen y aparecen en los nombres de Pocha, la abuela; la madre, el padre, Sebastián, Enzo, Silvia, Pedro, Quira, Linda (la gata), Gabriela, quienes también forman parte de la anatomía, tanto de este libro como de la ilusión del tiempo en que llegarán las ballenas al final de la novela/cuentos.

2
Este es un libro de viaje y regreso a la semilla, como un día soñara Alejo Carpentier en su famoso cuento. Una semilla que se establece en la respiración de la bestia que no tardará en hacerse presencia imaginada.
Este un libro de la inocencia. Quien relata lo hace desde la pureza de su curiosidad: esta es la historia de un personaje que lidia con el tiempo sin precipitarse, con alterar el ritmo de su búsqueda, toda vez que se busca a sí misma desde la tesitura de su observación en una paz que promueve la solidez de una existencia que crece en la medida en que los relatos se entrelazan mediante dos voces, la de la niña y la de la adolescente. No hay laberintos expresivos: nuestra autora cuenta con claridad, soltura y una ternura que sólo puede calificarse como parte de esa inocencia que contiene el agua, donde la imaginación se contiene y a la vez contiene la metáfora de la ballena, de esa temporada en la que ella o ellas, las ballenas, aparecen y desde cierta distancia del oído humano emiten su lenguaje, ese alargado tono que forma parte de la estructura de esta escritura, como un poema que se desvanece y sale luego a la superficie. De manera que estamos ante una imagen de lo efímero al decir del agua, esa que se mueve, escapa de las manos o de las aletas del animal convertido en revelación: una poética de la inalcanzable. Una ballena no es una imagen visual, es un monumento a la tentación de tocarla o de saber qué comunica con sus sonidos, con su corazón, con su hondura, mientras nada y revisa con ojo miope el mundo del afuera, el que está en la superficie, ese paisaje en permanente movimiento, capaz de traducir al mismo ser humano.
Con este libro escuchamos, oímos, el sonido de las profundidades, también las voces que se conjugan y que no dejan de revelarse en la casa, en la aventura de escribir para luego convertir al lector en un sujeto presto a mirarse en los ojos de esa imaginada ballena que de tiempo en tiempo aparece en la orilla de los sueños. O en la mitad de un soliloquio.
Esta escritura nos escruta. Nos facilita la respiración.
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